Capítulo 24
Erin odia las reuniones a primera hora, sobre todo si son después de una noche de concierto.
Jude la ha convocado a las diez y, teniendo en cuenta que eran casi las dos de la madrugada cuando ella bajó de la terraza, sabe que Mia se acostó más tarde de esa hora y que, por lo tanto, no ha descansado como debería.
Entra en la suite de la cantante y saluda a los presentes: Noah, Nell, Jude y Violette, que sigue en la ciudad.
—¿Y Mia? —pregunta cuando no la ve por ningún sitio.
—En su habitación, estaba terminando de ducharse, saldrá enseguida —responde Noah, señalando la puerta.
La doctora asiente y se acerca, golpeando la madera con los nudillos.
—Soy Erin, ¿puedo pasar?
—Sí —responde Mia desde el interior.
La doctora abre la puerta y la cierra cuando entra. Mia está al lado del armario buscando una sudadera con la que terminar de vestirse.
—Buenos días —saluda la cantante.
Erin no dice nada, solo se acerca y la sujeta por el mentón en busca de ojeras, haciendo que un jadeo de sorpresa escape de la boca de Mia.
—¿Has podido descansar? —susurra la doctora.
—Lo suficiente, no te preocupes.
La ceja de Erin se levanta porque la respuesta no es suficiente, pero su mano sigue ahí, bajo la barbilla de Mia, que siente que la piel le está hirviendo en esa zona.
—No bajé mucho más tarde que tú, habré dormido unas cinco horas.
—Eso es poco, Mia —Erin la suelta y coge su muñeca para tomarle el pulso.
—Me estoy acostumbrando a que me toques y no sé qué haré cuando dejes de hacerlo.
Las palabras salen de su boca sin pensarlo, y Erin levanta la mirada de su mano y la conecta con sus ojos azules, bajando después a su boca entreabierta.
Su siguiente movimiento es algo automático, una secuencia lógica teniendo en cuenta que ha sentido un estallido de mariposas en el pecho y la necesidad de notar algo más que el tacto de su piel.
Sube la mano libre y la desliza por el cuello de Mia antes de apretar su nuca e inclinarse para acercarse a sus labios.
Lo primero que nota la cantante es la lengua de Erin cuando roza su labio inferior antes de meterse en su boca.
El beso es tan caliente y ansioso que Mia suelta algo muy parecido a un gemido cuando se agarra a la cintura de la doctora y lo profundiza.
En esta ocasión, Erin no la empuja contra alguna superficie que le permita acorralarla ni se pega a su cuerpo porque no puede permitirse que su deseo aumente más.
Se separa con un sonoro chasquido producido por el último beso que estampa en su boca y se aleja un par de pasos de la tentación.
Mia parpadea; por un momento le cuesta saber lo que ha pasado y acostumbrarse a la orfandad que siente en los labios.
—Siempre me besas en el peor momento —murmura aturdida mientras mira hacia la puerta, pero enseguida aparece su sonrisa torcida y los labios de Erin también se curvan.
—Es verdad, lo siento.
La doctora carraspea y se tira del cuello de la camiseta para darse aire, y de nuevo se acerca a Mia y le coge la muñeca.
—Se me ha olvidado lo que había contado —susurra, mirando su reloj para empezar de nuevo.
La cantante coge la mano de Erin para cambiarla de sitio y colocarla sobre su pecho.
—Desbocado, Dooley, no creo que sea una lectura real ahora mismo.
Erin estira los labios y el aire de la risa le sale por la nariz.
—Tienes razón, lo dejamos para después. Vamos a salir antes de que piensen que te has desmayado.
Mia se pone la sudadera y Erin, en otro gesto que parece no obedecer a ninguna orden directa de su cerebro, le coloca bien la capucha sobre los hombros.
—He quedado con Noah —anuncia Mia antes de que Erin abra la puerta para salir.
—¿Perdona?
—Me apetece pasar la mañana contigo, no hace falta que hagamos nada ni sigamos lo que ha pasado ahí —explica señalando hacia el armario, hablando demasiado rápido, nerviosa como si estuviera frente a su primera cita—, pero he quedado con Noah.
—Tranquila, no pasa nada…
—No quiero agobiarte, Erin —la interrumpe—, pero no aguanto más, necesito que tú y yo…
—Relájate —Erin se gira del todo y esta vez le arrastra un mechón de pelo desde la frente hacia atrás, despacio, mientras la mira con intensidad—. Ve con Noah, nosotras ya tendremos tiempo en otro momento.
Mia resopla, frustrada.
—Esto no debería decirlo, pero estoy muy cachonda —la cantante patalea contra el suelo y Erin suelta una carcajada—. Sé que me pediste tiempo para ti, para entender lo que quieres, pero si todavía no estás segura no vuelvas a besarme, porque cada vez que lo haces…
Erin corta su verborrea con otro beso más lento y suave que el anterior, que deja a la cantante con la cabeza dando vueltas.
