Salvaje Capítulo 23
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Capítulo 23

Erin sale del baño solo vestida con los bóxers que usa para dormir mientras se pone una camiseta con prisa antes de coger el teléfono, que ha escuchado sonar desde dentro, donde se ha dado una ducha tras llegar del concierto.

Ve el nombre de su hermana en la pantalla y suspira, porque su primer pensamiento siempre es el mismo, que Brooke llama para pedir algo, y eso la pone tan triste últimamente que la garganta se le cierra antes de responder.

—Hola, Brooke, ¿cómo estás?

—Qué fuerte, Erin —dice su hermana, acelerada—. ¿Estás acompañando a Mia Wilder en su gira y no me lo habías dicho?

La doctora frunce el ceño, desconcertada.

—¿Cómo sabes que voy con ella?

—Porque has salido en un par de imágenes que han subido a las redes tras el concierto de esta noche.

Erin no se sorprende, y tampoco es que le importe mucho que se la vea en la prensa como parte del equipo de Mia, porque al final es algo temporal. Lo que le molesta es que Brooke llame por esto.

—Intenté explicártelo cuando te dije que me habían ofrecido un puesto, pero no me escuchaste.

—Eso no es cierto, siempre te escucho —rebate su hermana, dejándola perpleja—. Erin, tienes que arreglarlo para que pueda conocerla —pide suplicante.

Ahí está el motivo de la llamada: nada de preguntarle cómo está, cómo es el trabajo o si le gusta, solo pedir. Erin se lleva la mano al pelo y retuerce un mechón entre los dedos, sintiendo que su garganta se aprieta un poco más.

—No puedo hacer eso, Brooke, tengo firmado un contrato de confidencialidad que…

—Siempre igual, Erin, nunca compartes nada conmigo. Sabes que es mi cantante favorita —se queja irritada—. Seguro que si se lo dices no se niega, no lo haces porque no quieres.

Erin retuerce con más fuerza su pelo hasta que le tira tanto del cuero cabelludo que su cuerpo se tensa. Su hermana interpreta su silencio como que lo está pensando y suspira de emoción.

—Venga, Erin, tú solo dime cuántos días estaréis todavía en Filadelfia, puedo coger un avión mañana, solo necesitaré que me prestes algo de dinero para el billete, te lo puedo devolver…

—Ahora no puedo hablar, Brooke, te llamo mañana.

Por primera vez en su vida, Erin la corta y le cuelga sin despedirse porque no es capaz de seguir escuchándola. Se queda quieta, sin saber en qué momento se ha sentado en la cama, y mira el teléfono fijamente mientras recuerda las palabras de su madre.

«Tienes que aprender a decirle que no».

Erin no lo ha hecho del todo, pero tampoco le ha dicho que sí, y eso es un paso grande para ella, pero también algo que la angustia porque no puede evitar sentirse mal.

La vibración del teléfono la asusta y cuando mira la pantalla tiene un mensaje de Brooke que no necesita abrir porque puede leer directamente cuando se desliza.

Brooke Dooley

«Habla con ella y llámame de inmediato».

La doctora deja el teléfono a un lado, se frota las sienes y se levanta.

Iba a acostarse aunque todavía esté algo alterada tras el concierto, a ponerse los tapones y hundir la cabeza bajo la almohada porque si Mia llega con visita, no quiere escuchar nada, pero después de la llamada de su hermana sabe que le resultará imposible mantener los ojos cerrados, así que se levanta, se viste y sale de su habitación para subir a la terraza privada de la planta en la que está.

Necesita que le dé el aire y no quiere salir a la de su habitación porque es contigua a la de la cantante y lo último que necesita ahora mismo es escucharla follar con la ayudante de su estilista o quienquiera que haya traído para hacer su noche post concierto más llevadera.

Erin empuja la puerta vestida con un pantalón de chándal y una camiseta.

La cierra a su espalda y aspira con fuerza, dejando que el aire fresco le golpee todo el cuerpo.

