Capítulo 30
En contra de lo que ella había pedido, Jude ha mantenido los horarios previstos para la tarde y Mia ha tenido que hacer la prueba de vestuario a la hora prevista y tendrá que esperar casi otra entera —que podría haber utilizado para descansar— hasta que inicie la prueba de sonido.
Eso tiene a Erin con los nervios a flor de piel, sobre todo porque tampoco ha podido hablar con la cantante después de lo que ha pasado por la mañana.
Cuando la doctora —después de ducharse tras su sesión de gimnasia— fue a la habitación de la cantante, la encontró dormida, así que cerró sin hacer ruido y salió a dar una vuelta con Nell, poniéndose una gorra y unas gafas de sol por consejo de la directora de la gira.
—Ahora tu cara está en todas partes y esos buitres sienten el mismo interés por ti que por ella.
Erin resopló, pero se dio cuenta de que Mia no tenía razón cuando la acusó de arrepentirse. No lo hizo, la besó porque quería y volvería a hacerlo; es lo que no ha pasado todavía lo que a ella le da miedo y la tiene inquieta.
—Soy imbécil —soltó de repente cuando ambas mujeres se sentaron en un banco tras haber paseado en silencio por el parque.
Nell la miró de reojo, divertida, y dio un sorbo a su café del Starbucks mientras esperaba. Erin estiró las piernas frente a ella y metió las manos en los bolsillos de su sudadera.
—Mia cree que no quería besarla, que lo hice por la euforia del momento —susurró, mirándose la punta de las botas, manchadas de tierra.
—¿Y fue así?
—No, pero ella cree que sí.
—¿Y por qué estás aquí conmigo y no aclarándole eso a ella? —preguntó Nell, dándole un empujón con el hombro.
—He ido a verla, pero estaba durmiendo —Erin sonrió, hundiendo más las manos en los bolsillos.
Después de eso, no ha tenido tiempo de hablar con ella. Mia se ha despertado a la hora de comer, y Noah estaba con ella cuando la doctora ha entrado a tomarle las constantes. La mirada de Mia no ha sido fría, pero tampoco cálida, y el momento ha sido algo muy incómodo.
En el viaje desde el hotel hasta el recinto se han sentado juntas, pero tampoco han podido hablar porque no iban solas, y ahora Erin está cerca del escenario hablando con Noah sobre la reunión que ha tenido con la prensa esa mañana mientras Mia, que ha terminado la prueba de vestuario hace un rato, se pasea por el escenario con los bailarines calculando los espacios y haciendo tiempo hasta el ensayo oficial.
Erin mira la hora y decide que este es el momento.
—¿Seguimos después, Noah? Necesito hablar con Mia un segundo.
—Sí, claro. No hay problema.
El asistente se aleja para ir a ultimar algunas cosas con Jude y ella se acerca al borde del escenario.
—Mia, ¿puedes venir un momento, por favor?
La cantante se gira y parece dudar, pero finalmente camina hacia ella y baja los tres escalones metálicos.
—¿Qué pasa?
Erin le coge la muñeca para ganar algo de tiempo porque de repente está nerviosa.
—Tienes las pulsaciones un poco bajas —la doctora frunce el ceño—. Vamos a la sala médica, quiero tomarte la tensión.
Mia no se opone, y se sienta en la camilla cuando entran y Erin cierra la puerta. Le pone el tensiómetro en el brazo y aprieta el botón y, mientras espera a que termine, pone un dedo en el mentón de Mia y le sube la cabeza.
—Perdona —susurra, y la cantante siente que su pulso se acelera.
—¿Por qué?
—Por lo de esta mañana; me he bloqueado un poco y no he sabido responderte, pero no me arrepiento de lo que pasó anoche en la gala.
Mia debería alegrarse, pero no es capaz de cambiar su semblante serio.
—Pues no lo parece, Erin.
—Lo sé, pero…
El tensiómetro termina y a la doctora no le gusta lo que ve.
