Salvaje Capítulo 26
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Capítulo 26

Mia y Noah han vuelto al hotel más tarde de lo que la cantante había previsto.

Su amigo ha insistido en comer en un restaurante con bastante mala pinta que le ha recordado a los viejos tiempos, cuando apenas tenían unos dólares en el bolsillo y no les quedaba más remedio que elegir los sitios según su presupuesto.

Mia no ha podido negarse y han disfrutado la comida entre risas y recuerdos de su época con Danny.

Ha pasado por la habitación de Erin al llegar, pero nadie ha abierto la puerta y una chica del servicio le ha dicho que la doctora estaba en el gimnasio.

Mia ha estado a punto de bajar, pero estaba agotada de tanto caminar y ha optado por ir a su suite, darse una ducha y tumbarse a descansar un rato.

Ha cerrado los ojos y ha entrado en una especie de duermevela en la que no ha logrado dormirse del todo, y ha terminado de despejarse cuando ha escuchado la puerta de la habitación de Erin al cerrarse.

Ahora está sentada a los pies de su cama. Son las tres de la tarde y el autobús de la gira no se pondrá en marcha hasta las seis, así que, después de lavarse la cara, beber agua y leer un par de correos que ha enviado Jude, decide salir de su habitación y caminar hasta la de Erin.

Llama un par de veces a la puerta y espera inquieta mientras juguetea con el pie sobre la moqueta del pasillo. Nadie abre y le empiezan a entrar dudas, así que se gira hacia el guardaespaldas que hay en el pasillo.

—¿Erin está dentro?

—Sí, hará veinte minutos que ha entrado —responde el hombre.

Mia se gira y llama de nuevo, pero da un paso atrás cuando se da cuenta de que la doctora podría estar descansando y ella molestando, y justo cuando se está girando para marcharse, la puerta se abre y Erin asoma solo la cabeza.

—Hola —dice Mia, ruborizada sin saber el motivo—, perdona, no quería…

Erin estira el brazo, la coge de la mano y tira de ella hacia el interior.

—Me estaba duchando —explica mientras cierra la puerta.

A Mia no le hubiera hecho falta la explicación, porque el motivo por el que Erin solo ha asomado la cabeza al abrir es porque no está vestida del todo.

Está en ropa interior, que se ha humedecido al habérsela puesto con prisa, sin tiempo para secarse bien con la toalla.

Tiene el pelo recogido con una pinza y algunos mechones que se han escapado pegados al cuello.

Se quedan muy quietas. La doctora con la piel erizada y el pulso disparado ante la intensidad de la mirada de Mia, que no puede apartar los ojos de su cuerpo.

—¿Me puedo acercar? —pregunta la cantante, con la voz tan ronca que no parece suya.

Erin traga saliva y asiente, y se limita a observar cómo se mueve.

La cantante se acerca despacio, como si temiera que la doctora saliera corriendo.

Descalza, Erin sigue siendo bastante más alta que ella, pero ahora menos y Mia puede rozar sus labios con la nariz.

Le pasa los dedos por los costados mientras la mira, y no se detiene ahí: rodea el cuerpo de Erin y los lleva hasta el cierre de su sujetador, soltándolo y sacándolo por sus brazos hasta que este cae al suelo y la doctora solo tiene las bragas puestas.

—Madre mía, Erin —susurra Mia, a la que se le está entrecortando la respiración.

Erin da un paso hacia ella y exhala un jadeo cuando la cantante le cubre los pechos con las manos.

—Tienes demasiada ropa —opina la doctora, tirando de su camiseta hacia arriba.

La cantante siente tal necesidad de pegar su piel a la de Erin que, en cuanto la prenda sale por su cabeza, ella misma empieza a quitarse todo lo demás, incluida toda la ropa interior.

Erin la besa, otro beso furioso que empieza con la lengua y que Mia ha concluido que le encanta.

La coge por las nalgas y la cantante se impulsa hasta rodear su cintura con las piernas, igual que en el autobús.

—Tenemos algo pendiente —jadea Erin, pegándola a la pared.

Mia no puede responder porque la doctora ha metido la mano entre sus cuerpos y, mientras la tiene bien sujeta por la nuca, sus dedos están tanteando la entrada de la cantante, que suelta un gemido desgarrado ante la intensidad de lo que siente.

