Capítulo 22 #2
Las luces se apagan de repente y los gritos de las miles de personas que esperan ver a Mia casi la dejan sorda.
El pulso se le acelera como si fuera ella la que tiene que ponerse delante de toda esa gente, y el corazón le da un vuelco cuando ve venir a Mia por su izquierda, acompañada por un técnico que le muestra el camino con una linterna.
La cantante lleva un pantalón negro ancho con tiras de tela que cuelgan por todas partes, unas botas abiertas por arriba y un top que deja a la vista parte de su abdomen.
Erin traga saliva, sobre todo cuando Mia está a punto de subir los escalones y se detiene en el último momento para cambiar de rumbo y acercarse a ella.
—Deséame suerte, Dooley —dice y, aunque su expresión es solo una sombra oscura con la poca luz de la linterna, Erin ve el brillo de sus ojos y sus labios carnosos.
—No creo que te haga falta, pero suerte, Wilder.
Mia responde con una amplia sonrisa, se ajusta el auricular que lleva al oído y, esta vez sí, sube al escenario.
El concierto comienza con la misma brutalidad de siempre y Mia se muestra con esa energía magnética que la caracteriza, pero a Erin le parece que esta vez todo está magnificado respecto a las anteriores: su agresividad cuando se inclina hacia delante, su sensualidad cuando se mueve entre los bailarines o su mirada penetrante.
Erin está a punto de escupir el corazón por la boca, hipnotizada por la cantante.
Incluso hay un momento en el que Mia se acerca al borde del escenario, se arrodilla y canta mirando a un público que se vuelve loco de emoción, mientras ella experimenta un cosquilleo inquietante entre las piernas.
El espectáculo transcurre sin incidentes: Mia se hidrata siempre que puede y los ventiladores hacen su trabajo evitando que el calor excesivo la haga colapsar, pero hay un momento en el que Erin se da cuenta de que las manos de la cantante tiemblan un poco y ella, por instinto, da un paso adelante como si se preparase para subir, aunque se detiene porque en ese momento Mia se gira hacia su lado y no ve signos alarmantes en su expresión.
El concierto acaba por fin y Mia se siente desbordada de energía y adrenalina. Baja corriendo los escalones y se acerca a Erin con una sonrisa enorme en la cara, jadeante y sudada como siempre, y ella tiene que esforzarse mucho para no inclinarse y devorarla.
—Te tiemblan las manos, ¿estás bien? —pregunta la doctora, que se las coge y se las mira como si fuera a encontrar algo en ellas.
—Sí, es por la emoción —Mia no puede borrar su sonrisa, que sale temblorosa con el cansancio.
Erin le toma el pulso en el cuello con una mano, sin darse cuenta de que la otra sigue sobre la de Mia, que tiene apretada como si estuviera intentando eliminar su temblor.
—Como una moto —sonríe la doctora—. Ve a ducharte; me paso en un rato a ver cómo sigues.
—¿Te ha gustado? —pregunta de repente.
Erin la mira y se encuentra con los ojos azules de Mia clavados en los suyos. Ve la expectación en su expresión, y eso la hace sonreír porque tiene la sensación de que para la cantante es importante su opinión.
—Más que ningún otro concierto en el que te he visto, hoy has estado sublime —admite, y no está mintiendo: le ha parecido la mejor actuación de todas las que ha presenciado.
—Bien —la sonrisa torcida de Mia aparece—, porque he cantado pensando en que mi único público eras tú.
La cantante se da la vuelta y se aleja, dejando a Erin petrificada en su sitio, con el corazón en la garganta y un batallón de hormigas danzando por su cuerpo.
Cuando las piernas le responden, se mueve y va a la sala médica a recoger sus cosas mientras hace tiempo para que Mia pueda ducharse y su cuerpo se calme, y se sobresalta cuando, estando distraída llenando su mochila, la puerta se cierra a su espalda.
Erin se gira y se encuentra con Lexie, que se acerca a ella y desliza una mano por su cuello justo antes de besarla.
