Capítulo 10
Lo que iba a ser un viaje en avión hasta Boston se convierte en uno de autobús debido a la cancelación del vuelo por mal tiempo.
Por ello, los han despertado a todos más temprano para ponerse en marcha cuanto antes.
A Erin no le ha importado mucho; llevaba levantada una hora y estaba a punto de entrar en el gimnasio cuando Noah la ha interceptado para decírselo.
Lo primero que hace es mirar su reloj: son apenas las siete y cuarto, demasiado pronto para que Mia haya podido descansar lo suficiente teniendo en cuenta que anoche estuvo entretenida, y a Erin la pone de mal humor por dos motivos, porque afecta a la salud de su paciente y porque recordar a esa mujer saliendo de la suite de la cantante hace que se le tensen los músculos.
Media hora después, está en la entrada del hotel con el asa de la maleta en una mano, su mochila colgada al hombro y un café para llevar que ha pedido en la cafetería antes de salir.
—No es lo que esperabas, ¿verdad? —habla Nell, colocándose a su lado mientras Erin mira impresionada el autobús de dos plantas con los cristales tintados—. No hacía falta que trajeras café; ahí dentro hay servicio y los asientos se inclinan tanto que podrás dormir todo el camino si lo necesitas.
—No sé si podré subirme en un autobús normal después de esto —murmura Erin, mientras alguien del equipo viene a cogerles las maletas para guardarlas.
Nell se ríe y le pone una mano en la espalda con suavidad.
—Si algo he aprendido en todos los años que llevo en esto, es que te puedes acostumbrar al lujo muy rápido, pero si no perteneces a este mundo desde que naces, llega un momento en el que echas de menos lo que tenías antes. Nunca dejes de ser quien eres a pesar de todo lo que veas aquí —le aconseja.
Nell la deja ahí, plantada en la acera mientras camina hasta la escalera y sube al autobús.
Erin piensa en sus palabras y no cree que le cueste volver a su vida anterior en absoluto en cuanto a lujos se refiere, pero puede que le cueste más regresar a su rutina en el hospital y su día a día completamente vacío porque, aunque aquí tampoco ha hecho ningún amigo y no sabe si lo hará, siente que las horas le pasan más rápido porque básicamente siempre tiene algo que hacer.
El ritmo de la gira es caótico y no le deja mucho espacio para estar sentada a solas en un sofá —como hacía en su casa— sin nadie con quien hablar y sin saber qué hacer con su tiempo libre.
A veces piensa en su vida y se frustra: todavía es muy joven y podría hacer mil cosas si tuviera más facilidad para comunicarse con la gente y establecer una relación que no solo sea laboral, pero después de pasar toda su vida dedicada a ocuparse de su familia, ahora que no la tiene —Brooke no cuenta mucho en este aspecto— no sabe cómo empezar a vivir.
Si lo piensa, su mayor logro ha sido ese inicio de amistad que tiene con Barry, y justo cuando comenzaba, Erin se fue con la gira de Mia Wilder, pero en esta semana que lleva de viaje, Barry le ha escrito un par de veces para preguntarle cómo le va, así que la doctora está satisfecha con lo que ha conseguido y está segura de que, cuando regrese a Nueva York, tendrá un amigo esperándola allí.
La puerta del hotel se abre detrás de ella y Erin nota el calor que sale del interior contra su espalda, pero también percibe una especie de electricidad estática que le eriza la piel del brazo y la hace girarse sin saber lo que espera ver al hacerlo.
Mia está cruzando la puerta acompañada de uno de los guardaespaldas que viajan con ella. Lleva unos vaqueros rotos, una sudadera grande y el pelo escondido bajo una gorra con el logo de la gira Wild.
—Hola, Dooley —saluda la cantante cuando pasa por su lado.
Erin no es capaz de responder a tiempo de que Mia la escuche antes de subir al autobús, porque sigue anclada donde estaba, tratando de alejar de su mente la imagen de la mujer a la que vio salir anoche de su suite, pero, sobre todo, el sonido de los gemidos que escuchó a través de la puerta, que tiene instalado en algún punto de su cerebro con la seguridad de que era Mia la protagonista de lo que sonaba dentro de la habitación.
En ese momento, no fue capaz de identificarlo, pero después, mientras estaba en el gimnasio, enseguida asoció el tono bajo y ronco de esos sonidos al mismo que Mia utilizó en el concierto en una de sus canciones, cuando la música se detuvo, las luces se atenuaron y cantó un estribillo a capella que dejó a todo el público hipnotizado.
—¿Lista? —la voz de Noah la sobresalta.
Erin se gira y lo ve a su lado, con el pelo oscuro alborotado, ropa deportiva y sus auriculares de diadema.
—Sí —Erin le dedica una sonrisa y al fin sube al autobús.
