Salvaje Capítulo 17
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Capítulo 17

Después de comer, Erin se pone los auriculares y baja al gimnasio.

Esta es una de las ventajas que más le gusta de venir a estos hoteles cuyo precio por habitación prefiere no saber, que siempre disponen de una sala privada para hacer ejercicio.

Quiere aprovechar porque hoy no tienen nada que hacer en todo el día, ni siquiera una reunión, pero mañana ya salen de viaje para Filadelfia y la doctora se pregunta si sería capaz de aguantar este ritmo año tras año.

Se decide por las escaleras para hacer un poco de ejercicio extra y, cuando al fin llega al gimnasio, se detiene en cuanto cruza la puerta.

Hay cuatro personas del equipo y una de ellas es Mia, que está sobre la cinta de correr haciendo lo contrario a lo que le ha pedido.

Erin estaba segura de que la cantante había bajado esta mañana, pero es evidente que no, y no quiere ni pensar en la posibilidad de que haya venido dos veces.

Se quita los auriculares y camina hasta la máquina.

Mia está de espaldas, corriendo con ese pantalón corto que llevaba esta mañana y una camiseta de tirantes.

Por un momento, la doctora se queda ahí, convenciéndose de que está admirando sus tatuajes cuando en realidad está recorriendo todo su cuerpo con sus ojos grises.

Se muerde los labios y da un paso hacia ella, pero se detiene de nuevo porque uno de los tatuajes de Mia le llama la atención.

Tiene tantos que Erin no se había fijado —tampoco es que los haya visto todos, aunque le gustaría— pero este es igual que el que Noah lleva en el brazo, solo que bastante más pequeño y justo por encima de su codo: Danny.

Erin se muere de la intriga, ha estado a punto de preguntarle a Noah alguna vez y siempre ha habido algo que la ha detenido, pero ahora que lo ve en el brazo de la cantante, su curiosidad ha crecido el doble.

Rodea la máquina y se coloca al otro lado, justo delante de Mia, que está roja y sudorosa, y parpadea y levanta las cejas al verla.

—Dooley, qué sorpresa —dice jadeando.

A Erin le molesta su sarcasmo, pero decide tragarse su respuesta para no complicar las cosas con ella.

—¿Puedes parar, por favor? Pulsa el botón —la doctora lo señala con el dedo, y Mia, tras mirarla fijamente durante unos segundos en los que Erin siente que la reta, pulsa el botón y la cinta empieza a detenerse poco a poco hasta que la cantante se queda quieta sobre ella.

—Solo quería correr unos minutos, necesitaba… —Mia se detiene cuando ve la expresión de Erin, consciente de que una excusa solo puede hacer que se enfade más—. Lo siento, las máquinas me aburren.

Erin coge la botella de agua que tiene sobre la parte superior de la cinta, la abre y se la entrega para que beba.

—Entonces camina —cede la doctora—, pero hoy es mejor que no te esfuerces. Son pocos los días que tienes sin ensayo, concierto o mil cosas que hacer; es importante aprovecharlos para descansar.

—De acuerdo —dice, apretando el botón para que la cinta comience a moverse de nuevo.

Erin la deja ahí y se va hacia las máquinas.

Hoy se siente cansada, quizá por el estrés de estas semanas que lleva de gira con la cantante, porque todavía no se ha acostumbrado a este ritmo de moverse de un lado para otro casi sin descanso.

En urgencias todo le parecía más fácil, aunque fuera un caos.

Tenía controlados los espacios por los que se movía y sabía lo que tenía que hacer en todo momento.

Aquí no controla nada, ni siquiera a su paciente, y no tiene tiempo de acostumbrarse a una habitación cuando ya están cambiando de hotel para ir a otra.

Siente los músculos pesados, pero cuando se sienta en la primera máquina para levantar peso con las piernas, lo que siente es alivio de poder soltar lo que sea que tiene dentro a través del esfuerzo.

Se pasa la siguiente media hora moviéndose por las máquinas mientras sigue su rutina de ejercicio y observa a Mia de reojo.

La cantante ha bajado de la cinta hace rato, ha hecho un poco de elíptica y ahora está en un lateral hablando con uno de los técnicos de sonido que viajan con ellos.

Es un chico alto con un cuerpo trabajado y cierto atractivo, además de una sonrisa casi permanente que hace imposible que no te caiga bien.

La doctora cambia de máquina y se sienta en un banco de pesas.

Mia se gira justo en el momento en el que Erin se tumba para coger la barra, y se queda tan absorta que el chico con el que hablaba entiende que la conversación ha terminado y vuelve a su ejercicio.

La cantante tiene la boca seca y el pulso tan acelerado ahora mismo que el corazón le late más rápido que cuando ha bajado de la máquina.

Erin está tumbada con los pies apoyados en el suelo y las piernas abiertas mientras sube y baja la barra.

