Salvaje (Destrucción nº 2)
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PRÓLOGO
El bourbon arde en mi lengua. Los recuerdos de sus gemidos contra la pared me hacen apretar los puños.
Me montaba con gusto y culpa, llorando por disfrutar el orgasmo con su captor mientras traicionaba a quien decía amar y con quien iba a casarse.
Pero el pecado sabía mejor con el enemigo.
Y Alaska Wells no era una simple dama; se había convertido en el infierno que elegí gozar, siendo la mujer de mi hermano.
El amanecer atraviesa el gran ventanal de una de mis islas privadas en Mykonos. Prostitutas ruegan por una oportunidad, listas y dispuestas para mí. Sin embargo, ya nada me satisface.
Desde hace un año solo deseo a otra.
—¿Lo tienes?
—Sí, mi señor.
Uno de mis hombres se acerca y deja caer una pila de periódicos, revistas e imágenes de ella.
«La modelo internacional, Alaska Wells, triunfa en las pasarelas más importantes del mundo».
«”Sobreviví”. El libro autobiográfico basado en su secuestro se ha convertido en bestseller internacional. ¿Habrá segunda parte?».
«¿Nuevo amor? Alaska Wells y su guardaespaldas en un tórrido romance».
Un tórrido romance.
La saliva se espesa en mi garganta. Ácido recorre mi sangre, infectando cada centímetro de mi piel. Mis nudillos crujen al cerrarse en el vaso de vidrio.
—¿Dónde está?
—En Nueva York, señor. Sus órdenes están listas, las piezas en su lugar. Han… pasado cuatrocientos días.
«Cuatrocientos días sin ella».
Aunque nunca haya salido de mi mente.
Mis dedos estrechan el gatillo del arma. El humo de mi puro nubla mi visión, pero no mi hambre. Salivo. Ansío. Saboreo, cual animal en busca de alimento.
Porque solo quiero a una.
Nada ha sido suficiente. No sin ella.
—¿Enviaremos nuevas advertencias?
—No —entono—. Ya es tiempo de regresar. Aún es mi esposa. Y pronto volverá a ser mía.
Los ojos del diablo no se despegan de su víctima.
Ella me pertenece.