Capítulo 21
Erin ha tenido que ir hasta recepción para preguntar cuál es la habitación de Nell, después ha vuelto al ascensor y se ha bajado dos plantas antes que la suya y la de Mia, y ahora está frente a la puerta con la mano levantada sin saber qué decir cuando la vea.
—No es necesario que llames.
La voz de Nell le llega desde el pasillo y Erin se gira de golpe, encontrando a la mujer caminando hacia ella.
—Hola —susurra, y Nell se fija en sus ojos algo enrojecidos.
—¿Quieres que hablemos en mi habitación o prefieres hacerlo en el bar con una copa? —propone la mujer.
—¿Tu habitación con una copa?
—Hecho.
La jefa de producción de la gira pasa la llave por el lector y empuja la puerta.
A Erin le gusta más la habitación de ella que la suya, porque es más pequeña y el espacio exagerado de la que ocupa siempre la hace sentir un poco incómoda.
Esta solo tiene la cama, el baño privado, un escritorio y un par de sillones casi encajados debajo de la ventana.
—Siéntate en el que quieras, ¿qué te apetece beber? —pregunta Nell, con la puerta del minibar abierta.
—Me da igual —responde Erin sin girarse, mirándose las manos.
La mujer coge una botella de whisky y sirve dos vasos generosos.
—¿Quieres que pida hielo? —pregunta cuando se sienta en el otro sillón.
—No, así está bien.
A la doctora ni siquiera le gusta el whisky; de hecho, no le gusta ninguna bebida con alcohol, pero ahora lo necesita, así que le sirve cualquier cosa que Nell pueda ofrecerle.
—Te preguntaría si estás bien, pero con esos ojos y esa cara demacrada deduzco que no —señala Nell, directa como es ella—. ¿Qué te pasa? ¿Es tu hermana?
—No, no es por Brooke.
—¿Y por quién es entonces?
—Por mí —la doctora exhala y mira el vaso de whisky. Acaba de darle un sorbo y le parece asqueroso, pero la quemazón que ha sentido en la garganta y el esófago le resulta reconfortante, así que da otro.
—Vale —Nell se acomoda mejor en el sillón—. ¿Qué es lo que te pasa?
—Que no me reconozco —Erin no la mira; ha fijado sus ojos grises sobre el líquido ambarino y no puede apartarlos, como si estuviera hipnotizada—.
Hoy me he dado cuenta de que no sé quién soy si no tengo una función que hacer.
Cuando no estoy cuidando a alguien, estoy sola en casa esperando que pase el tiempo para que llegue la hora de irme a trabajar y hacer lo único que sé.
—Eres Erin Dooley, una mujer que ha dedicado su vida a los demás, pero ahora, aquí conmigo, eres solo Erin —la doctora levanta la mirada por fin—.
Todavía no te conozco mucho, pero no me pareces alguien sin identidad, sino alguien que está perdida y vive en automático.
Tienes que empezar a separar las cosas, Dooley, y priorizarte.
Erin parpadea, confusa.
—Empieza a ponerte tú por delante de los demás; si tú no estás bien, nunca serás la mejor versión de ti. Piensa en lo que quieres y en lo que necesitas…
—Es que no lo sé, Nell —la interrumpe angustiada.
—Sí que lo sabes, doctora; el problema es que nunca te has dado prioridad.
Todo el mundo quiere algo: unos lo toman, otros lo ignoran y el resto no sabe cómo conseguirlo.
Tú estás en el grupo del medio porque piensas que lo que tú quieres no es prioritario, y debería ser lo más importante de tu vida.
Erin la mira y luego mira otra vez el líquido en su vaso. Ella no está tan segura de saber lo que quiere, pero sí tiene que darle la razón en que siempre ha puesto a los demás por encima de ella.
—¿Te gusta tu trabajo? —pregunta Nell.
—Sí, supongo que sí.
—Esa respuesta no es válida, querida: o te gusta o no te gusta. Tómate tu tiempo para pensar.
La doctora intenta hacerle caso, pero ahora mismo está contando de cuántas maneras se ha dirigido Nell a ella a estas alturas; cuando concluye que ha perdido la cuenta, se centra en la respuesta y se pasa más de dos minutos en silencio que la mujer frente a ella respeta sin interrumpirla ni presionarla para que responda.