Se mete las manos en los bolsillos y da un par de pasos hacia delante, dispuesta a apoyarse en la baranda de cristal opaco para observar las vistas de la ciudad, pero entonces le llega un ligero olor a marihuana desde su derecha y, cuando se gira, se encuentra con los ojos azules de Mia observándola desde el suelo.

La cantante está sentada al lado de una jardinera, con la espalda apoyada en la pared, las piernas estiradas y un pie sobre el otro.

Lleva una sudadera enorme con el logo de la gira Wild —Erin tiene tres que le entregaron el primer día y todavía no se ha puesto—, unos vaqueros, unas zapatillas negras y el canuto entre los dedos.

—¿Qué haces aquí arriba? ¿Estás bien? —pregunta Erin, sorprendida.

Mia da una calada profunda mientras la mira fijamente, después suelta el humo despacio, provocadora, y asiente mientras Erin nota que cierta parte de su cuerpo se calienta.

—No me apetece estar en mi habitación ahora —contesta Mia—. ¿Y tú, Dooley? ¿Qué haces aquí?

—Algo parecido, supongo.

La cantante señala el suelo a su lado.

—Si quieres un poco de compañía, puedes sentarte aquí.

Erin duda, pero finalmente se mueve y se sienta a su lado, estirando las piernas como ella, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Tienes frío? —pregunta Mia.

—Estoy bien.

En realidad, sí que lo tiene, pero prefiere sentir frío antes que pensar en la conversación que ha tenido con Brooke.

—Pensaba que estarías en tu suite con… —la doctora se detiene cuando se da cuenta de que no es de su incumbencia.

—¿Una mujer? —completa Mia, y da otra profunda calada.

Erin se queda mirando el canuto sin contestar y, al final, levanta la mano para pedírselo.

—Déjame probar.

Mia frunce el ceño.

—¿Tú fumas hierba?

—No he fumado en mi vida, ni hierba ni tabaco ni nada parecido —responde, pero su mano sigue levantada y a la espera.

—Entonces no vas a fumar ahora.

La cantante aparta el canuto hacia un lado, le da una última calada y lo apaga contra el suelo a pesar de que está por la mitad. Erin la mira, entre sorprendida y enfadada, y le pesa más lo segundo.

—¿Ahora decides tú lo que puedo hacer y lo que no? —pregunta, subiendo las piernas para doblarlas y apoyar los antebrazos sobre las rodillas.

—No, pero hay mucha gente que se engancha con esta mierda, y no voy a ser yo la que te dé la primera calada. Si quieres fumar, busca a otra persona que quiera dártela.

La doctora se muerde el interior de la mejilla y suspira, tratando de alejar ese enfado absurdo.

—Tienes razón, gracias —susurra, y se frota las sienes con fuerza porque empieza a dolerle la cabeza.

—¿Qué te pasa, Dooley?

Mia se gira un poco hacia ella, apoyando el hombro en la pared con las piernas recogidas como la doctora.

—Nada, no te preocupes.

—Sí que me preocupo, pero no voy a obligarte a contármelo si no quieres.

La sorpresa atraviesa la expresión de Erin de una forma tan evidente que a Mia le da un vuelco el corazón sin que entienda muy bien por qué, y si pregunta, a Erin le costaría mucho explicarle que no está acostumbrada a que nadie se preocupe por ella, y Mia le ha parecido tan sincera que su pecho se ha apretado.

—Tengo una hermana más pequeña, de tu edad más o menos.

—¿En serio? —Una sonrisa aparece en los labios de Mia, pero desaparece igual de rápido que ha llegado cuando ve la expresión absorta de Erin.

—Sí, se llama Brooke. Me ha llamado hace un rato, quería conocerte. Sigue tu carrera desde que empezaste y le encanta tu música.

—Dile que venga. Le diré a Noah que le prepare un pase VIP para el siguiente concierto y me la presentas, no hay problema.

Erin suelta el aire por la nariz y asiente, haciendo girar algunas de sus pulseras de cuero sobre la muñeca.

—Háblame, Dooley —susurra la cantante al ver la expresión ausente de Erin—. ¿Es un problema para ti que ella venga?

