Salvaje (Destrucción nº 2) 4
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TRAMPA

Alaska

La punta del arma se hunde en mi espalda. Mi cuerpo se agarrota, la respiración se me corta, el corazón no deja de latirme.

—Camine. —Una voz gruesa me altera.

Los recuerdos me nublan la mente.

No… otra vez no.

Mis tímpanos explotan ante los disparos. El escenario se tiñe de rojo, matan a inocentes, los gritos me ahogan mientras me empujan hacia la escalera y me obligan a caminar.

—¡Perra! —grita uno de los hombres cuando intento escapar.

Corro y las balas me rozan los pies. Puedo sentir el jadeo en mis oídos, los latidos de mi corazón golpeando mi pecho con fuerza. Me meto en un pasillo largo, fuerzo puertas y ninguna se abre.

Veo una ventana y me aviento hacia un callejón. Cuando me levanto, un golpe me bloquea.

—¡FBI! —Policías me apuntan con armas—. ¡Manos arriba!

Respiro rápido. Por un momento puedo descansar. Pero me congelo al darme cuenta de sus tatuajes en los brazos. Si fueran agentes del FBI, ya me habrían capturado. Está claro que no pueden tocarme.

El hombre se acerca. Le doy pelea. Esquivo un puño y bloqueo su avance con la pierna. Caemos de lado, sin dejar de luchar. En un movimiento rápido, arranco el arma de sus manos.

—¡¿Qué hace?!

Disparo sin pensar, a quemarropa. Una, dos, cinco veces… Su cuerpo queda inerte sobre el suelo.

El siguiente se me viene encima. Lo recibo a golpes. Y luego llega otro más, que me nubla la cabeza con una paliza.

No siento dolor, tampoco las piernas.

—¡Diafygí! —hablan.

Es griego. Jamás podría olvidar esa entonación.

Lucho. Con los puños me defiendo. Saco la rabia que me ha mantenido hirviendo durante estos meses. El deseo insano de su sangre, su voz, su acento maldito.

Cae y luego me abro camino para huir. Siento la adrenalina quemando en mi piel. Llegan autos con más hombres que me persiguen. Corro sin saber si estoy herida, perdiéndome entre calles desiertas.

—¡Una granada!

Algo explota. Mi visión se nubla. Mis piernas se doblan. La sangre me empapa la cara.

Intento arrastrarme hasta un basurero cuando escucho pasos acercarse.

—¡Alaska!

Unas manos me levantan. Es Rich. Me sujeta y rechino los dientes. Trato de quitarle el arma, pero me detiene.

—¡No!

—¡Déjame! ¡Son unos hijos de puta!

—¡Tenemos que irnos ahora!

Lágrimas y rabia se mezclan en mis ojos mientras su gente nos saca del lugar. Las llantas del auto suenan a toda prisa mientras me desplomo en el asiento. Los recuerdos del pasado revientan en mi mente: gritos, destrucción, caos.

Gente muerta abunda en las calles por las que pasamos. Se escucha llorar a niños bañados en sangre, ancianos que piden socorro, helicópteros que sobrevuelan la Gran Manzana hecha ruinas.

«Ataque de último minuto».

«La pasarela de Level Gold manchada de sangre. Millones de personas desaparecidas».

«¿Un ajuste de cuentas? Alaska Wells en la mira de las autoridades».

Mantengo mi mirada fija en la ventana mientras las noticias informan al mundo sobre el atentado. Salimos de la ciudad por una carretera secundaria. Para cuando llegamos a una pequeña cabaña, ya han pasado dos horas.

Mi teléfono está roto y no sé nada de William.

—Toma. —Rich aparece con medicamentos que me niego a tomar. Se sienta con cuidado en la mesa, aún con la mano extendida—. Estás herida. Si no lo haces, no podrás soportar el dolor. No puedes darte el lujo de estar mal ahora.

Le quito la pastilla de la mano y me la paso con agua.

—Tuviste suerte de que solo hayan sido golpes y el roce de una bala. —Me limpia la sangre con una toalla—. No te muevas.

—¿Cuánta gente murió?

No contesta.

—Rich, necesito saberlo.

Exhala hondo.

—Había más de sesenta mil personas. La presentadora fue encontrada sin cabeza, tu equipo de producción en un estado deplorable. Del único que no se sabe nada es de Pink. Yo… logré escapar sin que me vieran. Necesitaba reunir al equipo que me cubre la espalda para encontrarte.

Mis dedos dejan de moverse. La toalla resbala de mis manos y cae al suelo. Sigo mirando hacia un punto fijo.

—El ataque fue perfecto. Hackearon todo: cámaras, accesos privados, incluso federales. Se suponía que William estaba cuidándonos la espalda. Era el encargado de tu clan, estaba siguiendo los pasos de nuestros enemigos. ¡Tenía que haber notado algo! ¡Debió avisarnos ante la más mínima sospecha!

Mis uñas se clavan en las palmas de mis manos.

—No sabemos lo que realmente pasó.

—Pasó que es un maldito incompetente. Por su culpa, ahora estás en riesgo. La policía cree que es un atentado, pero sabemos que solo un hombre puede hacer esto.

No puede pronunciar su nombre. Tiene la cara roja y los nudillos blancos de tanto apretar el puño. Tira una pila de vasos que hay en la mesa, como si así pudiera controlar la frustración.

