3
DÍA NEGRO
Rich
No hay sensación más dolorosa que ver a la persona que quieres alejarse. Ella huyó de mí otra vez.
Me costó seguirla hasta el apartamento. La prótesis empezó a hincarme de nuevo, había gente alrededor y tuve que esperar una hora para utilizar el ascensor.
Ahora me detengo frente a su puerta, con la mano en el aire, sin saber qué hacer. Se me apaga la voz y el único sonido que logro emitir es apenas una palabra.
—Alaska…
No hay respuesta.
A veces no sé quién es. Me cuesta reconocer al ángel que conocí.
Intento avanzar, pero la muleta resbala bajo mi peso.
Un chasquido metálico me atraviesa. Caigo y mi pierna incompleta queda expuesta.
Doy un puñetazo al suelo, incapaz de hacer algo más que arrastrarme.
Cada cicatriz arde, como si el pasado se empeñara en recordarme lo que perdí.
La marca del hombre que me cortó una pierna con un hacha sigue latente, al igual que mi amor por ella.
Cuando la vi del brazo de Markos Van Loren, brillando como una dama de la mafia, algo cambió dentro de mí. Siniestro, el hombre más poderoso del Mediterráneo, se había casado con la prometida de su “hermano” por venganza… y yo solo era un idiota que no podía dejar de mirarla.
La entrené. La hice más fuerte. Me convertí en su refugio, en el hombro donde lloraba cuando el mundo la rompía. Pero las cosas tomaron un rumbo diferente cuando él empezó a verla con otros ojos. Se enamoró de quien juró odiar. Y tampoco pudo alejarse de ella.
El todopoderoso líder de la mafia empezó a romper sus propias reglas por una mujer y su vida empezó a salirse de control.
Volvía cada noche a su mansión para verla. La observaba dormir. Dejó atrás sus juegos y sus sumisas, por una mujer a la que ni siquiera sabía si dejar viva.
Me desesperé. No lo podía permitir.
Si aquello seguía así, a Alaska no le esperaba un buen destino. Se apagaría, como cada mujer que se enamoraba del amo. Y mientras veía todo derrumbarse, mi amor por ella solo creció.
Un día le robé un beso en un acto impulsivo. Él lo vio y me cortó la pierna con un hacha. Siniestro jamás demostró una sola emoción en su vida, pero aquel día perdió el control. Sus golpes me desfiguraron el rostro, me dejó al borde de la muerte sin compasión.
Sin embargo, el destino hizo lo suyo. Otto, el hombre en quien más confiaba, terminó salvándome la vida. Le hizo creer que se había deshecho de mí. Recuerdo haber reído ese día. Si hasta su perro más fiel lo traicionaba, solo era cuestión de tiempo para que Alaska conociera la verdad.
Recuesto la cabeza en la pared y dejo de forzarme. Mientras los segundos pasan, me incorporo, apoyándome en una de las columnas. Puedo tener el cuerpo incompleto, ser un prófugo que dejó su vida y a su familia por amor, pero al final gané; yo me la quedé.
Ahora lo odia tanto como yo. Nunca le perdonará lo que hizo. Y esa es mi mayor ventaja.
El cansancio me vence y me quedo dormido en el sofá. Cuando abro los ojos, ya amaneció. Escucho un ruido en una de las habitaciones. Al cruzar el umbral, la encuentro con unas tijeras entre las manos otra vez.
Además de modelar, diseña lencería. Sus ojos claros brillan concentrados sobre la tela. Me gusta observarla cuando se pierde en lo que ama hacer.
—¿Modificando tu propia ropa una vez más?
Suspira.
—Se vería mejor si supiera de costura.
Se ve pulcra, tranquila, con un dominio espectacular de sí misma.
—Haces cosas increíbles… —Me acerco—. ¿Estás… bien?
—¿Por qué no lo estaría?
Sonríe, como si no hubiera pasado nada. Desde que salimos de Europa, presenta crisis ansiosas que en algunos episodios se convierten en ataques de pánico.
Otras veces, no puede respirar. Aun así, odia recibir ayuda.
Normalmente se calma sola. Ha aprendido a esconderlo tan bien que nadie notaría el infierno que decide afrontar.
—Esperé horas tras tu puerta anoche.
