2
CICATRICES
Alaska
Detengo mi trote matutino en un parque privado de Manhattan. Es un nuevo día, el sol parece nacer entre los grandes edificios y la mañana está tranquila, pero es tiempo de regresar.
Un nudo se oprime en mi garganta al recordar qué día es hoy. Faltan cuarenta y ocho horas para la pasarela de Level Gold: el show más importante de la moda internacional, el evento al que toda modelo sueña con llegar. Y tengo demasiado en juego.
Apresuro el paso y entro por un área que conecta el parque con la ciudad. Apenas me asomo a la Quinta Avenida, la seguridad se acerca para escoltarme hasta las oficinas.
El caos me golpea al entrar. Algunos corren con papeles en las manos, otros gritan, buscando a sus chicas para la prueba de vestuario. Cada modelo tiene un equipo que la asiste y yo llego tarde otra vez, pero alcanzo a escuchar a dos de ellas conversar.
—Dicen que el dueño de Level Gold estará presente en el show.
—¿T.S.?
—Sí.
—Nunca viene a las pasarelas, parece que esta será especial. Las malas lenguas afirman que está metido en el narcotráfico. Estoy segura de que elegirá con quién se acuesta esta noche.
—Pero si es un anciano decrépito…
—Sus millones son lo único que importa.
Sueltan risas y, cuando me ven, bajan la voz. Finjo una sonrisa al pasar, entonces una de mis asistentes corre para llevarme a los camerinos. Pink me espera con una mano en la cadera.
—¿Qué te dijeron?
—¿Quién?
—Esas envidiosas.
—Nada.
Paso de largo hacia la silla.
—Desde que llegaste aquí, andan escupiendo veneno. Tienes a todo el mundo hablando de ti, cariño. Esas hipócritas no son la excepción.
Me encojo de hombros.
—Que hablen de mí es lo último que me importa.
—Pues debería. La noticia de que el dueño de Level Gold vendrá ha sido una revolución. —Empieza a limpiarme el rostro—. Quieren quitarte al magnate, pero sabemos que solo tú le interesas.
—Es su empresa, no tiene nada que ver conmigo.
Rueda los ojos.
—Al anciano le gustas, cariño. No por nada compró toda tu colección fotográfica más hot. Tú, en cambio, has rechazado cada invitación que te ha hecho. Los regalos que te manda tampoco pasan desapercibidos.
—Muchos hombres me mandan regalos.
Hace una mueca.
—Pero no cualquiera te obsequia un Audi.
—Tal vez quiere mantenerme lejos de la competencia. Por eso pone tanto interés en mí, además de esa seguridad asfixiante que no me deja sola. Da igual, yo no me vendería al mejor postor.
—¿Porque ya tienes a alguien más? —Enarca una ceja—. Ayer te fuiste sin contarme.
Suelto una risa.
—Tengo tanto encima que un hombre es lo último que busco ahora. No es nada de lo que tu cabeza imagina.
Decido cambiar de tema mientras ella replica el maquillaje que voy a usar en el show.
—¡Llegó la ropa!
El asistente de vestuario aparece con un perchero lleno de prendas. Me muestra los trajes que voy a lucir y mi mirada lo hace retroceder.
—Son decisiones ajenas a mí, no tengo la culpa —se excusa, al tiempo en que levanta las manos.
Exhalo rápido. Siempre es lo mismo. Durante mucho tiempo, los diseñadores han ignorado mi postura. He intentado introducir cambios positivos en este lugar, propuestas que permitan que las mujeres se vean hermosas sin tener que someterse a moldes imposibles, pero parece que no les importa.
—Quita esa cara, cariño. Eres bonita y delgada. Estoy seguro de que no has tenido que recurrir al vómito para verte espectacular. En nada te afecta.
—Sabes que estoy en contra de vender belleza plástica. Esto no representa un cuerpo real.
—Pues ve y díselo al gremio. Mientras tanto, elegiré por ti —alega, mientras escoge una prenda—. El negro te queda increíble. Brillarás como una dark queen.
Se va y me deja una pila de opciones que terminan siendo una peor que la otra.
La paciencia no es mi mejor virtud. Tengo una lista de pendientes que me espera: ver las fotos del book, ensayar, asistir a un evento privado de ayuda animal… Ni contestar mis llamadas puedo.
Paso todo lo que resta de la tarde fuera. Este es el último día de trabajo previo a la pasarela. No paro y parece que todo se me acumula.
—La prensa está cerca, se enteraron de nuestra rutina otra vez —reniega mi asistente—. ¿No puedes contestar unas preguntas para que nos dejen en paz?
—No hasta después de la pasarela.
—Entonces tenemos que huir. Se volaron las mallas de seguridad. ¡Muevan todo!
Cancelamos mi participación en el evento benéfico y me suben al auto antes de que los reporteros paren el tráfico otra vez.
De lejos veo a los perritos con los que iba a convivir. Una de las cosas que más disfruto es pasar tiempo con los animales. Me hubiera gustado estar con ellos. Pero en segundos la multitud se apila en las cercanías.
Autos idénticos al mío rodean la zona para despistar a la prensa. Ser una persona pública me ha permitido tener poder mediático, pero una de las cosas que sacrifiqué para lograrlo fue mi privacidad.
Un mensaje aparece con la foto de una terraza en un jardín. Hay una mesita en el suelo, flores blancas y chocolates en forma de corazón.
