Capítulo 32
—Erin.
La doctora, que está de espaldas a ella sentada en la cama mientras se pone los pantalones, se gira al mismo tiempo que se levanta y se los termina de subir.
—Eh, hola —murmura, caminando descalza hacia el otro lado de la cama—. Iba a bajar a por café, no quería despertarte. ¿Cómo estás?
La mujer de ojos grises como una tormenta se sienta a su lado.
Es temprano, apenas las siete de la mañana y, por primera vez, Mia ha dormido después de un concierto sin necesidad de pasarse horas con el pulso acelerado, buscando refugio en alguna mujer y fumarse un canuto después.
Esperaron un rato más hasta que se sintió más despejada y volvieron al hotel, donde Erin se metió en la ducha con ella porque le daba miedo que entrara sola.
Después se aseguró otra vez de que sus constantes estaban dentro de los parámetros normales y de que Mia no mostraba síntomas ni más dolor que el que tenía en el vientre.
Le dio un analgésico para el malestar y se tumbó con ella.
Pasaron varios minutos incómodos porque el dolor que la cantante sentía era intenso y la hacía retorcerse mientras la doctora le masajeaba la espalda tratando de relajarla.
Cuando la pastilla al fin empezó a hacerle efecto, Mia estaba tan cansada que se quedó dormida.
A Erin le costó más, todavía tenía el susto en el cuerpo y la mejilla le palpitaba, pero al final también sucumbió al sueño.
—Me duele —la cantante se pone de lado con una mano en el vientre y Erin se inclina sobre ella y le da un beso en la sien.
—Voy a pedir el desayuno para que puedas tomarte otro analgésico.
Quince minutos después, Mia tiene una bandeja sobre las piernas y Erin está sentada en posición de loto a su lado mientras comen.
—¿Te duele? —pregunta Mia, señalando su mejilla antes de tomarse la pastilla con el zumo de naranja.
—Un poco —Erin se pasa los dedos con cuidado sobre la herida y hace una mueca.
—Lo siento —se disculpa la cantante, realmente afectada.
La doctora le guiña un ojo para animarla y Mia siente un pellizco en el estómago que la hace suspirar.
—No es culpa tuya. En todo caso fue mía por meter la cabeza donde no debía.
Mia suelta una carcajada y después hace una mueca llevándose la mano al vientre.
—¿Siempre te duele tanto? —pregunta Erin, porque lleva algo más de dos meses con ella y no recuerda que Mia se quejara.
—No, solo de vez en cuando, pero es una putada.
Erin asiente, y también piensa que probablemente esa fue parte de la causa del desmayo, la pérdida de sangre que la debilitó, pero no le dice nada porque no quiere meterle ese temor en el cuerpo cada vez que tenga la menstruación.
—Lo sé. A partir de ahora, cuando notes síntomas de que te va a bajar, quiero que me avises, ¿de acuerdo? No esperes a que lo haga.
—Vale.
—Le diré a Noah que durante esta semana busque la manera de que te hagan una analítica.
—¿Otra? Me hice una en Boston y estaba perfecta —protesta la cantante.
—Solo quiero asegurarme de que eso sigue así. Acábate el desayuno.
—¿Sabes que pareces una matona? —comenta Mia de pronto, señalando la mejilla de Erin—. Con esos pantalones cargo, tus camisetas ajustadas, las pulseras de cuero y ese moretón en la cara... Me pones muchísimo.
La doctora se ríe.
—Pues me alegra saberlo.
—También me pones con trajes como el de la gala, cuando te paseas con esos bóxers por la habitación o estás desnuda por completo, todo sirve —sigue Mia.
—¿Dices todo esto porque quieres seducirme? —bromea Erin, que apura su café y quita la bandeja de sus piernas cuando terminan.
—Digo esto porque necesito que lo sepas, que entiendas que no eres un capricho para mí, que haces que me quede embobada mirándote cuando te duermes, que tengo ganas de abrazarte a todas horas y que no pretendo que nos veamos solo en el hotel.
Quiero salir contigo, llevarte a cenar, a dar una vuelta y acompañarte a cualquier sitio que te apetezca visitar.
Erin se mueve y se acerca más a ella.
—¿Quieres que tengamos esta conversación ahora?
