Capítulo 29
Cuando Mia sale del baño, Erin está en el balcón, apoyada en la barandilla con el mismo gesto ausente con el que se ha levantado.
Llegaron de la gala eufóricas y follaron como salvajes en cuanto entraron en la habitación de la doctora, pero la euforia y la adrenalina del evento ya no están y la cantante tiene la sensación de que la está evitando.
—Erin —la llama Mia desde el interior.
La doctora gira la cabeza y se incorpora para entrar. Mia se está terminando de poner un pantalón cómodo con la intención de pasar la mañana en el sofá de su suite, mirando las redes o la televisión mientras los demás tienen reuniones que no la incluyen.
—¿Qué pasa? —pregunta la doctora.
Mia se levanta y se queda de pie junto a la cama, observando a Erin, que está junto a la puerta abierta de la terraza.
—Te arrepientes —la voz de la cantante sale ronca, y no está preguntando.
—¿De qué? —Erin tiene el pulso acelerado de repente, porque en el fondo sabe de qué habla.
—Del beso. Si pudieras volver atrás, no lo harías.
—Yo no he dicho eso, Mia —rebate la doctora.
—No hace falta, se te nota.
La frente de la doctora se arruga mientras piensa qué decir.
¿Se arrepiente? En parte sí y en parte no, pero todavía no sabe cómo evaluar los motivos por los que siente una cosa u otra.
Está abrumada. Ya ha visto las redes y la foto circula por todas partes con decenas de titulares diferentes que especulan gracias a algo que ella misma inició.
—Lo entiendo —la tristeza en la voz de Mia le detiene el corazón—. Estabas en un momento de euforia, contenta porque había ganado y no pensaste en lo demás. Te apetecía besarme y lo hiciste, pero ahora, en frío…
—Mia.
—Prefiero que no digas nada hasta que no estés segura de lo que quieres decir.
No necesito compasión ni que me trates como si fuera a romperme.
Creo que las dos sabemos el punto en el que estamos aunque no lo hayamos hablado.
A mí me gustas, sabes que me gustas desde el primer día, y quiero ir en serio con esto, pero si tú no puedes o no quieres por el motivo que sea, necesito que me lo digas ahora y dejes de jugar conmigo.
—No estoy jugando contigo, Mia, nunca lo he hecho; es solo que…
Erin se detiene, porque sigue sin saber qué es lo que la tiene frenada en ese momento.
—¿Qué? ¿Necesitas más tiempo para decidir si esto vale la pena?
—suelta una sonrisa amarga y mete las manos en los bolsillos, encogida—.
Yo no quiero esto si se tiene que convertir en algo que solo pasa en tu habitación o en algo que se acabará al mismo tiempo que tu contrato.
Sé que es muy pronto para exigir nada, que acabamos de empezar, pero no puedo permitirme seguir enamorándome de ti si yo estoy en un nivel y tú estás en otro.
Tengo que protegerme, Erin, porque duele mucho ver cómo me miras a veces.
—No te miro de ninguna manera, Mia, ¿de qué hablas? —pregunta desconcertada.
—Me miras como ahora, como si fuera algo que quieres pero no estás segura de que sea suficiente.
Erin se queda petrificada, con la lengua convertida en un músculo inútil que no puede utilizar. Mia esboza otra sonrisa triste y baja la mirada porque esperaba que al menos pusiera alguna excusa.
—Estaré en mi habitación cuando vengas para tomarme las constantes. Vendré después a coger mi maleta.
La cantante se da la vuelta y sale de la habitación antes de que Erin recupere la voz.
Se sienta en la cama con las manos en las rodillas y piensa en ir tras ella, pero Mia no se merece que la siga para contarle una excusa que justifique su aturdimiento de esa mañana.
Necesita aclararse primero, tiempo consigo misma para pensar en lo que quiere y en si puede con ello.
Se inclina hacia delante y hunde la cabeza entre las manos, tirándose con fuerza del pelo hasta que el dolor la deja sin aliento.
Después coge el móvil y la tarjeta de la puerta y sale para ir a la pequeña sala de reuniones que tienen en el hotel, donde ha quedado con Noah para confirmar horarios y cualquier cosa extra que haya podido surgir.
El chico parece tan aturdido como ella; al parecer no ha dormido mucho, y Erin tampoco le pregunta si pasó la noche con alguien porque Noah tiene otra reunión con los periodistas acreditados en veinte minutos y parece nervioso.
—Todavía no sé qué tengo que decir sobre el beso de la gala —dice de repente—. Me van a preguntar y Mia no me contesta.
Erin se siente cada vez más turbada; desde luego, este no es su mundo y es evidente que no sabe cómo funciona.
—¿Qué se supone que has de decir?
Él parpadea y la mira como si a la doctora le hubiera salido otra cabeza.
—¿No has visto las redes? —pregunta perplejo—. Se especula, Erin, está en boca de todo el mundo y ahora me van a coser a preguntas sobre vosotras.
—No me refiero a eso. Has dicho que Mia no contesta, ¿qué es lo que tiene que contestar? —pregunta, porque para ella es evidente lo que pasó: se besaron y miles de personas lo vieron, ¿qué van a hacer? ¿Decir que no pasó?
La sonrisa divertida de Noah la hace entornar los ojos, porque parece que el asistente de Mia ha entendido sus dudas.
