Salvaje Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿A dónde vas, doctora? —pregunta Nell desde su asiento.

Erin se detiene en seco en el inicio del pasillo del autobús con el que viajarán a Filadelfia.

Acaba de subir y se disponía a buscar asiento en la planta baja, pero al parecer Nell, que está sentada en el primer bloque como siempre, no tiene ganas de empezar el viaje sola.

La directora de producción de la gira aparta su bolso del asiento de al lado, lo deja colgado en el gancho lateral —que es para esto— y da un par de palmadas sobre la espuma.

—Siéntate —ordena, y Erin sonríe y se acomoda a su lado—. Así no vas a hacer amigos, Cielo; tienes que poner un poco de tu parte y socializar.

La doctora se toca el pelo y no dice nada.

Le duele un poco la cabeza desde que se ha levantado y lo único que quería era sentarse y cerrar los ojos hasta después del desayuno, cuando subirá a la planta superior del autobús a tomar las constantes de Mia, pero tienen unas cinco horas por delante y hablar con Nell es algo que le gusta, porque con ella siempre tiene la sensación de que la mujer la entiende sin necesidad de que ella se explique, como si supiera descifrar sus pensamientos y emociones.

—Tienes razón —admite la doctora, colocando el pie derecho sobre la rodilla izquierda.

—No sirve de mucho que me des la razón si no haces nada para resolver ese problema —Nell no levanta la mirada de su móvil, donde está enviando un mensaje mientras responde.

—También tienes razón —repite Erin, con cierto tono burlón que hace que Nell alce la mirada y deje el teléfono.

El autobús se pone en marcha y un pensamiento fugaz atraviesa la mente de la doctora, preguntándose qué estará haciendo Mia.

—¿Has hablado con tu hermana? —pregunta Nell.

—Sí, la llamé hace un par de días para ver qué quería.

—¿Y qué quería? —indaga sin cortarse.

—Dinero —Erin apoya la cabeza en el respaldo—. Quiere hacer un curso de coctelería que, según ella, será muy útil para su trabajo de camarera.

Nell suelta una especie de pedorreta por la boca que hace reír a Erin.

—¿No debería pagárselo su jefe, o en todo caso ella misma? —cuestiona la mujer.

—Eso le dije yo, pero empezó con su retahíla de siempre, diciendo que soy egoísta, que no la entiendo y que no me esfuerzo por ponerme en su lugar.

Otra pedorreta sale de la boca de Nell, esta vez más fuerte.

—Dime que no le dejaste el dinero, doctora.

Erin la mira y se encoge de hombros.

—Más bien se lo regalé, porque nunca me lo devuelve.

—Tienes que aprender a decirle que no, Erin —Nell intenta ser amable, porque en realidad quiere preguntarle hasta cuándo piensa permitir que su hermana se aproveche de ella de ese modo.

—Lo sé, pero me cuesta; soy lo único que tiene y…

—Y en lugar de cuidarte se aprovecha de ti. Siento ser tan dura, Dooley, pero necesitas abrir los ojos.

Erin asiente dándole la razón, pero no necesita abrir nada porque eso ya lo hizo hace tiempo. Lo que requiere es encontrar el valor para pararle los pies a su hermana, para decirle que la tiene ahí para lo que haga falta siempre que sea importante, no para pagar todos sus caprichos.

—Cambiemos de tema —propone Nell, girándose hacia ella.

Erin entorna la mirada ante la sonrisa ladeada de la mujer.

—He oído por ahí que tuviste compañía la otra noche. La periodista, ¿verdad?

La doctora se tensa como un junco.

—¿Qué pasa con la gente de esta gira? —pregunta, atónita—. ¿Os pasáis la información unos a otros?

Nell suelta una sonora carcajada que hace que le boten los hombros y las gafas le resbalen por la nariz.

—Querida, acostúmbrate a esto. Aquí todos nos enteramos de todo. Si te tiras un pedo demasiado fuerte, alguien lo escuchará y sabrá que has sido tú.

Erin no puede detener la carcajada profunda y espontánea que le estalla en la boca, y las dos acaban llorando de la risa.

—Lo tendré en cuenta; nada de pedos.

—Bueno —Nell le da un codazo suave—, entonces, ¿es verdad? ¿Tienes un lío con Lexie?

Los ojos de Erin se desorbitan.

—No tengo ningún lío con ella, Nell. Pasamos la noche juntas y ya está. No creo que tenga que explicarte que se puede follar sin compromiso.

La risa de Nell vuelve a resonar por todo el autobús.

—Claro que no; solo quería ver tu reacción.

Erin arruga el ceño.

—¿No te gusta? Lexie es mona, y buena chica; quizá te vendría bien…

—Para, Nell. No sé si lo de la otra noche se repetirá o no, pero lo que sí sé es que no busco nada serio.

Nell se queda pensando y Erin se pone nerviosa mientras espera.

—Solo por aclarar: ¿no quieres nada serio con nadie, o no quieres nada serio con Lexie?

La pregunta coge a Erin por sorpresa.

—¿Qué? ¿No lo sabes? —la tantea Nell, divertida.

—No me has dado tiempo para pensar —se defiende la doctora.

—No deberías necesitarlo para una pregunta así, Dooley. Es sencilla; solo has de decir si es lo primero o lo segundo.

—¿Por qué no me llamas por un solo nombre, me da igual el que elijas, y dejas de llamarme por todos los que se te ocurren? —pregunta Erin, divertida.

