Capítulo 27
Desde que llegó a la gira Wild, Erin nunca había sentido tanto cansancio como hoy, que arrastra la maratón de sexo de ayer y la de esta mañana.
Durante el viaje en autobús hasta Washington D.
C. estuvieron hablando en la habitación privada de la segunda planta.
Erin entró para tomarle las constantes a la cantante y ya no salió de allí hasta que el vehículo se detuvo en la puerta del hotel.
Mia estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en la pared, las piernas estiradas y una sonrisa que no era capaz de borrar de su expresión.
Erin se sentó en el sillón y sintió que la absorbía; estaba tan relajada que podría haber dormido allí durante todo el trayecto.
—¿Qué tal? —preguntó la doctora, mordiéndose los labios.
Mia soltó una carcajada y sintió ganas de moverse y saltar de la cama para sentarse sobre ella, pero la visión de la doctora en el sillón, con ese porte suyo entre relajado y chulesco y la forma intensa de mirarla, eran algo que no quería dejar de presenciar.
—Perfectamente, ¿y tú?
La sonrisa de Erin atravesó todo su rostro y subió un pie sobre la rodilla.
—De maravilla.
Mia no podía dejar de mirarla mientras recordaba lo que había pasado hacía apenas una hora. Todavía sentía el vacío que los dedos de Erin habían dejado en su interior y sus labios seguían hinchados.
—¿No quieres sentarte aquí conmigo? —preguntó, señalando la cama.
—Ni hablar. No puedo estar reprochándole a Jude que no te dé suficiente descanso si después soy yo la que te agota.
La cantante hizo una mueca exagerada de protesta, pero entendía la postura de Erin y, además, se notaba cansada después de toda la mañana recorriendo la ciudad con Noah, así que también puso de su parte y no insistió, a pesar de que deseaba tener a la doctora desnuda para seguir explorando su cuerpo fibroso.
—¿Cómo ha ido la llamada con tu hermana?
La expresión de Erin se transformó y sus ojos se apagaron un poco.
—No lo sé, he dicho lo que tenía que decir y no tengo ni idea de lo que hará a partir de ahora.
—¿Y tú cómo te sientes con eso? —la pregunta de Mia hizo que el estómago de Erin se encogiera.
—Todavía no lo tengo claro. Estoy aliviada porque he hecho lo que llevo años sin atreverme a hacer, pero por otro lado me preocupa no saber nada de ella. A pesar de que Brooke llamaba solo cuando necesitaba algo, me servía para saber que estaba bien.
—Yo también me sentía así al principio, culpable por haber abandonado a mi madre cuando en realidad era ella la que me había abandonado a mí toda mi vida.
Sé que no es lo mismo, vosotras tenéis una relación diferente, pero en mi caso esa culpa desapareció cuando ella no trató de arreglar las cosas ni se molestó en llamarme ni una sola vez.
Creo que en el fondo le hice un favor cuando me fui.
—Hay padres que no merecen tener hijos y otros que sí y no pueden.
El mundo se reparte mal muchas veces —dijo Erin, que había visto de todo en el hospital—.
No creo que Brooke me llame; ahora tendrá una rabieta de niña ofendida que podría durarle semanas.
La llamaré yo de vez en cuando para saber cómo está y seguiré con mi vida asumiendo que la relación está rota.
—Espero que mejore, Erin, en serio. En algún momento se dará cuenta de que ha sido una niñata y reaccionará, pero mientras tanto, yo estaré aquí para lo que necesites.
La doctora le guiñó un ojo y Mia sintió el gesto por el pecho en forma de mariposas.
Ahora están sentadas en la cama de la habitación de la doctora, donde han pasado la noche porque Mia prefería la suya, más pequeña, antes que el palacio que siempre le reserva Noah por orden de Jude.
Están desayunando con las bandejas entre las dos después de una noche intensa que Erin no supo frenar y que ahora las tiene somnolientas.
—Bébete toda el agua y termina el desayuno, por favor —pide Erin, mirando a Mia de reojo.
—No tengo mucha hambre.