—Le he preguntado si quiere confirmar que tiene algo contigo o si simplemente digo que sois amigas.
Ya saben que eres su doctora, pero muchas lesbianas tienen la costumbre de besarse en los labios al saludar.
Puedo defender eso si es lo que queréis; algunos lo creerán y otros no, pero si no se le da más bola, el chisme se convertirá en una anécdota más.
Al fin y al cabo… —Noah se detiene un segundo y se rasca su pelo alborotado.
—¿Qué?
—Bueno, pues que sobre Mia siempre se especula, pero pasa rápido porque la han visto con muchas mujeres.
La mandíbula de Erin se aprieta hasta que le duele el hueso.
—Pero eso no quiere decir que pase lo mismo contigo —aclara él, incómodo—. A Mia le gustas de verdad, no sabes lo pesada que ha sido desde que te conoce. Te aseguro que nunca me ha hablado de ninguna mujer como me habla de ti.
—No importa, Noah —Erin prefiere no escucharlo porque el pecho se le aprieta cuando piensa en la expresión dolida de la cantante—. Ella tiene su pasado y yo el mío; lo que cuenta es lo que pasa ahora.
—Sí, exacto —sonríe él, aliviado—. Entonces, ¿qué digo? ¿Mia te ha dicho algo?
La doctora se pasa la mano por el pelo, con ganas de tirarse otra vez.
—No, no hemos hablado de eso. Yo ni siquiera sabía que hacía falta. ¿Puedes simplemente no decir nada? ¿No usáis mucho eso de «sin comentarios»?
Noah suelta una sonora carcajada.
—Sí, se usa, aunque no creo que sea muy efectivo en este caso. Acosarán hasta que Mia se pronuncie, pero vale, lo haré así si sigue sin contestar.
Después de despedirse de Noah, Erin va al gimnasio y pasa poco más de media hora allí, porque lo que en otras ocasiones la libera y le despeja la mente hoy no le funciona, ya que no puede quitarse de la cabeza la expresión de Mia y le cuesta pensar con claridad.
Se seca el sudor con la toalla, pasa por el vestuario para lavarse la cara y las manos antes de salir y abandona el gimnasio con la intención de salir del hotel y dar un paseo, con la esperanza de que eso logre conseguir el efecto que busca.
—Espera, Erin —la doctora se gira y ve que Lexie sale del ascensor y corre hacia ella, interceptándola antes de que se marche.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Erin.
Lexie la mira, extrañada.
—He venido a la reunión de prensa con Noah.
Erin cierra los ojos y se frota las sienes, sintiéndose estúpida por la pregunta.
—Tienes que contarme lo de anoche en la gala —dice la periodista, arqueando una ceja.
—No voy a contarte nada, Lexie.
—Venga, no me jodas, Erin —la periodista le señala hacia el fondo, donde está la cafetería del hotel—. No te pregunto como periodista, te pregunto como amiga, examante o como quieras llamarme, aunque preferiría lo primero.
La doctora cede al fin y la sigue hasta la mesa más solitaria que encuentran. Lexie no puede borrar la sonrisa de su cara mientras apoya los codos en la mesa y se inclina un poco hacia delante.
—Me siento mejor, ¿sabes? —dice divertida.
Erin hace un gesto con las manos para que continúe.
—No me entró ningún trauma ni nada de eso —aclara Lexie—, pero no entendía muy bien que no quisieras repetir. Corrígeme si me equivoco, pero creo que nos lo pasamos muy bien juntas aquella noche.
—Sí —confirma la doctora—. Estuvo muy bien.
—Pero a ti ya te gustaba Mia, joder —se maldice sin dejar de sonreír—. No sé cómo no me di cuenta. Después de lo de anoche me puse a pensar y era evidente. Quizá no tanto en ella, porque Mia tiene la fea costumbre de mirar a todas las mujeres como si fueran caramelos.
Erin se ríe y asiente, secundando sus palabras.
—En cambio tú —Lexie niega con la cabeza—, siempre rígida en el rincón mientras la mirabas en el escenario, ignorando todo lo que pasaba a tu alrededor.
—Hacía mi trabajo, Lexie, y parte de él es observarla, sobre todo en el escenario.
—No lo dudo, pero no con esa fijación. En cualquier caso, da igual. Cuéntame, ¿desde cuándo estáis liadas?
—¿Qué os ha contado Noah?
La periodista pone los ojos en blanco.
—Nada, dice que Mia no se va a pronunciar al respecto por ahora.
—Y yo tampoco.
—Venga, Erin —Lexie le muestra las manos—.
No llevo la grabadora, esto es entre tú y yo.
Lo que hablemos se queda aquí, como amigas.
Creo que eso sí que podemos serlo, ¿no? A mí me gustaría, y sería lo natural teniendo en cuenta que nos vamos a seguir viendo en cada ciudad por la que pasa la gira Wild.
Los ojos de Erin se clavan en ella. Lexie le ha caído bien desde el principio, conectan y se fía de ella cuando dice que no publicará nada.
—No puedo contarte mucho, no sé exactamente lo que tenemos.
Lexie se aparta un mechón de pelo de la cara y la mira con una mezcla de interés y desconcierto.
—¿No sabes lo que tenéis?
—Es un poco complicado.
La periodista se muerde los labios y suspira cuando se da cuenta de que Erin realmente necesita a una amiga en ese momento, y quiere demostrarle que puede ser ella.