Epílogo
Mia abre los ojos de golpe y la intensidad del cielo azul la ciega, aunque ella solo parpadea, desorientada. Su pulso se acelera y el miedo la invade mientras escucha una voz amortiguada que empieza a reconocer.
—Cariño, mírame a mí.
Erin está de rodillas a su lado, aliviada de haberla podido coger a tiempo y tumbarla antes de que se desplomara del todo. Están junto al estanque que hay a apenas treinta metros de la casa que compraron en una zona del valle de Hudson de la que ambas se enamoraron en cuanto la vieron.
La vivienda está escondida entre los árboles como si el bosque hubiese crecido alrededor de ella durante décadas hasta convertirla en parte del paisaje.
El terreno desciende de forma suave hacia un estanque natural rodeado de rocas de distintas formas, arbustos bajos y hierba perfectamente cortada.
El agua es tan clara que, en los días tranquilos, refleja las copas anaranjadas y rojizas de los árboles y, lo que más les gusta de esa zona es que cerca de la orilla hay algunas piedras planas que sobresalen lo suficiente como para sentarse sobre ellas mientras escuchan el sonido del agua.
Mia suele pasar allí parte del tiempo que pasa en casa.
Se sienta junto al estanque envuelta en una de las sudaderas enormes que le gusta ponerse, con las piernas recogidas, una guitarra y una libreta.
Desde ahí puede ver el bosque más allá de la casa, interminable, las hojas caídas sobre el agua y la niebla baja que aparece entre los árboles cuando empieza a anochecer.
A Mia le inspira —y relaja— todo eso: el ruido bajo del agua, el olor húmedo de la tierra cuando ha llovido y la sensación de estar lejos de todo y cerca de lo que más quiere.
Allí compuso casi todas las canciones de su último disco y ya tiene la primera del que será el siguiente.
La casa, baja y alargada hacia los lados, está construida casi por completo en piedra oscura y madera envejecida.
Tiene ventanales enormes que permiten ver el bosque desde cualquier habitación, hasta el punto de que a veces es difícil distinguir dónde termina la vivienda y dónde empieza la naturaleza.
Alrededor no hay carreteras transitadas ni vecinos cercanos; solo senderos estrechos que serpentean entre los árboles.
Erin vive fascinada con esos caminos. Nunca se cansa de explorarlos, incluso después de casi dos años viviendo allí.
Cuando Mia compone, ella aprovecha para irse porque ha descubierto que caminar a solas con sus pensamientos la ayuda a no perder la perspectiva, a mantenerse centrada en el presente y a no preocuparse por el futuro.
Algunos senderos bordean arroyos y otros atraviesan zonas donde el bosque se vuelve tan denso que apenas entra luz. Hay puentes de madera húmeda, piedras cubiertas de musgo y miradores sobre las colinas cuyos caminos memoriza la doctora para después volver con Mia.
—Cariño, soy yo —sigue Erin, guiando a Mia con su voz.
Los ojos de la cantante se humedecen —algo que no puede evitar— pero finalmente parpadea y logra enfocarla bien, y sus pulsaciones empiezan a calmarse porque, si Erin está ahí, sabe que está a salvo.
—¿Estás mareada? ¿Estás bien? —Erin le aparta el pelo de la frente.
Mia abre la boca y da una gran bocanada de aire, como si se hubiera olvidado de respirar en todo ese tiempo.
—Mia...
—Sí quiero —susurra la cantante.
Erin frunce el ceño, sin entender.
—¿Qué es lo que quieres?
La cantante se limpia las lágrimas que el susto siempre le provoca con la mano y después —con algo de dificultad— se incorpora sobre los codos.
—Casarme contigo, sí que quiero.
El corazón de Erin se detiene. Por un momento, se ha olvidado de todo lo demás, de lo que hacían ahí y del motivo por el que la cantante se ha desmayado.
No ha sido porque esté estresada, por cansancio acumulado o por falta de hidratación, que suelen ser los tres factores más comunes que Erin ha detectado como desencadenantes de sus desvanecimientos. Ha sido por lo que ella le ha dicho.