Dejo el móvil y, al subir la vista, me encuentro con la mirada del chófer a través del espejo. Cuando se da cuenta de que lo veo, finge hacer otra cosa. Un aire extraño se atora en mi garganta. Aparto la idea antes de sobrepensar.
—Déjenme aquí. Caminaré un poco antes de entrar —digo cuando llegamos al estacionamiento.
—Tenemos que custodiarla hasta su apartamento, señorita.
—Ya estoy en mi zona segura.
—Perdone, pero son órdenes.
—Las órdenes las doy yo. Ya se pueden retirar.
Se miran entre ellos hasta que se van. Vivo en una zona exclusiva con parques privados que me permiten caminar sin tanta gente alrededor. Si los dejo acompañarme, van a notar a la persona que me espera en la terraza.
Y no quiero.
Me aseguro de que nadie me siga y avanzo hasta el lugar. El romance florece por todas partes al llegar. La decoración se ve más linda en vivo. Cuidó cada detalle que sabía que me iba a gustar. Incluso hay velas.
—Eh… ¡Sorpresa! Parece que llegaste antes de lo que pensé. —Me hace una seña con el teléfono en la oreja—. Siéntate y ponte cómoda. Traeré la comida que te preparé.
—Gracias… Rich.
No puedo evitar sonreír ante lo lindo que se ve todo. El humeante olor de la carne asada despierta mi apetito. Todo se ve bien, pero aún no hay platos en la mesa. Avanzo para ayudar y una caja llama mi atención.
—¿Y esto?
Giro para verlo. Todavía sigue sirviendo lo que preparó.
Él siempre me sorprende con detalles, seguro se le olvidó esconder este. Debería esperar, pero la envoltura negra despierta mi curiosidad.
Mis manos se deslizan por el borde de la caja. Se siente pesada. Levanto la tapa de cartón y una ráfaga helada traspasa mi piel.
La mirada se me queda clavada en el interior. Una bola de billar, una correa con diamantes, un vino blanco y… un juguete sexual.
No.
—Mi padre manda saludos, quiere verte otra vez… ¿Alaska? ¿Estás bien?
No respondo.
—Abriste el regalo. Dijeron que era de tu club de fans. —Levanta el vino—. ¿No te gustó? Se ve de buena cosecha.
—Suéltalo.
Mi voz se desinfla.
—¿Qué?
—¡Que lo sueltes!
El grito corta el aire. Le arrebato todo de las manos y lo tiro a la basura sin pensar.
—Calma, es solo un detalle. Estás temblando. —Deja de sonreír—. Me preguntaron qué te gustaba, yo dije que un buen vino sería ideal. Lo demás… lo habrán deducido por la broma que les hice.
No lo escucho.
—¡Alaska!, ¿a dónde vas? Ni siquiera hemos cenado…
El aire se escapa de mis pulmones cuando me apresuro por las escaleras. Llego al piso veinte y lo primero que veo es mi habitación. La sensación de que los edificios se vienen sobre mí empieza a generarme una opresión en el pecho.
Cierro las cortinas, pero no sirve de nada: la imagen de esa caja todavía quema en mi piel. Me sujeto a la pared, incapaz de pensar con claridad. Mis piernas se doblan. El suelo helado me obliga a detenerme.
«Es solo una casualidad, una estúpida casualidad».
Respiro hondo, pero el aire pesa. Mi corazón golpea tan fuerte que parece querer salirse de mi pecho. Describo las cosas que veo en mi mente: cama, cortinas, alfombras, sábanas, y trato de mantenerme en el presente.
Pero no pasa.
Clavo las uñas en mis palmas. Busco la letra “W” en mi lista de contactos, la única persona en la que puedo confiar.
—Señorita Wells.
—¿Hay alguna novedad? —Voy al grano.
—Ninguna.
—¿Estás seguro?
—Por supuesto.
El acento belga de William parece mermar los rápidos latidos de mi corazón.
—¿Todo bien? —inquiere.
—Sí. Solo… necesitaba información.
—Todo sigue igual. No se sabe nada de él… tampoco de ella.
Una sensación amarga me invade. Los rostros de mis enemigos vuelven a mi mente otra vez.
—Sé que es difícil y que aún tiene pesadillas por lo que vivió, pero lo pagarán. Se lo juro. Ya no está sola, ahora tiene un clan que la respalda. No somos muchos, pero aun así seremos fieles al legado que su padre dejó.
—Gracias, Will.
—Debe saber que la prensa ha mandado investigadores a las editoriales. Parece que sospechan que algo va a pasar. Solo basta su orden para publicar los nombres que quiere mostrar, junto con las pruebas que la policía necesita. ¿Ha… cambiado de decisión?
La pregunta hace que mi cuerpo se caliente.
—No.
Escucho un suspiro al otro lado del teléfono. Vacío. Casi fugaz.
—Estoy con usted, my lady. Pase lo que pase.
Es lo último que dice antes de colgar.
Respiro hondo, suspendida en el tiempo. No me arrepiento de lo que haré; lo ansío, lo busco, lo necesito. No solo por mí, también… por alguien más.
La esclava de oro en mi muñeca resplandece en medio de la habitación. Es lo único que me sostiene en este lugar. La beso con suavidad, sin querer quitármela. Sus iniciales «P.M.» me dan fuerzas para enfrentar lo que viene; son mi mayor motivación.
Pronto, todo acabará.