Salvaje Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Por supuesto, pero, si me permite, mañana por la mañana necesito su respuesta. El equipo tiene que salir el lunes y, si no es usted, tengo que activar otras opciones. Le agradecería una respuesta antes de las nueve —Violette extiende una de sus tarjetas a través de la mesa.

—Está bien, la llamaré entonces.

—Gracias por atenderme, no le robo más tiempo —la abogada se levanta—. Y coma —dice, señalando el bol de Erin—, le hará falta para aguantar el ritmo de la gira Wild.

Violette se marcha y Erin se queda en la mesa frente a su cena y el dossier. Tiene las manos sobre el regazo y la mirada clavada al frente sin ver nada en concreto, salvo esos ojos azules que se cuelan en su mente sin permiso.

Son pasadas las once de la noche cuando entra en su apartamento después del turno.

Deja sus cosas, se quita las botas y va directamente al baño a darse una ducha.

Se pone una camiseta de manga corta y unos bóxers que solo utiliza para dormir porque le parecen más cómodos que las bragas, y camina hasta el sofá sintiéndose completamente agotada.

Ha tenido una semana demasiado extraña, con turnos mezclados de día y de noche y un evento donde tuvo que atender a una cantante cuya discográfica ahora quiere que la acompañe durante la gira.

Mira la tarjeta de la abogada junto al contrato y se sienta en el chaise longue con las piernas estiradas mientras le da vueltas a lo que le ha ofrecido esa mujer.

Este es el tipo de oferta que se comparte con una amiga o un familiar cercano de confianza, porque la opinión de alguien que lo vea desde fuera le vendría muy bien para terminar de decidir si aceptar es una locura o una oportunidad para que su vida tenga algún aliciente, porque ahora mismo, Erin considera que no tiene ninguno.

Su vida social es nula salvo por alguna ocasión en que decide quedar con alguna mujer a través de la aplicación de citas.

Ha pasado casi toda su vida centrada en cuidar de su familia: primero de su hermana, después de ella y de su madre porque su progenitora no podía con el trabajo y una hija adolescente e impertinente.

Después solo de su madre cuando enfermó; casi tres años dedicados a ella por completo y, cuando murió, Erin descubrió que no tenía nada ni a nadie, porque su hermana Brooke y una planta le aportan lo mismo.

Decide llamarla de todos modos porque sabe que está despierta, que probablemente estará saliendo del turno del bar o acabará de llegar a su caro apartamento que no puede costear.

—Hola —saluda Brooke, casi jadeando—. Estoy de camino a casa, ¿qué pasa?

Erin deja salir el aire muy despacio, preguntándose si llegará el día en que su hermana le pregunte cómo está en algún momento.

—Nada, es que me han ofrecido un trabajo bastante interesante, pero no sé qué hacer —explica Erin—. Tendría que dejar mi puesto unos meses para…

—¿Pagan bien? —la interrumpe Brooke.

La doctora se pasa la mano por el pelo y sus dedos se cierran antes de que pueda darse cuenta, apretando con tanta intensidad que se le escapa un pequeño gemido de dolor.

—Sí, el sueldo es muy bueno.

—Entonces acepta. ¿Necesitas algo más? Tengo prisa, he quedado con Senna.

Erin no contesta de inmediato; se aparta el teléfono de la oreja y mira la pantalla mientras sigue retorciendo el mechón de pelo entre los dedos.

—No, no necesito nada, Brooke. Pásatelo bien, ya nos veremos.

—Vale, adiós.

Su hermana cuelga y Erin deja el teléfono sobre un cojín y se mira las palmas de las manos.

Decide que en la derecha cerrará un dedo cada vez que encuentre algo a favor de aceptar y dejar Nueva York durante cuatro meses, y en la izquierda cerrará otro cuando encuentre un motivo para no hacerlo.

Dos minutos después, tiene todos los dedos de la mano derecha cerrados y la izquierda completamente abierta, porque motivos para aventurarse y aceptar la propuesta de la abogada tiene bastantes, pero para no hacerlo no tiene ninguno, ni siquiera su hermana.

A las ocho y cuarto de la mañana, Erin está sentada en el Vanis frente a Barry, que la mira desconcertado. Esteban les trae un café, con dos dónuts de chocolate para ella y cuatro para él, y se aleja con una sonrisa que dedica a la doctora.

