Salvaje Capítulo 11
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Capítulo 11

—¿Qué haces ahí parada? —pregunta Noah, deteniéndose en el pasillo que lleva a la sala de ensayo que tienen alquilada para esta semana.

Mia está de pie; acaba de salir de su camerino lista para practicar la coreografía con los bailarines, pero al hacerlo ha visto a Erin un poco más adelante, agachada de espaldas a ella mientras se ata los cordones de las botas.

—Ah, ya veo —la voz de Noah tiene un deje sarcástico que hace que Mia se gire hacia él cuando la doctora se levanta y se queda de pie, mirando algo en su móvil, sin darse cuenta de que tiene a la cantante unos metros por detrás.

—¿Qué ves? —Mia se cruza de brazos con expresión interrogante.

—A ti babeando por Erin.

Noah suelta una risita y se pasa la mano por la barba porque empieza a picarle.

La cantante está a punto de protestar, de decirle que no sea paranoico e inventar cualquier excusa que justifique su presencia en el pasillo con esa cara de boba, pero es su mejor amigo y ya sabe que la doctora le gusta, así que hace un puchero dramático y apoya la frente en su pecho unos segundos antes de levantar la mirada, colocarse de forma paralela a su asistente personal y observar cómo Erin reanuda la marcha para ir al escenario donde ya debería estar ella.

—Es una jodida diosa y ni siquiera lo sabe —la voz de Mia se convierte en un susurro—. ¿Por qué no me quiere? —pregunta, girándose hacia Noah de nuevo.

Él suelta una carcajada que hace eco en el pasillo y le pasa un brazo sobre los hombros.

—Supongo que debe de ser muy difícil para alguien como tú asumir que hay una mujer que no está interesada en ti.

Mia le pasa un brazo por detrás de la cintura y camina con él.

—No es verdad. Bueno, sí, eso es raro —admite, y se contagia de la risa de su amigo—, pero me gusta de verdad. Cada vez que me toca para tomarme las constantes, te juro que se me eriza la piel.

—Eso es porque no es accesible. Seguro que, si se acostara contigo, pasarías de ella al día siguiente.

La cantante se detiene en seco y Noah casi tropieza cuando su brazo queda atascado detrás del cuello de su amiga.

—¿Por qué no me crees cuando digo que me gusta?

Él se pasa una mano por el pelo enmarañado, sin saber qué responder.

—No pasaría de ella, eso te lo aseguro, a no ser que la química en la cama fuera desastrosa, cosa que dudo.

—Entonces, ¿te gusta en plan de que saldrías con ella? —pregunta entre confundido y sorprendido.

—Ojalá pudiera salir con una mujer como ella.

Erin Dooley es lo que siempre he buscado: más mayor que yo, centrada, preciosa e inmune a mis encantos —la última parte la dice en broma, pero también en serio, porque desde que se hizo famosa hablar con una mujer durante más de diez minutos sin que esta saque a relucir su trabajo o señale alguna de las muchas virtudes que —según ella— Mia posee, es casi imposible.

—Pues lo siento por ti —Noah vuelve a abrazarla para seguir—. Tendrás que poner el foco de tus preciosos ojos azules sobre otra mujer, porque ella ya te dejó claro que no está por la labor.

—Lo sé, pero me frustra.

Llegan a la sala de ensayo y lo primero que hace Mia es acercarse a la doctora para que le tome el pulso.

—¿Cómo estás hoy? —pregunta Erin antes de cogerle la muñeca.

—Un poco cansada.

—¿No has dormido bien? —la doctora anota sus constantes y deja la libreta sobre la mesa que tiene al lado.

—Sí, he dormido seis horas del tirón, pero no sé; me he despertado como si un camión me hubiera pasado por encima —explica la cantante.

—Quizá deberíamos posponer este ensayo para más tarde —opina Erin, que ahora le mira las pupilas mientras una de sus manos se coloca en el cuello de Mia para sujetarle la cabeza, levantándole un párpado con la otra.

La cantante se queda inmóvil, sintiendo que el calor de los dedos de la doctora le atraviesa la piel y envía una descarga por su cuerpo que aterriza entre sus piernas.

—No podemos —asegura Mia cuando Erin se aparta—. Además, si detenemos la agenda cada vez que estoy cansada, la mitad de los días no trabajaríamos.

