Capítulo 14
A Nell no le gusta meterse en la vida de nadie, pero lleva observando a Erin Dooley desde que se sumó al equipo de la gira que acompaña a Mia y siempre tiene la misma sensación cuando la mira: la de que Erin es una mujer con problemas para socializar, o que es muy solitaria, aunque ella opta por lo primero.
Cuando no está con Mia, la doctora siempre está sola.
Da igual si es la hora de comer —donde elige cualquier mesa vacía y se sienta mirando hacia la ventana— o si está en tiempo libre porque Mia está descansando.
Nunca está con nadie y apenas mira su teléfono, como si no tuviera redes sociales ni nadie a quien llamar.
No la percibe como una mujer triste, pero sí como alguien a quien le falta algo que no sabe cómo buscar.
Ahora están en el comedor —o así lo llaman ellos—: es una sala privada que la gerencia les ha asignado para que puedan comer sin mezclarse con el resto de clientes del hotel.
Es la hora del desayuno y, cuando Nell entra, ve lo de siempre: Mia está con Noah en una de las mesas y varias personas del equipo repartidas entre las demás, siempre en grupos de dos o más personas, pero Erin está sola junto a la ventana, bebiendo su café mientras mira hacia fuera con expresión ausente.
—¿Puedo sentarme? —pregunta Nell.
Erin se gira y la mira, sorprendida.
—Sí, claro.
—¿Te puedo preguntar algo personal? —Nell no puede evitar ser directa, aunque a veces sabe que debería intentarlo.
—Tú dirás.
—¿Te sientas siempre sola porque te gusta o porque simplemente no sabes hacer amigos? Perdona si soy muy brusca —se disculpa ante la cara de pasmo de Erin—, pero a mi edad ya no me ando con tonterías, y me gustaría entenderte.
En un movimiento automático, Erin se lleva la mano al pelo y la sube desde la nuca hacia arriba, presionando las yemas de sus dedos contra la piel porque lo que le apetece es tirarse de un mechón, pero no quiere deshacer el recogido que lleva.
—Supongo que no se me da muy bien —reconoce la doctora.
—Pero tienes amigos, ¿no? Me refiero en Nueva York. Hay gente a la que le cuesta hacerlos, pero una vez hechos...
—Puede que tenga uno.
—¿Puede? —Nell abre la botella de agua mientras la mira, intrigada.
Erin no sabe qué responder, así que elige la única verdad que tiene.
—Como te dije, prácticamente crie a mi hermana pequeña.
Me pasé desde los doce hasta los treinta y pocos asegurándome de que no le faltara de nada.
Y cuando Brooke empezó a depender un poco menos de mí, mi madre se puso enferma y la estuve cuidando hasta que murió dos años después.
Entre los estudios, el trabajo y ellas, no tenía tiempo para mucho más, así que siempre he sido bastante solitaria.
—Hay una diferencia enorme entre ser una persona solitaria y ser una persona que está sola, Erin —interviene Nell—, y creo que tú estás en el segundo grupo. ¿Has tenido pareja?
—Alguna, pero no me duraban mucho. No sabía muy bien cómo repartir mi tiempo y al final colapsaba. Estar en pareja me generaba más estrés que alivio.
—¿Y cuando tu madre murió?
La doctora aparta su taza de café vacía hacia un lado de la mesa y pasa una servilleta sobre la mancha oscura que ha dejado frente a ella.
—Me cuesta, Nell —confiesa, porque sabe adónde quiere llegar la mujer y no tiene ganas de responder preguntas para hacerlo—. Cuando era más joven no hacía amigos porque no tenía tiempo, y ahora que lo tengo, no sé cómo se hacen. Supongo que esto ya me coge en una edad algo difícil.
—Te has pasado la vida cuidando a los demás, cielo —concluye Nell—.
Primero a tu hermana, después a tu madre y, para postre, eres doctora, que al fin y al cabo cuida de todo el mundo, incluyéndola a ella —añade con un gesto de cabeza, señalando la mesa de Mia—.
Lo que yo me pregunto es quién cuida de ti, Erin.
La doctora experimenta una especie de golpe seco contra el esternón que se convierte en un nudo que la presiona desde dentro.
Nadie ha sido tan clara con ella jamás y, aunque en el fondo lo sabe, escucharlo en boca de otra persona lo hace tan real que le provoca una presión repentina en el cuello.
Se toma unos segundos para encajar el hecho de que ha convertido su vida en una especie de servidumbre hacia los demás, de que siempre da y nunca recibe ni un poco.
Erin no pide tanto; le bastaría con el apoyo de su hermana.
—No necesito que nadie me cuide, Nell; eso también lo sé hacer sola.
La mujer se echa hacia atrás en el respaldo y toquetea las pulseras de cuero de su muñeca.
—Estoy en este negocio por mi marido —empieza Nell, y Erin la mira con curiosidad porque, hasta ahora, nunca le ha contado nada personal—.