—No voy a dejar que ese tipo vuelva a nuestras vidas, ¿me oyes? ¡Eso no pasará! Aunque aún seas su esposa, ya no tiene derechos sobre ti. Estás conmigo, Alaska. —Se presiona contra mí—. Lo que hemos vivido ha sido maravilloso en estos meses. Tú y...

—Basta, Rich.

Suele ser un hombre controlado, pero ahora los labios le tiemblan.

—No dejaré que te toque. —Sus ojos se cristalizan—. No cuando quizá tú... lo sigas amando.

Casi se me escapa una risa seca. El calor me sube por el cuello. Es la estupidez más grande que he escuchado.

—No se ama lo que te destruyó un día, tampoco lo que odias con todas tus fuerzas.

Quito su mano de mi rostro.

—Tienes razón. —Asiente—. ¿Por qué lo amarías? Los hombres como él no cambian. Solo mejoran la forma en que te rompen. Si te hubiese querido de verdad, jamás te habría hecho daño.

Me arden los ojos.

—Perdóname. Perdóname, yo… arreglaré esto. Te lo juro.

Se rasca la cabeza, sus ojos no dejan de parpadear con un tic nervioso. Arranca el teléfono de la mesa y marca con movimientos bruscos. Falla al inicio. Maldice y lo vuelve a intentar.

—Necesito su ayuda, voy a testificar en contra de una organización delictiva. El líder de la mafia griega es quien está detrás del atentado, su nombre es Siniestro.

Aprieta el puño.

—¡No! ¡No estoy borracho! Mi chica está en peligro. Ustedes son la ley y el orden en América. Solicito una reunión con el presidente de la DEA mañana mismo. ¡Y con todos los malditos encargados de las instancias policiales! Les daré lo que buscan: pruebas, fotografías, documentos... ¿Bueno? ¿Hola?

Me quedo quieta.

Lo intenta de nuevo, pero nadie le cree. Lleva las manos a su rostro, desquita su cólera a gritos y tira todo lo que ve a su paso. En el movimiento, su prótesis sale disparada; se resbala y cae al suelo. Su rostro vuelve a ponerse rojo cuando intenta levantarse sin éxito.

—¡No me mires así, que no soy un puto niño!

No hay cosa más terrible para él que traten de ayudarlo cuando su inseguridad sale a relucir. Se siente menos por su pierna, aún no termina de aceptar su discapacidad del todo. Le doy una mano y, avergonzado, toma mi brazo.

—Es por eso que no me amas —su voz se quiebra—, porque soy un hombre incompleto. ¿Cierto?

—Te quiero por lo que eres, Rich. No por si te falta algo o no.

Una sensación incómoda se atasca en mi garganta cuando fuerza sus labios sobre los míos, intentando hallar consuelo. Trato de ser sutil cuando me toca, me besa con tanto miedo, con tanta angustia y pánico que solo… me quedo quieta.

Haber sido la mujer de un hombre poderoso me enseñó a nadar en medio de la vulnerabilidad de los otros. Podría frenarlo. Sin embargo, Rich ha sido un gran apoyo, el hombre que ha guardado mis mayores secretos. Mi fuerza.

—Te quiero, Alaska.

Su dedo baja hasta mis piernas, como si quisiera reafirmar que le pertenezco. Intenta ir más allá, pero espera mi aprobación. Siempre me ha tratado como una pieza delicada. A veces lo disfruto; los besos dulces, sus suaves caricias, aunque en el fondo mi cuerpo se haya acostumbrado a ser salvaje.

Besa mi cuello, cuidando de no lastimar mis heridas. Él necesita cubrir sus miedos, yo… borrar lo que está clavado en mi memoria. Puedo sentir el calor que embarga su acto. Trata de complacerme, se esfuerza, pero el ruido del móvil nos detiene.

Sus ojos se abren. Al ver quién es, le quito el teléfono.

—William.

—¡Señorita Wells! —Tiene la voz quebrada—. Nos atacaron. Invadieron nuestras tierras.

—¿Qué?

—Smirnov… el círculo. Llegaron con más de cien hombres.

Mataron a los nuestros, se apoderaron de sus tierras.

Tuve que huir con los sobrevivientes, estamos escondidos en un viejo granero, pero tarde o temprano nos encontrarán.

Si no hacemos algo, van a matarnos. No vamos a resistir mucho. Nos están cerrando el paso.

—Vete de ahí. Contrata a hombres. Usa todo el dinero que tengas.

—¡Alguien congeló nuestras cuentas bancarias! Nuestros aliados dejaron de apoyarnos por el escándalo de las noticias. ¡Level Gold está destruida! ¡Ya nadie nos quiere!

—Alaska… —Rich se queda a medio hablar mientras sube el volumen de la televisión.

Level Gold arde en la pantalla. Las llamas devoran los pisos superiores mientras fragmentos de vidrio caen como lluvia. Mis dedos se cierran alrededor del borde de la mesa. Todos mis sueños… se redujeron a humo.

«Veinticuatro horas».

En todos los edificios con pantallas de la ciudad se muestra el mismo mensaje.

Mis dientes chocan, la piel se me incendia.

Siniestro arruinó mi vida. Pero yo ya no soy la misma ingenua. Soy la mujer que destruyó para hacerla a su semejanza. También sé defenderme.

Su nombre ya no me rompe; me afila.

—Te acusan de fraude, apropiación ilícita —Rich agrega—. Tenemos que huir.

—No. —El eco de mi voz parece reverberar por toda la casa.

—Él te encontrará.

—Ya lo hizo. Y no me voy a quedar tranquila.