Capítulo 12
Una hora después, Erin está en la suite de Mia, de pie en la entrada de la habitación, apoyada contra el marco de la puerta mientras la observa dormir.
Han llegado hace apenas un cuarto de hora del estudio donde hacían los ensayos.
Su guardaespaldas la ha levantado como una pluma cuando Erin ha considerado que ya podían moverla y la han llevado hasta la furgoneta que Noah se había asegurado de tener en la entrada trasera.
La llegada al hotel ha sido parecida; en esa ocasión, Jude se ha ocupado de disponer de la suficiente seguridad para que nadie pudiera hacer ninguna foto de la cantante en ese estado tan débil.
La han hecho entrar por una puerta lateral de acceso a las cocinas y, cuando la han dejado sobre la cama, Erin —con la ayuda de Nell— le ha quitado las botas y la ropa y la ha tapado con la manta.
Nell ha salido en cuanto ha dejado de ser necesaria, y Erin también podría marcharse, porque Mia está estable y se acaba de quedar dormida, pero prefiere esperar un poco y asegurarse de que nada la despierta.
Con la expresión relajada, la cantante le parece inofensiva, nada que ver con la chica de lengua afilada que parece que va a comerse el mundo cada vez que da un paso.
Piensa en el momento en que la ha visto palidecer y siente un estallido raro contra el pecho que la hace sentir incómoda, porque ha experimentado un terror desconocido cuando ha temido no llegar a tiempo de sostenerla, y una sensación de calidez que no puede explicarse cuando Mia la miraba aterrorizada y le pedía que no la dejara sola.
El teléfono le vibra y Erin lo saca del bolsillo para ver el nombre de su hermana en la pantalla.
Brooke Dooley
«¿Por qué no me coges el teléfono?»
Bloquea la pantalla y se lo vuelve a guardar.
Brooke la ha llamado cuando estaban de camino al hotel y no ha podido contestar porque tenía que estar pendiente de Mia, pero tampoco tiene prisa por hacerlo.
Desde que se fue de Nueva York, ha intentado hablar con su hermana un par de veces y no solo no le ha devuelto las llamadas, sino que tampoco le ha contestado el mensaje que le envió hace un par de días para preguntarle si estaba bien.
Mia suspira y el aire se le entrecorta al salir, y la doctora se endereza y da un paso hacia la cama, pero se detiene cuando se da cuenta de que solo ha sido un suspiro de tranquilidad, el de un cuerpo relajado después de varios minutos de tensión.
Deja un vaso de agua sobre la mesita de noche y le escribe una nota en una hoja que arranca de la pequeña libreta que siempre lleva en el bolsillo, pidiéndole que la avise en cuanto se despierte.
Al fin sale de la suite y, al cerrar la puerta, se queda delante, con la espalda apoyada contra la madera sin saber muy bien qué hacer.
Por un momento, la soledad la atraviesa y la deja sin aliento.
Piensa en llamar a Barry para contarle lo que ha pasado y compartir con alguien lo que ha sentido, pero se da cuenta de que no hay nadie a quien pueda explicárselo porque nadie podría entender el pánico que ha experimentado; no era solo porque no estaba segura de poder evitar el desmayo de Mia: lo que más miedo le ha dado ha sido no ser suficiente para ella, no ser suficiente para hacer que la cantante se sintiera segura.
Erin no entiende nada de lo que le pasa con esta chica.
No sabe por qué cuando cierra los ojos ve los suyos azules ni por qué le tira algo en el estómago cuando Mia la enfoca con su sonrisa torcida.
Lo que sí sabe es que no puede permitir que nada de eso le afecte; no puede encariñarse con Mia Wilder ni dejar que la seduzca.
No puede permitirse esa tentación porque ella y Mia pertenecen a dos mundos muy distintos, y Erin solo tiene cabida en el de la cantante mientras dure la gira Wild; después, ella volverá a Nueva York y Mia a donde sea que viva para descansar y recuperarse mientras sigue metiendo a desconocidas en su cama.
—¿Temes que se escape?
Erin se gira y se encuentra a Nell acercándose a ella, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros y las gafas colgando sobre el pecho.
—No, solo… —Erin mira hacia ambos lados del pasillo, sin saber qué responder.
—¿Estás bien? —pregunta Nell.
La doctora abre la boca para responder y nota la vibración del móvil en la pierna otra vez.
Sabe que es Brooke, que no parará hasta que le responda, y no precisamente porque esté preocupada, sino porque, cuando su hermana quiere algo, tiene que ser de inmediato; además de egoísta, es caprichosa.
Erin se agobia y, por un momento, siente que la que va a colapsar es ella misma.
No quiere hablar con su hermana ahora mismo porque de todas las personas que habitan el planeta, ella es la última a la que quiere escuchar.
Lo que necesita es quitarse de encima el mal trago que ha pasado con Mia, y escuchar a su hermana no la ayudará con eso.
Se lleva la mano a la cabeza, aturdida, y cierra el puño sobre parte de su pelo, apretando mientras aspira con fuerza para después soltar el aire muy despacio.
