Salvaje Capítulo 20
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Capítulo 20

Erin está frente a la puerta de la habitación de Mia con una mano plana en la madera y la otra en la pared.

Mientras subía desde el restaurante, le ha dado mil vueltas a lo que dirá cuando entre, porque —aunque le gustaría hacerlo en este momento— no puede olvidar lo que ha pasado antes ni hacer ver que no ha sucedido.

Ha pasado y lo tienen que hablar; el problema es que, si antes de esto ya se sentía confundida, ahora está perdida por completo.

Todo se le mezcla en una mente demasiado abotargada tras lo que ha pasado: lo que han hecho, lo que ha sentido, las razones por las que no debería haber pasado, las consecuencias que cree que tendrá, lo que sabe que Mia quiere de ella o lo que cree saber, y a todo eso debe sumar otros factores externos, como la diferencia de edad o la de estilo de vida entre ellas.

Cada vez que se plantea la posibilidad de darse una oportunidad, si es que Mia lo desea, se le ocurren tantas razones por las que no debe hacerlo que, por primera vez en su vida, no sabe lo que tiene que hacer, y eso, para una persona con una vida estructurada como ella, es algo que la desestabiliza mucho y le impide utilizar la lógica como debería.

Se decide a dar dos golpes en la puerta antes de que alguien pase por el pasillo y la encuentre parada como si se hubiera perdido.

No escucha pasos al otro lado, ni la voz de Mia diciéndole que entre, y cuando casi ha pasado un minuto esperando se plantea utilizar la copia de su tarjeta que siempre le entregan cuando se registran en los hoteles, pero justo cuando se está llevando la mano al bolsillo, la puerta se abre y la cantante aparece al otro lado.

Erin da un paso atrás por puro instinto, abrumada porque definitivamente no está preparada para esto; su mente todavía no ha tenido tiempo de procesar con calma lo que ha pasado entre ellas y ahora tiene un nudo en la garganta y la entrepierna palpitando de un deseo que sabe que no debe liberar.

—Hola —la voz de Mia es suave, casi temerosa.

Erin le hace un gesto con la cabeza y camina hacia el interior cuando ella se aparta para dejarla pasar. El clic de la puerta al cerrarse a su espalda la hace detenerse en seco, con un nudo de ansiedad en la boca del estómago que la está devorando por dentro.

—¿Cómo estás? ¿Se te ha quitado el dolor? —pregunta tras vaciar los pulmones de golpe, intentando centrarse en algo que no sea la forma en la que Mia la está observando con sus ojos azules muy abiertos.

—Sí —la cantante se toca la nuca y cambia el peso de un pie al otro, nerviosa.

Se han quedado en la entrada. Erin no se atreve a dar un paso más y Mia no sabe si pedirle que se acerque hasta el sofá o abrirle la puerta de nuevo para dejar que salga corriendo, porque parece que es lo que la doctora necesita ahora mismo.

—Bien, te tomo las constantes ahora y me paso a verte después de…

—No hagas esto —la corta Mia.

Erin siente que cada músculo de su cuerpo se tensa sin que pueda controlarlo.

Por supuesto que no quiere hacer esto, quiere sentarse a hablar como la persona adulta que es, pero no sabe cómo hacerlo ahora mismo ni cómo decirle a Mia que no puede volver a suceder sin sonar brusca. Porque eso es lo que ella quiere, ¿no?

—¿Qué hago? —pregunta, soportando la mirada de esos dos focos azules que le están quemando la piel.

—Ignorar lo que ha pasado. Si no quieres hablar de ello, dilo, pero no hagas ver que no ha pasado —exige Mia.

—No estoy haciendo ver nada —Erin entra en modo supervivencia, protegiéndose como puede—. Ha pasado y está mal y…

—¿Por qué está mal? —pregunta la cantante.

Erin resopla. Esto le cuesta mucho y que Mia la interrumpa la está poniendo más nerviosa.

—Por muchas razones, pero empecemos por la principal: soy tu médica, y entre tú y yo solo puede existir una relación profesional para que pueda hacer bien mi trabajo.

—No te estoy pidiendo una relación, Dooley; de hecho, no te he pedido nada.

Mia se detiene y hunde las manos en su pelo antes de hacerse una coleta que parece más un moño mal hecho. No le ha pedido nada, pero quiere hacerlo y está frustrada.

—Tú y yo tenemos muchos problemas de comunicación —dice Erin—. No sabemos hablar de nada sin acabar discutiendo por una tontería, y no voy a convertir esto en otra. Zanjémoslo aquí. Sé que he sido yo la que ha empezado y lo siento; te prometo que no volverá a pasar.

Un resoplido sarcástico escapa de la boca de Mia, que levanta la mirada y se muerde los labios, enfurecida.

—¿Por qué tenemos que zanjarlo? —pregunta frustrada—. Corrígeme si me equivoco, pero por cómo jadeabas y te movías contra mí, creo que deseabas lo que ha pasado con la misma intensidad que yo.