—Quiero seguir haciéndolo —Erin le susurra al oído, inclinada sobre ella—, y estoy deseando acostarme contigo, pero no quiero que sea forzado, sino algo natural cuando sea el momento correcto. Ahora tenemos que salir para la reunión y después te irás con tu amigo y te lo pasarás bien.
—¿Tú qué vas a hacer?
Alguien golpea la puerta y ambas dan un bote y se apartan hacia un lado.
—¿Va todo bien? —pregunta Jude—. Tengo que irme en veinte minutos, necesito que…
—Ahora salimos —lo corta Mia con brusquedad.
Erin coge el pomo, pero la cantante la detiene poniendo la mano en su brazo.
—No me has contestado. ¿Qué vas a hacer?
La mirada de Erin cambia de golpe.
—Quiero llamar a mi hermana para decirle que no voy a interceder para que te conozca, y después bajaré al gimnasio un rato, necesito quemar energía y mover…
—Erin.
—¿Qué?
—¿Estarás bien? Puedo decirle a Noah que lo cancelamos y quedarme contigo. Esa llamada será dura y no deberías…
Esta vez la corta la doctora.
—Estaré bien —asegura—, y esto necesito hacerlo sola.
—De acuerdo.
Cuando salen, Erin siente que todas las miradas se clavan sobre ellas. La de Jude, con el gesto contrariado; la de Violette, con curiosidad, y la de Nell y Noah con diversión.
—Vale, ahora que estamos todos terminemos de cerrar los siguientes días —empieza el agente cuando Mia se sienta junto a Noah y Erin se queda de pie al lado de Nell—.
Hoy, día libre hasta las seis; para esa hora todo el mundo tiene que estar en el autobús.
Llegaremos a Washington D. C. por la noche y mañana —se detiene y señala a Noah—, he cerrado una entrevista para un podcast con una influencer musical.
Mia no ha de trasladarse, será ella quien monte lo que necesita en una sala del hotel; te envío el contacto al correo y terminas de organizarte con ella.
—De acuerdo —dice Noah.
—Por la tarde, ensayo —ahora señala a Mia—. Lo haremos temprano y durará solo una hora para que estés descansada para la gala.
Mia se cruza de brazos y Erin desvía la mirada hacia el agente.
—¿Qué gala?
—Una entrega de premios. Mia está nominada en dos categorías. No son muy conocidos y no tenía previsto que asistiéramos, pero Abigail Stone confirmó hace un par de días la asistencia de dos de sus representados y, tras ella, comenzaron a sumarse otros, así que nosotros no podemos ser menos.
Erin y Violette se miran al escuchar el nombre de la representante.
—¿Quieres que te acompañe alguien en particular? —pregunta Jude, mirando a Mia.
La cantante solo tiene un nombre en la cabeza, pero sabe que no puede pronunciarlo en voz alta, que no puede pedirle a Erin algo así.
—No, Noah puede sentarse conmigo —sonríe Mia, dándole un codazo a su amigo, que todavía parece adormilado.
—Genial, si no tienes a nadie, será la doctora Dooley la que se siente a tu lado.
—¿Yo? —pregunta Erin, perpleja, mientras el corazón de Mia da un vuelco.
—Sí, claro. Eres su médica y las entregas de premios siempre generan muchos nervios. Es mejor que estés cerca de ella, ¿no? —pregunta, paseando la mirada entre Nell y Violette como si buscara la confirmación de que, al menos en esto, ellas están de acuerdo con él.
—Es lo mejor, sí —confirma Nell.
—¿Te supone algún problema, Dooley? No tienes que entrar con ella delante de todas las cámaras; entrarás con nosotros por detrás, por eso no te preocupes.
Erin mira hacia el sofá antes de responder. La cantante tiene los ojos muy abiertos, expectante.
—De acuerdo.
Mia se muerde los labios y baja la mirada hacia sus manos para no mostrar la sonrisa que quiere dibujarse en su boca.
—Perfecto —continúa Jude—. Al día siguiente, mañana de descanso tras la gala para Mia, no para los demás. Por la tarde, prueba de vestuario a las cuatro, de sonido a las seis y media y concierto a las ocho. ¿Todos de acuerdo?
—Me parece excesivo para Mia, demasiados eventos consecutivos —interviene Erin—. No podrá descansar como es debido.
—Lo siento, Dooley, pero no hay nada de lo que está previsto que pueda cancelarse —Jude intenta sonar suave, porque está harto de discutir con esta mujer.
—El ensayo de mañana se podría cancelar, y la prueba de vestuario puede hacerse más tarde, poco antes de la de sonido para que no tenga tiempos muertos que no sirven para nada.
Jude parpadea, nervioso.
—El concierto de Washington es de los más importantes de la gira y, después de su asistencia a la entrega de premios, es posible que se vendan las entradas libres que quedan. El ensayo debe hacerse porque todo tiene que salir perfecto.
—A mí tu perfección…
—Espera, Dooley —Mia se levanta y se acerca a ella, apartándola a un lado—. Puedo hacerlo, y Jude en esto tiene razón; ese concierto es importante, pero te prometo que no me forzaré en el ensayo más de lo necesario. Alguna coreografía con los chicos para adaptarme al espacio y poco más.
