Capítulo 19
Mia entra en la habitación del hotel y deja caer su mochila sobre la moqueta para ir directamente al sofá que hay pegado a la pared. Noah entra detrás, arrastrando la maleta de la cantante, y la deja junto a la puerta antes de cerrarla y caminar para sentarse al lado de su amiga.
Han llegado a Filadelfia hace apenas unos minutos y Mia no ha salido de su habitación en el autobús hasta que su amigo ha entrado a buscarla.
Después de que la azafata le llevara una bandeja con comida y el analgésico que Erin le ha dado, se ha metido de nuevo bajo las sábanas, se ha tumbado de lado y ha sido incapaz de dormir, pensando una y otra vez en lo que había pasado.
—¿Quieres hablar ahora? —tantea Noah mientras se ata el cordón de su zapatilla derecha.
—Erin me ha besado —la voz de la cantante es un susurro y el asistente se incorpora de golpe, girándose hacia ella.
Tiene una sonrisa dibujada en los labios, pero se le borra de golpe al ver la expresión absorta de Mia.
—¿No ha ido bien? Era lo que querías, ¿no? —pregunta, sintiéndose completamente desconcertado.
La cantante se quita las zapatillas con los talones y sube los pies al sofá, abrazándose las piernas.
—Sí, ha sido perfecto hasta que has llamado a la puerta.
Una pequeña sonrisa se curva en los labios de la cantante, que apoya la cabeza sobre sus rodillas mientras lo mira. Él también sonríe y se rasca el pelo con inocencia.
—Me ha parecido que interrumpía algo, aunque no sabía exactamente el qué.
—Ha sido algo más que un beso del que no te voy a dar detalles, pero no había sentido nada parecido nunca, Noah. Todavía me está temblando el cuerpo —la cantante se mira las manos—. Estar con ella es…
No sabe cómo describirlo, así que solo sonríe con melancolía.
—Estoy un poco perdido, Mia. ¿No se supone que deberías estar contenta?
—Lo estaría si ella también quisiera lo que ha pasado, pero por cómo ha reaccionado después, me temo que no está muy feliz con lo que ha ocurrido.
La cantante se atusa el pelo y se echa hacia atrás. Noah no sabe qué decirle; los temas de corazón no se le dan muy bien; además, no conoce a Erin lo suficiente como para tener una teoría de lo que puede estar pensando la mujer.
—Supongo que lo sabrás cuando habléis —le pone una mano en la rodilla y le sonríe, y Mia se deja caer hacia él con un suspiro dramático.
—¿Por qué no puede ser como las demás? —pregunta, tumbándose con la cabeza sobre las piernas de Noah—. Es decir, no quiero que sea como las demás —se corrige—; me gusta tal y como es, pero es tan inaccesible y complicada de entender…
—El amor es complicado, ¿no? —pregunta su amigo, divertido.
Ella vuelve a suspirar y se incorpora, consciente de que no sabe estarse quieta porque está nerviosa. Sabe que Erin vendrá de un momento a otro para saber cómo está, y Mia está loca por verla otra vez, y también asustada porque intuye que no van a retomar lo que han dejado a medias en el autobús.
—Eso parece. Voy a ducharme y a cambiarme; ¿cenamos juntos? Podemos comer aquí o salir por ahí.
Noah se levanta.
—Bonita forma de echarme —sonríe—. Me apunto a la cena. Buscaré por la zona a ver si hay algo interesante y lo organizo con seguridad; creo que te vendrá bien salir para despejarte.
Erin ya ha deshecho la maleta y ordenado su ropa en el armario.
También se ha duchado y ahora está sentada a los pies de su cama, con las manos sobre los muslos y la mirada fija en la pared de enfrente, que tiene al otro lado la habitación de la cantante.
Tiene que ir a ver cómo está y ni siquiera sabe cómo mirarla o qué decirle.
Todavía siente latigazos entre las piernas; estaba tan cachonda que incluso le dolía, y no puede apartar de su cabeza el pensamiento de acabar lo que han empezado, pero hacerlo sería aumentar el error que sin duda ha cometido.
Ha caído en las redes de Mia Wilder; todo lo que se había prometido no hacer se ha disuelto en el momento en el que la chica de pelo color lavanda ha dicho su nombre con ese tono bajo y necesitado que ha fundido cualquier pensamiento racional que Erin pudiera tener en su cabeza.
Ni siquiera es capaz de recordar cómo ha empezado exactamente; lo único que sabe es que estaba ahí, con las manos hundidas en su pelo y la conciencia de que cada vez que los movía y la rozaba, algo llamado deseo iba creciendo dentro de ella como una bola de nieve imparable.
No ha podido detener el impulso; llevaba rato haciendo un ejercicio de contención que la tenía muy tensa y, cuando se ha dado cuenta, ya tenía la lengua metida en la boca de Mia.
Si Erin tuviera que calificar del uno al diez lo que ha sentido en ese beso, lo más probable es que no pudiera hacerlo porque diez le parecería poco.