Erin se siente mareada. Las piernas han empezado a temblarle, el deseo se le ha arremolinado en el vientre y su sexo está palpitando con una desesperación que ni soporta ni entiende.

No quiere esto, no quiere una relación con una cantante que elige mujeres a dedo después de un concierto y se divierte con ellas porque no puede dormir, no quiere convertirse en una más, en un entretenimiento para Mia mientras está de gira, en un cuerpo que pueda tomar cuando le plazca y del que se cansará en cuanto se fije en una mujer que le interese más que ella.

Es la percepción que siempre ha tenido de Mia: una cantante con presencia magnética que no se compromete con nadie y aprovecha su fama para ligar.

Erin no puede ser una más, no quiere convertirse en eso porque empieza a sentir cosas que no debe por ella y no quiere volver a Nueva York con el corazón destrozado cuando acabe la gira.

—Me gustas, joder —suelta Mia, que ha decidido jugar la carta de la verdad y exponerse para convencer a Erin de que va en serio, pero la doctora no está por la labor—. Podemos hacer las dos cosas: tener una relación profesional y otra personal que empiece más despacio, a tu ritmo; yo puedo…

—Eso no es lo que yo quiero.

La respuesta cortante de Erin es demoledora para Mia, que deja de hablar de golpe y se queda muy quieta, mirándola fijamente.

—Estamos en puntos diferentes, Mia —el pecho de la cantante se oprime cuando escucha su nombre, porque ha deseado cada día que Erin volviera a pronunciarlo, pero no en este contexto—. Eres muy joven y vives una vida que no encaja con la mía.

Erin no se reconoce cuando habla, ni siquiera sabe qué mierda está diciendo porque incluso a ella le suena a excusa mal elaborada, pero no puede detenerse; necesita protegerse de esto, de lo que sentirá cuando se acabe su contrato si no frena su deseo a tiempo.

—¿Y qué coño encaja contigo? —los ojos de Mia están brillando y Erin siente que se le cierra la garganta.

—No lo sé —se escucha decir, y se da cuenta de que es la única verdad que ha dicho hasta ahora.

No sabe lo que quiere porque no ha tenido nada antes que le haya servido para definir lo que espera de una relación y lo que no.

Su vida sentimental solo puede medirse por el nivel de satisfacción que ha sentido cuando ha estado con mujeres con las que no ha tenido más de unas pocas citas.

Esto es nuevo para ella, y también desconocido, y está tan aterrada que no sabe cómo hacerlo sin salir perjudicada.

Que la primera mujer por la que siente este tipo de cosas tan intensas sea una cantante que recorre el país durante meses no le ayuda; le genera inseguridad y un miedo irracional que la hace actuar de forma contradictoria, porque se está negando a sí misma lo que quiere solo porque no sabe lo que puede esperar si intenta tener una relación con alguien como Mia Wilder, la chica llena de tatuajes con un pasado solitario que se parece mucho al suyo.

La cantante cruza los brazos sobre el pecho unos segundos y baja la cabeza, mirando sus pies descalzos mientras intenta poner orden en su mente.

No entiende nada; sabe que le gusta a la doctora porque nadie que no siente algo por ti te besa como la ha besado ella hace unas horas.

Erin estaba ida, ha soltado el control de su cuerpo unos segundos y el resultado es que casi han acabado haciéndolo contra la pared del autobús.

Mia no consigue saber qué es lo que esta mujer rechaza de ella, pero es evidente que hay una parte de Mia que no le gusta o no acepta, y le duele tanto pensarlo que solo quiere arrancarse el corazón del pecho y pisotearlo hasta que deje de latir y de doler.

—Bueno —susurra sin levantar la mirada del suelo—, supongo que no se puede luchar contra un muro. Yo quiero y tú no, y no puedo hacer nada contra eso…

Mia sigue quieta, como si no hubiera terminado de hablar porque no encuentra las palabras o ni siquiera supiera cómo decir lo que siente, pero lo que Erin percibe es que le duele, que le está haciendo daño de verdad con su rechazo, y eso la angustia tanto que empieza a plantearse seriamente abandonar la gira.

—No quiero que pase esto, Mia —empieza, dando un paso hacia ella mientras la cantante levanta la mirada con las manos hundidas bajo las axilas—. No quiero que lo pases mal, ni pasarlo mal yo.

—Es muy noble de tu parte, pero no creo que puedas evitarlo.

Erin parpadea y empieza a preguntarse quién es más madura de las dos, y se da cuenta de que ha juzgado a Mia desde el principio sin conocerla; ha sido ella la que ha decidido que esta chica solo piensa en mujeres y en pasárselo bien.

Lleva un mes con ella de gira y nunca se ha molestado en intentar tener una conversación con la cantante que no tenga nada que ver con su cuadro clínico o con los eventos.