—La ventaja de tener sesenta años es que empiezas a hacer lo que te da la gana sin que te importe la opinión de los demás, así que te llamaré como me apetezca en cualquier momento; y no me cambies de tema.

Erin deja que la risa le salga por la nariz y se coge el tobillo de la pierna derecha mientras piensa.

—No lo sé, Nell; últimamente no tengo muy claro lo que quiero. Estoy bastante confundida.

La mujer asiente como si esa fuera la respuesta que en realidad estaba esperando.

—¿Y cierta cantante con el pelo color lavanda tiene algo que ver con esa confusión?

A Erin se le sube el corazón a la garganta.

—¿Por qué preguntas eso? —exige saber, quizá un poco alterada.

Nell levanta las manos en son de paz.

—Solo es una pregunta, doctora.

Erin la mira fijamente, sin creerse su respuesta.

—Las preguntas se suelen hacer por algún motivo, especialmente las tuyas.

—Entonces tú sola te estás respondiendo.

Los párpados de Erin se estrechan mientras piensa, hasta que decide que no quiere seguir con esa conversación.

—¿Tú sales con alguien? —pregunta, y Nell la mira horrorizada.

—Pasé décadas casada y fui muy feliz, pero mi cupo para soportar a una persona ya está completo. Ahora quiero hacer mi vida a mi aire, por lo que los hombres solo me interesan para pasar un rato agradable, y a ser posible que solo dure lo necesario para… ya sabes.

Erin suelta una carcajada y baja la pierna al suelo, escurriéndose en el asiento para estirarse un poco.

—Te dejo; voy a cerrar los ojos un rato si no te importa —Erin se levanta para buscar asientos vacíos.

—Bonita forma de no responderme.

La doctora se ríe mientras se aleja. Se sienta un par de filas por detrás de Nell y apoya la espalda en el lateral, estirando las piernas encima del asiento contiguo.

Coloca la pequeña almohada que ofrecen este tipo de transportes entre su cabeza y el respaldo, y justo cuando va a cerrar los ojos, su teléfono vibra.

Mete la mano en el bolsillo lateral del pantalón —este de color gris claro— y cuando desbloquea la pantalla ve que es un mensaje de Mia.

Mia Wilder

«¿Puedes venir un momento?»

A Erin le sorprende, porque Mia no suele enviarle mensajes; ni siquiera ha pedido nunca que vaya a visitarla a su habitación salvo el día que le dejó la nota para que la avisara al despertar.

Se guarda el móvil sin responder y se levanta para subir al piso superior.

Noah está recostado contra el cristal, con sus auriculares de diadema que lo acompañan en cada viaje y los ojos cerrados.

La doctora pasa de largo y llega hasta el final, donde está la única habitación del autobús reservada siempre para la cantante.

No se molesta en llamar; simplemente abre la puerta y la cierra al entrar, encontrando a Mia sentada en la cama con los pies descalzos en el suelo y las manos apoyadas en el colchón.

—¿Va todo bien? —pregunta Erin mientras la mira.

La cantante no tiene mal color de cara, pero sí da la sensación de no encontrarse muy bien.

—Dijiste que te avisara si sentía algo raro —dice Mia, que parece avergonzada por haberla molestado.

Erin coge la silla que hay junto al escritorio y la arrastra delante de la cantante, sentándose en ella.

—Por supuesto. ¿Qué te pasa? ¿Estás mareada?

La doctora apoya los codos en las rodillas.

—No, no es eso, pero tengo un dolor raro aquí y no sé qué es —Mia se toca la cabeza por detrás y Erin frunce el ceño, acercando un poco más la silla.

—Raro, ¿cómo? Descríbemelo y dime exactamente dónde.

Mia se inclina hacia delante y se señala la base del cráneo, justo por encima de la nuca.

—No es dolor de cabeza; es más bien una presión muy incómoda. No sé explicarlo, Dooley; es como si algo me apretara aquí.

—Vale, déjame tocar.

Erin se levanta y se sienta a su lado, enmarcando con las manos la cabeza de Mia mientras palpa con los dedos entre su pelo.

—¿Por aquí?

—Sí, justo ahí —Mia traga saliva.

—¿Hasta dónde te llega el dolor? ¿Qué zona abarca?

Mia también sube sus manos, que se encuentran con las de Erin, y se las coge y las coloca justo donde le duele.

—¿Me voy a desmayar? —pregunta asustada.

—No, no creo que esto tenga nada que ver. ¿Te duele más si aprieto, o la intensidad siempre es la misma?

—Igual, pero no es dolor exactamente…

—Presión, sí —susurra Erin, mirando los ojos azules de Mia.

—Entonces, ¿qué es?

Erin baja una mano y coge la de Mia, tomándole el pulso por si acaso.

—Creo que solo es tensional, como si tuvieras esa zona agarrotada.

—¿Y eso por qué? —quiere saber la cantante.

—Pueden ser muchas cosas, pero principalmente los nervios y el estrés. Túmbate; te masajearé la zona y, si no se te pasa, te daré un antiinflamatorio o un relajante muscular.

—¿Bocabajo?

—No, de cara hacia arriba.

Mia se deja caer sobre el colchón y Erin se sienta a la altura de su pecho, metiendo las manos por detrás de su cabeza para masajearle la zona.

—Relájate. Cierra los ojos si quieres y trata de no pensar en nada.