—Erin —murmura Nell.
La doctora parpadea y levanta la mirada; apartando la mano de su cabeza cuando se da cuenta de que, por un momento, se ha olvidado de que la mujer estaba ahí.
—Lo siento, me he distraído.
Nell la mira con esa expresión severa que la caracteriza y Erin siente un escalofrío porque tiene la sensación de que la mujer realmente está preocupada por lo que le pasa, y la sensación es tan nueva que no sabe qué hacer con ella.
—Mia dormirá como una marmota, estoy segura —dice Nell—. ¿Por qué no bajamos al bar? Creo que a las dos nos vendrá bien una cerveza, o un whisky.
Cuando se quiere dar cuenta, la mujer la ha cogido por el brazo y está tirando de ella sin esperar respuesta. Erin tampoco opone resistencia y baja en el ascensor hasta la planta principal, donde sigue a Nell hasta la barra del bar.
—¿Qué quieres beber? —pregunta Nell.
—Agua.
Erin nota cómo la risa le tira de la comisura de la boca cuando ve la mueca de Nell.
—No suelo beber; el alcohol no va conmigo, y necesito estar serena para Mia.
—Tienes razón, agua entonces —concluye Nell, que pide un vaso de agua para Erin y otro de agua con gas y una rodaja de limón para ella.
—Lo has hecho muy bien con ella.
—Ya, bueno, ha sido cuestión de segundos; no creo que consiga llegar a tiempo siempre —dice Erin.
—Pero hoy sí lo has hecho, así que le hemos ganado la batalla a esos mareos raros que le dan.
Nell levanta su vaso para brindar y Erin choca el suyo y después bebe un trago largo de agua fría que le despeja un poco la mente.
—Cuéntame algo de ti —pide Nell.
—¿De mí?
Nell levanta las cejas.
—Sí, doctora. Sé que te han arrancado de un hospital casi literalmente —Erin sonríe y asiente—. ¿Cómo es tu vida allí? Debe de ser todo muy intenso en urgencias; verás cosas de todo tipo.
—Sí, supongo que sí.
—¿Sales con alguien?
El teléfono de Erin vuelve a vibrar y esta vez lo saca del bolsillo, con el nombre de Brooke parpadeando en la pantalla. Lo apaga y lo deja bocabajo sobre la barra mientras Nell la mira fijamente.
—No es asunto mío, pero ¿quién es Brooke?
A Erin le gusta el descaro de la mujer, que tiene el tipo de atrevimiento que otorga la edad cuando simplemente haces lo que quieres y no lo que es correcto.
—Mi hermana. Supongo que querrá dinero o contarme que ha conocido a algún tipo que arregla coches en un taller clandestino.
Una reacción involuntaria le eleva el gesto de la frente y le dibuja un par de arrugas.
—Perdona —dice Erin.
—No pasa nada; a veces la familia es un asco y lo mejor es tenerla lejos —Nell se termina su vaso y llama al camarero, pero esta vez se pide un Gintonic y Erin un refresco.
—La crie yo —explica la doctora, sorprendida de sentirse con la confianza suficiente con Nell como para hablarle de su vida—.
Mi madre trabajaba en dos sitios para sacarnos adelante.
Brooke es doce años menor que yo, así que me ocupaba de ella, y no lo hice muy bien al parecer, porque se acostumbró a que yo resolviera todos sus problemas.
—Si la criaste, lo hiciste bien. No era tu responsabilidad ocuparte de ella, y tampoco lo son las decisiones que ella toma. Ahora es adulta; si es inmadura, eso no es culpa tuya.
Erin se queda en silencio, reflexionando sobre las palabras de Nell. Puede que tenga razón en parte, pero para ella es mucho más complejo que eso, porque todavía sigue sintiendo que su hermana es su responsabilidad, y más ahora que su madre está muerta y solo se tienen la una a la otra.
—¿Por qué no vas a descansar tú también un rato antes de que esa chica con el pelo lavanda acapare tu atención?
Erin esboza una sonrisa.
—¿Por qué lo lleva de ese color? —Erin no pregunta porque no le guste. Ella jamás se teñiría el pelo de rubio platino mezclado con lavanda, pero reconoce que a Mia le queda muy bien y le da un aspecto misterioso que resulta muy atractivo.
—No te gusta mucho su música, ¿verdad?
Los párpados de Erin se mueven con rapidez antes de responder.
—Bueno, no he seguido su carrera, si es lo que preguntas.
Nell asiente.
—He estado con ella en las dos giras, la primera y esta. Se pinta el pelo de un color diferente en cada una y no se lo quita hasta que no termina, dice que le da suerte.
—¿Y cuál es su color natural?
—Castaño muy claro, creo.
El teléfono de Erin vuelve a vibrar, pero en esta ocasión, cuando lo gira, ve el nombre de Mia en la pantalla.
Mia Wilder
«Estoy despierta»
La doctora le muestra la pantalla a Nell y se baja del taburete.
—Ve, yo pago esto.
—Gracias, Nell.