—Dime qué es lo que te gusta —pide Erin.

—Me gustas tú —contesta Mia con la mirada encendida—. Fóllame como quieras, Dooley, no habrá nada que no me guste.

A pesar de la abundante humedad que ya tiene la cantante, Erin retira la mano, se chupa los dedos mirando fijamente a Mia y vuelve a colarla entre ellas, penetrándola hasta el fondo. Mia jadea y suelta un murmullo de placer mientras se abraza a ella con fuerza y se aprieta contra su mano.

Erin utiliza todo el cuerpo para darle placer, empujando su propia mano con las caderas, haciendo que Mia se eleve con cada movimiento mientras ella respira cada vez más rápido.

Tras varias embestidas que hacen aullar de placer a la cantante, Erin nota como empieza a cerrarse cuando su sexo palpita con fuerza alrededor de sus dedos y entonces la coge por el pelo para besarla porque quiere tragarse sus gemidos.

—No quiero correrme tan pronto —solloza Mia, rompiendo el beso para tensar todo el cuerpo e intentar detener el orgasmo y seguir disfrutando ese momento previo antes de que llegue.

—No me hagas eso, cariño, quiero escucharte —la voz sensual de Erin contra su oído es suficiente para que pierda el control por completo y el orgasmo la atraviese como una descarga eléctrica.

Sus gemidos son fuertes y, aunque intenta amortiguarlos contra la boca de Erin, apenas lo consigue porque no es capaz de soportar la corriente que la atraviesa mientras la besa y respira al mismo tiempo.

—Joder, Erin —suelta mientras la tensión que ha acumulado empieza a disolverse.

Pega la cabeza a la pared mientras se recupera, con las manos apoyadas en los hombros de la doctora y el cuerpo casi laxo porque apenas tiene fuerzas. Cuando su respiración se va normalizando, se aprieta el puente de la nariz y parpadea mareada.

—Eh… —susurra Erin, frunciendo el ceño.

—Estoy bien —Mia le dedica una sonrisa débil y se abraza a su cuello—. Es que ha sido muy intenso.

La doctora la sujeta con fuerza y la lleva hasta la cama, apoyando una rodilla sobre el colchón antes de dejarla caer y colocarse a su lado, pasando la punta de los dedos por su torso antes de besar uno de sus pechos.

—Hacía mucho tiempo que no me corría así de fuerte —confiesa Mia, girándose hacia ella con su sonrisa torcida, lo que le indica a la doctora que ya se está recuperando.

—Yo no puedo calibrar eso todavía —responde Erin, y Mia vuelve a sonreír.

—Eso es algo que voy a solucionar enseguida.

Con un movimiento hábil, se pone de rodillas en la cama al lado de la doctora, que se ha sentado con las manos apoyadas en el colchón.

—Lo primero es deshacernos de esto —Mia coge el borde de sus bragas para quitárselas.

Erin levanta la cadera para ayudarla y deja que la cantante la guíe hasta que queda sentada sobre ella a horcajadas.

—Lo segundo —susurra la cantante, llevando una mano a su cabeza para abrir la pinza que le recoge la melena—. Te dije que algún día sería yo la que te soltaría el pelo, Dooley.

La corriente atraviesa el cuerpo de la doctora cuando su propia melena húmeda y fría le roza la espalda. Recuerda la promesa de Mia y también la advertencia que le hizo para que no tratara de seducirla, y ahora se alegra de que la cantante no le hiciera caso.

—Eres preciosa, no sé si te lo he dicho alguna vez —asegura Mia, pasándole el dorso de las manos por el cuello para después bajar hasta sus pechos y acariciarlos como si fueran de porcelana y no quisiera romperlos—. ¿Hay algo que deba saber o puedo hacer lo que quiera?

La respiración de Erin se detiene unos segundos. No tiene ni idea de lo que puede hacer Mia, pero tiene tantas ganas de que la toque que le da igual lo que le haga, y si algo no le gusta, ya se lo dirá.

—Hazme lo que te plazca —responde contra su boca.

La mano de Mia se desliza entre sus piernas, primero acariciando la cara interna de sus muslos y después desplazándose hacia el centro hasta que roza su clítoris y le arranca un jadeo.