Es ella misma la que la ha evitado desde el principio, protegiéndose de ni siquiera sabe qué, porque es lo que está acostumbrada a hacer: blindarse, porque nunca ha tenido a nadie que la proteja y se preocupe por ella.

—Tienes razón, no puedo —se queda quieta, mirándola como si fuera la primera vez que la ve de verdad, y ahora mismo Mia le parece cualquier cosa menos una chica que lo único que quiere es llevársela a la cama.

—Saca tu libreta y apunta —Mia le tiende el brazo derecho y Erin tarda unos segundos en entender que le está pidiendo que haga lo que ha ido a hacer y que se marche.

Estira la mano y le coge la muñeca para tomarle el pulso.

Está caliente y su piel es muy suave, y Erin está desconcertada.

Se siente como si acabara de abrir los ojos y estuviera viendo a Mia, no a la cantante, sino a la mujer.

Empieza a contar y, estar centrada en eso, logra despejarle un poco la mente.

La suelta, saca su libreta, apunta las constantes y la vuelve a meter en el bolsillo.

—Dame un poco de tregua, Mia —pide Erin de repente, con ese tono suave que siempre desarma a la cantante.

—¿Tregua para qué? —pregunta confundida.

—No lo sé —admite la doctora—, para entenderme a mí misma, quizá.

Mia la observa durante unos segundos. Hay un par de mechones sueltos atravesando el lado derecho de la cara de Erin que ella no quiere apartar porque considera que ese aire despreocupado dobla su atractivo y contrasta con una mujer que al parecer se preocupa demasiado por todo.

Lo que Mia quiere es ponerle una mano en la nuca y pegarse a su boca del mismo modo que lo han hecho esta mañana, pero por encima de todo, lo que necesita es que Erin Dooley se decida y deje de darle una de cal y una de arena.

—¿Y qué se supone que debo hacer durante esa tregua? ¿Esperar a que te aclares? ¿A que decidas que no vale la pena? ¿Que no soy suficiente o no soy lo que quieres?

—No lo sé, Wilder —se agobia la doctora.

—¿Otra vez soy Wilder? —Mia suelta un bufido exasperado, y Erin la comprende; ella también se desesperaría con alguien tan inseguro como ella.

—Siempre serás Wilder para mí, aunque también seas Mia.

La cantante no sabe muy bien cómo interpretar lo que le ha dicho, pero su cuerpo al parecer sí, porque su corazón ha dado un vuelco y está convencida de que, si Erin le toma el pulso ahora, el resultado será el doble de pulsaciones que antes.

—Puedo darte esa tregua. Haz lo que sea que necesitas hacer, pero no voy a detener mi vida, Erin; no por alguien que me besa y después me aparta.

—No te estoy pidiendo que detengas nada —Erin se toca el recogido y coge un mechón de pelo, pero lo suelta antes de tirar—. Jamás te pediré que dejes de ser tú, solo que me dejes entender quién coño soy yo, porque creo que no lo sé.

Es lo más sincero que ha dicho en su vida, una verdad que al escucharla en voz alta de su propia voz le provoca un nudo de ansiedad en la boca del estómago.

Sabía quién era cuando cuidaba de su hermana, también lo sabía cuando cuidaba a su madre, lo sabe en el hospital cuando cuida de sus pacientes y lo sabe cuando cuida de Mia, pero sin ninguna de esas cuatro cosas se siente muy perdida, porque ha pasado su vida ejerciendo el mismo papel para personas distintas, y ahora que Mia le ofrece otra cosa —su tiempo, su atención y su cariño sin esperar nada de ella— Erin no sabe cómo debe actuar.

—Vale —susurra Mia con un nudo en la garganta, porque jamás ha tenido a nadie delante que le parezca tan vulnerable como Erin ahora mismo, ni siquiera su amigo Danny cuando se quedaba dormido en el sofá que tenían en el garaje de Noah y se hacía un ovillo como si, incluso dormido, también tuviera miedo—. Haz lo que necesites.

El tono natural en la voz de Mia calma un poco a Erin, porque está harta de ser ella misma la que siempre genera las situaciones de tensión entre ambas.

—Gracias. Te veo en la reunión de esta tarde; si te vuelve el dolor…

—Te llamo, no te preocupes —asegura Mia, y Erin se gira y se marcha.

La doctora entra en su habitación con los ojos encharcados, hundida en su propia angustia al darse cuenta de que va a cumplir treinta y ocho años y no solo no ha vivido, sino que ni siquiera sabe quién es Erin Dooley.

Coge el móvil con los dedos temblando y llama a Barry porque necesita hablar con alguien que no la mire a los ojos y vea el pánico que siente, pero en el teléfono de su reciente amigo salta el buzón de voz, así que se seca los ojos, se bebe dos vasos de agua y sale de la habitación con una sonrisa de asombro en los labios, porque desde que está con la gira ya no tiene solo a Barry; también tiene a Helen Casterley, o Nell para los amigos.