Era una especie de conexión profunda, como si la boca de la cantante y la suya hubieran sido diseñadas para encajar de esa forma perfecta que ella ha sentido.
Lo de después tampoco puede explicarlo: su cuerpo parecía ir por libre obedeciendo solo a la necesidad que tenía, a esas ganas enfermizas de notarla pegada a ella, de tragarse sus gemidos o sentir su aliento caliente contra el cuello.
No esperaba que la voz de Mia pidiendo que no se detuviera le provocase tal descarga por el cuerpo, pero al escucharla, Erin se sintió drogada, como si escuchar a Mia Wilder y tenerla sobre ella fuera lo único que necesita para estar bien.
Se ha quedado a punto de correrse otras veces, con mujeres que no sabían cómo encontrar lo que ella necesita, y la sensación desesperante de tener el orgasmo justo ahí y no conseguir que se libere.
Hoy ha sido diferente; no se ha corrido porque Noah las ha interrumpido, pero la sensación de insatisfacción ha estado muy por encima de las anteriores, hasta el punto de que Erin se ha tocado mientras se duchaba porque no podía soportar la tensión que había en su vientre.
Desviando la mirada hacia la ventana, la doctora se levanta y camina hasta la puerta intentando no pensar en nada. Entrará, hará su trabajo y saldrá de la habitación de la cantante con rapidez.
Sale al pasillo al mismo tiempo que Noah y los dos se quedan mirándose unos segundos.
Por cómo se sonroja el asistente de Mia y le dedica una de sus sonrisas sinceras y tímidas, Erin llega a la conclusión de que ya lo sabe, y lo que más le sorprende es que no le moleste, porque siempre se ha fiado de él a pesar de haberlo tratado muy poco.
—Hola, Erin —saluda el asistente, apartándose de la puerta.
—Hola, Noah.
—¿Vas a entrar? Se está duchando, pero no creo que tarde en salir.
Erin había dado un paso hacia la puerta, pero se detiene cuando escucha que Mia está en el baño —porque lo primero que ha hecho su mente perturbada ha sido imaginarla desnuda— y decide que prefiere volver más tarde.
Noah percibe su duda y se aparta los mechones alborotados del flequillo de forma inútil, porque siempre vuelven al mismo sitio.
—¿Te apetece un café? Para cuando acabemos, ella ya estará lista.
Erin titubea unos segundos, pero al final decide aceptar y ambos bajan en silencio en el ascensor y caminan juntos hasta el restaurante del hotel.
Para sorpresa de la doctora, Noah se pide una infusión y ella un café doble con un sobre de azúcar.
—¿Sabes si se le ha quitado el dolor de cabeza? —pregunta Erin para romper el hielo mientras Noah se quita la chaqueta y la deja en el respaldo.
—No le he preguntado —responde con una mueca de vergüenza.
Ella sonríe. Si le gustaran los hombres, está segura de que podría enamorarse de alguien como Noah: educado, comprometido, servicial, leal y agradable, además de tener ese encanto natural de la imagen de chico malo y cachorrito al mismo tiempo.
—No pasa nada; ahora hablaré con ella.
Noah bebe un sorbo de su taza cuando se la traen y apoya los brazos en la mesa, y Erin vuelve a ver el tatuaje con el nombre de Danny en su brazo y ya no puede resistirse.
—¿Te puedo hacer una pregunta personal? No tienes que responder si no te apetece o te resulta incómodo; solo siento curiosidad.
El asistente de Mia parece sorprendido e intrigado al mismo tiempo.
—Sí, claro, adelante.
—El tatuaje —Erin lo señala—. He visto que Mia también lo lleva. ¿Quién es Danny?
—Era nuestro amigo; nos conocimos prácticamente al mismo tiempo en un local donde tocaban música en vivo los martes y los jueves por la noche.
Éramos tres adolescentes que no debían estar allí, al menos Mia y yo —sonríe—.
Danny era guitarrista de un solista que actuó aquella noche y, de algún modo, Mia, él y yo acabamos sentados en una mesa cuando terminó la actuación.
Los tres conectamos muy deprisa porque todos veníamos de una familia de esas que es mejor no tener.
A Erin se le detiene el corazón, y Noah sonríe al ver cómo lo mira.
—Puedes preguntar lo que quieras. Mia y yo hablamos mucho de esto entre nosotros y no escondemos nuestro origen ante nadie de confianza que pregunte.
—¿Soy de confianza? —pregunta Erin, sorprendida.
—No puedo hablar por ella, pero para mí lo has sido desde la noche que la atendiste tras desplomarse en el concierto. Sé que no somos amigos, pero me siento tranquilo contigo —Noah se encoge de hombros con su habitual expresión sincera.
—¿Qué tipo de familia es la que no se debe tener? —indaga la doctora, que prefiere preguntar antes que especular.
—Mis padres eran de esos que tuvieron un hijo porque era lo que tocaba hacer, pero por el que no tenían ningún tipo de interés, así que crecí completamente solo en una casa habitada, como si ellos fueran dos extraños durmiendo en la habitación de al lado.