La doctora mira la hora y asiente.
—Está bien, cómete al menos el yogur. Después de la entrevista pediré que te traigan algo más y cuando acabes descansas hasta la hora del ensayo, y no es negociable, Mia.
La cantante sonríe, abre el yogur y hunde la cuchara, llevándose una a la boca de forma lenta y provocadora que hace que a la doctora se le quede la garganta como si hubiera masticado cartón.
—No hagas eso —susurra, inclinándose hacia ella para ponerle una mano bajo la oreja y atraerla hacia su boca.
—¿El qué? —tantea Mia contra sus labios.
—Lo sabes perfectamente —Erin le pasa un dedo por la comisura de los labios y le besa la punta de la nariz antes de apartarse.
—Voy a ducharme —dice Mia cuando terminan, saliendo de la cama por su lado, rodeándola y plantándose en el lado de Erin—. ¿Tú qué vas a hacer?
La cantante se inclina, la coge por el mentón y le da un beso en los labios.
—He quedado con Noah para organizar el día con él; después bajaré al gimnasio un rato. Cuando acabes la entrevista avísame.
—¿Para que te asegures de que como un poco más o porque tendrás ganas de verme?
Erin da un sorbo a su batido de fresa hasta acabarlo y sale de la cama, colocando los brazos en los hombros de la cantante.
—Porque quiero que comas y descanses…
—¿Y? —sonríe Mia cuando Erin se queda a medias.
—Y porque querré saber cómo te ha ido la entrevista y tumbarme contigo mientras duermes —Erin le da un beso en los labios y se aparta—. Dúchate, anda, que vas a llegar tarde.
A Erin la despierta una especie de convulsión en el cuerpo de Mia.
Después de la entrevista y de que comiera algo, se ha tumbado con ella con la intención de acompañarla hasta que se durmiera, pero a ella también la ha vencido el sueño.
Otro espasmo de la cantante la hace abrir los ojos del todo y apoyarse en el codo para mirarla.
Mia está dormida, pero tiene el ceño fruncido y parece tensa.
Le toca el cuello para tomarle el pulso y lo nota muy acelerado porque probablemente está teniendo una pesadilla, así que la abraza y la aprieta con fuerza contra su cuerpo hasta que la cantante se despierta y exhala un jadeo, moviendo todo el cuerpo como si necesitara escapar.
—Soy yo —susurra Erin, besándole un hombro—. Tranquila, era solo una pesadilla.
La cantante suelta una exhalación profunda que le sale entrecortada y se gira hacia la doctora, escondiendo la cabeza en su cuello para quedarse ahí mientras se tranquiliza.
—¿Quieres contármelo? —susurra Erin.
Mia le pasa un brazo por la cintura y mueve la mano hacia su espalda para hacer dibujos con el dedo.
—No lo recuerdo muy bien, era muy raro. Sé que estaba en el escenario y el suelo empezaba a moverse, no como si vibrara, sino como si estuviera ondulando, y era imposible mantener el equilibrio.
Después estaba en el camerino y era como una especie de pecera gigante, pero no tenía agua y los cristales eran opacos. No recuerdo nada más —explica agobiada.
—Pues sí que era raro —confirma la doctora, besándole el pelo—. Era solo un sueño, no pienses más en ello y se te olvidará.
Mia se mueve entre sus brazos y la mira.
—¿Estás preparada para la gala de esta noche?
Erin suspira. Ha intentado no pensar en eso durante el día y lo cierto es que no le incomoda acompañar a Mia, pero sí la pone nerviosa la idea de las cámaras.
—Puedo convencer a Jude para que te quedes en un lateral si no estás cómoda.
—Prefiero estar cerca de ti, y no te preocupes, estaré bien.
Mia sonríe, se acurruca contra ella y se queda adormilada de nuevo. Erin no; ella mira la hora porque dentro de treinta minutos tienen que levantarse para que la cantante comience a prepararse, pero mientras tanto, ella se asegurará de que esté cómoda y aproveche ese tiempo para seguir descansando.