Capítulo 18 #2
Mia quiere reírse y preguntarle cómo demonios puede hacerlo para no pensar en nada si tiene sus manos en su cuerpo, pero no dice nada; simplemente se queda quieta, con los ojos abiertos fijos en el techo.
Los dedos de Erin se mueven despacio contra la zona que le duele, y la cantante siente cierto alivio, aunque no el suficiente, porque está completamente rígida.
—Relaja los hombros, Wilder.
Erin lo intenta para ayudarla, pero cuando le toca el hombro izquierdo y se lo aprieta un poco para que se relaje, lo que consigue es justo lo contrario. Mia da un respingo como si sus dedos le hubieran dado una descarga y agarra la sábana con las manos como si eso la ayudara a quedarse quieta.
—¿Prefieres estar sentada? —pregunta la doctora, que se está empezando a poner nerviosa.
—Sí, mejor —responde la cantante.
Erin se levanta y se sienta en la silla mientras Mia vuelve a su posición inicial.
La observa sin poder evitarlo: con las piernas desnudas cubiertas solo por un pantalón deportivo de algodón que apenas le cubre parte del muslo y la camiseta de tirantes sin nada debajo.
Mia se había vestido así con la intención de tumbarse y hacer el trayecto descansando, pero el malestar había empezado cuando apenas llevaba un rato en la cama y ya no se le había ido.
No habría recibido a Erin así, pero es lo que hay, y la doctora está teniendo muchos problemas para apartar la mirada de su camiseta, donde a la cantante se le marcan los pezones.
—Vale —Erin se aclara la voz y por un momento piensa en levantarse, darle una pastilla y salir de la habitación, pero sus principios no se lo permiten porque si puede solucionar el problema sin meterle un químico en el cuerpo, prefiere hacerlo.
—¿Cómo sabes que esta molestia no es por otra cosa? —pregunta Mia, con la esperanza de que la conversación la distraiga de la terrible excitación que le provocan los dedos de Erin sobre su piel.
—Porque a mí me ha pasado alguna vez. Cuando acumulo mucho estrés, siento esa misma sensación de presión en la base de la cabeza que describes.
—¿Y se te pasa con un masaje? —Mia alza un poco la mirada, pero están tan cerca, con Erin sentada justo delante de ella, que la doctora, en lugar de mover los dedos para aliviarla, lo que hace es presionar con ellos mientras contiene la respiración y sus malditas ganas de besar los labios sonrosados de Mia.
—No tengo a nadie que me haga un masaje —responde, y sigue masajeando—, pero me alivia mucho presionarme con la mano.
—Erin.
El mundo se detiene para la doctora cuando escucha su nombre. Sus manos se quedan quietas y descienden —sin que sea consciente de ello— a la nuca de la cantante.
—¿Qué? —pregunta, con el corazón latiendo a toda velocidad y una sensación de cosquilleo permanente por el vientre.
El labio inferior de Mia tiembla ligeramente mientras decide lo que va a responder, porque se ha quedado en blanco cuando la doctora se ha pasado la lengua por los labios.
—Es mejor que me des la pastilla, porque si sigues así haré algo que te hará enfadar mucho y…
La voz de Mia se ahoga contra la boca de Erin cuando esta se inclina un poco más y atrapa sus labios. La sorpresa la paraliza un instante, pero cuando la doctora mete la lengua y roza sus dientes, Mia le agarra la camiseta por los hombros y tira hacia ella para asegurarse de que Erin no se aparta.
La doctora quiere detenerse, pero es todo el cuerpo el que le hormiguea y siente que no controla sus acciones cuando pone las manos bajo las orejas de Mia y tira de ella hacia arriba.
Las dos se levantan sin despegarse y Erin la empuja con su cuerpo hasta que la espalda de la chica toca la pared del armario de la habitación, y entonces, como si estuvieran sincronizadas, Mia se cuelga de su cuello, sube las piernas y las enrosca en su cintura mientras ella la sujeta por los muslos.
Erin aprieta con la cadera buscando que la presión la alivie, porque está tan repentinamente excitada que apenas puede respirar. Se mueve con una cadencia perfecta cuando encuentra la posición correcta, y cuando Mia responde con un jadeo tras otro, Erin rompe el beso porque necesita coger aire.
