Capítulo 16
Erin está bocarriba, despierta desde hace alrededor de veinte minutos.
Está desnuda, tapada solo hasta la cintura con la sábana, con un brazo descansando sobre el abdomen y el otro debajo de su cabeza mientras mira hacia el enorme ventanal de la habitación, donde anoche no pensó en correr la cortina y la luz de la mañana la ha despertado sin piedad.
Lexie está a su lado, tumbada de lado con el pelo desparramado sobre la almohada y expresión completamente relajada.
No perdieron el tiempo, no se tomaron una copa cuando llegaron al hotel ni hablaron más que unas cuantas frases en el taxi que las trajo.
Cuando entraron en la habitación, Lexie la acorraló contra la pared y la besó mientras le sacaba la camiseta del pantalón y colaba las manos por debajo de la tela.
A Erin no le costó nada ponerse a tono. Lexie es atractiva, casi de su edad —esa fue una de las pocas cosas que descubrió cuando venían de camino—; la periodista tiene treinta y cuatro años, no los veintiséis de Mia, que a veces le parecen insalvables.
—Me gustaste desde el minuto uno —susurró Lexie contra su cuello mientras le desabrochaba los pantalones—, cuando te vi al lado de Mia…
Erin la cogió por debajo de la mandíbula y la acercó a sus labios.
—Intenta no hablar de ella, ¿vale?
Lexie entornó un poco su mirada oscurecida por el deseo y asintió antes de meterle la lengua en la boca.
No volvió a mencionar a la cantante, lo que sí hizo fue hundir la cara entre sus piernas y hacer un trabajo que Erin catalogó como impresionante, concluyendo que Lexie era muy hábil con la lengua y muy perspicaz para detectar lo que más le gustaba.
Erin se corrió ahogando los jadeos contra su puño, y más tarde, ya en la cama, ahogó los de Lexie tapándole la boca con la mano mientras sus dedos deshacían de placer a la periodista.
Lexie no volvió a mencionar a Mia, pero Erin sí que pensó en ella varias veces.
La cantante aparecía en su mente cada vez que escuchaba ruido en el pasillo, preguntándose si ya había llegado y si venía sola o acompañada de la mujer que se la estaba comiendo en el camerino.
También la atravesó la imagen de sus ojos azules mirándola cuando estaba a punto de tener el segundo orgasmo, y se paralizó tanto en ese momento, que Lexie tuvo que esforzarse más para llevarla a donde quería.
Se gira un momento y la ve ahí, la periodista sigue dormida y Erin mira la hora.
Debe levantarse, ducharse e ir a ver a Mia para comprobar cómo está.
La idea le provoca un cosquilleo raro en el estómago, no es ansiedad ni miedo ni algo que se le parezca, es otra cosa que no puede identificar, pero si pudiera hacerlo, se daría cuenta de que está molesta y celosa al mismo tiempo.
—¿Cuánto llevas despierta? —la voz de la periodista sale en un susurro ronco, y Erin casi vuela sobre la cama cuando siente su mano sobre la cadera.
—Un rato.
Lexie se tapa la boca para bostezar y se incorpora hasta sentarse, atusándose la melena despeinada con los dedos. La doctora no se mueve, solo la observa. Estuvo bastante bien lo que hicieron, su presencia no le molesta y siente que hizo lo que necesitaba, pero se siente igual de vacía que siempre.
—¿Estás bien? —Lexie la mira de soslayo.
—Sí, ¿y tú?
—Genial —responde, y sonríe con cierta picardía.
Erin le devuelve la sonrisa y se levanta hasta sentarse en el lateral de la cama, poniendo los pies descalzos en el suelo.
—Supongo que tienes que trabajar —deduce Lexie.
La doctora asiente sin girarse.
—Sí, tengo que ducharme para ir a ver a Mia dentro de un rato, pero tengo tiempo para desayunar si te apetece; descuelga y pide lo que quieras —dice al levantarse.
