Salvaje (Destrucción nº 2) 1
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LA REINA DE LAS SOMbrAS

Alaska

Nueva York, Estados Unidos.

«Voy a romperte, niña rebelde. Así... como nos gusta».

El agua resbaló por su cuerpo desnudo mientras mis manos se deslizaban hasta su rigidez. Levantó mi mentón con un dedo y acercó su boca a la mía. Sus ojos ardían, su mirada primitiva quemaba.

«¿Ya no lloras por disfrutar más la cama con tu captor que con el hombre que amas?».

Entreabrió mis piernas, aún con su boca sobre la mía. Su punta se balanceó en mi entrada. Empujó un poco más y…

—¡La sesión terminó!

La voz del fotógrafo me devuelve a la realidad. Abro mis ojos y los paneles de luz ciegan mi vista.

—¿Estás bien, querida? —Pink, mi maquillista, habla entre dientes—. Todo el salón te está mirando.

Un extraño me saluda cuando miro hacia abajo. Estoy bañada de un brillo pegajoso, encima de un desconocido que me toma de las caderas. Los productores no me despegan la vista.

—Eh… cariño.

—Sí.

Quito mis piernas.

El modelo sonríe. Trabaja conmigo en el nuevo book de UYX, una marca deportiva que pagó millones de dólares por una campaña en colaboración con Level Gold, la empresa en la que trabajo ahora.

—Eres más guapa en persona. Quién diría que tendría frente a mí a la modelo más top del momento —murmura—. Deberías apuntar mi número, hermosa. Así podrás montarme a solas.

—No lo creo.

—Ya escuchaste, Romeo. —Pink se acerca—. Terminamos la sesión. Now, get lost. ¡Esfúmate!

El tipo se va con una risa y bendigo el hecho de habérmelo quitado de encima. Las sesiones que implican cercanía corporal con desconocidos no son mis favoritas, pero esta en particular trajo recuerdos que no quiero en mi mente otra vez.

Mis mejillas todavía arden por el calor de las luces. Tomo unas toallas para limpiar el exceso de brillo en mis brazos, y la mirada incesante de mi maquillista no me deja en paz.

—¿No me vas a contar?

—¿Qué?

—El porqué de tu momento húmedo. ¿En quién pensabas?

—En nadie. —Tomo la maleta con mis cosas—. Solo me desconecté.

—Ajá… —Ladea su rostro—. Cariño, hemos trabajado juntas por meses. No solo soy tu maquillista, sino tu amiga, y nunca te había visto así. ¿Tan poca confianza me tienes?

Sigo mi paso.

—¿Es por el guardaespaldas? ¿El de gorra y lentes oscuros que parece seguirte a todas partes? —insiste—. Es lo que dicen los titulares de la prensa. Amaneciste envuelta en un nuevo escándalo hoy.

Me detengo.

En el set hay una gran pantalla de televisión que anuncia las últimas noticias.

«Alaska Wells, la modelo internacional más codiciada de los últimos tiempos, abrirá la gran pasarela de Level Gold en Times Square. Empieza la cuenta regresiva».

«Se rumorea la revelación de una bomba mediática».

«¿Nueva relación o estrategia? Captamos imágenes inéditas de su tórrido romance con su guardaespaldas».

Silencio.

Los trabajadores del set me miran. La televisión muestra imágenes mías con un hombre que me toma de la cintura y yo solo sigo de frente. Gritos de fans se escuchan desde fuera. Las cámaras no dejan de desprender sus flashes, aun cuando salgo por la puerta trasera.

—¡Alaska! ¡Alaska! ¡Una foto, por favor!

Un séquito de reporteros se me va encima.

—¡Alaska! ¿Sales con tu guardaespaldas? ¿Por qué no lo has hecho público todavía?

—Se rumorea que harás una revelación el día del show. ¿Es eso cierto? ¿Una estrategia para generar expectativa?

Los hombres que me cuidan los apartan. Cuando por fin logro subir al auto, un peso grande se desprende de mi cuerpo.

Exhalo hondo. Acabo de terminar una sesión fotográfica, estoy pegajosa, caliente por el contacto con las luces, con la cabeza ida al ser consciente de este día...

«Un día como hoy».