Él se dedicaba a todo esto cuando lo conocí.
Me enamoré y nos casamos en cuestión de meses, y pasé los mejores años de mi vida con él hasta que murió.
Desde entonces sigo con esto porque a él le apasionaba y, si lo dejo, siento que su pasión también morirá con él.
—Lo siento.
—No lo hagas; no busco compasión, ni yo te compadezco a ti.
Solo quiero que entiendas que la vida es mucho mejor cuando tienes a gente al lado con quien conectas de verdad, personas a las que le importas y que se preocupan por ti.
A las que no, hay que apartarlas. Yo lo tenía a él, pero también hice amigos por el camino y, si no fuera por ellos, me habría hundido cuando se fue.
No eres mayor para hacer amigos, Erin, ni para conocer a alguien; lo único que tienes que hacer es ser más receptiva y estar más dispuesta.
Sentándote sola cada día no lo vas a conseguir, eso seguro.
—Tú te has sentado —señala Erin, con lo que pretende que sea una sonrisa para completar la broma, pero le sale una mueca triste.
—Y lo seguiré haciendo si me dejas, pero hay más gente por aquí, Erin Dooley; esfuérzate un poco.
La doctora le sonríe y le dice adiós con la mano cuando Nell se levanta y se marcha contestando una llamada.
Ahora sería un buen momento para reflexionar sobre lo que la mujer le acaba de decir, pero su mente no tiene espacio para eso porque sigue dándole vueltas a la discusión que tuvo ayer con Mia.
Ni siquiera sabe cómo llegaron ahí, cómo pasaron de estar empezando a comer a no poder terminar.
No se esperaba que la cantante le reprochara su modo de actuar con ella y es consciente de que no reaccionó muy bien.
Quizá pudo ser algo más empática o tratar de explicarse de algún otro modo, aunque cuando lo piensa, tampoco se arrepiente porque fue sincera con ella, al menos en casi todo, porque hubo una pequeña parte que decidió no compartir con Mia, y esta es quizá la más importante y la que más la perturba, puesto que lo que le sale de forma natural con Mia es tratarla con ese afecto que no ocultó cuando la cantante más la necesitaba.
Es el resto del tiempo cuando se contiene y se muestra fría con ella.
Ha estado toda la noche preguntándose si debería mostrarse como de verdad se siente a su lado, pero lo ha descartado cada vez porque sabe que Mia está interesada en ella —en llevársela a la cama— y Erin no piensa darle nada que la lleve a pensar que tiene una oportunidad de hacerlo teniendo tan claro que ella no tiene ningún interés en la cantante y que, en todo caso, lo que siente es curiosidad, nada más.
La mira desde lejos un momento y aparta la vista de inmediato.
Mia sigue igual de seria que esta mañana cuando ha entrado en su suite para ver cómo se encontraba.
El momento ha sido incómodo porque, aunque ambas han sido educadas y cordiales la una con la otra, la tensión de lo de ayer sigue flotando en cada espacio que pisan juntas.
Cuando ve que ella y Noah se levantan, mira la hora y los imita, porque tienen una reunión con Jude en diez minutos en la suite de la cantante, y Erin quiere pasar antes por su habitación para lavarse los dientes después del desayuno.
—Lo primero de todo —empieza Jude cuando todos están en la suite de la cantante.
Mia —como siempre— está sentada en el sofá junto a Noah.
Nell está al lado derecho del asistente, Jude en un sillón orejero frente a ellos y Erin de pie, apoyada contra la pared sobre su hombro, porque los únicos sitios libres que quedan son el otro sillón al lado de Jude —y el hombre no le cae muy bien— y el lado izquierdo del sofá junto a Mia, y ahora mismo todo está tan distante entre ellas que prefiere quedarse donde está.
—¿Cómo te encuentras hoy, Mia? —pregunta su mánager, pero ni siquiera levanta la vista de las pantallas de sus dos teléfonos.
—Perfectamente —responde la cantante.
—Genial, genial —Jude levanta la mirada en ese momento—.
Es perfecto, porque me han propuesto una entrevista para esta tarde que podemos resolver en una hora.
Solo tenemos que desplazarnos hasta la cadena, respondes las preguntas programadas y nos vamos.
Un par de horas y listo. Y mañana por la mañana haremos una visita a un centro de desintoxicación que nos dará muy buena prensa.
Actuarás a capella, no hace falta música, y será solo una canción porque por la noche es el concierto y...
—No —lo corta Erin, cansada de escucharlo.
Él se gira hacia ella, sorprendido.
—No, ¿qué?
—No a todo. Ni hará esa entrevista hoy ni acudirá a ningún centro mañana. Ayer casi perdió el conocimiento mientras ensayaba; necesita el máximo descanso para la actuación de mañana. Ya te lo pasé anoche al correo: hoy, descanso completo, y mañana también hasta la prueba de sonido de la tarde.