Erin le ofrece la botella de agua para que beba y espera hasta que la cantante se la devuelva.

—De acuerdo, no paramos, pero haremos más pausas y si sientes cualquier…

—Sí, te aviso, no te preocupes, Dooley, estoy perfectamente —la corta Mia.

Con un suspiro, Erin la ve correr hacia el centro del escenario donde ya la esperan los bailarines.

La canción comienza de inmediato y, por un momento, la doctora se olvida de lo que la ha traído aquí y se pierde con los movimientos del cuerpo de Mia, que a veces le cuesta seguir por la velocidad, pero, sobre todo, se pierde en su sonrisa descarada y su expresión eufórica mientras se mueve y hace playback.

—Voy a por un café —anuncia Noah, acercándose a ella—. ¿Te traigo uno?

—Un café con leche, gracias —pide la doctora al mismo tiempo que le da un toque afectuoso en el brazo.

Mia lo ve mientras actúa y siente algo parecido a los celos apretarse detrás de sus costillas.

No está celosa de su amigo, sino del hecho de que Erin le sonría y parezca tenerle verdadero afecto, de que se muestre cercana con él y que con ella mantenga la distancia a todas horas.

Siempre se pregunta si debió hacerlo de otro modo, si tratar de ligar con Erin Dooley de forma descarada fue un error y si a lo mejor intentarlo con más sutileza habría dado resultados diferentes, pero ahora ya no puede hacer nada porque Erin ha sido muy clara con eso: Mia no le interesa más allá de su cuadro clínico.

Como si pensar en su condición hubiera hecho un llamamiento a los síntomas, Mia empieza a notar que tiene menos fuerza en las piernas y que la visión se le vuelve borrosa durante una fracción de segundo que la deja desconcertada.

Sin ser muy consciente de lo que hace, detiene el paso para estabilizarse y se concentra en enfocar hacia delante para tratar de volver a ver con nitidez, pero para entonces ya ha llamado la atención de la doctora, que suelta su libreta y corre hacia el escenario sin que le importe interrumpir la coreografía de los bailarines.

—Para la música, Noah —ordena mientras se acerca a Mia, dejando al chico —que volvía con los cafés— paralizado durante unos segundos—, y que todo el mundo salga de aquí.

—¿Qué haces? —pregunta Mia cuando la doctora la coge por la cintura y la pega a su cuerpo, temiendo que se desplome en cualquier momento.

—Mírame —Erin le sujeta la barbilla con una mano—. ¿Puedes caminar?

Mia está confundida. Una parte de ella sigue en el escenario pensando en lo que debe hacer, y la otra está desorientada.

—Sí, yo no…

Se detiene cuando la flojera de sus piernas aumenta y sus ojos azules se desenfocan.

Erin la sujeta con fuerza y la baja al suelo hasta que logra tumbarla.

Para entonces, los bailarines están saliendo y Noah ha detenido la música y se ha quedado junto a la puerta, asustado y a la espera de que la doctora necesite ayuda.

—No dejes de mirarme, Wilder —pide Erin, levantándole las piernas para forzar que la sangre le llegue al cerebro.

La boca de Mia se abre y su respiración se entrecorta. El miedo la está invadiendo, pero sigue consciente y Erin necesita aprovechar eso para evitar que su mente se apague.

—¡Noah, ven aquí! —ordena, y el asistente aparece a su lado en apenas tres segundos—. Mantenle las piernas en esta posición.

El chico obedece y se coloca a los pies de Mia, sujetándole las piernas elevadas en un ángulo de unos cuarenta grados.

—Mia —susurra Erin, arrodillada a la altura de su abdomen e inclinada hacia delante.

Le pone una mano en la mejilla y la otra la utiliza para coger la de la cantante, que ya está cerrada en un puño apretado que ella cubre con su palma.

—Necesito que sigas apretando los puños, cariño, y aprietes también el abdomen y los glúteos. ¿Puedes intentarlo?

La doctora mueve la mano desde su mejilla hasta su barriga y la coloca ahí para comprobar si Mia puede obedecerla o si su mente ya está a punto de desconectarse. Nota un ligero temblor contra la palma y se inclina más hacia ella.

—Así, lo haces muy bien; sigue haciendo fuerza.

Erin percibe una sombra por detrás de su hombro y gira un segundo la cabeza para ver que Nell está allí con la cara blanca por el susto.

