Capítulo 9 #2
Las luces se apagan en todo el recinto y el público ruge cuando se enciende un solo foco sobre Mia Wilder.
Parece que será algo lento, pero el concierto arranca con una canción movida donde Mia hace unos segundos de coreografía en solitario y después se le unen los bailarines a los que Erin ni siquiera ha visto subir porque tiene los ojos fijos en la cantante.
Los nervios de Mia parecen haber desaparecido y ahora se come el escenario con esa energía suya que a Erin le parece contagiosa. Las canciones van pasando y ella se siente tranquila. Mia no muestra ningún síntoma y se hidrata entre canciones sin necesidad de que Erin deba recordárselo.
De repente, la cantante se queda quieta al borde del escenario, la música se detiene y también el corazón de Erin porque piensa que ha pasado algo, pero entonces Mia levanta el micrófono hacia el público y empieza una melodía a la que miles de personas ponen voz, cantando mientras ella los anima.
Erin tiene la piel de gallina y un escalofrío le atraviesa todo el cuerpo como si fuera ella la que está frente al público. Se acaricia los brazos y suspira, incapaz de imaginarse lo que debe experimentar la cantante en ese momento.
—No dejarás de sentir eso por muchas actuaciones que presencies —asegura Nell, apareciendo a su lado.
—¿Nunca se pasa?
La mujer niega con la cabeza.
—Llevo toda mi vida en esto. He estado de gira con un montón de artistas y cuando aparece uno tan eléctrico y magnético como ella —Nell señala a la chica con la cabeza—, esto no se pasa nunca.
De la misma manera que ha llegado, se va mientras da instrucciones por el walkie, y Erin decide que no puede estar mirando a Mia como lo hace en ese momento; debe mirarla como una médica responsable de su salud, no como una mujer a la que ahora mismo no le importaría retirar lo que dijo en el avión y permitir que Mia la siga seduciendo.
Coge su botella y vuelve a beber, alejando esos pensamientos estúpidos de su mente a los que no les concede mucho tiempo antes de concentrarse en su trabajo.
Al terminar, Mia baja del escenario cargada de euforia y con la adrenalina disparada como le pasa siempre.
Se mueve con esa energía nerviosa tan típica de ella en momentos así, y ni siquiera Noah, cuando le pasa una toalla para el sudor y después una sudadera para que no se enfríe, logra detenerla.
Mia sabe que tiene que acercarse a Erin porque la doctora se lo ha pedido antes de subir al escenario.
Necesita tomar sus constantes, y eso se ha convertido en uno de los momentos favoritos de la cantante porque es el único en el que esa mujer la toca.
—Soy toda tuya —dice, deteniéndose frente a ella, pero viene tan embalada que su cuerpo se adelanta un paso sin que logre detenerse a tiempo antes de quedarse a escasos centímetros de Erin.
La doctora nota el calor que desprende su cuerpo y, por un momento, se queda paralizada, mirando hacia abajo mientras Mia lo hace hacia arriba, conectando con sus ojos grises. Son solo unos segundos, pero Erin siente que el aliento se le escapa cuando Mia le mira la boca.
—Es una lástima que no te interese ni un poco —susurra la cantante sin poder detener su lengua, pero se aparta de inmediato en cuanto escucha su propia voz—. Lo siento —sonríe avergonzada—, es la adrenalina, a veces no filtro.
Mia da otro paso atrás y baja la mirada hacia las botas de Erin mientras su pecho sube y baja a toda velocidad tras la última coreografía de cierre.
—No pasa nada; vamos a esperar un poco a que tu respiración se normalice antes de tomarte el pulso. ¿Te apetece beber agua?
Mia niega con la cabeza; tiene la boca seca, pero no es precisamente por la sed, y Erin no la obliga porque teme que se atragante o le entre hipo si bebe en ese estado.
Noah se acerca a ellas con la sudadera que Mia no se ha puesto todavía, y ella resopla porque está muerta de calor.
—Póntela —ordena Erin, y el tono le sale mucho más autoritario de lo que pretendía.
Mia suspira y hace una mueca de frustración, pero no por tener que ponerse la prenda, sino por no poder meter la lengua en la boca de esta mujer a la que empieza a desear de un modo que le parece enfermizo.
—Ha sido una pasada —comenta Noah—; de los mejores de todos los que llevas en la gira Wild.
Mia sonríe a su amigo, pero sus ojos azules no pueden evitar buscar los de la doctora porque le encantaría que a ella también le hubiera gustado.
—Has estado impresionante —dice Erin, sorprendiéndola—; que no sea mi estilo de música no quiere decir que no sepa apreciar una buena voz y una actuación sublime.
La sonrisa de Mia no es esa torcida a la que Erin está acostumbrada; esta es otra, la que probablemente sea su sonrisa real, la que no puede controlar porque le sale de dentro, y la doctora aparta la mirada y se centra en tomarle el pulso antes de que la tensión en su vientre siga aumentando.
—Hola, chicos —dice una mujer.
—¿Qué tal, Lexie? —responde Noah con ese tono amable suyo.