La doctora tarda unos segundos para responder.

—Creo que sí.

Mia no dice nada, solo espera con paciencia mientras Erin sigue con la mirada fija en sus propias manos.

—Brooke solo me llama cuando necesita algo, normalmente es dinero, esta vez eres tú y la próxima será otra cosa. Nunca le he negado nada, he dejado que se aproveche de mí toda mi vida.

—Y ahora te sientes mal porque no quieres darle esto —deduce Mia.

Erin la mira por fin, asiente y vuelve a fijar sus ojos grises en sus manos.

—Pues no lo hagas, Dooley. Te voy a ayudar a negárselo porque no quiero conocer a alguien que te trata así. Nada de pase VIP para Brooke Dooley, lo siento por ella.

Erin se ríe y, aunque es una sonrisa triste, en el fondo siente alivio.

—Nell dice que tengo que pararle los pies, pero no sé cómo hacerlo. Soy su única familia; si le niego algo, se enfadará y dejará de hablarme.

—A veces hay que tomar decisiones difíciles, Erin.

Mi madre está viva, pero hace años que no la veo ni sé nada de ella porque un día decidí que su presencia en mi vida me hacía más mal que bien.

Me elegí a mí por encima de ella, y ahora mi familia es Noah.

Él sí se preocupa por mí, está ahí cuando me caigo y me apoya en todo lo que hago, igual que yo a él.

Si tu hermana lo único que te genera es ansiedad y malestar, quizá deberías plantearte darte un tiempo con ella.

No digo que sea definitivo, pero a lo mejor, si te apartas y dejas que se dé cuenta de lo que ya no tiene, empieza a valorarte como hermana y persona, y no como proveedora de todo lo que necesita.

Erin la mira. No sabe definir lo que siente ahora mismo porque es un cúmulo de muchas emociones: tristeza por ella misma, rabia acumulada hacia su hermana, impotencia por no haber sabido actuar en todos estos años y admiración por Mia.

—Dicen que hay dos tipos de familia, la que nos toca y la que elegimos. A veces la que te toca es una mierda y lo mejor que puedes hacer por ti misma es quedarte solo con la que eliges —sigue la cantante.

La mirada de Erin se queda fija sobre ella.

—No te conozco, Mia —dice de repente.

La cantante hace una mueca, sin entender lo que quiere decir.

—Llevo más de un mes viéndote a diario y no sé quién eres.

Mia sigue igual de confundida, observándola con los ojos muy abiertos.

—Y es culpa mía —empieza la doctora—. He establecido una distancia entre nosotras que me parecía lógica y, en lugar de molestarme en conocerte un poco, te he prejuzgado: yo he decidido la clase de persona que eres sin darte la oportunidad de demostrarme que no es así, que no eres una chica alocada que solo piensa en sexo y pasárselo bien.

Estás centrada, tienes claro lo que quieres y lo que no, que es mucho más de lo que yo puedo decir de mí misma.

—Creo que esto es lo más bonito que me has dicho hasta ahora —bromea Mia, porque se siente nerviosa, sin saber qué decir o hacer para no espantar a Erin ahora que parece que se abre.

—En realidad, diría que no te he dicho nada bonito desde que te conozco —admite Erin.

—Eso no es cierto —corrige la cantante—. Dijiste que mi actuación te había gustado; para mí eso es mucho porque no suelo sentirme tan segura como aparento cuando me subo al escenario.

—Otra cosa más que he juzgado sobre ti —asiente Erin para sí—, porque siempre doy por hecho que ese es tu sitio, que es ahí donde sale la verdadera Mia Wilder.

—Janssen.

—¿Qué?

—Me llamo Mia Janssen Wilder. Son los dos apellidos de mi madre. Me puso los suyos porque no sabía quién era mi padre, y como ella siempre utiliza Janssen, yo me quedé con Wilder. Otro dato que puedes anotar sobre mí si quieres, así no tienes que inventarte mi historia —bromea la cantante.