Los ojos de Mia se anegan en lágrimas y estas le empiezan a caer por ambos lados del rostro cuando el pánico la atraviesa del todo, pero sigue consciente.

Erin ha llegado a tiempo y lo que hace está funcionando.

—Sigue, cariño —susurra—, sigue apretando y mírame a mí.

Los ojos azules de la cantante, medio desenfocados todavía, parpadean y sus pupilas la buscan como si ella fuera el faro que necesita para guiarse. Erin exhala cuando nota que la enfocan, y entonces mueve una de las manos de Mia hacia su pecho como hizo la otra vez.

—Ahora trata de respirar conmigo, despacio.

La mano de Mia tiembla del mismo modo que su barbilla, y ni siquiera entonces rompe el contacto visual con la doctora, como si estuviera anclada en ella y eso fuera lo que la mantiene despierta.

—Erin… —murmura Mia, todavía angustiada y algo mareada.

—Estoy aquí, cielo —susurra despacio—. Estás bien, Mia; sigue respirando conmigo.

Sin apenas parpadear y con las piernas elevadas todavía, la cantante lo logra. Consigue acompasar su ritmo con el de Erin, centrada en los latidos calmados que nota contra la palma de su mano.

—Bájale los pies. Apóyalos en el suelo y deja sus piernas dobladas —ordena Erin, dirigiéndose a Noah, que obedece muy despacio.

—No me encuentro bien —murmura Mia, todavía pálida.

—Lo sé, pero ya ha pasado —Erin le aparta el pelo de la frente—. ¿Puedes sujetarte a mi cuello? Quiero que bebas agua.

La doctora se inclina hasta que los mechones de su coleta caen por un lado de su cuello y rozan el de Mia, que estira los brazos y los cierra detrás de la nuca de la doctora.

—¿Lista? —pregunta Erin, con su mejilla casi rozando la de la cantante.

—Sí —susurra, arrastrando las letras.

La voz de Mia es un jadeo bajo cuando Erin tira hacia arriba, le pone una mano en la espalda y la arrastra con ella hasta que logra sentarla con la espalda apoyada contra su pecho.

Nell le ofrece una botella de agua abierta y la doctora la acerca a los labios de la cantante, que apenas puede mantenerlos abiertos, y parte del líquido le cae por la barbilla.

—No pasa nada si se cae, bebe solo lo que puedas.

Mia da otro sorbo y parpadea, cerrando un puño sobre el bolsillo lateral del pantalón de Erin, y necesita unos segundos para darse cuenta de que su otra mano permanece sobre su propio abdomen, cubierta por la de la doctora.

—Noah, busca la manera de sacarla de aquí; necesita descansar —pide Erin.

—En la parte trasera está la furgoneta que nos ha traído; puedo hacer que la aparquen en la puerta si puede caminar —propone él.

—Hazlo; iremos en cuanto esté más estable.

—¿No necesitamos ir al hospital? —pregunta Nell.

—No hay una medicina mágica para esto —responde Erin—. Ir allí solo la pondrá más nerviosa; mejor el hotel.

—De acuerdo, ayudaré a Noah; haré que despejen el pasillo para sacarla. Vuelvo enseguida.

La mujer desaparece y se quedan a solas, con la única presencia de uno de los guardaespaldas de Mia, que está cerca de la puerta.

—¿Qué tal? —susurra Erin, tocándole primero la frente y después la parte superior del labio para ver si está sudorosa.

—No creo que pueda caminar ahora —Mia se encoge, asustada.

—Lo sé, no te preocupes por eso. ¿Quieres más agua?

Mia niega con la cabeza y Erin le aparta el pelo húmedo de la frente. Los ojos azules se quedan fijos en los suyos y por un momento solo puede ver a la chica asustada que habita bajo la fachada de chulería y descaro con la que Mia se mueve por el mundo.

—No me dejes sola —murmura, agarrada con fuerza a su pantalón.

Erin cierra con más fuerza la mano que tiene sobre la de Mia y le pasa la otra alrededor de los hombros.

—Nunca, cariño —responde por encima de su oído.

Mia no se desmaya, pero sus ojos se cierran y se queda en una especie de duermevela, soltando un suspiro de tranquilidad mientras escucha los latidos lentos del pecho de Erin.