6
MI ESPOSA
Alaska
Su voz distorsionada me contrae los músculos. Aprieto el estómago, las orejas me queman. Sabía a lo que me atenía al llegar a este lugar, pero su cinismo me sobrepasa.
—Subasto mi poder, no mi cuerpo.
—Su poder no me sirve, pero sus curvas sí. Soy un fiel admirador de su carrera. Siempre ha sobresalido por esa fuerza en la mirada, el garbo natural que tiene al modelar. Dígame una cosa: ¿la han embestido como se debe?
Clavo las uñas en mi palma hasta sentir presión.
—No es de su incumbencia.
—¿Sabe montar?
—¡Váyase a la mierda!
—Habitación 69 —concluye—. Tiene media hora.
¿Acaso es un psicópata?
Su espalda crece cuando se levanta, las luces se apagan de golpe.
Salgo y la gente sigue subastando personas. Un gran festín empieza a darse; salas de casinos, mujeres exóticas y shows de prácticas sadomasoquitas se abren al público.
El tiempo es mi enemigo. La señal aparece bloqueada cuando saco el móvil.
Estoy sola y acorralada. Le pido un trago al bartender. El whisky arde en mi garganta, sin que pueda dejar de pensar en su propuesta. Solo una maldita noche. Tendría protección, Siniestro no se saldría con la suya. Pero no soy una prostituta.
Mi puño impacta en el granito. Me termino el trago con dolor de cabeza. La música estridente me fastidia, toda esta gente enferma me abruma.
Una gran pantalla sigue mostrando imágenes de la ciudad destruida. Mi rostro aparece una y otra vez.
«Sospechosa».
«Fraude».
«Responsable».
Cambio la vista antes de escuchar el siguiente titular.
Ahora soy perseguida en el lugar que me dio refugio. El Círculo sigue atacando a mi clan, mis planes dieron un giro, pero no voy a rendirme.
—Las mentes frágiles caen por su propio peso. —Alguien se sienta a mi costado. Al girar, me doy cuenta de que es la mujer de ojos azules. Tiene un acento italiano—. Cuidado con los lobos, pueden morder más de la cuenta.
—Me sé cuidar de los animales —ironizo.
—Las novatas suelen tener el ego muy alto.
Podría jurar que es droga lo que fuma; sin embargo, es una mujer consciente de la realidad. Se acerca a mí con sutileza, frena a centímetros de mi rostro para acomodar mis pendientes.
—Hay juegos que son arte, arte del engaño.
—¿Qué es lo que busca? —inquiero, sin entender nada.
—Dar una advertencia. Eres la mujer del hombre que empieza a pisarme los talones.
—Hace mucho que ya no somos nada.
Bufa.
—Que no meta sus narices donde no lo llaman. Díselo.
—¿Y si no quiero?
—Ni siquiera el diablo te salvará de tu tumba, si es que ya no estás sepultada ahora. Tú decides si tenerme de amiga o enemiga. Sabrás dónde encontrarme.
Desaparece y no dejo de apretar los puños.
Parece que el atentado en Times Square dejó la puerta abierta a gente loca.
Pero trato de ser objetiva; él me marcó no solo con sus acciones, sino también con su apellido.
Y ya estoy fichada. Aunque ya no seamos nada, todos ellos piensan que aún le pertenezco.
Las sienes me duelen por la presión que ejerce el reloj frente a mis ojos. El tiempo se agota. Quedan menos minutos para elegir y no puedo pensar con la maldita cabeza caliente.
No soy una puta. Aprieto el vaso con tanta fuerza que mis nudillos palidecen. No puedo dejar que Siniestro gane. Las campanadas suenan, mostrándome la hora. Faltan ocho minutos. Inhalo lento y pausado, dejando que el aire relaje mis músculos.
Sé quién soy, esa es la única respuesta.
Mis pies caminan por inercia hacia el área de las habitaciones.
—¿Qué apartamento busca? —me pregunta un guardia, al verme llegar al ascensor.
«¿Apartamento?».
—69.
Los ojos le brillan. Me mira de arriba abajo como si pudiese saborear mi piel desnuda. Inclino mi cabeza cuando me da el pase. Volveré a negociar. Y si esto falla... todavía queda otra puerta.
Cuando el ascensor se cierra, algo en mí se detiene. Es un botón de ida, pero no de regreso.
El silencio cubre el espacio cuando llego. Hay un solo apartamento en todo el piso largo. La puerta está entreabierta. Al entrar, todo parece oscuro. No hay muebles, solo una cama con un olor particular que hace arder mis fosas nasales.
—Quiero hablarle —entono rápido, sé que me observa—, negociar.
Cuando la puerta se cierra de golpe, un escalofrío me paraliza.
—¿Dónde está? —Miro a todos lados—. ¡¿Acaso es una maldita broma?!
Las cortinas se abren solas. La ciudad aparece frente a mí; inmensa, brillante… lejana.
Un ruido suena. Giro y el televisor se enciende con un mensaje:
Quítate el antifaz.
Aprieto la mandíbula. No he venido a jugar, pero algo en el ambiente… no está bien. Obedezco y la pantalla cambia.
Manhattan. Mi primera pasarela.
El Hudson. Una cafetería.
Yo… durmiendo en un sofá.
Se me enfrían las manos. Mis días pasan frente a mí como si alguien hubiera vivido pegado a mi espalda. Un vídeo nuevo se proyecta.
Fecha: nueve meses atrás.
Hay fajos de billetes en una mesa. Un anciano sonríe.
—Fue un gusto hacer negocios con usted, señor. Ahora Level Gold es suya, pero todos seguirán pensando que este viejo anciano la maneja.
Retrocedo.
Me detengo al sentir unos pasos tras de mí. El aire deja de entrar en mis pulmones mientras mis dedos pierden fuerza.
—¿Qué es más interesante? ¿Que el cazador vaya a su presa o que... su presa venga a él cayendo en su trampa? —me susurra al oído—. ¿Sabes qué hace a alguien ganador? El silencio. Te vuelves invisible y acorralas a tus víctimas hasta llegar al punto en el que quieres que estén ahora.
No puedo moverme.
—¿Querías conocer a T.S.?
Su voz me roza el oído.
—Yo... Tu Señor. Yo, tu amo, el único capaz de hacerte llegar a donde te gusta..., porque a mi mujer solo la coge su marido, no el maldito gato que busca lamer mis sobras. Tú me perteneces… angliká.
Siniestro.
Los músculos de mi cuerpo se tensan. Me gira y mi rostro queda a centímetros del suyo. Su colonia traspasa mis fosas nasales, sus ojos azules fuego me atraviesan.
—Cuatrocientos días han sido un suplicio. Ahora quiero lo que me pertenece.
Sus manos me toman de la cintura.
—Tú. Vengo por mi esposa.
El calor me cachetea cuando me besa.