—Sí, necesito que lo aclaremos de una vez porque creo que tú no funcionas bien con la incertidumbre.
La doctora expulsa el aire de su risa por la nariz.
—Es verdad —admite—, soy tan nueva en esto que necesito tener claro lo que pasa. No estoy cómoda si no sé si esto es una aventura que disfrutaremos hasta que termine mi contrato o si es algo que puede seguir después.
—Yo quiero que siga —Mia está nerviosa, en realidad aterrorizada ante la idea de que Erin se recluya—. Estoy segura de lo que siento por ti. Te lo dije ayer, Erin, quiero que funcione, pero no sé qué quieres tú ni lo que esperas de esto.
La doctora le sonríe, porque esto sí que lo tiene claro.
—Yo también quiero que continúe, Mia; lo que no veo es cómo puede ser posible.
—¿Por qué no? No estoy de gira eternamente. Tú vives en Nueva York y yo también, bueno, cuando no estoy de gira —hace una mueca y Erin le sonríe, cogiéndole la mano.
Se fija entonces en lo pequeña que parece al lado de la suya, porque la diferencia de altura entre ellas es casi la cabeza de Erin, pero para lo menuda que es la cantante, le sorprende la fuerza y la determinación que tiene.
—Pero las giras son largas, duran meses y en ese tiempo, ¿cuántas veces crees que podré escaparme para venir a verte? ¿Y tú? Apenas tienes días de descanso.
Mia se muerde el labio, porque sabe que tiene razón.
—Hemos de ser realistas, cariño.
—No te engañaría, si es lo que te da miedo —la voz de Mia se quiebra al final.
—Puede que al principio no —Erin se acerca más—, pero conforme empecemos a pasar tiempo sin vernos, esto que tenemos se irá enfriando aunque no queramos, y tú estarás rodeada de mujeres todo el día que estarán locas por acostarse contigo.
Y lo entiendo, no es un reproche, yo también tendré necesidades y tú no estarás.
No tengo experiencia en relaciones, Mia, pero no creo que funcionen a distancia, no cuando son tantos meses.
—¿Te gusta tu trabajo aquí conmigo? —pregunta la cantante.
Erin la mira, desconcertada y pensativa porque no entiende a qué viene la pregunta.
—Sí, claro.
—Me refiero a gustarte de verdad, Erin. Estás acostumbrada a tratar a decenas de pacientes al mes, ahora solo me tratas a mí.
La doctora, que se siente perezosa esta mañana, se deja caer sobre el colchón y se coloca las manos debajo de la cabeza, mirando hacia el techo mientras la chica de pelo lavanda la mira a ella.
Se toma su tiempo para pensar la respuesta y la cantante espera con paciencia, girada hacia ella mientras le acaricia el pelo con los dedos.
—Llevo mucho tiempo viviendo en automático —empieza Erin por fin—.
No sentía emoción por nada, iba al hospital, hacía lo que sé hacer lo mejor que podía y volvía a mi apartamento sintiendo que lo único que había pasado era un día más.
Acepté el trabajo con MediSupport porque eso me permitía llenar mis horas libres.
Me lo pasaba bien con Barry, mi compañero, y, aunque la mayoría de las veces no teníamos que intervenir, me gustaba más hacer eso que estar en el hospital.
Allí me sentía útil, improvisaba y me apañaba con lo que tenía, como contigo.
—Lamento que te sintieras así.
El móvil de Erin vibra sobre la mesilla y se gira para ver que la pantalla se ilumina, pero decide que ya lo mirará después.
—¿Dejarías el trabajo en el hospital?
Erin inclina la cabeza para mirarla desde abajo.
—En MediSupport son eventos puntuales, no es un trabajo del que vivir.
—No te hablo de MediSupport, te hablo de trabajar conmigo de forma permanente.
La doctora se da la vuelta para apoyarse sobre los codos y Mia se tumba de lado, girada hacia ella.
—¿Lo harías? No por nosotras, sino porque te gusta este trabajo —aclara la cantante—.
Podrías ser la médica del equipo, no solo la mía.
Noah tiene problemas estomacales, la mitad de las comidas le sientan mal y le iría muy bien una doctora sexy que lo trate.