Ya hay un montón de gente sentada; algunos le suenan y a otros ni siquiera los recuerda si es que los ha visto en algún sitio. Saluda en voz baja y sube a la segunda planta, donde el espacio es mucho más amplio y no hay tantas filas de asientos como en la inferior.
—Atrás del todo —señala Nell con el pulgar por encima de su cabeza.
La mujer está sentada en el primer bloque de asientos porque le gusta tener visión limpia de la carretera. Erin asiente y camina hasta el fondo, donde hay una puerta que sin duda pertenece a la habitación de Mia. Llama un par de veces con los nudillos y espera unos segundos.
—Pasa, Dooley —escucha desde dentro, como si Mia supiera que solo ella se atrevería a molestarla tan temprano.
Abre la puerta y la encuentra sentada en una cama individual, con la espalda apoyada en la pared, las piernas estiradas y el móvil en la mano.
Se ha quitado la gorra, las zapatillas y la sudadera, por lo que la mayor parte de los tatuajes de sus brazos están a la vista.
Erin no es especialmente amiga de las agujas que te insertan tinta en la piel; de hecho, ella no lleva ninguno y tampoco le llaman la atención cuando los ve en otras personas, pero Mia Wilder lleva tantos que son como un sello de identidad, y a Erin le cuesta imaginársela sin ellos.
—Siéntate donde quieras —dice Mia, señalando su cama y los dos sillones junto a la ventana del fondo del autobús.
La doctora elige la cama. Se sienta a su lado y le coge la muñeca sin decir nada, tomándole el pulso.
—¿Has dormido? —pregunta antes de empezar a contar.
—Algo, sí.
Erin arquea una ceja.
—¿Cuántas horas?
—No lo sé, Dooley, ¿cuatro? Quizá tres; me cuesta dormir después de un concierto, ya te lo dije —somnolienta, Mia abre la boca sin poder contener un bostezo.
—¿Fumaste anoche?
Mia levanta la cabeza del móvil y la enfoca con sus ojos azules, cuyos bordes están enrojecidos por el sueño y seguramente por el canuto de marihuana que se fumó cuando la mujer se fue de su suite.
—Sí, un porro. A veces me da sueño y otras solo me relaja.
—¿Nada más?
La mirada de Mia se endurece.
—No, solo eso, ya te lo dije. Puedes hablar con Noah si no me crees. Yo no tengo acceso a nada, ni siquiera sé liar el jodido canuto. Él me lo prepara solo las noches de concierto.
—¿Has desayunado? —por algún extraño motivo, Erin la cree, aunque no descarta hablar con Noah sobre esto porque muchos pacientes mienten a sus médicos a menudo y, cuanto más conozca el estilo de vida de Mia, más fácil le será tratarla.
—Un café rebajado con medio litro de agua. Asqueroso, por cierto —añade con una mueca.
—Un café no es comida. Pediré que te traigan un desayuno suave y una botella grande de agua, y más café si te apetece. Deberías beberte la botella durante las próximas tres horas: anoche perdiste mucho líquido a través del sudor y hay que reponerlo.
—Lo intentaré.
Mia la observa un segundo. Erin todavía está sentada a su lado con unos pantalones cargo, esta vez de color verde militar, junto a una camiseta básica de color negro.
Se fija en sus brazos, en la línea fina que define sus músculos, en su expresión severa acompañada de esos ojos grises como la ceniza y unos labios carnosos que nunca están húmedos, pero sí muy apetecibles, y la boca se le queda tan seca que está segura de que necesitará más de una botella.
—Bien. ¿Cómo te encuentras esta mañana teniendo en cuenta que no has descansado bien? ¿Algún mareo al levantarte? ¿Algo raro?
—Follar siempre me sienta bien, Dooley, así que diría que estoy de maravilla —tras el comentario que no ha sido capaz de frenar, Mia enrojece y parpadea un par de veces, avergonzada—. Lo siento, no sé por qué he dicho eso.
Una parte de ella desea que la doctora sepa todo lo que hace, sobre todo con mujeres, por si puede provocar alguna reacción en ella, pero la otra no.
Está decidida a respetarla, a no provocarla con sus comentarios estúpidos y fuera de lugar ni a decir cosas que puedan incomodar a la doctora, pero le gusta tanto esta mujer que controlar esos impulsos está siendo una de las tareas más duras que tiene que realizar durante el día.
—Me alegro de que te lo pasaras bien —sin mirarla y con una expresión de indiferencia que a Mia le provoca un nudo en el estómago, Erin se levanta—. Cómete lo que te traigan y trata de dormir. Bloquea el móvil y dámelo.
Una ráfaga de desconcierto cruza el rostro de Mia, haciendo que sus ojos se abran de golpe.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque necesitas dormir y, si te quedas con el móvil, te distraerás. Dámelo —la mano de Erin permanece abierta frente a ella, esperando.