Hace más de un año estaba siendo sometida. Hace más de un año, mis hermanos me vendieron al demonio y renací en la oscuridad para ser quien soy: la reina de las sombras. Ahora el pasado parece querer meterse en mi cabeza.

Aprieto mis manos. El chófer logra despistar a los reporteros que nos siguen por calles alternas. Cuando llegamos a mi apartamento, pido que no se me interrumpa.

Necesito estar sola.

Respirar.

Solo... limpiarme.

Pero mi cuerpo desnudo no se aplaca ante la tibieza de la ducha. El agua cae por mis hombros y no logro quitarme de encima esta opresión en el pecho.

Europa. Hace un año. Exilio y muerte.

La mafia juró destruirme. Cuando descubrí la verdad de mis orígenes, el clan de mi padre pasó a mis manos, incluyendo las tierras belgas. Entonces el círculo me declaró la guerra.

A ello se sumó Viktor Smirnov: el mayor enemigo de mi captor. Prometió vengarse de mí por haberme quedado con el dinero de Leonardo Bristol.

Y Siniestro… solo desapareció. Nunca nadie supo más de su nombre.

Un sabor amargo se instala en mi lengua. Ahora estoy a salvo, lejos del pasado que elegí olvidar. La mano derecha de mi padre mantiene el control de mi clan en Europa mientras yo me resguardo en América.

He pasado más de doce meses sin saber de la mafia, asilada en tierras que son gobernadas por otros clanes, donde ellos nunca se atreverían a entrar. Aun así, no puedo estar tranquila.

—¿Vas a seguir espiando? —digo al sentir la presencia de alguien, el hombre que me ha acompañado todo este tiempo.

—Ahora notas las sombras.

—Quizá porque me he convertido en una —replico.

Lavo mi cuerpo con la puerta del baño abierta. Está sentado en el sillón, viendo cómo me ducho. Estiro mis piernas sin reprimirme, paso el jabón líquido por mis senos y, al girar, el bulto en su pantalón se agranda.

Ya no me intimida el deseo en los ojos de un hombre. Lo reconozco. Juego. Y también decido cuándo termina.

Cierro el grifo del agua después de enjuagarme. Envuelvo una toalla en torno a mi cuerpo mientras el reflejo del espejo lo muestra, acercándose.

Cojea, aun con la prótesis que porta. En este tiempo, su rostro ha cambiado mucho; perdió peso, reconstruyó su nariz y los pómulos los tiene un poco caídos por los golpes que sufrió en el pasado. Estragos que, tal vez como yo, siguen arrastrando cicatrices que no se olvidan.

Sonríe con esos ojos cálidos que he aprendido a apreciar. Me acostumbré a su actitud pausada, respetuosa, digna de un caballero.

—Juegas con fuego, Alaska Wells. —En sus manos trae las revistas—. No estás midiendo el peligro.

—El peligro es un afrodisíaco excelente.

—Has sabido utilizar tu fama para mantenerte segura, pero hay cosas que deben quedarse atrás.

Estás en la cima de tu carrera, luchaste mucho por tus sueños y ahora eres una mujer cotizada, mediática, poderosa.

Ya sacaste un libro sobre tu secuestro. Querer revelar los nombres de los líderes de la mafia el día del show es…

—Mi pase a la libertad.

—Eres libre aquí.

—No. Sigo en una jaula —refuto—. Si pongo un pie fuera de América, me matarán, y ya no quiero vivir huyendo. Tengo planes más grandes para mí; regresar por mi clan, honrar el nombre de mi padre, vengarme… de todos los que me hirieron. El mundo necesita nombres y yo se los daré.

Hoyuelos se forman en su rostro por su sonrisa.

—Tan cordero para el mundo y por dentro una loba de verdad. Estoy orgulloso de ti, Alaska. Tanto que cada día te ansío más. Quiero que se vuelva a repetir, tú y yo…

Mi mano lo detiene cuando trata de quitarme la toalla.

—Cuando yo quiera.

Sus ojos se ensombrecen. Los celos aún le crean inseguridad.

—¿Es… por él?

—Él murió el día en el que decidí dejarlo todo atrás. Ya no existe. Ni existirá nunca más.