Y ya has visto cuántos somos, hay alrededor de cincuenta personas moviéndose con la gira.
Los bailarines se lesionan, hay intoxicaciones, a veces por comidas y otras etílicas —levanta las cejas, eufórica, y Erin sonríe mientras la mira—. Te aseguro que no te faltaría trabajo.
—Eso es muy bonito, Mia, pero ¿qué pasa cuando no hay gira?
—Cuando no hay gira eres solo mía —su sonrisa torcida hace acto de presencia—.
Mis desmayos no desaparecen porque la gira se detenga, ¿no?
Sigo expuesta a ellos y necesito una doctora que me controle como estás haciendo ahora; si no eres tú, será otra, pero eso será así.
El sello no quiere arriesgarse a que me desmaye en medio de una entrevista, en una sesión de fotos o en el estudio de grabación.
Te aseguro que me pondrán a alguien, y esa persona puedes ser tú si te gusta la idea.
—Me gusta casi tanto como tú —susurra Erin, atrapando sus labios.
Mia jadea de puro deseo y solloza de forma dramática cuando la doctora se aparta.
—Hoy nada de sexo.
—¿Lo ves? ¿Qué otro médico tendría poder para prohibirme eso?
Erin suelta una carcajada.
—No me chantajees, Wilder.
—No lo hago —responde Mia, pero no puede borrar la sonrisa traviesa de su cara.
—Me lo pienso, ¿vale?
—Claro —Mia se acurruca y se tapa con la sábana.
—¿No se te quita el dolor?
—Sí, pero va lento, creo que voy a cerrar los ojos un rato.
—De acuerdo, yo voy a bajar al gimnasio. Me llevo el móvil; si necesitas algo, llámame —pide Erin.
Mia murmura algo que no logra entender y Erin sale de la habitación para ir a hacer ejercicio.
Apenas hay un par de personas cuando entra y se sienta en un banco pegado a la pared mientras mira las máquinas y decide por cuál comenzar, pero enseguida se descubre pensando en la propuesta de la cantante.
Aunque no se lo había planteado en ninguno de los escenarios que había imaginado, la idea le ha gustado desde el principio.
Le gusta trabajar con Mia, viajar con la gira y lo fácil que le resulta todo aquí.
Se ve siendo la médica de todos y eso la motiva más de lo que ya está.
Se convertirían en pacientes recurrentes, personas a las que podría ayudar porque siempre tendría un seguimiento y no serían casos nuevos constantes de gente a la que no conoce y que se guardan la mitad de la información porque desconfían.
Además, solucionaría su problema con Mia; podrían verse a menudo y al mismo tiempo mantener su independencia.
Si están de gira, dos habitaciones aunque suelan dormir juntas, y si no lo están, ella tiene su apartamento y Mia su casa.
Lo único que le inquieta es lo que puede pasar si lo de ellas no acaba funcionando, pero como está harta de preocuparse por todo, decide confiar en que ambas son lo bastante maduras para afrontarlo si sucede.
Se ríe sola cuando se imagina la situación, porque está segura de que volverían al principio: ella sería una borde y Mia la misma chica provocadora que conoció, pero está segura de que acabarían llevándose bien.
Se levanta y saca el móvil del bolsillo para asegurarse de que Mia no le ha escrito, y entonces ve la notificación de antes, un mensaje de su hermana Brooke.
Brooke Dooley
«Estás liada con ella y no eres capaz de presentarle a tu hermana, ¿qué pasa? ¿Se te han subido los humos por tener una novia famosa? No me extraña que estés tan sola si eres tan egoísta».
Erin se vuelve a sentar, turbada. No esperaba que Brooke entrara en razón tan pronto, ni siquiera estaba segura de que fuera capaz de hacerlo, pero desde luego, lo que no esperaba era esto, y no puede dejar de preguntarse si ella tiene algo que ver en esa maldad que parece tener la chica.
Pulsa para eliminar el mensaje, pero cuando le pide la confirmación, se retracta y decide dejarlo en la conversación para recordarse el tipo de persona que es su hermana cuando sienta la tentación de llamarla para saber cómo está.
Sale de la aplicación y busca el nombre de Barry en la agenda. Hace días que no habla con él y es también la primera persona con la que quiere compartir la decisión que ha tomado.