—¿Y qué más puedo anotar sobre ti? —pregunta Erin, deseando conocerla.

—Mmmm —sonríe Mia, mirando a las estrellas.

El corazón de la doctora se desboca. Le parece terriblemente atractiva ahí sentada en el suelo de una terraza privada mientras mira hacia el cielo con sus impresionantes ojos azules.

—Odio las habitaciones que me asignan, todas esas suites enormes son… —se encoge de hombros—. No me gustan.

—¿Por qué?

—Demasiado espacio para mí sola. ¿Para qué quiero una habitación que parece un apartamento solo para pasar dos o tres noches?

Es absurdo, e incómodo; la sensación de soledad se magnifica.

Por eso nunca les pido a mis amantes que se marchen después de, bueno, ya sabes.

Me agobia estar sola en un sitio tan grande.

—¿Y por qué no pides una habitación normal? —pregunta Erin.

—Jude dice que tengo que dar imagen de estrella, que si no proyecto eso, dejaré de serlo.

—No soporto a ese imbécil —confiesa Erin sin pensar.

Mia suelta una pequeña carcajada.

—La verdad es que yo tampoco, pero es lo que hay.

Erin está a punto de decirle que no, que puede elegir, pero ahora mismo no le apetece seguir hablando de ese hombre obsesionado con los números.

—Pensaba que esta noche la ibas a pasar con la ayudante de tu estilista —confiesa Erin, masajeándose la cabeza porque el dolor es cada vez más fuerte.

—Lo he pensado; de hecho, era mi plan inicial —admite la cantante—, pero no quiero acostarme con ella, quiero acostarme contigo.

La boca de Erin se seca y se aprieta más la cabeza con las manos, sin saber qué decir.

—Se me da muy mal todo esto, Mia.

—¿El qué? ¿Irte a la cama con una chica o dejar que te corteje?

—¿Cortejar? —Erin no puede evitar una risita que le ilumina la cara—. ¿De qué siglo eres?

Mia también se ríe y se pone la capucha de la sudadera porque tiene frío.

—Tengo un vocabulario muy exquisito cuando me lo propongo, Dooley, pero no me esquives y responde la pregunta. ¿Qué es lo que se te da mal?

—Dejar que me cortejes —pronuncia la palabra con cierta burla que divierte a Mia—. Lo de la cama lo tengo bastante controlado, pero lo demás…

El vientre de Mia se contrae.

—Esta noche no lo estás haciendo mal del todo. Estás aquí, hablando conmigo, conociéndome y dejando que te conozca. Es un gran paso.

—Supongo que sí —Erin suspira y cierra los ojos un momento, apoyando la cabeza contra la pared.

—¿Te duele? —Mia le señala la sien.

—Sí, y no parece querer marcharse.

—Deberías irte a la cama entonces.

—¿Tú qué vas a hacer? —pregunta la doctora.

—Me quedo aquí otro rato, no creo que pueda dormir todavía.

En un movimiento involuntario, o de pura deformación profesional, Erin estira la mano y coge la muñeca de Mia para tomarle el pulso. Es un gesto que hace tres o cuatro veces cada día, pero que ahora parece demasiado íntimo.

—Tienes un ritmo bastante normal; deberías intentarlo, tienes que descansar.

La cantante hace un sonido con la boca que parece una pedorreta.

—Prefiero contar estrellas antes que ovejas —dice, señalando al cielo de nuevo—, pero prometo que no tardaré.

Erin se ríe y, cuando va a incorporarse, siente la tentación de acercarse a la cantante y darle un beso, pero no quiere confundirla ni confundirse ella misma.

Le ha encantado estar con ella y hablar de cosas de las que no suele comentar con nadie, y no quiere que la sombra de su hermana planee sobre esto, ni pensar que solo ha podido ser fruto de su momento vulnerable.

Erin necesita asegurarse de que realmente es esto lo que quiere, porque su inseguridad no va a desaparecer de un día para otro; sabe que le hará falta tiempo y no quiere dar ningún paso sin tener la certeza de que después no retrocederá como hizo en el autobús.