La doctora no puede reaccionar porque no ha tenido tiempo de pensar si quiere esto o no, y se descubre devolviéndole el beso porque está excitada desde que ha visto a Mia al inicio del concierto, y las manos de la periodista son rápidas y ya están tocando zonas de su cuerpo que solo aumentan el deseo que siente.
Se deja empujar hasta que su trasero acaba apoyado en la camilla y la periodista entre sus piernas, pero cuando siente la presión que ejerce contra su sexo, Erin se transporta al autobús que las trajo a Filadelfia, a la habitación de Mia y a las piernas de la cantante rodeando su cintura mientras era ella la que presionaba y, aunque está muy excitada y todavía arrastra esa necesidad insatisfecha de un orgasmo tras la interrupción de Noah, se da cuenta de que no es con Lexie con quien quiere desahogarse.
Erin rompe el beso y echa el cuerpo hacia atrás, despacio, mientras Lexie parpadea intentando entender por qué se le está privando de algo que le encantaba.
—¿Qué pasa? —pregunta la periodista.
La doctora le coge la mano que Lexie ha puesto entre sus piernas y la aparta mientras llena sus pulmones en una inspiración profunda y nerviosa.
—No puedo, Lexie —susurra, y vuelve a hacer una inspiración brusca porque tiene el pulso desbocado y le cuesta mantener un ritmo normal todavía.
—Vale, claro —la periodista se aparta un par de pasos, pasándose la mano por la cara para intentar despejarse—. Este no es buen sitio. Perdona.
—No es eso —los ojos de Lexie la observan con una mezcla de curiosidad y desconcierto—. Es que ahora mismo no puedo; tengo muchas cosas en la cabeza.
Tras una pausa breve de tiempo que la periodista necesita para asimilar que hoy no se irá al hotel con Erin Dooley, Lexie se recompone.
—No te preocupes, se trata de pasarlo bien, no de que una de nosotras se agobie —la mujer curva los labios y Erin le devuelve una sonrisa agradecida—.
Tienes mi número; si cambias de opinión, me llamas: mi hotel no está lejos del vuestro, y prometo llamar a la puerta la próxima vez —bromea mientras se aleja.
Erin levanta una mano para despedirse y se sienta unos minutos en la camilla, agarrándose al borde con fuerza mientras se aplaude a sí misma por haber sido capaz de parar cuando lo único que quería era correrse.
Cinco minutos después sale de la sala para ir al camerino de Mia, pero cuando llega a la puerta se detiene en seco, porque vuelve a estar entornada y el recuerdo de la cantante siendo devorada por aquella mujer la golpea de repente, haciendo que sienta que ha chocado contra un muro.
—¿Está sola? —le pregunta al guardaespaldas de la puerta.
—Sí, pase.
El hombre le hace un gesto y Erin, un poco aturdida, empuja la puerta y entra, encontrando a Mia todavía con la ropa del concierto y el pelo pegado a la frente por el sudor.
—¿No te has duchado todavía? —pregunta, cerrando la puerta.
Mia se da aire con la mano y sonríe.
—No he podido; he tenido que soportar a Jude explicándome pletórico los números del concierto: acaba de marcharse.
—Bueno, te tomo las constantes y te dejo por hoy.
Erin le coge la mano y, mientras le sostiene la muñeca y cuenta los latidos, Mia la mira fijamente. La doctora no levanta la vista del reloj hasta que termina y, cuando lo hace, se encuentra con la sonrisa torcida de la cantante, que de repente se acerca hasta casi pegarse a su cuerpo.
—Ahora te besaría si me dejaras, Dooley —susurra, pero se aparta antes de que Erin pueda decir nada—. Voy a ducharme; te prometo que comeré algo después.
Mia desaparece por la puerta del baño privado del camerino y Erin ve que le tiembla la mano cuando apunta el pulso. Sale al pasillo y lo anota antes de olvidarse, y después se toma el suyo por pura curiosidad, porque tras escuchar a Mia susurrarle se le ha disparado.
El de Mia está a noventa y cuatro; el de Erin, a ciento tres.