—Me tomé una pastilla para dormir. Lo siento, no quise preocuparte. Ya haces mucho por mí, no tienes que tomarte tantas molestias.
—Haría lo que fuera porque estés bien. —Subo mi mano hasta su suave mejilla. Es tan bonita, tan perfecta… que no me canso de mirarla—. Estoy muy orgulloso de ti, de todo lo que has logrado. Mereces sonreír siempre.
Quiero besarla, probar sus labios dulces. El olor de su perfume es maravilloso; veo la gloria cuando mi boca roza la suya.
Pero me aparta otra vez.
—¿Cuándo podré ganarme tu corazón? —pregunto y no dice nada—. He respetado tus tiempos, pero entiéndeme: estoy enamorado. Solo quiero una oportunidad. Te juro que voy a hacerte feliz.
—Pronto. Solo… tenme paciencia.
La abrazo, perdiéndome en su aroma. Es la mujer más deseada de América. Ahora está conmigo y nunca la voy a soltar.
Alaska
Veinte horas después.
«La pasarela de Level Gold abre sus puertas hoy en Times Square. Miles de fans ya se encuentran en la zona».
Los titulares no dejan de aparecer. Un nudo se atora en mi garganta cuando cruzo el umbral del set y todos me reciben con palmas.
—¡Rompimos récords de audiencia! —Uno de los productores me abraza.
—¡No cabe ni un alfiler en la pasarela! ¡Eres un éxito mundial!
Sonrío, sin saber cuándo fue la última vez que sentí mariposas en el estómago. Hoy es el gran día. La gente corre de un lado para otro con mucha expectativa. Miles de cámaras se alzan a mi alrededor. Pero pronto un aire helado traspasa mi piel.
Finjo calma hasta llegar al camerino. El sonido de los televisores encendidos empieza a sofocarme. Los noticieros hablan de los outfits, las modelos, y la inversión millonaria que se hizo para lanzar un show abierto al público. Pero lo que viene después solo consigue aumentar mi ansiedad.
La bomba mediática explotará al terminar la pasarela. Cuando eso pase, Rich me sacará de la ciudad y solo será cuestión de tiempo para que todo arda.
—Miren a quién tenemos aquí, Alaska Wells en persona. —Una de las directoras creativas aparece—. No tienes idea de cuánta gente se reúne fuera. ¿No estás emocionada?
—Claro que sí.
—Quién lo diría. Cuando recibí tu portafolio hace más de un año, nunca imaginé en lo que te convertirías. Has conseguido aquello con lo que muchas sueñan. ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
—Siguiendo lo que otros pensaban que era mejor para mí —bufo, aunque en el fondo sea verdad.
—Ahora todo esto es tuyo, querida. En todos los sentidos de la palabra —la mujer murmura—. T. S. está muy interesado en hacerte una propuesta. Solo vendrá si tú aceptas.
—No tengo ningún interés en acostarme con él. —Voy al grano y la sonrisa se le borra.
—¿Vas a desairar al jefe? ¡Es la persona más poderosa del gremio! Ha sido tu mayor fan desde que empezaste y encima te dio un contrato millonario. No serías la primera ni la última mujer que lo hace. Él nunca pierde sus batallas.
—Entonces seré la excepción. —Le enseño el camino a la puerta—. Si me permites, necesito alistarme ya.
La mujer asiente por cortesía antes de irse. Cuando me quedo sola, dejo caer mi espalda contra la pared, cansada de que la gente me crea un pedazo de carne para vender.
Si me acuesto con alguien es porque quiero, no porque le «deba» nada a nadie. He recibido este tipo de propuestas desde que empecé mi carrera de modelo. Todos compiten por ver quién se lleva a la cama a la chica más famosa. Algo que no quiero normalizar, pero ya es más de lo mismo.
Intento mantener la cabeza fría, pero a medida que el reloj avanza algo se remueve dentro de mí. Mientras las otras modelos se hacen selfies, me quedo ausente, con la vista fija en el teléfono. La palma de mi mano está herida de tantas veces que clavo las uñas en mi piel.
El mensaje aparece.
Rich ya está aquí, listo para lo que toca. Su capacidad para pasar desapercibido en cada cosa que hace es digno de admirar. Debería respirar, sentirme tranquila, pero el peso en mi estómago sigue sin irse.