Erin termina de contar, anota las pulsaciones en la libreta y levanta la mirada.
Frente a Mia hay una mujer con el pelo rubio oscuro y la melena suelta por debajo de los hombros.
Lleva un pantalón negro ancho con unas zapatillas blancas y una camiseta de tirantes metida por la cintura.
Debe tener treinta y pocos, y Erin no sabe definir qué es lo que la hace especialmente atractiva, porque la mujer no tiene ningún rasgo especial que la haga destacar y, sin embargo, hay algo en ella que hace que tengas que mirarla.
—Soy Lexie Farhall —se presenta la mujer, ofreciéndole la mano.
Erin se da cuenta entonces de que en la otra lleva una grabadora y que de su cuello cuelga una acreditación de prensa.
—Erin —responde, y le devuelve una sonrisa pequeña cuando Lexie le sonríe.
La periodista se gira entonces hacia Mia, que no parece molesta por su presencia porque Lexie es periodista de las que viajan con la gira y cubren todos los conciertos, por lo que ya la conoce, pero lo que sí le ha llamado la atención ha sido la forma en que Lexie ha mirado a Erin.
Han sido un par de segundos, pero la ha visto recorrer todo su cuerpo y parecía complacida cuando ha terminado; sin embargo, Mia decide que no le importa, o al menos, que no debe hacerlo.
—¿Cómo estás, Mia? —pregunta Lexie, y Erin se da cuenta con sorpresa de que no es una pregunta de trabajo porque la periodista no ha encendido la grabadora; es una pregunta de interés personal, y la doctora decide que esta mujer también le cae bien.
—Genial, ha sido un buen día —asiente Mia.
—Me alegro de que estés mejor. Te hago un par de preguntas y te dejo, ¿de acuerdo?
—Sí, vale.
Lexie enciende la grabadora y Noah la mira fijamente, atento como se pone siempre en momentos así por si hacen alguna pregunta que Mia no debe responder.
—El comunicado de prensa de tu agente dejaba muy claro lo que te pasó. ¿Cómo recibiste el diagnóstico?
Mia se encoge de hombros y mira a Erin de reojo, moviendo las manos por sus caderas como si buscara unos bolsillos que no tiene para esconderlas.
—Supongo que como cualquiera en mi caso; al menos ahora ya sé lo que me pasa.
—¿Y cómo te sientes estos días? ¿Has vuelto a desmayarte desde lo del Madison?
—No; además, ahora tengo a esta doctora encantadora pegada a mí todo el día —dice con cierto deje de sarcasmo, señalando a Erin.
Lexie la mira y le sonríe, y Erin, que sabe leer entre líneas, se da cuenta de que la mujer está interesada en ella.
—Tus fans se alegrarán de saber esto, Mia, y yo también. Cuídate, ¿vale? Nos vemos por ahí.
Le da un apretón a Noah en el brazo y le hace un gesto con la cabeza a la doctora para despedirse, y ella se lo devuelve levantando ligeramente la mano.
—¿Ya soy libre? —le pregunta Mia, que necesita una ducha urgente.
—Sí, pero recuerda que has de cenar.
Mia hace una mueca muy parecida a la que hace Noah, solo que la de él es porque sabe que Mia apenas prueba la comida después de un concierto.
Dos horas después, Erin está en la habitación del hotel.
Se ha duchado y ha escrito un breve resumen en su libreta sobre el estado de Mia durante el día, que le ayudará a tener una visión clara de su estado habitual cuando tenga unos cuantos más apuntados.
Termina y deja la libreta; es tarde y debería acostarse, pero todavía está acelerada.
El concierto también le ha disparado la adrenalina a ella y sabe que si se acuesta no podrá dormir, así que se cambia el pantalón de pijama por uno deportivo, se calza las zapatillas y decide bajar al gimnasio del hotel para quemar un poco de energía.
Se mete la tarjeta en el bolsillo y sale de la habitación sin pensar en nada en concreto, pero cuando pasa por delante de la suite de Mia, su ritmo se ralentiza hasta que se detiene en la puerta, paralizada por lo que ha escuchado.
No necesita tratar de adivinar qué es ese sonido; Erin lo reconoce de inmediato: son los gemidos de una chica.
Lo que no puede determinar es si pertenecen a Mia o a su acompañante.
Su cuerpo reacciona de formas muy extrañas al mismo tiempo, porque siente un ligero espasmo en la entrepierna, pero también nota que algo se le retuerce en el estómago y la pone de un ligero mal humor que antes no tenía.
Reanuda el paso y llega al gimnasio, donde no solo tiene que quemar la energía que le sobra, sino esa incomodidad que siente.
Pasa casi una hora haciendo ejercicio hasta que logra sentirse bien y decide volver a su habitación, pero la doctora parece estar maldita esta noche, porque cuando está caminando por el pasillo, la puerta de la suite de Mia se abre y de ella sale una mujer que todavía se está arreglando la camisa.
Erin la mira, sorprendida, porque esperaba que Mia estuviera con una chica de su edad o incluso más joven, pero esta mujer debe estar cerca de los cuarenta —como ella— y el dato le produce una curiosidad que no entiende.