A Jude le sale algo parecido a una roncha por el cuello y el hombre se pasa la mano antes de arrastrarla hacia su pelo, que hoy lleva engominado hacia atrás.
—No pido nada que le cueste esfuerzo físico; en la entrevista solo tiene que responder unas preguntas y en el...
—He dicho que no —la voz de Erin no tiembla, ni siquiera cambia la expresión, pero el tono es tan helado que el propio Jude se remueve incómodo en el asiento.
Nell no se molesta en ocultar su sonrisa de satisfacción y Noah tiene la vista fija sobre su tablet porque, si la levanta, está seguro de que se reirá a carcajadas de la cara de Jude. Mia, sin embargo, permanece seria mientras mira a uno y a otro.
—No tienes autoridad para esto, Dooley. Tu trabajo es ocuparte de que no se desplome o traerla de vuelta si lo hace...
—No sé si te molestaste en leer el contrato que firmé —Erin lo corta otra vez y Jude se levanta porque siente que así su ego no parece tan hundido—, pero sí que tengo esa autoridad; de hecho, es una condición.
¿De qué coño sirve que esté aquí si no se aplica lo que establezco para que ella se recupere bien después de cada episodio?
—Vale, a lo mejor tienes razón en eso, pero creo que estás exagerando esta vez. Ella ya ha dicho que se encuentra bien; descansó ayer toda la tarde y ahora mírala, hasta le brillan más los ojos.
Erin ladea la cabeza, pero al que mira es a él como si fuera tonto.
—No voy a seguir discutiendo por esto, Jude.
Puede encontrarse perfectamente, pero eso no significa que no necesite recuperarse.
Estoy convencida de que el motivo principal de sus desvanecimientos es el estrés y la falta de descanso adecuada.
Me da igual que te parezca que exagero, pero Mia va a descansar hasta mañana por la tarde y, si eso no es así, hablaré con Violette para que lo escale a la aseguradora; estoy segura de que les encantará saber que no quieres seguir las indicaciones médicas.
Dedicándole una mirada que provocaría escalofríos a cualquiera, pero que a Erin no parece afectarle, Jude se guarda sus dos teléfonos y coge su americana.
—Muy bien; en ese caso, esta reunión ya no tiene sentido. Mia descansará hasta mañana como has indicado.
Jude sale de la suite sin despedirse y todos se levantan para marcharse. Noah le dedica una sonrisa cómplice y radiante a Erin cuando pasa frente a ella, y Nell se detiene un momento a su lado.
—Bien hecho, doctora. Tienes que pararle los pies a tiempo o se te sube a la chepa y ya no lo bajas —le da un apretón en el brazo y sale por la puerta junto a Noah.
—No necesito que me defiendas —dice Mia cuando Erin se gira para marcharse.
—No te defiendo; hago mi trabajo. Es diferente.
—Es verdad, todo es trabajo —murmura la cantante.
Erin suelta un resoplido de desesperación.
—¿Podemos parar con esto, Wilder? —explota la doctora, aunque no levanta la voz—.
Estoy aquí por ti, para ocuparme de tu salud, y lo intento hacer lo mejor que puedo.
Si no te gusta cómo lo hago, me parece bien; resolvemos el contrato y te buscas otro médico.
Pero si vas a seguir conmigo, deja de cuestionar cada cosa que decido o mi modo de actuar.
Mia la mira fijamente con los ojos azules más oscuros como si anunciaran una tormenta, pero da un paso atrás y asiente, porque, aunque sería más fácil para ella librarse de Erin y buscar otro profesional para esto, no quiere hacerlo.
Con ella se siente bien; el terror desaparece más rápido durante los episodios cuando es Erin la que le habla, y tampoco quiere que otra persona ocupe su lugar porque la doctora le gusta lo suficiente como para que haga este esfuerzo.
La cantante nunca ha sentido este tipo de atracción por ninguna mujer antes y, aunque no tiene nada que hacer con ella, no está lista para dejar de verla.
—De acuerdo. Tú, tu trabajo, y yo, el mío. No me quejaré más, ni siquiera cuando me mires así —Mia la señala y Erin frunce el ceño.
—Así, ¿cómo?
—No sé —los hombros de Mia se levantan y vuelven a bajar—. Como si fuera un trabajo incómodo, pero que haces de todos modos porque te pagan bien.
Erin puede decirle que no es exactamente eso, que la mira así porque es su forma de protegerse y de mantenerla alejada de ella, pero no se lo va a decir precisamente por eso.
Ya tienen un trato: cada una a lo suyo, y eso es lo que necesita hasta que pase el tiempo pactado y recupere su vida vacía en Nueva York.
—Te veo más tarde. Llámame si necesitas algo.
—Lo haré —asegura Mia, aunque no tiene intención de hacerlo salvo que sienta que está a punto de desplomarse.