Salvaje (Destrucción nº 2) 5
12%

5

SUBASTA DE PLACER

Rich

La noche es larga. Son casi las tres de la mañana y tuve que darle a Alaska una pastilla para que durmiera un poco.

Mi mente salta entre fantasías. Imagino a Siniestro de rodillas, sangrando. Sueño con arrancarle una pierna, romperle la cara por todo lo que nos hizo. O entregarlo a quienes esperan verlo caer.

Me miro en el espejo y la imagen que me devuelve es muy distinta a la del hombre que solía ser hace un año. Crecí siendo su fiel lacayo, admirándolo en cada hazaña que lograba. Le tenía lealtad, tal vez miedo, pero Alaska llegó a mi vida y todo empezó a verse distinto. Seré fuerte por ella.

El móvil cruje entre mis dedos. Llamo a otro de mis contactos, un espía al que contraté para que me haga unos trabajos. Cuando llegamos a este país, tuve que pagar por influencias. De otra manera, no habríamos sobrevivido.

—Dime lo que sabes.

—El ataque no fue improvisado —informa—. La gente de Siniestro ha estado merodeando Nueva York con falsas identidades desde hace meses.

—Es imposible. ¿Por qué no atacó hasta ahora?

—No lo sé. Lo que es seguro es que ya sabe que usted vive. Uno de sus hombres ofreció un millón de dólares por su cabeza en el mercado negro esta mañana.

Mis músculos se tensan.

—¿Cómo diablos entró en América? ¡Se suponía que este maldito lugar iba a blindarnos! ¡Que el líder de la mafia americana jamás permitiría que otro lo invada! Siniestro es una amenaza.

—Debe tener un interés mayor, tal vez algún acuerdo. Tiene que huir, señor.

—No puedo dejar sola a Alaska en esto. Consígueme una asamblea con el líder de la mafia americana.

Bufa.

—Él es un hombre inalcanzable. Pocos están en su círculo, tampoco le importan sus problemas.

—Debe de haber alguna manera, alguna alianza que podamos hacer para protegernos de Siniestro.

—Sé de alguien, un hombre con poder e influencia. Pero… es peligroso.

—¿Quién?

—Su nombre es T.S., el dueño de Level Gold. Es afamado en el mercado oscuro porque tiene negocios con la mafia. Siniestro le explotó la empresa, así que no debe estar muy contento ahora. Es un punto a favor.

—No. Ese hombre quiso comprar a Alaska.

—Pues no veo otra solución. La mafia protege y tiene llegada al líder. Participa en subastas humanas. Mañana tendrá una.

—De ninguna manera. No voy a exponer a Alaska. Te llamaré apenas pueda. —Cuelgo y me llevo una mano a la boca, hastiado de tantos problemas.

Camino de un lado a otro. El aire parece hacerse más pesado. ¡Todo se fue al carajo! En minutos, la imagen que a Alaska tanto le costó construir quedó perdida. La acusan del atentado. Piensan que ella orilló el ataque de la mafia, otros solo la critican.

Es esto lo que Siniestro quiere: acorralarnos. Busca que cometamos errores. Peor ahora que sabe que estoy vivo.

—¡Maldito hijo de puta! —La botella impacta contra la pared y estalla en pedazos. Al girar, me doy cuenta de que ella está mirándome—. Alaska…

Escuchó mi conversación, estoy seguro. Está claro que no tomó la pastilla, su rostro gélido me lo dice.

—Voy a trazar una negociación con T.S. —afirma.

—No, no lo harás —me niego.

—Es nuestra única solución.

—¡Es muy peligroso! No sabemos cuáles son sus verdaderas intenciones. La prensa te culpa por esas muertes, por haber destruido su empresa, ¿crees que no tomará represalias? Además… quiere acostarse contigo.

—Le ofreceré mi clan. Si de verdad está ligado a la mafia, va a interesarle. Lograré una alianza de protección. No importa lo que tenga que hacer, no voy a darle el gusto a Siniestro.

—Alaska…

Al mirar sus ojos, por primera vez siento miedo.

Alaska

«Veinticuatro horas». El mensaje no deja de repetirse en mi cabeza.

El sol nace entre los árboles que cubren la zona. Estoy sentada frente a la ventana cuando amanece. Las hojas se mecen con el viento y las notificaciones siguen entrando una tras otra.

No las abro.

Ya sé lo que dicen.

9:50 horas

—¡No puedes darnos la espalda, maldito desagradecido! —La voz de Rich se escucha por toda la casa—. ¡Sí, ahora soy su representante! ¡Solo necesito un avión! ¡Nada te cuesta!