—Servicio de habitaciones —Lexie silba—. Yo no puedo permitirme este nivel.
—Pues aprovecha.
Cuando sale de la ducha el desayuno ya está servido en la mesa junto al ventanal y Lexie está vestida después de haberle pedido permiso a Erin para entrar a asearse mientras ella estaba bajo el agua.
—¿Quieres que nos veamos en…? —Lexie se detiene, pensando en cuál es la siguiente ciudad.
—Philadelphia, creo —dice Erin.
—Sí, eso. ¿Nos vemos allí?
—Cubres la gira, Lexie, nos vamos a ver en todas partes —Erin parte una tostada con mermelada de fresa y la dobla como si fuera un bocadillo antes de morderla.
—Eso es verdad, me refiero a esto. A ti y a mí en una cama —aclara divertida.
—Tal vez —Erin sonríe.
Lexie le cae bien, y le gusta mucho lo que hace con la lengua.
—Qué misteriosa —bromea la periodista.
Los ojos de la doctora se levantan mientras la observa.
—No pretendo ser misteriosa, pero tampoco busco nada serio ni que me comprometa.
—Vaya —Lexie apoya los brazos en la mesa y se inclina hacia delante—. Además de atractiva y buena en la cama, eres sincera. Cuidado, Dooley, eres un buen partido.
La doctora no puede evitar una carcajada. Se siente cómoda con esta mujer, más de lo que se esperaba, y a una parte de ella le molesta porque algo en su interior está bloqueado y, aunque no consigue descubrir lo que es cuando piensa en ello, lo que sí ve son los ojos azules de Mia Wilder.
—Bueno —Lexie mira la hora, se limpia con la servilleta y se levanta—.
Ha sido un placer —se acerca a Erin, que no ha tenido tiempo para levantarse, y se inclina sobre ella apoyando una mano en el respaldo de la silla y otra en la mesa—.
Un placer muy exquisito —susurra contra su oreja antes de besarla justo ahí—.
Me voy, tengo que pasar por el hotel para recoger mis cosas y hacer el check out , después volveré por aquí para recoger la acreditación del siguiente concierto. A lo mejor te veo.
—Tal vez —dice Erin otra vez, y Lexie se ríe, le deja una caricia suave por el cuello y se marcha.
Erin siente que algo se le aprieta en el estómago cuando escucha la puerta cerrarse. No puede evitar el pensamiento de que alguien vea a Lexie salir de su habitación porque, por algún motivo retorcido, no quiere que Mia se entere de que la periodista ha estado aquí.
Termina el desayuno y se queda un rato mirando a través de la ventana sin observar nada en concreto, solo abrumada por lo despejado que amanece teniendo en cuenta que anoche diluviaba cuando salieron del concierto.
Se pasa la mano por la mandíbula y hace una mueca.
Lexie la mordió justo ahí y le pareció exquisito cuando lo hizo, pero ahora le duele si se toca y tiene una pequeña marca rojiza.
Nada preocupante, es diminuta y no parece fruto de una noche de sexo divertida, pero no le gustan las marcas.
Se levanta, se estira de nuevo para terminar de desperezarse y concluye que hoy sin falta tiene que encontrar un hueco para ir al gimnasio.
Son las nueve en punto cuando sale al pasillo.
No está muy segura de si debe utilizar la tarjeta de la habitación de Mia o llamar a la puerta para evitar ver algo que no desea.
Opta por lo segundo por si acaso, pero tras llamar un par de veces y ver que la cantante no le abre, pasa la tarjeta por el lector y entra.
Se queda quieta en la entrada, escaneando el suelo para ver si encuentra rastros de ropa, pero no hay nada, así que camina con sigilo hasta la habitación, porque si Mia todavía está durmiendo no quiere despertarla.
Empuja la puerta y encuentra tanta luz que tiene que parpadear, la cama está deshecha —solo por un lado— y la puerta del baño se abre de golpe y Mia sale en pantalón corto y sujetador, secándose el pelo con una toalla.