—No pares, por favor —susurra Mia, apretándose con fuerza contra su cuerpo mientras Erin continúa con los movimientos, con la cara hundida en el cuello de la cantante para que no pueda mirarla, porque una parte de ella ya está arrepentida de lo que está haciendo y la otra no puede detenerse, lo que la está volviendo loca.
De repente, los dedos de Mia se clavan en su espalda con fuerza y los jadeos de la cantante se convierten en gemidos cuando su cuerpo se tensa.
Erin no necesita taparle la boca mientras se corre, porque Mia muerde su hombro y resopla contra él mientras Erin nota su propio orgasmo enrollándose en el vientre; pero justo cuando está a punto de dejarse ir, alguien llama a la puerta.
A Mia la pilla en plena descarga de placer, pero al escuchar el ruido ambas reaccionan y Erin la suelta al mismo tiempo que Mia baja los pies al suelo.
La doctora da dos pasos hacia atrás, tan desconcertada que no sabe qué hacer. Le tiembla el cuerpo entero, pero sobre todo las manos, y todavía tiene esa sensación de excitación no resuelta entre las piernas, donde su propio corazón parece latir.
—¿Quién es? —pregunta Mia, que se ha quedado con la espalda pegada a la pared mientras observa a Erin, que se ha doblado sobre sí misma y tiene las manos en las rodillas.
—Soy Noah, ¿puedo pasar? —se escucha al otro lado.
Mia no sabe qué responder, porque si dice que sí, Noah atará cabos de inmediato, básicamente porque Erin no es capaz de enderezarse. Se siente atrapada en una especie de bucle que mezcla culpa, deseo y frustración, y no puede pensar ni decidir qué hacer en ese momento.
—Erin… —susurra Mia.
La doctora la escucha como si su cabeza estuviera bajo el agua.
—Dooley —la cantante eleva la voz y Erin se incorpora despacio.
Mia ni siquiera puede preguntarle qué hacer, si deja pasar a Noah o le pide que se vaya y ya se espabilará después para inventarse una excusa, porque Noah, preocupado por su falta de respuesta, abre la puerta y entra.
El chico se queda quieto cuando ve a Erin cerca de la ventana y a Mia junto al armario.
Al principio le cuesta entender lo que pasa, porque la doctora parece ida en lugar de una mujer que ha estado a punto de correrse, y Mia parece un pasmarote que no puede apartar la mirada de Erin.
—Vuelvo después —dice Noah.
—No, quédate —Erin levanta la mirada, aunque su expresión es completamente ausente, como si no pudiera conectar lo que dice con lo que está viendo—. Voy a buscarte algo para ese malestar; la azafata te lo traerá con un zumo y algo de comer.
Mia no dice nada; solo mueve la cabeza asintiendo, a pesar de que Erin no la mira.
La doctora sale de la habitación y Noah no sabe si quedarse o seguirla, porque conoce a su mejor amiga y sabe que Mia no podrá contarle nada hasta que su cabeza se ordene.
—¿Para qué es la pastilla? —pregunta el asistente, que está preocupado y desconcertado a partes iguales.
—Me duele un poco la cabeza —responde la cantante, todavía junto al armario.
—¿Quieres que me quede? ¿Te apetece hablar de algo?
Mia se toca los labios con los dedos. Los nota ardiendo y, si se concentra, puede sentir la presión de los de Erin todavía.
—No, ahora no.
—Vale. Avísame cuando quieras; estaré por ahí fuera.
Noah sale de la habitación y Mia se da cuenta de que no ha llegado a decirle para qué había venido. Tampoco puede ocuparse de eso ahora. La presión en su cabeza parece haberse disipado cuando estaba pegada a la boca de Erin, y ahora es como si hubiera vuelto de golpe.
Se tumba y se tapa con toda la ropa que encuentra, con la imagen de Erin de hace un rato, cuando apenas era capaz de enfocar, como si se sintiera más perdida que nunca.
A Mia le gustaría decirle que ella puede —y quiere— ser su mapa, que puede anclarse a ella siempre que lo necesite, que no se apartará ni la dejará sola nunca, pero no puede prometerle nada a una mujer que se niega a admitir lo que siente.