Salvaje Capítulo 15
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Capítulo 15

—¿Qué tal, doctora?

Erin, que está en un lateral del escenario dejando sus cosas, se gira hacia la voz femenina y alegre que acaba de escuchar. En los segundos que tarda en darse la vuelta, su mente veloz asocia la voz a la periodista a la que conoció en el último concierto.

—Hola —saluda Erin, mirándola con cierta desconfianza.

—Oh, no, tranquila —los labios de Lexie Farhall se estiran y se convierten en una sonrisa divertida que hace que los de Erin también se curven—. No voy a preguntarte nada sobre Mia, solo vengo a saludarte, sin grabadora.

La periodista levanta las manos para mostrárselas y Erin asiente.

—¿Recuerdas mi nombre? —pregunta, levantando una ceja.

Erin se da cuenta de lo que pasa de inmediato.

La pose de la chica, con un pie delante del otro, los pulgares en los bolsillos de sus vaqueros, los hombros subidos y echados hacia atrás y el tono sedoso de su voz.

Está coqueteando. El otro día tuvo la sensación de que la miró demasiado y no quiso darle importancia, pero ahora concluye que sí, que la mujer parece interesada en ella.

—Lexie, creo recordar —responde Erin.

La periodista arquea los arcos de las cejas y mueve la cabeza una vez con gesto de pura satisfacción.

—Erin Dooley —añade Lexie, mirándola fijamente.

—¿Me has investigado?

La doctora se cruza de brazos y apoya el hombro en una columna mientras los técnicos se mueven de un lado a otro por detrás de ellas.

—A lo mejor un poco —reconoce Lexie.

—¿Y has encontrado algo interesante?

Erin carraspea tras darse cuenta de que le está siguiendo el juego.

—En realidad no he encontrado mucho, pero eso en sí resulta bastante interesante.

—¿Por qué? —indaga Erin, curiosa.

—Porque deduzco que no estás con nadie.

Confirmado al cien por ciento: Lexie Farhall está intentando ligar con ella.

—No creo que tenga tiempo ahora mismo para eso —la sonrisa de la periodista vuelve a dibujarse en sus labios pintados de un rosa suave.

—Genial, yo tampoco. Moverse con una gira te deja poco espacio para nada serio, pero sí permite diversión con mujeres interesantes.

Erin parpadea, sorprendida por lo directa que es, porque Lexie tiene un rostro angelical que no hace sospechar que sea casi tan descarada como Mia.

—Perdona, te he...

—No, está bien —la corta Erin—. Tranquila.

—Bien —susurra Lexie—. ¿Te veo después por aquí?

—Sí, claro —responde la doctora, mirando cómo se aleja mientras se pregunta qué demonios acaba de pasar.

—¿Haciendo amigas, Dooley? —Mia aparece por detrás y Erin se gira tan rápido que por poco es ella la que se marea.

—A lo mejor —responde, todavía desconcertada—. ¿Cómo estás? ¿Has bebido agua suficiente?

Erin le coge la muñeca sin preguntar.

—Un litro y medio, y he meado tres veces, por si quieres anotarlo —apunta Mia.

La doctora levanta la vista un momento y le dedica un solo segundo. Los ojos azules de Mia están fijos sobre ella y cargados de algo parecido a la curiosidad.

Hoy han tenido un día menos tenso. Mia se ha esforzado por mantener la distancia sin que todo le resulte incómodo; además, hoy tiene concierto y necesita estar tranquila, y las discusiones con Erin le afectan demasiado como para tener otra que la deje desconcentrada para el resto del día.

—Pulso perfecto —anuncia la doctora, soltándole la mano.

—No me extraña, llevo un día y medio sin hacer nada. Quiero que sepas que me he aburrido como una ostra por tu culpa.

—Lo siento, pero es necesario...

—Sí, ya. Lo sé, tranquila —Mia se encoge de hombros—. Asumo que es necesario morirme de asco para poder estar bien.

—Algo así. Venga, ve a ensayar, que te están esperando —el tono de Erin es suave, casi parecido al que utiliza con ella cuando Mia no se encuentra bien y, por un momento, la cantante se estremece.

Se queda mirando a Erin un segundo antes de asentir y girarse para subir al escenario, y esa mirada deja a la doctora completamente desestabilizada, porque siente que la ha traspasado, que le ha hablado con los ojos explicando lo que Erin no le permite que le diga con palabras.

Suelta el aire con brusquedad y se pasa una mano por el pelo, desconcertada.

