Salvaje Capítulo 31
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Capítulo 31

La prueba de sonido comienza a la hora indicada y Mia ensaya a media intensidad por petición de Erin.

No utiliza todo el potencial de su voz ni se mueve como lo haría en un ensayo normal.

Se lo toma con calma y solo se asegura de memorizar dónde está todo y calcular los espacios por los que puede moverse.

También pide que le ajusten la dirección de los ventiladores y señala todos los sitios donde quiere tener botellas de agua.

Erin la observa desde el lateral, sentada sobre una caja enorme de madera, con tapones puestos en los oídos para que la música que sale por el altavoz que tiene al lado no le taladre los tímpanos.

Hacia el final del ensayo, la cantante sí que pide hacer dos canciones como si estuvieran en directo.

Su voz explota a través del micrófono y la piel de la doctora se eriza de golpe y su corazón se desboca.

No puede evitarlo; cuando Mia entra en acción es una especie de huracán que arrasa con todo lo que tiene a su lado.

La cantante se mueve de un lado a otro durante la primera canción y baila la segunda junto a los bailarines, haciendo una ejecución perfecta que deja a todos los presentes boquiabiertos.

Cuando acaba, Mia se gira hacia ella desde el escenario y le sonríe mientras camina hacia el borde.

Como si no hiciera falta hablar, Erin salta de la caja y camina a su encuentro, llegando justo cuando Mia está al borde y se inclina hacia delante para apoyar las manos en sus hombros y bajar de un salto.

Y detrás de ese salto viene otro: el que la cantante hace para enroscar sus piernas en la cintura de Erin, una posición que parece ser la favorita de ambas.

—Me encanta que me mires cuando estoy ahí arriba —susurra, todavía jadeando por el esfuerzo.

Erin le aparta los mechones húmedos de la frente y la besa.

—A mí me gusta pensar que cantas solo para mí. ¿Cómo estás?

La doctora le pone los dedos en el cuello para notar su pulso disparado.

—Acalorada, pero bien.

Mia pone los pies en el suelo y se deja guiar hacia la sala médica para que pueda tomarle la tensión de nuevo.

—¿Cómo estoy, doctora Dooley? —bromea cuando Erin despega el velcro de su brazo.

—Preferiría que estuvieras más en la zona media, pero sigues estando dentro de lo normal.

—Entonces estoy perfecta, cambia esa cara.

Erin hace botar su hombro.

—Lo siento, cariño, pero no puedo; deformación profesional, imagino. ¿Por qué no te tumbas un rato en el sofá del camerino y descansas veinte minutos?

—Sabes que ya no puedo, Erin; cuando se acerca la hora me acelero y ya no puedo parar. Voy a hablar con Noah para que se encargue de ajustar las luces con los técnicos, hay una que me ciega en el lateral derecho del escenario, y después iré al camerino a ducharme.

—Está bien —acepta la doctora—. Iré a revisar la cantidad de botellas. Te prepararé un par de isotónicas; sé que cuando estás cantando solo quieres agua, pero te agradecería que hoy hagas un esfuerzo y bebas algún sorbo de vez en cuando.

—Lo intentaré —Mia la besa y se dirige hacia la puerta, pero se gira antes de abrir—. Sobre lo de hablar de lo nuestro…

Erin se gira y ve que la cantante está siguiendo los bordes de las baldosas del suelo con la punta del pie.

—Lo que yo quiero es estar contigo. Quiero que esto funcione, Erin.

La doctora quiere contestarle que ella también, que lo único que no sabe todavía es cómo hacerlo, pero no puede decírselo porque Mia ha salido de la sala como si temiera que su respuesta fuera a hacerle daño.

Sale al pasillo y la ve correr hacia la zona del escenario para buscar a Noah, y pone los ojos en blanco porque se supone que Mia no debería esforzarse más de lo estrictamente necesario antes del concierto, pero también entiende que la cantante está nerviosa, que quiere que todo salga perfecto, y eso es mucha presión como para que ella le pida que camine despacio.

El concierto empieza diez minutos después de la hora prevista, por orden de Jude, que, como siempre, dice que es mejor hacer esperar al público para que la reciban con más ganas.

La actuación de Mia es espectacular esa noche.

Su magnetismo parece duplicado y la fuerza que proyecta es tan feroz que Erin está segura de que ahora tiene la tensión más alta.

La cantante aprovecha todos los huecos para beber y obedece; da algún sorbo de las bebidas isotónicas mientras la doctora, de pie en el lateral junto al escenario, concluye que, en realidad, es fácil trabajar con ella.

Las luces se apagan de golpe y el público estalla cuando un único foco ilumina a la cantante, sentada al borde del escenario mientras canta sin música.