—Me gusta, y se me da bien lo que hago; soy muy buena con las urgencias.
—¿Pero?
—No disfruto esa parte, me refiero al hospital. Todos me conocen, pero no tengo conexión con nadie y la mayoría de las veces siento que soy alguien que habita los pasillos sin que nadie me vea del todo —reconoce sorprendida.
—Vamos bien —asiente Nell—. Ahora ya sabemos que esa parte de tu trabajo no te hace sentir cómoda. ¿Cuál sí?
—La que hago en MediSupport, la empresa para la que cubro eventos como soporte médico.
Cada vez que me contratan es para ir a un sitio distinto donde hay gente nueva a la que puedo presentarme como la mujer que soy ahora, no el fantasma del hospital, y tengo a Barry, mi compañero.
Con él me siento cómoda; me hace reír con sus chistes malos y las horas vuelan cuando hacemos el servicio juntos.
Me gusta cubrir esos eventos donde no sé si voy a tener que intervenir, y en caso de hacerlo, teniendo que reaccionar sin saber exactamente qué ha pasado.
—Como lo que pasó con Mia —apunta Nell.
—Exacto. Me tuve que apañar con los pocos datos que yo misma había recabado.
En el hospital siempre tengo un parte; me dicen lo que ha pasado antes de que el paciente llegue.
Con Mia no sabía si era un desmayo por cansancio, porque estaba colocada o porque tenía algo más serio.
Eso me disparó la adrenalina y me hizo sentir que era útil de verdad.
—Entonces ya sabemos algo más de ti. No eres una mujer sin identidad; eres una mujer a la que le gusta la acción rápida y la improvisación.
Erin se pone rígida y parpadea impresionada, porque se da cuenta —otro dato más que está descubriendo hoy— de que su vida siempre le ha parecido plana y predecible.
Cada mañana se ha levantado sabiendo lo que tenía que hacer, teniendo claro cómo comenzaría su día y cómo acabaría.
Cuando trabaja con Barry sabe cómo empieza, pero no cómo acaba.
—¿Tienes aficiones?
—Me gusta leer.
—¿Solo leer? ¿No te gusta viajar? O una buena película en el cine, los museos, la ópera, qué sé yo, Erin, hay mil cosas.
A mí, por ejemplo, me gusta coleccionar tazas.
Compro una en cada ciudad que visito. Me encanta salir a pasear y recorrer las calles a mi aire, leer por la noche en la cama o desayunar en la terraza.
También me gusta ir al teatro más que al cine, odio la comida asiática y me vuelvo loca con unos buenos tacos y una cerveza.
Esas son las cosas que disfruto ahora, ¿cuáles disfrutas tú?
Erin esboza una sonrisa cuyo aire le sale por la nariz.
—Creo que más allá de leer y utilizar pantalones cargo —se señala una pierna—, no tengo otros pasatiempos. Nunca he ido al teatro; el cine no me llama la atención porque para ver una película yo sola lo hago en mi casa con un bol enorme de palomitas y un refresco.
—Entonces te gusta ver películas en casa mientras comes palomitas.
Erin se ríe.
—Sí, supongo que sí.
—Como ya te dije, tienes que salir más y poner de tu parte para hacer amigos. ¿Qué hay de las mujeres? ¿O también te van los hombres?
—No, solo mujeres.
—¿Y?
—No sé, Nell —Erin se lleva la mano al pelo y la directora de producción la ve retorcer un mechón.
—Vamos a hacerlo de otro modo. ¿Qué tipo de mujer te gusta? Alta, baja, morena, rubia…
Erin se ríe otra vez y después vuelve a tirarse del pelo, pensativa.
—Rubias o con el pelo claro, y siempre me han llamado la atención si son más bajas que yo. Tienen que ser más abiertas porque es evidente que yo no lo soy, y directas, porque a mí todo eso me cuesta y si doy con alguien como yo las citas son un desastre.
—Pues ya sabemos parte de lo que quieres en una mujer más allá de su físico: que no se corte para pedir lo que quiere o decir lo que piensa. ¿Qué más? Piensa, doctora; esto es muy superficial.
La respuesta le llega tan rápido que Erin se sorprende.