Los pulmones de Erin se vacían de golpe y baja la mirada. No puede reaccionar así ante el cuerpo de la cantante, y menos después de lo de anoche, que la dejó muy satisfecha, pero lo hace. Algo le vibra en el vientre y le baja a la entrepierna como una explosión incontrolable.
—Hola —saluda Mia, dejando la toalla sobre una silla para buscar una camiseta que ponerse.
—Buenos días —dice Erin, pasándose la mano por el pelo, con ganas de tirarse de un mechón.
La cantante se pone una camiseta básica y se acerca mientras la doctora la observa.
—¿Has fumado? —pregunta Erin, que ha notado el olor a hierba en cuanto ha entrado en la habitación.
—Sí, un canuto, ya lo sabes.
—No lo sé si no me lo dices, Wilder.
Mia levanta una ceja.
—¿Tengo que dar parte de cada cosa que hago? Sabes que fumo después de un concierto, me relaja, pero no creo que sea lo primero que tengo que decirte al día siguiente, ni que sea relevante para…
—Todo es relevante —Erin la corta, pero lo hace con suavidad al mismo tiempo que estira la mano para coger la de Mia y tomarle el pulso—. Si has fumado, tu estado está alterado por el efecto. Ahora puedes estar relajada cuando en realidad no te sientes así.
La cantante ni siquiera entiende lo que quiere decir con eso, pero no se molesta en darle vueltas porque ahora solo puede pensar en que los dedos de la doctora están sobre su piel, y a Mia le hormiguea todo el brazo y siente un leve tirón en el centro del pecho cada vez que pasa eso.
—¿A qué hora fumaste? —la doctora deja ir su mano con suavidad y saca la libreta del bolsillo de su pantalón.
—No lo sé, sobre las dos de la madrugada más o menos.
—¿Y a qué hora te fuiste a la cama?
—Justo después. Me lo fumé y me tumbé, creo que no tardé mucho en dormirme —explica Mia, observando cómo escribe y cómo las líneas de los músculos de su brazo se marcan cuando lo hace.
—¿A qué hora te has despertado?
—Menudo interrogatorio, Dooley —Mia se mete las manos en los bolsillos delanteros del pantalón y Erin la mira un segundo, llegando a la conclusión de que la chica no tiene que hacer absolutamente nada para resultar atractiva; incluso con ese pantalón corto de estar por casa, una camiseta básica y el pelo enmarañado porque todavía no se ha peinado. Mia Wilder es pura provocación.
—Forma parte del trabajo…
—Lo sé —la cantante hunde más las manos en los bolsillos y levanta los hombros como si tratara de esconder su cabeza entre ellos, como si se sintiera vulnerable en presencia de Erin ahora mismo.
La doctora está a punto de preguntarle si está bien, si le preocupa algo, pero últimamente no son capaces de mantener una conversación sin que esta acabe en discusión, así que prefiere callarse.
—He dormido unas cinco horas, si es lo que quieres calcular.
Erin tuerce los labios en una mueca. No es el tiempo que Mia necesita, pero después de un concierto siempre es más flexible.
—¿Qué hiciste hasta las dos de la madrugada?
Es demasiado tarde para retirar la pregunta que no debería haber hecho.
Conocer la respuesta es más bien irrelevante salvo que Mia le diga que estuvo corriendo una maratón y se agotó más de lo que ya estaba, pero la cantante acaba de clavar esa mirada azul que persigue a Erin a todas horas sobre ella.
—Estuve aquí, pensando —Mia señala el sillón de la habitación, que Erin se da cuenta ahora de que está girado hacia el ventanal.
Desea preguntarle si estaba sola cuando pensaba o si la mujer del camerino estaba ayudándola a concentrarse.