Era una sensación muy rara. Se supone que debo estar agradecido por haber tenido a alguien que me alimentara, pero crecí con una sensación de vacío tan desesperante que hubiera preferido criarme en un centro de menores donde al menos los monitores me miraran para hacerme sentir que existía.
—Lo lamento, Noah.
—Gracias. La historia de Danny no era muy diferente; solo que a él sus padres lo ignoraban porque siempre estaban colocados.
Y la historia de Mia, que supongo que es la que más te interesa —dice con una mueca de diversión que hace sonreír a la doctora—, es algo diferente, pero con un resultado parecido.
Se crio sola con su madre, sin saber quién era su padre.
Tuvo que aprender a cocinar a los seis años porque su madre se pasaba los días con cualquiera de los hombres con los que salía en ese momento.
A veces la dejaba sola un par de días y cuando aparecía lo hacía con algún tipo que acaparaba toda su atención.
Mia creció sabiendo que su supervivencia dependía de ella misma, con una madre que la ignoraba y a la que tenía que cuidar cuando se ponía enferma, en lugar de ser al revés.
Erin no dice nada; de hecho, su mente se desconecta durante unos segundos, porque una parte de ella se siente identificada con la historia de la cantante.
No es la misma porque ella tenía el cariño de su madre, pero era como no tenerlo, porque su madre se iba a trabajar antes de que ella se levantara y volvía cuando estaba acostada, así que apenas la veía, y su supervivencia y la de su hermana también dependían de ella, porque si Erin no hacía la comida, no había nadie en su casa que la hiciera, ni que la cuidara cuando estaba enferma o la apoyara cuando tenía un problema.
Se da cuenta ahora, tras escuchar la historia de Noah, de que ella también creció sola, y lo sigue estando.
—¿Qué pasó después de aquella noche? —decide dirigir la conversación hacia la pregunta inicial, pensando que Noah ya ha tenido suficiente dosis de tristeza contándole su infancia, y ella también recordando la suya.
—Nos unimos mucho. Mia ya cantaba entonces; no era famosa, claro —sonríe señalando hacia arriba como si su amiga estuviera justo sobre ellos—, pero ya tenía un torrente de voz con mucho potencial.
Danny propuso que hiciéramos nuestro propio grupo con ella como vocalista, él como guitarrista y yo como batería.
—¿Tocas la batería? —se sorprende Erin.
—La tocaba; no he vuelto a hacerlo desde que Danny…
—se detiene y su expresión se vuelve sombría—.
Estuvimos tocando juntos en el garaje de mis padres casi un año y medio.
Quedábamos casi todas las tardes y nos acostábamos de madrugada porque no había nadie que nos pusiera horarios a ninguno, pero Danny estaba enganchado.
Se había criado con acceso a todo tipo de drogas y casi siempre estaba colocado.
Intentamos que lo dejara, pero tampoco teníamos los medios y él estaba demasiado metido como para intentarlo.
—Es muy complicado cuando encima no hay recursos para ayudar a alguien a salir, y si además no está por la labor, es literalmente imposible, Noah.
—Lo sé, pero entonces Mia y yo vivíamos frustrados. Una noche, después de haber estado tocando toda la tarde, se fue a su casa como hacía siempre; solo que al día siguiente no vino al garaje, y al siguiente tampoco. Nadie se molestó en avisarnos porque nadie en su casa sabía que tenía amigos.
—¿Qué le pasó?
—Tuvo un accidente. Iba tan colocado que se salió de la carretera en una curva y cayó por un terraplén. Estuvo agonizando durante al menos tres horas hasta que murió.
Los ojos de Noah se han aguado, pero se pasa los dedos por debajo de los párpados y suelta un suspiro tembloroso.
—Lo siento mucho, Noah —dice Erin.
Él la mira y le dedica una sonrisa triste.
—Mia y yo nos colocábamos con él alguna vez.
No a su nivel, pero también consumíamos casi a diario.
Cuando pasó aquello, nos prometimos no volver a tocar ninguna droga fuerte, así que ahora solo nos fumamos un canuto cada uno después de cada concierto.
Es una regla sagrada que no quebrantamos nunca, no solo porque no queremos que nos pase lo mismo que a él, sino por su memoria y porque él no tuvo la oportunidad de apoyarse en nadie cuando lo necesitó.
Mia y yo nos unimos más entonces y ahora ella es mi familia y yo la suya.
—¿Y tus padres? ¿Y su madre?
Noah se encoge de hombros, despreocupado.
—Cuando conseguí mi primer trabajo, ella y yo nos fuimos a vivir juntos a un cuchitril lleno de cucarachas —explica divertido—. Nadie vino a buscarnos entonces; Mia también consiguió trabajo, ahorramos y nos mudamos a Nueva York para intentar que alguien la escuchara cantar, y el resto es esto.
—Gracias por contármelo, Noah —Erin estira una mano y la coloca sobre su brazo de piel pálida, justo encima del nombre de Danny.
Él sonríe y coge su infusión para beber, haciendo una mueca de asco cuando se da cuenta de que está fría.