Ve esas líneas que tanto le gustan de sus brazos completamente marcadas y la tensión en todo su cuerpo, y empieza a imaginarse cosas que no debe, pero que aparta rápido cuando vuelve a pensar en que ha pasado la noche con Lexie.

De nuevo aparece esa sensación incómoda que lleva apretándole el pecho desde que Noah se lo dijo, y la cantante se pasa la mano por el cuello, todavía sorprendida por lo mucho que le afecta.

Le cuesta entender todos los pensamientos confusos que tiene; ni siquiera es capaz de ordenarlos porque todo se mezcla en su cabeza, aunque sí sabe algo seguro: se está enamorando de Erin Dooley y la doctora pasa de ella.

Mia sabe que debe seguir con su vida porque no puede hacer otra cosa, pero ahora ni siquiera disfruta cuando está con otras mujeres, y Erin se ha acostado con Lexie.

La garganta se le cierra y bebe un sorbo de agua de su botella, conteniendo las ganas de acercarse y preguntarle cómo le fue, si disfrutó, si Lexie le dio lo que esperaba y por eso hoy no es tan borde.

Quiere decirle tantas cosas a la doctora que se frustra porque en realidad ninguna importa si Erin no siente lo mismo que ella.

Deja la botella y se acerca sin poder detener sus pies.

Erin, que está terminando su último movimiento, deja la barra sobre el soporte y se queda unos segundos tumbada, mirando el techo de la sala y las filigranas que hay dibujadas en la escayola y, cuando se incorpora, el corazón le da un vuelco porque Mia está sentada en su banco con sus rodillas casi tocando las suyas y sus ojos azules fijos en ella.

La tiene tan cerca que la mente la traiciona y su primer pensamiento es inclinarse hacia delante, cogerla por la nuca y atrapar sus labios con la boca.

Exhala con fuerza para tratar de deshacerse de ese torbellino intenso que le está recorriendo el cuerpo hasta que logra estabilizarse.

—¿Qué haces, Wilder? —pregunta, y la voz le sale completamente ronca.

Mia tarda un momento en responder, porque el pecho de Erin sube y baja por el esfuerzo y tiene la piel perlada por el sudor.

—Al final has respondido a mi pregunta, Dooley —la última palabra casi la paladea, como si quisiera recordarle que esta manía que tiene Erin de llamarla por su apellido le molesta.

—¿Qué? —Erin está completamente descolocada, incapaz de adivinar a qué se refiere.

—Te pregunté si te acostabas con mujeres, y ahora sé que sí.

Un pitido intenso atraviesa los oídos de Erin al escucharla y siente que si se mueve acabará escupiendo el corazón por la boca.

Su mente comienza a trabajar a toda velocidad, tratando de adivinar si lo sabe porque Noah le dijo que la vio marcharse con Lexie o porque ha visto a la periodista salir de su habitación.

Sea cual sea la respuesta, llega a la conclusión de que no importa; la cuestión es que Mia lo sabe y que a ella la invade una sensación de angustia que no entiende.

La cantante se acuesta con mujeres siempre que tiene ocasión, así que Erin no debería sentirse como si la hubiera engañado, como si haber tenido sexo con otra mujer fuera una traición que le ha hecho daño a la cantante, porque ve ese destello de dolor reflejado en sus ojos y la doctora no consigue entenderse a sí misma.

Le ha dejado claro a Mia que no quiere que pase nada entre ellas, y la cantante se esfuerza en respetarla, pero a veces vuelve a sacar el tema y Erin empieza a sospechar que lo hace porque nota algo en ella que la lleva a pensar que está más interesada de lo que dice.

Abre la boca, pero por primera vez no sabe qué decir. Si le dice que no es asunto suyo —y Erin piensa que no lo es— intuye que le hará daño, y si no le dice nada, tiene la sensación de que también se lo está haciendo.

—Lexie es una tía legal, es guapa, amable y divertida —los hombros de Mia se encogen mientras Erin la mira, completamente turbada—, y una mujer con mucha suerte. Te dejo que sigas con tus cosas.

Mia se levanta, recoge su botella y la toalla que había dejado en el suelo junto al banco y sale del gimnasio sin girarse ni una sola vez.

Erin necesita varios minutos para poder moverse.

Los brazos le tiemblan por el esfuerzo de la barra, pero el resto del cuerpo no debería vibrarle de esta manera que la tiene mareada y, sin embargo, está temblando de pies a cabeza.

—¿Va a seguir en el banco, doctora? —pregunta uno de los chicos que había en el gimnasio.

Erin se pasa las dos manos por el pelo, se quita la pinza que se lo recoge y retuerce con fuerza un mechón ante la mirada atónita del chico, que no sabe si quedarse o marcharse. Tras unos segundos, hace una respiración profunda, se vuelve a recoger la melena con la pinza y se levanta.

—Todo tuyo —responde, dándole un toque en el brazo antes de coger sus cosas y marcharse.