—Este es tu momento, Alaska —me digo frente al espejo—. Nada va a salir mal. Disfrutarás la pasarela. Y luego, los planes que trabajaste por meses tendrán sus frutos.
Una sensación agridulce florece en mis labios, como si pudiera saborear la victoria; meses de lucha, sueños que convertí en realidad.
Respondo el mensaje con mi última orden.
Los archivos que Leonardo Bristol guardaba con cautela, y que tenían a todos sus enemigos detrás, esperan para ver la luz. Nombres, direcciones, redes de organización criminal… Todo habrá tenido sentido después de hoy.
—¡Cariño, es hora de empezar! —Pink entra en mi camerino—. ¡Es el mejor momento de mi carrera!
Salta, con las brochas en sus manos para iniciar el maquillaje.
Después de una hora, llegan los asistentes de vestuario con la ropa.
Pedí una modificación sencilla en el traje y se ve espectacular.
Negro, elegante y lleno de brillos para las cámaras.
Consta de dos piezas: en la parte superior, un brassiere que realza mis pechos; en la inferior, un pantalón transparente que deja entrever la lencería como un arte.
—Te ves… preciosa —murmura Pink.
Las sombras negras realzan mi mirada. El labial rojo le da un toque final a lo que ellos llaman perfección.
—¡Tenemos que sacarla de aquí ya! —grita uno de los productores—. ¡Estamos contra el tiempo!
El presentador anuncia el inicio de la pasarela y la bulla es descomunal. El corazón me retumba a medida que nos acercamos al lugar, porque el show lo abro yo.
Me suben a un auto que me lleva entre los vestidores. Los hombres que me cuidan aguardan por mí. Camino junto a veinte personas, cuyas tarjetas de identificación parecen saltar de lo rápido que van.
—Devóralos. —Es lo último que escucho de Pink, quien me pone fijador en la cara.
Los gritos de la gente se hacen más cercanos. La música en vivo se cuela en mis tímpanos. Pronto, mis pies están sobre una tarima movible que subirá hasta el centro de la pasarela.
Mi estómago se retuerce de nervios. Rich permanece a un lado del escenario y me dedica una sonrisa. Una voz se alza. Es Yi Takahashi, la presentadora más famosa del momento.
Respiro hondo. Mi mano descansa en mi cadera, mis piernas están en posición para cuando el cuadrilátero sube.
—Damas y caballeros… Alaska Wells.
Los gritos hacen temblar el escenario. Aparezco entre las sombras, en un juego de luces que iluminan la gran pasarela ante la vista de millones de personas.
La música empieza a sonar. Las cámaras del mundo me retratan. Sonrío, disfrutando cada muestra de cariño de la gente. Abrazando ese lado de mí que criticaba su cuerpo, que por mucho tiempo se creía la fea de la clase y nunca confió en sí misma.
Mis caderas se mueven con elegancia, las pantallas de Times Square reflejan mi rostro. El aire fresco de la primavera me rodea mientras llego hasta mi tope.
Intocable. Invencible. Inquebrantable.
Las pantallas proyectan. Y luego cambian.
«¡Flash! ¡Los nombres de la mafia serán revelados en el segundo libro de Alaska Wells!».
Los latidos de mi corazón golpean mi pecho con fuerza. El júbilo del público se eleva. Ya no hay marcha atrás.
Yi me mira con la boca abierta. Camina hacia mí con el micrófono en la mano y algo caliente salpica mi brazo.
Su cabeza estalla. Las rodillas se le doblan. Su cuerpo cae frente a mí, con los ojos abiertos.
Silencio.
El desconcierto paraliza a la multitud, luego explota.
Gritos.
Terror.
La gente sale corriendo.
Otra detonación. Sigo sin reaccionar.
—¡Saquen a Alaska! —Es lo único que escucho.
No puedo moverme. Un apagón nos deja en completa oscuridad.
Los disparos continúan. Secos. Cercanos. Uno tras otro.
Mi mirada vuelve a las pantallas…
«Hay delicias que no se olvidan..., como el sabor de mi mujer cuando la cojo. Vengo por mi hembra».
Alguien me apunta con un arma.