Erin tose, atragantada con su propia saliva, y decide que la mujer es irrelevante ahora mismo; no importa si estaba entre las piernas de Mia o simplemente no estaba aquí, lo que de verdad le intriga es saber en qué pensaba, qué fue lo que la tuvo sentada en ese sillón durante horas, pero cierra la boca en cuanto la abre.
—¿Qué? —dice Mia, que se ha dado cuenta de la expresión entre absorta y nerviosa de la doctora.
Ella también se muere de intriga por saber cómo se lo pasó anoche y desea que Erin le dé pie para preguntárselo, porque ella tampoco quiere discutir y es consciente de que si le pregunta si se divirtió con Lexie Farhall, la discusión entre ellas será inevitable.
La cantante tiene un nudo en el estómago que no ha logrado deshacer desde anoche, una sensación de ahogo que le aprieta la garganta y lanza punzadas de ansiedad contra su pecho cada pocos minutos.
Salió de su camerino un poco tarde, después de que la mujer se corriera dos veces y ella ninguna, y no porque su amante no lo intentara, pero, al parecer, la Mia que dejaba la mente en blanco y podía disfrutar de cada mujer a la que elegía sin que nada le impidiera pasar un buen rato, no estaba anoche en ese camerino.
La mujer la besaba y ella sentía la cabeza abotargada y el cuerpo entumecido.
Al principio se asustó, llegó a pensar que era porque su cerebro estaba a punto de apagarse y dejarla tirada en el suelo ante la mirada atónita de su amante, pero enseguida se dio cuenta de que no era eso: el problema era su mente, porque, aunque estaba excitada, no eran las manos ni la boca de esa persona las que quería en su cuerpo.
Después de ducharse, salió al pasillo y caminó con su guardaespaldas hasta el coche, donde la esperaba Noah junto a un chico con el que iba a pasar la noche.
Su asistente se lo presentó, pero Mia no recuerda su nombre porque justo después ella preguntó por Erin, que normalmente viaja con ella en el coche después de un evento, y su mejor amigo le contestó de forma rápida —como si el tema le incomodara— que la doctora se había marchado hacía una hora junto a Lexie Farhall.
Mia asintió y giró la cabeza hacia la ventanilla porque no necesitaba hacer más preguntas.
Sabe que solo se acuesta con mujeres porque ella misma se ha acostado con la periodista un par de veces, y se sintió tan asfixiada al pensar en que Lexie iba a tener lo que a ella se le niega y tanto desea, que se tuvo que bajar la cremallera de la sudadera con el logo de la gira Wild y tirar del cuello de su camiseta con la esperanza de poder respirar mejor al hacerlo.
—Nada —responde Erin casi en un susurro—. Hoy tenemos el día libre, me gustaría pedirte que lo utilices para descansar. No digo que te quedes encerrada aquí, pero…
—Había pensado ir al gimnasio después. Todavía me queda energía de anoche; si no hago algo, esta noche también me costará conciliar el sueño.
—Vale, pero nada de cardio. Haz máquinas y no cargues mucho peso —la doctora da un paso hacia atrás.
Mia quiere detenerla, pedirle que no se marche, que se quede un rato con ella y que le cuente si siente algo por Lexie, si la volverá a ver, o cualquier cosa que no la deje con esta sensación amarga de que puede ser cualquiera menos ella.
—Me portaré bien —asegura, y Erin la observa otra vez.
En parte, con esta postura casi tímida tan impropia de ella, Mia le recuerda un poco a Noah y su expresión de cachorro abandonado, y se siente incómoda porque intuye que la cantante necesita algo de ella que no se atreve a darle.
No puede permitirse ni siquiera ser su amiga, porque se conoce y empieza a ser consciente de que hay una línea muy fina entre lo que cree que siente y lo que siente de verdad.
Ella se empeña en decir que no es nada, que solo es curiosidad, pero cuanto más tiempo pasa con Mia, más dudas le entran, porque a veces le cuesta frenar su atracción por la cantante.