Salvaje Capítulo 33
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Capítulo 33

Erin emite un sonido que parece una mezcla de gruñido y jadeo.

—Lo siento —exhala Mia, que ha cerrado la mano en su melena por encima de la nuca y ha apretado con fuerza mientras intenta contener un orgasmo que parece inminente.

Están en la ducha y ella está enroscada en la cintura de la doctora, con la espalda contra los azulejos, el chorro de agua cayendo entre ellas y los dedos de Erin en su interior.

Con sus ojos grises clavados en los de la cantante, se mueve a un ritmo implacable mientras se traga los suspiros de Mia —y algo de agua— cuando ella jadea contra su boca.

—Voy a correrme, Erin —la voz le sale estrangulada y parece más un lamento que un anuncio, porque Mia no quiere dejarse ir tan rápido, pero cada vez que la folla así, se pone tan cachonda que no aguanta.

—Sabes cuánto me gusta escucharte, cariño —sisea Erin.

La voz de la doctora tiene tanto efecto como la posición, y cuando Mia la escucha, un temblor violento le sacude el vientre y es incapaz de contener toda la furia de su orgasmo, cuyos gemidos se amortiguan con el ruido del agua cayendo sobre ellas.

—Estoy feliz de que hayas aceptado, no sé si te lo he dicho ya —susurra la cantante sobre su cuello, abrazada todavía a la doctora mientras se recupera de ese torrente de placer que la acaba de embriagar.

Erin sonríe y le besa el hombro.

Después del gimnasio, volvió a la habitación, pasó el día con la cantante sin hacer mucho más que estar tiradas en la cama y cuando Mia se empezó a encontrar mejor, decidieron bajar al restaurante a cenar.

—Habrá gente a nuestro alrededor —avisó la cantante cuando Erin lo propuso.

—Lo sé.

—¿Y no te importa? —Mia quiso asegurarse.

—Si a ti te da igual, a mí también.

La sonrisa torcida cruzó la cara de Mia y sus ojos azules brillaron más que un mar en calma.

—A mí me importa una mierda lo que hablen los demás —espetó, y Erin puso los ojos en blanco.

—He decidido aceptar tu oferta si todavía sigue en pie —Erin lo soltó sin más, justo después de que les trajeran el primer plato.

Mia levantó las cejas, se apartó un par de mechones molestos que le caían sobre la cara y dejó el tenedor a un lado, quedándose con el cuchillo en la mano.

—¿Seguir trabajando como mi doctora?

—Tu doctora y la de todos —aclaró Erin.

Mia estaba eufórica por dentro, pero se contuvo porque estaban en público y no quería que la fotografiaran saltando sobre la médica.

—Pensé que tardarías más en pensártelo —su mirada se estrechó—. ¿Estás segura, Erin? No quiero que después te arrepientas, ni que lo hagas por nosotras.

—No lo hago por nosotras, Mia, lo hago por mí —Erin no dejaba de comer, con una calma que tenía a la cantante sorprendida.

Cuando Erin volvió del gimnasio parecía turbada. Se dio una ducha y cuando salió tenía la misma expresión taciturna, y Mia se angustió pensando que había tomado una decisión que iba a alejarlas, o que se había sentido presionada.

—¿Qué te pasa? —preguntó la cantante cuando Erin se sentó en la cama.

La doctora la miró con sus ojos grises como el hormigón y, sin contestar, cogió su móvil, desbloqueó la pantalla y le enseñó el mensaje que había recibido de su hermana.

—Joder —masculló Mia, incrédula y enfadada.

Bloqueó la pantalla y lanzó el teléfono a un lado, cogiendo la mano de Erin.

—No te voy a decir que ignores lo que ha dicho o te olvides porque es absurdo, así que te diré que tu hermana es una pedazo de zorra —aseguró sin contenerse.

Erin la miró de soslayo, se mordió el labio y después soltó una carcajada.

—Sí, puede que tengas razón.

Se dejó caer hacia atrás y se tumbó a su lado, y ya no hablaron más sobre eso porque poco había que decir ante la reacción de una chica tan inmadura.

—Explícate —pidió Mia, volviendo a coger el tenedor.

—Necesito ese cambio. Toda mi vida ha sido siempre tan estructurada que me agobia la idea de volver a lo mismo.

Creo que en el fondo ya lo sabía cuando Violette me ofreció acompañarte en la gira, y por eso acepté.

Me estaba apagando, Mia; vivía en modo supervivencia sin ningún tipo de aliciente —Erin se detuvo para tomar un sorbo de agua—.

No puedo ni quiero volver a eso. Me gusta mi trabajo y no quiero cambiarlo, pero no necesito estar en un hospital para sentirme bien haciéndolo.

Mia la escuchó con atención, porque era la segunda vez que Erin se abría con ella de esa manera, y sintió que estaban avanzando en la dirección correcta.

