Salvaje Capítulo 35
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Capítulo 35

Cuatro meses después.

Erin mira a Mia —que ya no lleva el pelo color lavanda sino con su rubio natural— mientras esta estampa su rúbrica por las distintas hojas del contrato.

La doctora apenas respira, feliz de que por fin esté pasando y su chica se haya quitado de encima a un agente al que lo único que le importaba de la cantante era cuánto dinero podía generar.

Después de tener una reunión bastante larga con Violette cuando Mia al fin volvió a Nueva York, esta le explicó que Jude había sido extremadamente listo en cada cláusula del contrato que le hizo firmar, salvo en la más importante para él.

—Basta con que lo avises con tres meses de antelación para poder rescindir su contrato —aseguró la abogada—.

Tiene una cláusula que te obliga a indemnizarlo con un millón de dólares si no ha ganado esa cantidad contigo antes del fin de la colaboración.

Tengo que revisarlo todo, pero te aseguro que ha ganado mucho más, así que puedes despedirlo sin preocuparte.

Erin pudo contener su sonrisa, pero Noah no fue capaz y soltó un resoplido que contuvo girándose hacia un lado para fingir un ataque de tos.

—¿Cómo lo hago? —preguntó Mia—. ¿Se lo digo y ya está?

—No. Hace falta una comunicación formal, tu palabra sola no basta. Si estás decidida, te he preparado el documento necesario para que sea oficial desde el momento en el que se lo entregues.

—Envíamelo —ordenó Mia sin dudarlo.

Tras eso, el siguiente paso fue revisar las ofertas que tenía de otros agentes. Noah concertó una reunión con dos de ellos, pero la segunda tuvo que cancelarla porque Mia no tuvo duda cuando salió de la primera.

—La quiero a ella —le dijo a Noah; después miró a Erin buscando su opinión sin necesidad de preguntarle y ella le devolvió un guiño.

Y ahora están ahí, ayer se cumplió el fin del contrato de Jude y hoy está firmando con la nueva agencia.

—Ya está —anuncia Mia, desplazando las hojas hacia su izquierda, donde Abigail Stone, sentada al lado de su socio Liam, coloca su elegante mano sobre los documentos y se los pone delante.

Liam le pasa un bolígrafo y la nueva agente de Mia Wilder estampa su rúbrica al lado de la de la cantante. Cuando termina, cuadra las hojas sobre la mesa, las deja a un lado y, tras clavar sus ojos gris verdosos sobre los suyos azules, extiende la mano hacia ella.

—Bienvenida a Stone ni Abigail ni Liam —que también estaba presente— pusieron ninguna objeción.

Erin termina de firmar, le devuelve el contrato y Abigail hace lo mismo, estampa su firma y le tiende la mano a la doctora, que le devuelve un apretón.

—Pues ya está todo —Abigail y Liam se levantan, y Erin y Mia los imitan—.

Dame un par de semanas para revisar toda tu agenda con Noah.

Concertaré una reunión con la discográfica para tu nuevo disco, reservaré el estudio de grabación a partir del mes que viene y contactaré también con Helen Casterley para empezar a planificar la siguiente gira.

—Nell —dice Mia.

—¿Qué?

—No la llames Helen, la hace sentir mayor y no le gusta.

Abigail parpadea como si no la hubiera entendido.

—Lo hará, no te preocupes —afirma Liam en su nombre, dándole una palmada en la espalda que hace que la ejecutiva le dedique una mirada fulminante que provoca la sonrisa Mia.

—Bien, pues Nell —concluye Abigail—. Te llamaré si tengo alguna duda; mientras tanto, sigue componiendo y relajándote.

Mia y Erin salen del edificio diez minutos después, cogidas de la mano y escoltadas por la seguridad de la cantante. Se suben al coche que las espera y este las lleva directamente al apartamento de la doctora.

Aunque Erin fue muy explícita sobre su independencia cuando aceptó el trabajo con Mia, esto no lo vio venir; simplemente ha sucedido sin que hayan llegado a hablarlo.