Erin la mira fijamente y se pasa una mano por la nuca, rendida porque de repente siente que no puede negarle nada a la cantante.
—Está bien —acepta a regañadientes.
El suspiro de alivio de Jude es tan sonoro que Noah y Nell no se aguantan la risa.
—Maravilloso, hemos terminado.
El agente y la abogada son los primeros en salir de la habitación; después los siguen Erin y Nell, y detrás de ellas salen Mia y Noah, que se van hacia el ascensor junto a dos guardaespaldas de la cantante que los acompañarán a donde vayan.
—¿Adónde crees que vas? —pregunta Nell, cogiendo a Erin de un brazo antes de que pueda abrir la puerta de su habitación.
—Tengo que hacer una llamada importante —responde la doctora.
Nell entorna la mirada y la suelta.
—Todo bien con Mia, por lo que veo —dice, elevando una ceja mientras retrocede.
Erin sonríe.
—Sí, eso parece. ¿Te veo después?
—Te espero abajo en una hora, vas a acompañarme a hacer unas compras antes de marcharnos de Filadelfia —decide la directora de producción de la gira.
—Está bien.
Erin entra en su habitación y se queda junto a la puerta unos segundos.
Le gusta estar aquí, con toda esta gente, y la revelación la sorprende más de lo que habría imaginado porque al principio se sentía fuera de lugar, pero ahora se siente más cómoda que en cualquier otro sitio.
Nell es una mujer encantadora con la que está empezando a establecer una amistad que le gusta.
Después está Noah, con el que tiene una relación muy cordial que no cree que llegue a convertirse en amistad, pero se puede quedar muy cerca.
Luego está Violette, que va y viene como si tuviera la capacidad de teletransportarse y con la que Erin siente que también ha conectado.
Y, por último, está Mia… Erin solo suspira cuando piensa en ella y acaba sonriendo como una adolescente, pero se le borra de la cara cuando el teléfono le suena y ve el nombre de su hermana en la pantalla.
Le sorprende que haya tardado tanto en llamar. Erin esperaba esta llamada en cuanto se despertara porque cuando Brooke quiere algo puede ser muy insistente. Se acerca a la ventana, apoya el hombro en el cristal y descuelga.
—Hola, Brooke.
—¿Lo has hecho ya? —su hermana ni siquiera la saluda—.
Anoche estuve mirando el calendario de la gira y el próximo concierto es en Washington D.
C. —dice, como si Erin no lo supiera—. He hablado con Senna y he pensado que podríamos ir las dos; a ella también le encanta Mia Wilder.
Podría alquilar un coche, solo necesito que me…
—No vas a venir, Brooke —la corta Erin con hartazgo.
—¿Qué?
—Que no voy a mover ningún hilo para esto. Estoy cansada de tus caprichos y de que solo me llames cuando quieres o necesitas algo. Soy tu hermana, no un cajero automático ni una figura decorativa en tu mente que solo existe cuando te interesa.
—Pero ¿qué coño dices, Erin? ¿Se te ha ido la cabeza?
—Ojalá —la voz de la doctora se quiebra y Brooke, que ya tenía la boca abierta para defenderse, la cierra de golpe al notarlo—.
Me he pasado la vida ocupándome de ti, solucionándote los problemas y asegurándome de que no te falte nada, y ni siquiera cuando mamá se puso enferma te ofreciste a ayudarme en algo que también te correspondía.
—Sabes que me dolía mucho verla así, Erin; yo no podía soportarlo.
—¿Y yo sí? —pregunta la doctora, pero decide no seguir con eso porque no tiene ganas de recordarle que iba a ver a su madre cada dos semanas, se quedaba diez minutos y después montaba un drama antes de irse como si la única que sufría fuera ella—.
No voy a reprocharte tu actitud porque al final he sido yo la que te he consentido desde que eras una niña, pero se ha terminado, Brooke.
Ahora voy a dedicarme a mí misma, así que si me quieres llamar para saber cómo estoy o para que pasemos tiempo juntas, me tienes aquí, pero si es para otra cosa, no te molestes en hacerlo salvo que tengas un problema serio de verdad.
—No te reconozco, Erin —la doctora siente el susurro de su hermana como el siseo de una serpiente, y la piel se le eriza—, eres una…
—No hace falta que me entiendas —la interrumpe—, solo que me valores como a una persona y no como a una herramienta que utilizar para conseguir tus fines.
Cuelga antes de escuchar la respuesta de su hermana y, cuando se mete el teléfono en el bolsillo, se lleva la mano a la garganta porque pensaba que acabaría asfixiada después de esta conversación, que el llanto arrasaría sus ojos y la culpa la devoraría, pero el aire llega perfectamente a sus pulmones y lo único que siente es alivio: no solo porque ha soltado un lastre, sino porque por fin está empezando a tomar las riendas de su vida, a decir lo que le duele, a luchar por lo que necesita y a elegir a las personas que quiere a su lado, y ahora mismo tiene poco espacio para Brooke y mucho para Mia.