—En cuanto a nosotras, que sea tu doctora no puede mezclarse con lo que tenemos o pretendemos tener. Seguiremos teniendo habitaciones separadas en los hoteles…

—Es un desperdicio de dinero, pero vale —aceptó Mia.

—Estoy de acuerdo —la sonrisa suave de Erin deshizo a la cantante—, pero es lo que hay.

En cuanto a nosotras —la doctora señaló entre ambas—, no quiero que las cosas se mezclen: si te digo algo por el bien de tu salud, lo haces y punto, no me lo rebates solo porque entre tú y yo hay algo y te sientes con confianza para hacerlo.

La sonrisa de Mia se curvó y el vientre de Erin se encogió.

—De acuerdo, ¿qué más?

—Necesitaré días libres. Al menos dos a la semana cuando no estés de gira y un par de semanas de vacaciones que ajustaremos a tu agenda. Durante la gira lo haremos como ahora: me quedo contigo todo el tiempo.

—Joder, Dooley, eres una gran negociadora —bromeó la cantante.

—Pues no he terminado. Quiero poder de decisión absoluto; no debería tener que negociar con el imbécil de Jude cuando considero que debe suspenderse algo porque necesitas descansar.

—Eso va a ser más complicado —Mia se mordió el labio—.

Si le digo que tienes autoridad sobre él se va a enfadar y no aceptará esa condición.

Eso no afectará a la oferta de trabajo: si yo digo que te quiero a ti, será así, pero a Jude le encanta que todo el mundo haga lo que él quiere y no al revés; solo te lo digo porque probablemente será una negociación tensa.

—No me preocupan las condiciones que Jude pueda poner para mí ni nada a lo que se oponga; lo que de verdad me inquieta es su manera de gestionar todo lo que tiene que ver con tus desmayos. No prioriza tu salud, Mia, y eso debe ir por delante de cualquier cheque bancario.

Erin no tenía pensado sacar el tema en aquel momento, pero tampoco quiso desaprovechar la oportunidad cuando salió.

—Noah me dijo que tienes varias ofertas de otros agentes —continuó la doctora.

—Sí, algo hay, aunque no suelo hacer mucho caso cuando llegan.

—¿Por qué? —Erin se moría de curiosidad.

—Bueno, él me dio la oportunidad cuando nadie más lo hizo; creo que se lo debo —dijo, aunque parecía insegura.

La doctora se pasó una mano por el pelo.

—No le debes nada, Mia, y en el caso de que consideres que sí, creo que ya le has hecho ganar dinero suficiente como para que la deuda esté saldada.

Mia la miró sin decir nada, pero agradecida de que, por primera vez, alguien que veía su vida desde fuera le diera un consejo basándose en su bienestar sin esperar nada a cambio.

Salen de la ducha y se visten entre risas.

Ahora están en Charlotte; al ser un trayecto más largo desde Washington, ellas, Noah, Nell y la seguridad de Mia viajaron en avión al día siguiente.

Llegaron a media tarde y Erin consiguió —tras discutir con Jude— que la cantante tuviera esa tarde libre y se cambiara la entrevista que tenía al último día en la ciudad.

Al día siguiente tuvo prueba de vestuario y de sonido por la mañana e hicieron un ensayo general por la tarde, descansando el día después hasta la hora del concierto, que fue anoche y transcurrió sin incidentes.

Llegaron al hotel a medianoche, con una Mia con la adrenalina por las nubes y Erin todavía acelerada.

Follaron de forma brusca y precipitada sobre la cama, un polvo rápido en busca de liberación, y después estuvieron sentadas en el suelo contra el sofá, hablando hasta casi las tres de la madrugada, momento en el que Mia, después de haberse fumado su canuto, empezó a sentir que el cansancio la invadía de golpe y se fueron a la cama.

Hoy tienen la mañana libre y es la primera vez que van a salir juntas fuera del hotel.

Van a dedicarse a conocer la ciudad y, para comer, han quedado con Nell y Noah en el restaurante que propuso la directora de la gira.

Por la tarde, tienen una reunión con Jude y Violette para hablar sobre la propuesta de que Erin sea la asistente sanitaria de Mia a partir de ahora.

Como era de esperar, Jude se negó en redondo a que las decisiones de la doctora prevalecieran por encima de las suyas sin discusión y, cuando Mia le dijo que no era una petición, él la miró fijamente y dijo que no podían hacer una propuesta firme hasta hablarlo con Violette; y Mia sabe que le habrá pedido un montón de cláusulas estúpidas para que Erin decida no aceptar.

Lo que no sabe el agente es que, por primera vez desde que se conocen, la cantante está dispuesta a no ceder en nada.

—Déjame —pide Erin, cuando Mia se pelea con la gorra que se va a poner, tratando de sacar la cola que se ha hecho por el cierre.

La doctora la ayuda, le ajusta la visera y le guiña un ojo antes de girarse para salir.