Salvaje Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

La sonrisa torcida de Mia se borra de golpe y vuelve a pegar la espalda en el asiento.

De repente, se siente avergonzada y debe reconocer también que algo humillada.

No está acostumbrada a que la rechacen y ha dolido, pero sabe respetar.

Ya ha hecho varios intentos con ella y Erin no solo no ha reaccionado, sino que le acaba de dejar claro de forma bastante educada que no debe insistir más.

—Lo siento si me he pasado y te he incomodado —se disculpa.

Esta es con seguridad la primera vez que Mia sorprende a Erin, porque cuando la mira, se da cuenta de que la chica parece hablar en serio.

No hay rastro de su sonrisa burlona ni de su mirada penetrante; de hecho, tiene cierto rubor en las mejillas y, por un momento, Erin piensa que a lo mejor ha sido demasiado dura al rechazarla, pero está segura de que es mejor así.

Si no la corta ahora, la situación se podría volver incómoda entre ellas, y la doctora necesita estar centrada en atender el problema de la cantante, no en dejar que la invadan pensamientos confusos cuando se pregunta cómo sería besarla.

—No pasa nada, Wilder. No me has molestado, pero es mejor dejar las cosas claras desde el principio, ¿de acuerdo?

Mia asiente y Erin la ve tragar saliva.

—Sí, claro. No hay problema. ¿Qué quieres saber?

—Te cuento el plan inicial que tengo pensado y después me dices si necesitamos algún ajuste.

Mia necesita muchos ajustes, pero no de ese tipo, aunque eso ya no va a decírselo porque tiene muy claras sus opciones.

—Soy toda tuya.

Erin levanta la mirada un momento de su libreta y la vuelve a bajar, sintiendo que la mirada azul de Mia le está quemando la piel como si tuviera fuego en los ojos, a pesar de que la chica ya tiene el modo seductor desconectado.

—Tienes que hacer tres comidas al día. El desayuno antes de las diez de la mañana preferiblemente, el almuerzo entre la una y las tres, y la cena al menos tres horas antes de acostarte.

—¿Y si no me acuesto? —pregunta Mia.

—Te acostarás —asegura Erin, y Mia siente un corrientazo atravesando la cara interna de sus muslos que no puede detener—. Me da igual lo que comas siempre que sea comida decente y no porquerías de las máquinas —sigue la doctora.

—¿Y qué pasa si no me gusta y lo vomito todo?

Ahora es Erin la que se inclina un poco hacia delante. No sabe si Mia le habla en serio o si soltar esas gilipolleces es un mecanismo de defensa por lo que ha pasado hace un momento.

—Si vomitas, me lo dices, y te haré tantas analíticas que se te quitarán las ganas de volver a hacerlo.

Mia aprieta los labios hasta que se le ponen blancos de pura frustración.

—Hidratación; esto es muy importante —sigue la doctora—.

Lo ideal son dos litros y medio al día dada tu actividad, y me refiero a agua, nada de sustituirlo con otras bebidas.

Me aseguraré de que tengas botellas en todas partes cada día: en tu habitación, tu camerino, el autobús y cualquier sitio donde suelas estar; tienes que beber.

—Vale —acepta Mia, segura de que eso puede hacerlo—. ¿Qué más?

—Dormir. Al menos deberías descansar siete horas en periodos sin concierto, aunque si son ocho, mejor. Los días de actuación, como mínimo seis.

—Las noches después de un concierto las suelo pasar follando; no puedo prometer que duerma más de dos horas.

Mia no lo ha dicho para provocar, lo ha dicho porque es cierto y porque a veces no tiene filtro, pero es consciente de que a lo mejor no ha elegido el mejor modo de explicarlo. Abre la boca para disculparse, pero Erin se adelanta con su mirada gris clavada en ella.

—Me parece bien que folles, pero puedes hacer las dos cosas: follar primero y dormir después —zanja la doctora.

Mia se suelta el pelo y se atusa la melena porque está nerviosa y no sabe qué hacer con las manos. Sabe que no tiene opciones con la doctora, pero no puede evitar que esta mujer la desestabilice cuando habla, lo suficiente como para que ella no sea capaz de filtrar la mayoría de las veces.

—Te tomaré la tensión y el pulso al menos dos veces al día, más si lo considero necesario, y a ser posible, preferiría que no protestases.

—No hay problema.

Mia se encoge en su asiento de un modo casi imperceptible, aunque Erin se da cuenta y concluye que la cantante probablemente asocia el hecho de que le tomen el pulso al momento del desmayo, y eso parece darle mucho miedo.

Piensa en sacar el tema y hablar con ella sobre eso para tranquilizarla, pero decide que ya lo hará cuando tenga más confianza con ella.

—Y lo más importante —continúa la doctora—: si tienes cualquier síntoma, me lo tienes que decir de inmediato. Sensación de mareo por leve que sea, visión borrosa o de túnel, sudor frío, náuseas, un zumbido en los oídos... Cualquier cosa que notes, me lo comunicas enseguida.

—¿Y si es de noche? ¿Si me levanto para ir al baño y me encuentro mal?

—no es otra de sus provocaciones, Mia habla completamente en serio porque esto le preocupa.

Ahora se aterroriza cada vez que siente cualquier cambio extraño en su cuerpo; incluso un escalofrío la hace paralizarse unos segundos hasta que se da cuenta de que no le pasa nada.

—Estoy aquí por ti, Wilder, así que sí, por la noche también.

No puede darte miedo o vergüenza hablar conmigo; pasar un síntoma por alto porque crees que es poca cosa o que se te va a pasar enseguida, puede acabar en desastre.

Si no estoy cerca, envía a alguien a buscarme, pero no te calles nada en ese aspecto.

—No lo haré —responde la cantante, que se queda pensativa mientras mira la portada del libro que estaba leyendo, preguntándose si ha decidido llamarla por su apellido en lugar de su nombre como ha hecho antes para enfatizar esa distancia que quiere con ella.

La azafata se acerca para ofrecerles algo de beber y ambas lo rechazan.

—¿Has bebido agua esta mañana? —pregunta Erin.

—¿Podemos empezar con tus normas cuando aterricemos? —pide Mia—. No me gusta usar el baño en los aviones, es una cuestión de espacio.

Erin no dice nada, tampoco la quiere abrumar de golpe porque es importante que Mia se adapte a su condición poco a poco, y ahora mismo está segura de que todavía no lo tiene asimilado, por muy dura que intente parecer.

—Dooley —dice Mia al cabo de un rato, cuando Erin ha decidido que basta por ahora y está mirando por la ventana.

—Dime.

—Vas a ser un grano en el culo, ¿verdad? Quiero decir, que básicamente vas a estar en todas partes.

—Solo estaré donde tenga que estar; no voy a dormir contigo si es lo que te preocupa.

Mia lo intenta, pero su sonrisa torcida es imposible de detener en ese momento, y Erin se maldice por haber elegido ese ejemplo, pero la cantante enseguida se corrige y detiene su lengua antes de decir que no le importaría.