16:20 horas

«¡La nación estalla! Un mensaje en clave se apoderó de todas las pantallas en Nueva York: “Seis horas”. Es el día más negro para el país, se declara toque de queda».

20:39 horas

—¡Alaska no cederá a sus caprichos! ¡Mi novia no sucumbirá ante nadie!

Cuelga.

Tiene los ojos hinchados, la barba sin afeitar. Ha recorrido la casa tantas veces que podría reconocer el sonido de su prótesis golpeando el suelo.

Cuando cruza el umbral de la habitación donde estoy, termino de ajustar los cuchillos en mi atuendo: un vestido escotado de seda negra.

—¿Qué haces?

—La subasta será en unas horas. Solo me preparo.

Niega con la cabeza.

—Déjame hacer solo unas llamadas más para…

—Es inútil. Tú y yo lo sabemos.

Se lleva las manos a la cabeza.

—Estaré bien, Rich. Me sé mover en este círculo. Investigué un poco más y, como lo supuse, no solo el gremio de la mafia está presente, también los grandes empresarios y políticos.

—Has luchado todos estos meses para alejarte de ese mundo. No es justo.

—Pero llegó el momento de enfrentarlo. No voy a quedarme tranquila viendo cómo él sigue arruinando mi vida. Si tengo que aliarme con el mismísimo demonio, voy a hacerlo.

—No puedo dejar que lo hagas.

—No estoy preguntándote. Lo hemos hablado. Esta era una posibilidad.

Sus ojos lagrimean.

—Alaska...

—No hagas esto más difícil.

Cuando se da cuenta de que no puede hacer nada, exhala.

—Al menos déjame acompañarte.

—Es peligroso que te vean.

—No me importa nada más que cuidarte.

Asiento.

El tiempo hace que apriete los músculos. Sonrío frente al espejo. La curva de mis labios se ve extraña, forzada. Como si otra mujer estuviera usando mi rostro.

«¿Sería capaz de destruir al hombre que amé?».

Mi mano se detiene.

«¿Al padre de…?».

Aprieto el labial hasta deformar la punta.

Seis horas. Lo ha anunciado en las pantallas. Vendrá por mí. Me encontrará, me esconda donde me esconda. Está usando sus mejores fichas para acorralarme, pero ahora hay una diferencia: ya no soy la misma.

Probé el sabor de mi propia sangre. Sé lo que es estar rota. Lo que se siente al despertar y odiar seguir respirando.

No sobreviví para volver a doblarme. Esto no me va a derrumbar. Ni su poder… ni su maldito nombre.

Pego mis labios, sellando el rojo mate en ellos para luego terminar de vestirme. Tomé otro de los móviles de Rich, envié el mensaje a la persona que quería y ahora me devuelve el texto con indicaciones para esta noche.

—Te ves… preciosa. —Rich se acerca y me da una máscara—. Esto ayudará a cubrir nuestras identidades. Suelen usarla para estas subastas.

Mi pierna sobresale por la abertura de mi vestido. Me toma de la mano hasta el auto y manejo hasta llegar a un viejo hotel en Central Park.

Me detengo cuando leo el mensaje.

—¿Es aquí? —pregunta él.

—Es lo que dijo la asistenta de ese hombre.

Francotiradores recorren la zona con la mirada desde los techos. Hombres vestidos de negro hablan por micrófonos ocultos bajo la manga. Con el antifaz no nos reconocen, así que el paso es fácil.

—El brazo. —Uno de ellos me intercepta—. Debe ser marcada antes de entrar.

Me marcan con tinta indeleble, pero a Rich lo apartan.

—Soy su acompañante.

—Los perros esperan afuera. Solo los líderes entran. —Gira su cabeza hacia mí—. Bienvenida.

Rich está a punto de hacer un escándalo, pero mi mano lo frena.

—Entraré sola.

—¿Qué dices?

—Si algo sale mal, continúa —le indico.

Su mirada se queda fija en la mía.

—Sabes exactamente qué hacer.

Le doy un abrazo y luego le dejo las llaves del auto. Camino hacia la entrada de lo que por fuera parece un hotel sencillo, pero solo es la fachada.

A medida que avanzo, el infierno se desata. La seguridad es extrema. Hay incluso miembros de la milicia dando vueltas. ¿Qué tanta gente importante cuidan?

Un gran reloj de oro se ve al entrar en una de las terrazas. El lujo se extiende por la zona; asientos de cuero en forma de medialuna, un árbol gigante lleno de diamantes en el centro, además de una iluminación en clave baja.