La cantante se pega a ella y coloca su otra mano en la nalga izquierda de la doctora.

Erin no es capaz de decidir qué es lo que le gusta más, porque primero la acaricia lo suficiente como para empaparla más de lo que ya está, después traza unos cuantos círculos sobre su clítoris y finalmente la penetra, haciendo que un sonido desgarrado escape de su garganta.

Mia se mueve despacio, con una paciencia que Erin no tiene, pero que está disfrutando de un modo que no esperaba, y todo se magnifica cuando la cantante utiliza la otra mano para estimular su entrada trasera.

—Si no te gusta, dilo y pararé —sisea Mia.

Erin no puede contestar, solo jadear cada vez más fuerte conforme el ritmo de los movimientos aumenta y sigue estimulándola. Su vientre se convierte en un volcán a punto de entrar en erupción, enviando pequeñas oleadas de placer que la dejan sin aliento.

Al cabo de un par de minutos tiene todo el cuerpo tenso y los brazos apretados contra la espalda de Mia, que está disfrutando de sus reacciones como si la estuvieran tocando a ella.

Otro pellizco de placer vibra en el vientre de Erin, el temblor de su cuerpo aumenta y su respiración se convierte en una sucesión de jadeos entrecortados.

—Me voy a correr —murmura, consciente de que es imparable—. Voy a correrme, cariño…

Mia mantiene el ritmo de las penetraciones, pero lo que sí cambia es la posición del dedo que tiene detrás, empujando un poco hasta meter la punta y hacer que Erin estalle y empiece a convulsionar sobre su cuerpo.

Ella sí controla los gemidos mordiéndose el puño, pero le fallan las fuerzas al final, cuando no es capaz de aguantar los últimos coletazos del orgasmo y ahoga un par de gritos que Mia memoriza como lo más sexy que ha escuchado nunca.

Abrazadas, se dejan caer hacia un lado y Erin se pone boca arriba, cubriéndose los ojos con el antebrazo mientras su pecho sube y baja a toda velocidad, intentando recuperar el aliento.

Aparta el brazo cuando nota movimiento a su lado y casi vuelve a gemir cuando ve que Mia está a cuatro patas, inclinada sobre su pecho para lamer un pezón y después el otro.

—¿Estás bien? —pregunta, colocándose sobre ella.

Erin no puede contestar todavía, pero le hace una caricia en la mejilla y asiente.

—Bien, doctora —dice Mia—, porque ahora voy a probarte y no voy a apartar mi lengua de ti hasta que me lo supliques.

Erin exhala una sonrisa y levanta un poco la cabeza para ver cómo la cantante se desliza hacia atrás por el colchón, se tumba con la cabeza entre sus piernas y la mira con toda la potencia de sus ojos azules.

—No sabes cuánto he deseado poder hacer esto, Erin —confiesa en voz baja antes de separar sus labios con los dedos y pasar la lengua plana por la abertura de la doctora.

Erin se arquea y suelta un jadeo ronco. Está demasiado sensible y cada roce la destroza de placer, y cuando Mia —tras haber recorrido cada rincón de su sexo con la lengua— la penetra con dos dedos y sorbe su clítoris, la doctora se corre con las manos hundidas en el pelo de la cantante.

—¿Cuántos tatuajes tienes? —pregunta cuando Mia sale de la ducha y ella la envuelve con la toalla.

—Veintitrés, creo, quizá alguno más.

Erin le quita la toalla, la pone delante de ella de cara al espejo y la observa con la cabeza apoyada en su hombro.

—Te quedan bien, son muy tú —susurra la doctora.

Las dos se miran fijamente a través del espejo. Erin tiene dos marcas en el hombro cerca del cuello y ambas tienen los labios de un rojo intenso después de tantos besos.

—¿Te arrepientes? —duda Mia.

Erin mueve la cabeza.

—No, no lo hago.

La cantante sonríe aliviada y Erin le da un beso en la mejilla antes de apartarse.

—Venga, hay que vestirse, recoger y dejar las habitaciones. El autobús sale en media hora.

—Media hora da para mucho si sabes aprovecharla, Dooley, y yo tengo mucha sed.

De repente, Erin tiene la espalda desnuda pegada a las baldosas de la pared y a Mia de rodillas entre sus piernas, devorándola de nuevo.