Mia le resulta un completo enigma, porque está segura de que solo es una cuestión de ego, de que Mia Wilder se siente frustrada porque no puede acostarse con ella y por eso la mira de ese modo, es descarada cuando no puede controlar su lengua y se enfada cuando Erin es fría, pero después hay segundos como ese en los que Mia tiene una mirada completamente diferente, la que forma parte de ella y no la que utiliza como fachada para protegerse del mundo.

Cuando la mira así es cuando Erin duda y no está segura de que lo que Mia quiere de ella sea solo llevársela a la cama.

—Wilder —dice de pronto.

Mia se gira desde la pequeña escalera del escenario.

—Si notas cualquier síntoma...

La cantante suelta un resoplido burlón y Erin le dedica una sonrisa espontánea que por poco la hace trastabillar.

Después de la prueba de sonido y de una pausa de cuarenta minutos donde la doctora vuelve a tomarle las constantes y a hacerle una batería de preguntas para asegurarse de que está bien, el concierto de Boston comienza y todo transcurre sin incidentes.

Mia actúa con una energía agresiva y cruda, como si estuviera descargando sobre el escenario todo lo que le quema por dentro y no puede sacar de ningún otro modo.

El público está encantado y ruge con ella en cada una de las canciones.

Hacia la mitad del espectáculo, empieza una de las baladas y Mia se gira hacia el lateral donde está Erin.

La doctora no sabe exactamente si la mira a ella o si solo es parte del show y ha mirado hacia un lado para parecer más melancólica, pero siente que la atraviesa una corriente que la paraliza unos segundos, y se maldice porque no entiende a su cuerpo ni a su mente, que no deja de enviar señales contradictorias que es incapaz de gestionar.

Durante los siguientes minutos, no puede apartar los ojos de ella. No la mira como a la paciente, tampoco como a la cantante; la mira como persona, solo como Mia con su energía desbordante, sus sonrisas hipnotizantes y ese magnetismo que atrapa a todo el mundo menos a ella, o eso se dice.

Cuando la actuación termina, la cantante baja por el lateral, sudada, cansada y eufórica como siempre tras un concierto.

—¿Qué te ha parecido, Dooley? —pregunta, todavía jadeando mientras Erin le pone los dedos en el cuello buscando su pulso.

—Lo has hecho bien —la respuesta de Erin es baja.

—¿Solo bien? —Mia está pletórica y sus pestañas se baten con violencia cuando baja los párpados un par de veces, haciendo que el aire se quede atrapado en los pulmones de Erin.

—A lo mejor ha sido espectacular, pero no estoy segura del todo.

Mia suelta una carcajada y se pasa la mano por la cara para apartarse el pelo.

El sudor le deja los mechones pegados por la frente de cualquier manera y Erin tiene que contener el impulso de acercar la mano y arrastrárselos hasta detrás de las orejas.

El brazo se le queda suspendido en el aire y los dedos que tiene en su cuello permanecen ahí durante dos segundos más de lo que deberían, el tiempo que la doctora tarda en salir de su trance, y Mia traga saliva con fuerza porque se ha dado cuenta de todo y se desespera.

En momentos así, tiene claro que Erin también la desea, al menos un poco, y le molesta que se contenga de ese modo, que se empeñe en negar lo que siente como si Mia no fuera suficiente para ella.

—Creo que hay muchas cosas que te hacen dudar, Dooley, no solo esa.

Erin levanta la mirada sin entender del todo a qué se refiere. No hay sarcasmo en la voz de Mia, ni ironía ni rastro de enfado, y eso la desorienta porque no sabe cómo interpretarlo.

—Voy a ducharme. Nos vemos mañana en el hotel.

Mia se aleja sin esperar respuesta y Erin abre la boca para decirle que dentro de media hora, cuando ya haya bajado sus pulsaciones, quiere tomarle el pulso de nuevo, pero la cantante se aleja veloz y no le da tiempo a decir nada.

—Hoy pienso beberme dos copas de lo que sea en cuanto termine aquí —murmura Nell cuando Erin pasa por su lado—. ¿Te apuntas, doctora?

—Tal vez —sonríe, corroborando una vez más que todo el equipo —incluida ella— tiene un enorme subidón de adrenalina tras cada concierto.

Se va a la sala médica, recoge sus cosas y se sienta para anotar las constantes de Mia junto a las notas del resto del día.

Bebe agua y comprueba su teléfono, donde encuentra un mensaje de Barry explicando que está de soporte en un partido de fútbol y que se aburre sin ella porque su nueva compañera es una estirada. Erin se ríe y le contesta.

Erin Dooley

«No es que yo fuera la alegría de la huerta».

De inmediato, los tics se vuelven azules y Barry comienza a escribir.

Barry

«Puede, pero tienes humor sin pretenderlo, Dooley, uno seco y raro, pero a mí me divierte».