—Que no me necesite, que no esté cerca de mí solo por eso. Que me mire y no vea a la doctora.
Los ojos azules de Mia aparecen en su cabeza de nuevo.
Tiene su mirada grabada a fuego: cuando la observaba tras despertar del colapso, desorientada y asustada, y también todas las veces que la ha mirado después como si viera algo en ella que ni siquiera Erin puede ver.
El pulso se le acelera porque Mia no la mira así porque la necesite; la cantante puede chasquear los dedos y tendrá otro médico a su lado cuando quiera.
La mira así porque quiere otra cosa de ella, algo que Erin todavía no sabe si puede darle.
—Eso sí es importante —apunta Nell—, y espero que ahora tengas claro quién eres.
En mi opinión, eres una mujer cansada de dar sin recibir y de vivir para los demás sin vivir para ti misma; alguien que no ha sabido pedir lo que necesita porque pensaba que eso era secundario, que no era importante —la directora se inclina hacia delante—.
A partir de ahora, métete en la cabeza que lo más importante de tu vida eres tú misma.
Busca tu felicidad, Erin, y cuando la encuentres, decide qué personas de las que hay a tu alrededor merecen que les regales parte de tu tiempo.
Erin traga saliva. Sabe que Nell se refiere a su hermana, y también que tiene razón en todo lo que dice; debe empezar a priorizarse y está dispuesta a hacerlo, aunque no sepa exactamente cómo comenzar ni si será capaz de lograrlo.
—Gracias, Nell.
—A ti por confiar en mí, cielo. ¿Te lo vas a terminar? —la mujer señala su vaso, que Erin no ha vuelto a probar y se limita a sostener con la mano.
—No —responde, inclinándose hacia delante para entregárselo.
Nell deja el suyo vacío en el suelo junto al sillón y bebe un largo trago del de Erin.
—Ha sido una conversación interesante —dice satisfecha—, y espero que no la olvides; que cada vez que pienses que no sabes quién eres, te recuerdes que eres una mujer muy interesante, inteligente, atractiva y joven.
No desperdicies tu vida, Erin; ya has pasado demasiados años dedicada a los demás, es el momento de dedicarte a ti misma.
—Lo sé, y lo haré —Erin apoya las manos en los reposabrazos y se levanta.
—¿Qué haces? —la mirada de Nell es tan inquisitiva que la doctora se congela—.
No te vas a ir de aquí sin decirme qué pasa con Mia.
Y no soy adivina, pero desprendéis tanta tensión sexual cuando estáis juntas que es difícil no darse cuenta de lo que pasa.
Bueno, Noah seguro que no lo sabe si Mia no se lo dice, porque ese chico vive en una especie de nube —Nell hace un movimiento con la mano mientras la levanta hacia el cielo, y Erin vuelve a sentarse, atravesada por una carcajada.
—Noah me cae bien —dice, cruzando una pierna para apoyar el tobillo sobre su rodilla.
—Ese chico le cae bien a todo el mundo; es un encanto y espero que encuentre a alguien con su nivel de bondad algún día, pero no vamos a hablar de Noah.
Erin curva una sonrisa y la mira.
—No sé qué quieres que te diga, Nell. Lo que me pasa con Mia me tiene muy confundida.
—Pero te gusta.
—Sí, eso creo.
Nell arquea una ceja.
—Vale, sí, me gusta.
—Mejor. ¿Y qué vas a hacer al respecto?
Erin cierra los ojos un momento y niega con la cabeza.
—No tengo ni idea, en serio. Entre todas las cosas que he descubierto hoy, una de las más importantes es que no la conozco; no me he molestado en hacerlo en todo este tiempo. Yo he decidido quién era Mia en lugar de averiguar si es verdad.
—Entonces sí que sabes lo que tienes que hacer.
La carcajada de Erin es profunda y la hace sentir alivio, como si estuviera soltando peso con cada exhalación que sale de su boca.
—Tienes razón.
—Pues claro que la tengo, Dooley. Ahora ya puedes marcharte —hace un gesto hacia la puerta, divertida, y Erin suelta otra carcajada cuando se levanta, quedándose de pie frente a la mujer.
—Te lo he dicho antes, pero gracias otra vez, Nell.
—Sabes cómo encontrarme, Erin; acude a mí siempre que lo necesites.