En comparación con las fiestas europeas, los americanos son más sofisticados; la electrónica se hace notar en cada una de sus zonas. Reconozco a grandes políticos presentes, actores, actrices y otras personalidades del medio.

Pero esta es solo la primera sala.

—¿Puedo ayudarla en algo, mi señora?

—Necesito llegar a las subastas.

El anfitrión me mira. Al ver que no sonrío, asiente.

—Las subastas se dan por zonas —explica—. Este es el primer ambiente: el de las negociaciones con millonarios. El segundo es sobre política y el tercero… sobre personas. Si entra, puede que no salga.

—Llévame.

Las bocas de viejos apestosos se abren al verme pasar por su lado, luciendo mi escote. A medida que voy entrando en cada nivel, se pueden escuchar distintas ofertas:

«Quiero ganar las elecciones. Y la cabeza de mis competidores al precio que sea».

«Subasto veinte virginidades, todas unas nenas».

«La muerte del presidente japonés y del Papa».

No miro a quienes lo dicen.

Cada invitado tiene un dispositivo que podría enumerar la lista de propiedades, tierras o poder que posee. Planto bien las piernas al llegar a la zona más negra del lugar. No me impresiona ver a mujeres con correas, encerradas en vitrinas de vidrio.

—Dígale a T.S. que Alaska Wells está aquí.

El empleado no deja de mirarme.

—Tendrá que encontrarlo.

Me da acceso a una fiesta privada y paso sin entender. Espero media hora hasta que me doy cuenta de que él no vendrá, tengo que hacerlo por mi propia cuenta.

El ego de un ser que se cree superior es interminable. Camino por los salones, investigando un poco más este lugar. Abro cortinas y descubro a un grupo de mujeres que se tocan. Cuando sigo la línea, mi atención va hacia el salón contiguo, donde hay hombres que se divierten con otros.

«Ladies and gentlemen, the underground auction begins».

El corazón se me agita al atravesar otras puertas. Lo primero que veo es un bar lleno de hombres tirados en el suelo. Están heridos y aprisionados por una mujer que, con el pie, pisa sus cabezas.

Es alta, de ojos azules y cabello castaño claro. Se ve fuerte, aunque el brazalete que tiene en la muñeca parece someterla. Me evalúa de pies a cabeza cuando paso a su lado, pero la premura hace que siga mi paso.

La sala que sigue está en el sótano. Los gritos de las chicas a las que traen a la fuerza son devastadores. Uno de los guardias me mira y lo reconozco de inmediato. Fue miembro de la seguridad personal que designaron para mí en Level Gold. No emite gesto alguno.

—Tengo algo que ofrecer, quiero entrar.

—Podrían considerarla una puta. Aquí solo entran mujeres en oferta —me advierte.

—Mi oferta vale mucho más que mi cuerpo.

Se queda en silencio y luego me da acceso.

Cuando entro en el lugar, todo está en sombras. Doy un paso más y una luz cenital se enciende sobre mí. Hay cuartos con pequeñas ventanas donde se muestran siluetas. No se les ve el rostro, tampoco puedo escuchar muy bien su voz; parece distorsionada.

—Soy Alaska Wells, heredera de la mafia belga. Vengo a ofertar mi clan. —Voy al grano.

Una sensación extraña aprieta mi garganta. Las luces de los pequeños cuartos se apagan, quedando solo tres en el juego. Me acerco, las sombras se hacen menos visibles.

—Ofrezco mi clan —insisto—, además de información confidencial de la mafia europea: fotos, vídeos, papeles… Incluyendo… la mafia griega. Todo a cambio de protección contra Siniestro.

Un ruido se extiende, voces hablan.

Diez billones de dólares.

Doscientos billones.

Cuatrocientos billones de dólares.

Silencio. Silencio. Más silencio.

Vendido.

Las luces de dos cuartos vuelven a apagarse, quedando sola una.

«La petición ha sido otorgada al señor T.S., dueño de la compra».

Sus iniciales se proyectan en una pantalla. Se me seca la garganta.

—Parece que el caos fue necesario para que tuviéramos esta conversación.

—La voz distorsionada me produce escalofríos—.

Acepté su propuesta porque soy el único que puede complacer sus caprichos, como lo he hecho desde que inició en Level Gold.

Pero… el riesgo es tan alto que también tengo mis peticiones.

—¿De qué habla?

—Le he tenido interés desde hace mucho tiempo y deseo algo a cambio.

El silencio pesa.

—La quiero a usted, señorita Wells. Una noche conmigo.