Lleva un par de meses pensando en esto y hoy al fin se ha decidido.
Es domingo, Mia dispone de tres meses libres tras haber terminado otra gira y, después de desayunar y aprovechando el buen día, la doctora le ha propuesto dar un paseo juntas.
La ha cogido de la mano al salir y la ha llevado hasta una zona del estanque donde a veces se sientan las dos cuando tienen algo importante que debatir.
—Creía que íbamos a pasear —Mia parecía confundida.
—Y lo haremos; de eso se trata esto, de que quiero pasear contigo todos los días de mi vida —Erin se colocó frente a ella y se metió una mano en el bolsillo.
Estaba dispuesta a sacar la cajita con el anillo que compró hace tres semanas en una joyería de Boston, donde Nell la acompañó cuando al fin se decidió, pero no tuvo tiempo de hacerlo porque, cuando la cantante intuyó lo que pasaba, la impresión la hizo marearse y sus ojos se desenfocaron.
Y ahora están ahí, Mia casi tumbada en la orilla del estanque y Erin de rodillas a su lado, todavía pálida por el susto porque no se acostumbra a los desmayos de la cantante por más veces que suceden.
Se queda muy quieta, mirando a Mia y a sus impresionantes ojos azules mientras procesa lo que acaba de decirle.
—¿Quieres? —pregunta turbada, y Mia esboza una sonrisa.
—Si no te has arrepentido en los segundos que he tardado en volver a la realidad, sí, quiero casarme contigo, Erin Dooley.
La doctora esboza una sonrisa que le vacía los pulmones, se levanta y ayuda a la cantante a que lo haga.
—Despacio —susurra, y Mia se agarra a su cintura cuando al fin se incorpora.
—¿Y mi anillo? —la cantante levanta una ceja, divertida por el nerviosismo de Erin.
—Oh, joder, sí. Espera…
Se mete la mano en el bolsillo lateral del pantalón y, ahora sí, saca la cajita y la abre, ofreciéndole el contenido a Mia.
—Me costó mucho elegirlo, pero si no te gusta puedo...
—Me encanta —la sonrisa de Mia se tuerce y levanta la mano, mostrando que el anillo encaja en su dedo, y después, sin que Erin la vea venir, salta sobre ella y le rodea la cintura con las piernas como suele ser costumbre entre ellas—.
¿Has pensado en la fecha? —pregunta tras besarla de forma repetida.
—No, solo en pedírtelo —reconoce la doctora.
Mia la vuelve a besar, eufórica.
—No importa, ya la pensaremos. Tengo que contárselo a Noah, y a Nell y...
—Nell ya lo sabe —Erin encoge los hombros ante la mirada sorprendida de la cantante.
—Vale, pues entonces solo hay que contárselo a todo el mundo.
La doctora suelta una carcajada y Mia apoya los pies en el suelo, pegándose al cuerpo de Erin cuando esta le rodea los hombros con el brazo y la guía de nuevo hacia la casa.
—¿No íbamos a pasear? —protesta la cantante.
—Te acabas de desplomar; nada de paseos para hoy.
—¿Y sexo para celebrar el compromiso?
El vientre de Erin se contrae con un espasmo.
—Tampoco —asegura, muy a su pesar.
Mia masculla entre dientes y sigue caminando.
—Por cierto, cuando alguien te pregunte cómo me lo pediste, omite lo del desmayo, ¿vale?
Erin se detiene en seco y se gira, con media sonrisa y una ceja levantada.
—Pero si esa es la parte más interesante del relato: a la imparable Mia Wilder se le aflojan las rodillas cuando su encantadora novia le pide matrimonio.
La cantante se pasa la mano por la melena rubia con expresión concentrada.
—Contado así, hasta suena bien; a lo mejor escribo una canción —comenta pensativa; después coge la mano de Erin y ambas entran en ese hogar que solo tiene sentido para ellas si están juntas.