Capítulo 7
Erin sigue a Violette Hadford por una pasarela en el JFK que las lleva directamente al avión privado en el que viajará junto a Mia Wilder y todo su equipo.
Ante la cara de pasmo de la doctora cuando se lo ha dicho, la abogada ha aclarado que el avión es alquilado y que esta no es la forma habitual de viajar, pero que por tiempos ha sido la opción elegida en esta ocasión.
Salen a la pista por una puerta de hierro doble y Erin ve el avión con la escalera ya puesta y algunas personas que todavía no han subido o no forman parte del pasaje.
—Suba y acomódese, doctora, saldremos en veinte minutos —dice Violette cuando alguien la detiene al pie de la escalera.
Erin pasa de largo y sube, encontrándose con una azafata que la recibe con una sonrisa amable.
—¿Doctora Dooley? —dice la chica.
Ella arquea una ceja y decide no preguntar cómo sabe quién es, porque la respuesta seguramente la dejará muy preocupada.
—Sí —responde Erin.
—La señorita Wilder ha pedido que se siente con ella. Está allí —la azafata señala dos asientos dobles enfrentados que hay al lado derecho del avión. Son de cuero color crema, tan acolchados que a Erin le entra sueño solo de pensar en sentarse—. Si me da su maleta, la guardaré en el portaequipajes.
—Sí, claro —Erin se la entrega y deja a la chica atrás para avanzar por el avión hacia Mia Wilder.
En cuanto llega al primer bloque de asientos de los que hay, se encuentra con Noah, que se levanta sonriente y la mira con esa cara de cachorro muerto de sueño mientras se quita los auriculares de diadema y se los cuelga del cuello.
—Doctora Dooley, me alegro mucho de que haya aceptado el puesto.
Su sinceridad es tan latente que Erin se siente abrumada cuando le estrecha la mano para saludarlo.
—Llámame Erin, ¿de acuerdo?
—Claro —el asistente personal de Mia sonríe—. Yo siempre soy Noah.
Erin le devuelve la sonrisa y siente cierta tranquilidad al saber que al menos habrá alguien en el equipo que le cae bien.
—Me alegro de verte, Noah.
El chico se sienta y ella sigue avanzando, saludando a personas que no ha visto nunca mientras se dirige hacia una especie de saloncito al fondo del avión donde está la cantante.
Al principio solo ve el pelo color lavanda, pero enseguida tiene una visión perfecta de Mia Wilder, que levanta la mirada cuando percibe una presencia a su lado.
La cantante está sentada de forma ladeada, con la espalda apoyada en la pared del avión y las piernas estiradas sobre el asiento de al lado.
Lleva unos vaqueros negros y una sudadera blanca que le queda muy grande, remangada hasta los codos.
El pelo lo tiene recogido, pero no es lo suficientemente largo como para que la goma sujete todos sus mechones ondulados, que caen por su cara por ambos lados, contrastando con sus ojos profundamente azules que ahora la miran con expresión muy despierta.
—Doctora Erin Dooley —paladea Mia, cerrando el libro que tiene sobre las piernas mientras su sonrisa se tuerce.
—Hola, Mia —Erin se quita la sudadera antes de sentarse, y los ojos de la cantante persiguen cada uno de sus movimientos cuando se saca la prenda por la cabeza.
Lleva un pantalón cargo de color gris y una camiseta negra que por delante está metida por el pantalón y por detrás se ha salido.
Mia no puede apartar la mirada de ella. La noche del concierto le pareció atractiva, pero entonces tenía la mente abotargada y sus recuerdos son muy confusos —además de escasos— porque no había retenido ningún detalle que no fuera la expresión amable de los ojos grises de la doctora.
Ahora puede fijarse bien y le llaman mucho la atención sus brazos, completamente tonificados, donde la línea fina de sus músculos se marca en cada movimiento.
Es un rasgo que a Mia le parece delicioso y atractivo al mismo tiempo, y solo puede pensar en cómo debe ser el abdomen de la mujer que está de pie a su lado, doblando la sudadera con cuidado para dejarla en el asiento libre.
Erin se sienta frente a ella con la sensación de que el acolchado la absorbe y se amolda a su figura.
Coloca el pie izquierdo sobre su rodilla y apoya el codo derecho en el reposabrazos.
Los ojos de Mia se clavan en sus botas negras por encima del tobillo, tipo militar pero más finas —muy de su estilo— y concluye que Erin Dooley cumple todos y cada uno de los requisitos de su mujer ideal: morena, atlética, atractiva hasta decir basta y, lo más importante, mayor que ella.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta la doctora, sacando a Mia de su parálisis.
—Perfectamente —asegura, recogiendo las piernas para sentarse bien en el asiento y poder mirar a Erin sin torcer el cuello.
—¿Algún mareo desde el viernes? Visión...
—Eh, Dooley, para ahí un momento —la corta Mia—. Acabas de llegar, ¿no podemos hablar de otra cosa que no tenga que ver con ese síndrome raro que tengo?
—Ese síndrome raro que tienes es el único motivo por el que estoy aquí.