—Tienes la tensión un poco baja, ¿te encuentras bien? —pregunta mientras le pasa el dorso de la mano por la mejilla en una caricia lenta, algo que desde luego no haría con ningún otro paciente.
—Sí. Estoy perfectamente —Mia se encoge de hombros y Erin se queda pensando.
Le encantaría poder detener el concierto, decirle a Jude que la cantante necesita descansar, pero sabe lo que eso implica y no puede detenerlo sin motivos médicos reales.
—Voy a hacer que te traigan un zumo y algunos frutos secos. Eso ayudará a que te suba un poco y no se te hará pesado.
—Vale.
La doctora sale un momento para hablar con Noah, y ni siquiera tiene que esperar a que lo consiga porque el chico siempre está preparado gracias a la lista que Erin le hizo de todas las bebidas y comidas que quería que hubiera siempre disponibles cerca de la cantante.
—¿Está bien? —pregunta el mejor amigo de Mia.
—Sí, no te preocupes. Es por precaución.
Erin vuelve a la sala médica, abre el sobre de frutos secos y el zumo y, cuando se lo entrega, se sienta a su lado en la camilla, con las piernas colgando.
—¿Quieres? —ofrece Mia mientras mastica—. Estos están cojonudos, son mis favoritos.
Echa unos cuantos más en su mano y se los lleva a la boca.
—Lo sé.
Mia se gira, sorprendida.
—¿Qué más sabes?
—Sé que esos son tus favoritos y que el zumo de naranja es el único que toleras —dice, señalando el tentempié que la cantante tiene a su lado—.
No te gusta ningún otro sabor, tampoco las tostadas con mantequilla, el café demasiado caliente o los refrescos sin hielo.
Solo te recoges el pelo si tienes mucho calor, bajas la mirada cuando algo te abruma y se te nota el pulso en el cuello cuando estás nerviosa —Erin le roza la yugular con suavidad, y Mia se queda congelada—.
Te gusta ponerte sudaderas enormes donde puedas esconder las piernas mientras estás en el sofá, solo lees libros con protagonistas sáficas y te sientes segura con Noah a tu lado en las reuniones.
Erin baja de la camilla y se coloca entre sus piernas.
—También sé que me gustas mucho, que me aterroriza pensar en lo que pasará con nosotras cuando acabe la gira y que tienes la mirada más impresionante que he visto en mi vida.
La doctora coloca una mano detrás de su cabeza y le da un beso corto en los labios.
—No me arrepiento, Mia, y no quiero jugar contigo, nunca lo he pretendido y lamento que te haya dado esa impresión; pero sí que deberíamos hablar sobre nosotras en algún momento para saber lo que esperamos la una de la otra y ver si estamos en el mismo punto, o al menos en uno muy cercano donde esto sea posible.
—Vale —Mia deja la bolsa de frutos secos y se limpia la boca con la manga de la sudadera antes de pasarle los brazos por detrás del cuello—. ¿Hablamos esta noche en tu habitación? Así dejamos esto claro de una vez.
Erin la coge por debajo de los muslos y la levanta mientras Mia se enrosca en su cintura con una sonrisa seductora.
—¿Vas a follarme contra la pared? —le muerde el lóbulo de la oreja y la doctora siente un corrientazo atravesando su cuerpo.
—Ni hablar, no vamos a hacer nada. Ni ahora ni esta noche; necesitas descanso —susurra contra su boca.
—Es una pena, porque me encanta que me folles contra la pared —le susurra al oído, y la confesión hace que Erin por poco trastabille.
Los labios de la cantante dibujan una sonrisa torcida antes de besarla, y Erin tiene que esforzarse mucho para reunir las fuerzas que le permiten separarse de ella. La deja sentada de nuevo y se aparta, mirándola mientras nota sus latidos contra su brazo cuando los cruza sobre el pecho.
—Acábate eso —ordena, señalando el zumo—. Y ahora en serio, tómate con calma este ensayo. Cuando acabes te tomaré la tensión otra vez y…
—Estaré perfectamente —asegura la cantante, apurando su zumo hasta el final.