Mia se fija en sus dedos, rectos y fuertes, perfectos para… La cantante carraspea, se asegura de que la pantalla está bloqueada y deja el móvil sobre su mano. Erin se lo guarda en el bolsillo lateral de su pierna derecha y camina hasta la puerta.
—Descansa; vendré a verte al mediodía.
La doctora sale y se sienta sola en los asientos más próximos a la habitación de Mia.
Pulsa el botón que tiene en el lateral —el que está sobre unas letras donde pone «asistencia»— y al cabo de treinta segundos un chico uniformado se acerca para preguntarle qué necesita.
Pide desayuno para Mia y otro café para ella y, cuando él se marcha, saca su libreta, pone la fecha del día en la parte más alta, anota las constantes de la cantante a la hora que se las ha tomado, apunta que solo ha tomado café, que ha dormido tres o cuatro horas y que ha follado.
Se queda mirando la última palabra. La ha apuntado porque es un dato real que necesita, algo que provoca un cansancio añadido en su paciente que ella debe tener en cuenta para el seguimiento adecuado, pero ver esa palabra ahí la irrita casi tanto como anoche cuando vio salir a la mujer de su habitación.
Se convence de que su molestia solo se debe a que Mia no parece esforzarse mucho por descansar y seguir sus instrucciones, y aleja cualquier otro pensamiento que no tenga que ver con eso.
El autobús llega a Boston a media tarde.
Mia ha desayunado, ha dormido casi cuatro horas entre una comida y otra y siente que tiene las pilas cargadas.
Erin, sin embargo, apenas ha pegado ojo durante todo el trayecto.
Primero, pendiente de que le llevaran el desayuno a la cantante; después, asegurándose de que se lo había comido; luego, asomándose a la puerta cada hora para comprobar que estaba dormida y, por último, ocupándose de que comiera cuando se ha levantado, de que hubiera bebido el agua necesaria y de tomarle las constantes otra vez.
Los ratos que ha pasado sentada en su asiento, era incapaz de cerrar los ojos porque a veces su mente va por libre y la hacía preguntarse qué hace ahí, en un autobús lleno de desconocidos, viajando por el país sin tiempo para nada con una chica que hace comentarios que no debe y después se disculpa.
Cuando el vehículo se detiene, Erin tiene que mirar dos veces a través de la ventana. Si en Toronto había fans de la cantante, aquí hay una multitud que la policía está intentando mantener alejada de las vallas que ha puesto el personal del hotel en la entrada.
—A veces pasa —la voz de Mia la hace girarse y encuentra a la cantante en el pasillo.
Se ha cambiado de ropa; ahora viste unos vaqueros ajustados de color negro, unas zapatillas blancas y una sudadera de su talla. Tiene el pelo húmedo y no lleva la gorra, y las ojeras que tenía esta mañana han desaparecido por completo.
—¿Qué es lo que pasa? —Erin está completamente desconcertada ahora mismo, abrumada por lo que hay fuera del autobús y por la presencia de la chica de ojos muy azules que la mira a medio metro de distancia, con las manos metidas en los bolsillos traseros de su pantalón y ese magnetismo que desprende sin saberlo.
—La gente —Mia señala la entrada del hotel—.
Normalmente, se filtra a través de algún club de fans; siempre hay alguien dispuesto a indagar lo suficiente.
Conocen el día de llegada y la ciudad, y suelen tantear al personal de los hoteles que ellos consideran candidatos hasta que alguna persona les dice lo que quiere saber.
Otras veces es Jude quien lo filtra —Erin parpadea—; dice que es publicidad gratuita.
—Entiendo —murmura la doctora.
—Yo no —Mia se encoge de hombros—. A veces pasan cosas: gente que se altera demasiado y acaba recibiendo algún empujón innecesario. Jude no debería hacer esto.
Mia se gira y sigue avanzando, y Erin la persigue con la mirada hasta que desciende las escaleras y la pierde de vista.
Coge su libreta, la guarda en la mochila y se la cuelga al hombro para salir.
Nell está en su asiento, sin moverse y sin haber recogido sus cosas, con un pie apoyado en la baranda que tiene delante y un libro con un lomo enorme entre las manos.
—¿No sales? —pregunta Erin.
La mujer levanta la mirada y se quita las gafas de leer, que quedan colgadas sobre su pecho a través de la cuerda que las sujeta.
—Todavía no. Es mejor esperar a que entre Mia. A la que quieren ver es a ella; una vez haya entrado, se quedan diez minutos más y al final la mayoría se marcha. Si sales ahora, te acosarán casi tanto como a ella, te preguntarán quién eres y tratarán de sacarte información.
La doctora frunce el ceño, se descuelga la mochila del hombro y se sienta en los asientos que hay detrás de Nell, mirando por la ventana para ver cómo Mia, con un guardaespaldas a cada lado, saluda a los fans, se hace fotos y sonríe, y contesta algunas preguntas.