La cantante regresó a Nueva York dos semanas después que la doctora y, como Mia siempre ha compartido su casa con Noah porque eran como dos hermanos inseparables, era ella la que se desplazaba al apartamento de Erin para verla, la que empezó a quedarse cuando no tenía turno, la que aceptó las llaves que le dio la doctora —porque muchas veces quedaban en verse al final del turno de Erin, pero si se le complicaba y salía un poco más tarde, Mia tenía que esperar en la entrada—, la que la esperaba con la cena hecha o la que empezó a quedarse a dormir todas las noches desde hace algo más de un mes.

—Erin —dice Mia, cuando entran en la cocina y la doctora abre la puerta de la nevera para ver qué tienen para comer.

—¿Qué? —pregunta sin girarse.

—¿Puedes sentarte un momento?

Erin ladea la cabeza y ve a Mia sentada a la pequeña mesa de su cocina, así que cierra la puerta, preocupada, y se sienta frente a ella.

—¿Qué pasa?

—Pasa que estoy ocupando tu casa sin permiso, que parte de mi ropa invade tu armario de cualquier manera y que me he adueñado del lado izquierdo del sofá —responde la cantante.

Erin se queda callada, observándola con los párpados medio bajados mientras intenta adivinar la intención de esta conversación.

—Podríamos hacerlo oficial si tú quieres —Mia no la deja pensar porque sabe que a veces la cabeza de Erin comienza a echar humo sin necesidad.

—¿Te refieres a vivir juntas?

—Ya lo estamos haciendo, ¿no? Y no nos va mal —opina la cantante.

—Sí, supongo que sí.

Mia sonríe y se levanta, rodeando la mesa para sentarse sobre las piernas de la doctora.

—Ayer fue tu último turno en el hospital; a partir de ahora, eres solo mía —bromea divertida, y Erin le rodea la cintura con los brazos.

—¿Qué intentas decirme? Porque está claro que planeas algo —indaga pensativa.

—¿Alguna vez has pensado en vivir en otro sitio que no sea Nueva York?

—Pues la verdad es que no. Compré este apartamento porque estaba cerca del trabajo —Erin se queda callada y, por un momento, su mente se dispersa.

Vivir aquí es una consecuencia más de su vida robótica.

De hacer las cosas por costumbre, como si no hubiera más alternativas a su alrededor.

Está cerca del hospital, cerca de su hermana y también lo estaba de su madre.

Ahora ya no tiene el trabajo, su madre murió y Brooke no ha vuelto a contactar con ella desde el último mensaje.

—Podríamos vivir juntas en otro sitio, lejos de la ciudad. Algún pueblo pequeño donde podamos salir a pasear sin que nadie me reconozca y sin el estrés de estas calles.

—¿Y qué pasa con tu casa y mi apartamento?

—Siguen aquí —Mia se encoge de hombros—. No quiero pedirle a Noah que se mude; aunque la pagara yo, esa casa es tan suya como mía, y a él le encanta vivir ahí. Este apartamento puede quedarse aquí para cuando vengamos a la ciudad, pero para nuestra vida juntas, elegimos otro sitio.

—Parece tentador —reconoce Erin con una sonrisa—. ¿Has pensado en algún sitio?

—Me gusta el valle de Hudson, tiene muchos bosques y pueblos pequeños con mercados locales; podemos pasar unos días en la zona echando un vistazo.

—Cold Spring —dice Erin cuando le menciona el valle—. Fui una vez de pequeña con mis padres, antes de que él se fuera, y recuerdo que me encantó; podríamos comenzar por allí.

—Entonces, ¿te parece bien?

—¿Irme a vivir a un valle con una cantante rica y guapa? ¿Cómo podría negarme?

Mia suelta una carcajada y Erin la insta a que se levante, la coge por las nalgas y la hace saltar sobre su cuerpo, donde Mia enrosca las piernas alrededor de su cintura y pasa los brazos por detrás de su cuello.

—Me parece bien, cariño —susurra la doctora, caminando con ella encima hasta que la atrapa contra la pared—, me encanta la naturaleza y esa zona está llena de rutas que podemos descubrir cuando tengas tiempo libre, y un entorno relajado es justo lo que necesitas después de temporadas de mucho estrés.

—Entonces, prepara tu maleta; mañana mismo nos vamos unos días.

Erin levanta las cejas.

—¿Lo habías planeado sin mí? ¿Qué hubieras hecho si hubiera dicho que no?

—Utilizar mis encantos para convencerte.

La carcajada de Erin se ahoga en la boca de Mia cuando la cantante la besa.