Erin puede decir que a estas alturas se sabe el concierto de memoria; las canciones siguen siempre el mismo orden y las entradas son iguales en todas las actuaciones salvo que Mia decida improvisar algo, pero no consigue acostumbrarse y se estremece como si la estuviera viendo por primera vez.

Cuando termina la canción, vuelve la oscuridad y uno de los asistentes entra casi a oscuras para llegar hasta la cantante y ayudarla a volver con una linterna.

Erin está segura de que ella tropezaría con todo teniendo en cuenta la escasa iluminación, que apenas es un destello en el suelo por delante de sus pies.

La deja delante del pie del micrófono y el chico corre hacia el lateral, y como si Erin hubiera traído la mala suerte pensando en tropiezos, tropieza con algo al bajar y cae de bruces contra el suelo.

La doctora no está allí para eso; hay un equipo médico que cubre el evento de la misma forma que ella cubría otros junto a Barry, pero está más cerca y no puede evitar acercarse.

—¿Estás bien? —pregunta, cogiéndolo del brazo cuando el chico intenta levantarse.

Al poner el pie derecho en el suelo suelta un aullido de dolor y se le doblan las rodillas. Erin lo aguanta como puede y lo ayuda a tumbarse boca arriba justo cuando el equipo médico —formado por dos hombres— llega hasta ellos.

La doctora los deja hacer y vuelve a su sitio, centrando su atención en Mia, que ahora está en plena coreografía, sonriendo cuando el público ruge y cantando como si no estuviera cansada; pero hay un momento en el que a Erin le parece que pierde el paso.

Es solo un instante y ni siquiera puede confirmarlo porque Mia ahora se mueve entre dos bailarinas de forma perfecta.

Aun así, a la doctora se le ha formado una presión en el pecho de la que ya no puede deshacerse, y se pasa la última parte del concierto con el corazón desbocado, observando fijamente cada reacción de la cantante.

Cuando el espectáculo acaba por fin, Erin exhala aliviada y no la pierde de vista hasta que Mia, que baja de un salto porque está llena de adrenalina, se acerca a ella y le estampa un beso que casi le hace perder el equilibrio.

—Cuánta energía, cariño —sonríe, poniéndole las manos en el cuello para besarla otra vez.

La sonrisa amplia de Mia es contagiosa y la doctora siente que tiene la mente abotargada ante la mirada azulada de la artista con el cuerpo lleno de tatuajes.

—Me gustas mucho, Dooley —jadea Mia contra su boca.

Sabe que ya se lo ha dicho más de una vez, pero necesita seguir haciéndolo porque le gusta ese rasgo que se dibuja en la expresión de Erin cuando la escucha: al principio parece sorpresa, como si no lo supiera, pero de inmediato su comisura izquierda empieza a curvarse de forma temblorosa, y a Mia le parece rabiosamente sexy cuando hace eso.

—No necesitas engatusarme, ya me tienes.

Erin le coge la muñeca para comprobar el pulso por pura costumbre, pero sabe que no puede tomárselo ahora porque está demasiado acelerada.

—Es por si acaso —bromea Mia.

La doctora la abraza porque de repente necesita el contacto de su cuerpo.

—Has estado increíble, cariño, mejor que ningún día.

—Eso me lo dices siempre —protesta contra su cuello.

—¿Sí?

Erin hace una mueca de sorpresa cuando se aparta y Mia le da un suave empujón.

—Voy a beber agua.

Se aleja para coger una de las botellas que tiene al borde del escenario y Erin la observa hasta que Nell se detiene a su lado.

—Estoy pensando que cuando lleguemos a Atlanta podríamos salir a cenar los cuatro: vosotras, Noah y yo. Conozco un sitio que hace una carne a la brasa que te hará llorar. Fui allí con mi marido y me gustaría volver, pero no sola.

—Claro —responde Erin—, coméntaselo a Noah para que lo cuadre.

—Estupendo…

—Erin…

La doctora se gira al escuchar la voz de Mia y el roce de la cantante en su brazo, pero de lo único que tiene tiempo es de ver cómo los ojos se le desenfocan antes de que las rodillas se le doblen.

Erin intenta cogerla para evitar la caída, pero todo es tan repentino y su posición —lateral a Mia— tan mala, que sabe que no podrá sostenerla y que lo único que puede hacer es dejarse caer con ella para amortiguar el golpe de la cantante con su cuerpo.

El movimiento es tan extraño y repentino que ni siquiera Nell, que está a escasos centímetros de ellas, tiene tiempo de hacer algo.