Vuelve a sonreír, contesta con un emoticono y se guarda el teléfono en el bolsillo lateral del pantalón.

Mira la hora y comprueba que han pasado quince minutos, suficiente para que Mia haya bajado su ritmo, así que sale al pasillo y va directamente a su camerino.

Le sorprende ver que la puerta no está cerrada del todo, solo entornada, pero el guardaespaldas de Mia está junto a ella haciendo guardia, así que tampoco va a colarse nadie.

Erin lo saluda con un gesto de cabeza y él se gira para decirle algo, levantando la mano para pedirle que espere, pero la doctora ya ha empujado ligeramente la puerta, lo suficiente como para ver a Mia de pie junto al tocador.

Tarda unos segundos en procesar la imagen ante sus ojos, porque la cantante todavía no se ha duchado, sigue con la misma ropa con la que ha terminado el concierto y las manos apretadas contra la cintura de una mujer de pelo rubio ceniza, las manos de esta mujer en su trasero y la lengua dentro de su boca.

Mia la devora con ansia y camina a tropezones pegada a ella hacia el sofá del fondo.

La doctora da un paso atrás y cierra la puerta de golpe, girándose hacia el hombre.

—¿Por qué la dejas abierta? —pregunta irritada, como si estuviera preocupada por la intimidad de Mia y no por otra cosa.

—La ha dejado ella. ¿Por qué?

Ella lo mira como si fuera estúpido y niega con la cabeza, alejándose de la puerta del camerino con una mano en el bolsillo y la otra retorciendo su coleta entre los dedos.

Entra en la sala médica y se sienta en la camilla intentando procesar la quemazón que siente y controlar la opresión que nota en el pecho.

Se siente estúpida por cada segundo que ha dedicado a pensar que Mia a lo mejor sentía algo más que la necesidad de convertirla en un número.

La respuesta está ahí, a unos metros de ella a través del pasillo, donde la cantante probablemente ya estará desnuda.

—¿En qué piensas con esa expresión tan concentrada? —la voz de Lexie desde el pasillo la sobresalta.

La periodista pasaba por delante y, al ver a Erin, se ha detenido. No duda en entrar sin que la inviten ni en entornar la puerta a sus espaldas.

—¿Estás bien? —pregunta Lexie.

La mirada gris de Erin es una especie de nube tormentosa cuando la levanta y mira a la periodista, que siente un latigazo indebido entre las piernas que la anima a dar un par de pasos hacia la doctora.

—Perfectamente —responde Erin, con un sonido ronco de rabia.

—Parece que tienes ganas de asesinar a alguien, pero te creeré —bromea Lexie.

Erin la mira sin sonreír, y eso solo aumenta el cosquilleo que la periodista tiene por todo el cuerpo, sobre todo en la zona media.

—Mi hotel está cerca de aquí —susurra de repente, sin necesidad de añadir nada más porque la mujer de ojos grises ha captado la indirecta a la primera.

—No puedo irme del hotel de Mia, tengo que estar cerca y disponible por si...

—El tuyo también sirve —la interrumpe Lexie, que da dos pasos más y se coloca entre las piernas de Erin, quien levanta la mirada para conectarla con sus ojos y no hace nada para apartarla.

Tampoco lo hace cuando Lexie da otro paso y queda tan cerca de ella que no le queda otro remedio que abrir más las piernas, y no la detiene cuando la periodista ladea la cabeza y le da un beso suave en la oreja que la hace estremecerse.

—¿Tu silencio es un sí? —susurra Lexie, pasando las uñas por el cuello de Erin, que contiene un jadeo.

—Sí —responde, y decide no preguntarse si está cediendo por pura venganza de no sabe exactamente qué, o si lo hace porque Lexie es atractiva y simpática, y ella lleva meses sin sexo.

Coge sus cosas y sale de la sala médica con la periodista al lado. Erin camina a paso rápido, como si de repente estuviera desesperada por desnudarse y dejar que Lexie le haga todo lo que parece prometer con la mirada. Ve a Noah al fondo del pasillo y acelera el paso para darle alcance.

—Me voy ya al hotel, Noah, asegúrate de que coma algo o... —Erin se gira y por algún motivo mira hacia la puerta del camerino—, o al menos de que se hidrate bien cuando termine lo que está haciendo. Pasaré por su suite por la mañana.

—Sí, por supuesto —Noah se rasca el pelo alborotado y baja un poco la mirada, y Erin se da cuenta de que él también sabe lo que está pasando en el camerino de su amiga ahora mismo—. Pásalo bien.

Por un momento, no entiende a qué se refiere, pero después recuerda que Lexie está a su lado y que parece muy evidente que se va con ella.

—Tú también.