Erin lo suelta como la verdad más absoluta, pero Mia sonríe y después se clava los dientes en el labio como si acabara de recibir un golpe.
—Entonces, ¿no te interesa mi vida más allá de mis síntomas? ¿No quieres saber...? —trata de coquetear Mia.
—No, Wilder, no me interesa —la corta Erin.
Mia la mira fijamente durante unos segundos, desconcertada.
Recuerda vagamente el trayecto en la ambulancia, pero sí se acuerda de haber tratado de ligar con esta mujer —como hace con todas las que le gustan o como mecanismo de defensa cuando se siente indefensa— y también que Erin no titubeó ante ella, tampoco cayó en su juego ni se puso nerviosa como hacen las demás.
Mia pensaba que era porque estaba débil y no atacó como debía, pero ahora se encuentra perfectamente y nada de lo que dice o hace —como mirarla con una de sus sonrisas torcidas— parece provocar ninguna reacción en la doctora.
—¿Has desayunado esta mañana? —pregunta Erin.
—Una tostada con aguacate y un café, ¿por qué?
—¿Café solo o con leche?
Mia se toca la melena, pensando que, si todas las conversaciones que podrá tener con ella son así de aburridas, estos cuatro meses serán muy largos y frustrantes.
—Solo.
—¿Tienes alguna alergia que yo deba conocer? —sigue Erin, que todavía no ha tenido tiempo de leer todo el expediente médico que Violette le ha pasado al correo esta mañana.
—No, no soy alérgica a nada —responde Mia, hastiada.
—En ese caso, a partir de mañana, el café siempre con leche o rebajado con mucha agua.
Mia hace una mueca de asco.
—El café solo deshidrata, así que, si lo tomas, debe ser con algo más, y no es negociable.
Erin saca una libreta de su mochila y un bolígrafo al que le quita el tapón con los dientes, dejándolo entre ellos mientras anota algo.
Mia se queda embobada, observando los mechones que también caen enmarcando la cara de la doctora, que mira concentrada su libreta con ese tapón en la boca que ella siente la tentación de quitarle con sus propios dientes.
Se acaba de dar cuenta de que la doctora simplemente es atractiva sin pretenderlo, no necesita hacer nada concreto para llamar su atención, porque a Mia todo en ella le gusta, desde su pelo ondulado que parece ingobernable bajo esa pinza en su cabeza hasta las pulseras de cuero que invaden su muñeca.
—¿Hay algo más que no sea negociable? —la pregunta parece normal, pero el tono provocador y juguetón de Mia deja claro que va por otro lado.
Erin levanta un poco la mirada y coge el tapón de su boca para colocarlo sobre el tubo del bolígrafo.
—Cualquier cosa que hagas y afecte a tu condición, no lo será.
Mia mantiene la sonrisa socarrona en su expresión y apoya un codo en el reposabrazos para sujetarse la cabeza mientras observa a la doctora.
Es una pose que siempre le funciona; cualquier chica se deshace ante ella cuando la mira de ese modo, pero Erin la enfoca unos segundos y después anota algo rápido en la libreta, ignorándola.
—¿Por qué no te sueltas el pelo ahora? —pregunta de repente.
Erin apenas levanta la cabeza y se encuentra con esos ojos azules detenidos en los suyos y, por un momento, su pulso se acelera.
Tiene clarísimo cuál es el juego de Mia y que su principal objetivo es llevársela a la cama, como debe de hacer con cualquier mujer que le resulte mínimamente atractiva.
Ha investigado un poco sobre ella; le pareció lo normal si va a pasar cuatro meses acompañándola en la gira, y si hay un resultado que predomina cuando escribes su nombre en el buscador, es el de Mia Wilder y sus amantes.
La cantante es abiertamente lesbiana y, a pesar de sus veintiséis años, la han fotografiado con decenas de mujeres, y Erin tiene claro que por mucho que le seduzca la idea de acostarse con ella, no va a convertirse en una más de esa larga lista de caprichos de la cantante.
—Hay cosas que quiero repasar contigo; podemos aprovechar el vuelo si te parece bien —comenta Erin, ignorándola por completo.
Mia se inclina hacia delante, apoyando los codos en sus rodillas para acercarse más a la doctora, que no mueve ni un músculo cuando la cantante susurra.
—Algún día, Dooley, seré yo la que te suelte el pelo.
Erin la mira; debe reconocer que la chica sabe seducir, porque en otro contexto y circunstancias, ya la tendría sentada encima y le estaría devorando la boca para empezar a calmar esa pulsión que ha detonado de forma directa entre sus piernas.
—Te voy a dar un consejo, Wilder —susurra Erin también, solo que ella no se inclina hacia delante porque eso es precisamente lo que Mia está buscando.
—Por favor —la comisura de la cantante se curva un poco hacia arriba.
—No te desgastes conmigo; lo único que me interesa de ti es que no te desmayes, y por lo demás, cualquier intento de seducirme es una pérdida de tu tiempo y del mío, y el mío me gusta invertirlo en cosas que me interesan.