Erin pasa uno de los brazos por detrás de Mia como puede; con el otro la rodea por debajo de los pechos, y como no tiene tiempo de posicionarse mejor para sujetarla, simplemente se deja caer con ella, colocándose detrás para que la cantante le caiga encima.

La doctora es capaz de evitar un golpe fuerte: ha podido apoyar una rodilla sin hacerse mucho daño y tensar el cuerpo antes de que su espalda tocara el suelo, pero lo que no ha podido controlar ha sido la inercia de la cabeza de la cantante, que le da de lleno en el pómulo derecho haciendo que vea las estrellas.

Erin necesita unos segundos para reponerse del shock, los suficientes para que un técnico que estaba cerca y Nell le quiten a Mia de encima y la tumben en el suelo con cuidado.

La doctora, bastante aturdida pero consciente de lo que debe hacer, empieza a incorporarse hasta que siente unas manos bajo las axilas que tiran de ella hacia arriba para ayudarla.

Sabe que es Noah porque lo oye decir algo, pero ahora no puede escucharlo.

—Llévala a la sala médica —le ordena a uno de los guardaespaldas de la cantante cuando se acerca para cogerla.

Erin se levanta y tiene que detenerse un segundo para que todo deje de darle vueltas. El pómulo le palpita como si estuvieran dándole con un martillo cada segundo y le duele tanto que al principio le cuesta abrir el ojo.

—Erin, ¿estás bien? —pregunta Nell, pero ella ya está corriendo detrás del tipo que lleva a Mia en brazos.

El hombre la deja con cuidado sobre la camilla y sale de la habitación, y como la primera vez que pasó, Erin echa a todo el mundo salvo a Noah y a Nell, que se quedan a un lado por si los necesita.

Lo primero que hace la doctora es meter la mano por detrás de la cabeza de Mia, buscando alguna herida que se haya podido hacer con el golpe, pero no encuentra nada, y está todavía asegurándose cuando los ojos de Mia se abren de sopetón.

—Eh, mírame, soy yo —dice Erin.

La cantante tiene la mirada desenfocada al principio, como si tratara de reconocer dónde está; después va parpadeando y Erin ve el momento en el que el terror empieza a apoderarse de ella porque está desorientada.

—Cariño —susurra la doctora, sujetando su rostro con las manos mientras le gira un poco la cabeza para que la mire solo a ella—. Te has desmayado, pero no ha pasado nada, estás bien y estás conmigo. Noah y Nell también están aquí.

La doctora chasquea los dedos frente a sus ojos cuando Mia parece dispersarse, pero logra que se centre y ve cómo empiezan a caerle las lágrimas por la cara.

—No pasa nada —sigue Erin, limpiándoselas con las manos—. Mírame a mí, cariño. ¿Sabes quién soy?

Mia la enfoca y sus ojos se quedan abiertos como si necesitara unos segundos para reconocerla.

Después asiente y se sorbe los mocos, y cuando Erin le sonríe, a la cantante le llega el alivio de golpe.

Exhala con fuerza y trata de incorporarse por instinto, pero Erin la detiene y se inclina sobre ella.

—No te puedes levantar ahora —dice al mismo tiempo que le coge la muñeca.

—¿Me he caído en el escenario? —pregunta, todavía bastante confusa.

—No, el concierto había terminado; no te preocupes.

—¿Qué te pasa en la cara? —dice, levantando una mano temblorosa.

Erin se la coge en el aire porque sabe que si deja que la roce verá las estrellas.

—Nada, un golpe tonto. ¿Tú cómo estás? ¿Te duele algo? ¿La cabeza? ¿El cuerpo?

—No —contesta, pero se lleva la mano al vientre mismo tiempo.

—¿Te duele la barriga?

—La regla —murmura Mia, pasándose la otra mano por la cara para limpiar las lágrimas que siguen cayendo.

—¿Tienes la regla?

—Debe estar a punto, porque me duele.

—Vale.

Durante los siguientes minutos, Erin le coge una vía para ponerle suero y acepta —por insistencia de Nell— que uno de los médicos que cubrían el evento le ponga un punto de papel en el pequeño corte que el golpe le ha abierto en la mejilla.

—Hecho —anuncia el hombre—. ¿Necesita algo más? —pregunta, mirando a la cantante, que ahora está sentada con la espalda apoyada en la pared y está comiendo un bocadillo que acaba de traerle Noah.

—No, gracias —responde Erin—. Sus constantes están bien y se ha despertado enseguida. Tiene síndrome vasovagal diagnosticado.

—Entiendo —dice antes de salir—. Cómetelo todo —le dice a Mia, y ella hace un gesto de asentimiento con la cabeza antes de dar otro mordisco.