—¿Qué hacemos aquí, Dooley? —pregunta Barry al fin, cogiendo el primer dónut, que casi se mete en la boca por completo.

Erin se siente avergonzada de repente, porque ella y Barry jamás han quedado fuera del trabajo, pero necesitaba compartir esto con alguien que se alegrase por ella, y Erin se dio cuenta mientras intentaba dormir —sin conseguirlo— de que Barry es lo más parecido a un amigo que tiene.

—Lo siento —se disculpa, cogiendo su taza de café—. Sé que tú y yo no somos amigos, pero ayer me pasó algo y necesito hablar con alguien.

Barry, que había cogido el segundo dónut y ya tenía la boca completamente abierta, lo deja en el plato y la mira fijamente.

Siempre le ha parecido una mujer solitaria y nunca se ha atrevido a preguntar si es por elección o porque su vida simplemente ha avanzado en esa dirección por motivos que él desconoce, pero confirmarlo de este modo lo deja muy afectado, porque la aprecia de verdad y no se imaginaba que la doctora Dooley se sintiera tan sola como para tener que recurrir a un compañero con el que hace trabajos puntuales para poder hablar de sus cosas.

—Joder, Dooley, esta es una de las cosas más tristes y bonitas que me han dicho nunca.

Ella coge aire, angustiada y algo avergonzada, pero respira aliviada cuando él extiende su enorme brazo por encima de la mesa y le aprieta la mano con afecto.

—Soy tu hombre; es un honor que me hayas elegido —Erin se ríe—. Ahora dime, ¿de qué necesitas hablar?

Erin termina de masticar un trozo de dónut y se limpia la boca antes de hablar.

—La discográfica de Mia Wilder me ofreció ayer una cobertura médica completa para la gira. Cuatro meses ocupándome de ella en exclusiva, un sueldo cuatro veces mayor que el mío, y se encargan de gestionar mi excedencia en el hospital y mantener mi puesto en la empresa de eventos.

—Hostia, Erin —dice Barry, haciéndola reír.

—Sí…

—¿Y qué vas a hacer? —pregunta, reclinándose en la silla con el tercer dónut entre los dedos—. Quiero decir, es una buena oportunidad, ¿no?

—¿Eso crees? —dice ella.

Barry vuelve a sentarse bien mientras termina de masticar.

—A ver, ¿me cuentas esto porque quieres mi opinión o porque ya has decidido?

—Ya he decidido, pero quiero tu opinión de todos modos para asegurarme de que lo que hago no es muy estúpido.

Barry resopla por la nariz y coge el cuarto dónut, ella espera a que se lo coma en menos de un minuto.

—Mi opinión, Dooley, es que si yo soy tu único amigo, es que estás demasiado sola. No conozco tus circunstancias, aunque me encantará escucharlas cuando tú quieras, pero no todo en esta vida es trabajar, doctora, ni cubrir eventos para matar las horas muertas.

Erin baja la mirada, sintiéndose descubierta.

—Acepta la oferta —aconseja Barry—. Vete de gira con esa chica del pelo pintado como las flores del campo —Erin no puede evitar una carcajada—.

Creo que te vendrá bien moverte. Ahí seguro que conoces a mucha gente, más de la que conocerás en las urgencias del hospital, eso seguro, y si al final resulta que todo es un desastre, siempre puedes volver.

Seguiremos haciendo coberturas y después nos emborracharemos en algún bar.

—¿Tú lo hubieras aceptado? —pregunta Erin, más por curiosidad que porque necesite saber si él está tan loco como ella.

—Yo tengo cincuenta y dos años, dos hijos en la universidad, una hipoteca y una mujer que me adora —le guiña un ojo, divertido—; a mí jamás me ofrecerán un puesto así.

Erin levanta una ceja.

—Pero supón que te lo ofrecen.

—Si me lo ofrecieran, tuviera tu edad y estuviera soltero, no me lo pensaría. Ahora dime, ¿qué has decidido?

—No sé si me arrepentiré de soportar a la chica del pelo pintado, pero he decidido que sí. Mañana me voy con ellos a Toronto.

Barry da una palmada tan fuerte que las mujeres que hay en la mesa de al lado se sobresaltan y sueltan un gritito.

—Perdón, señoras, es que estoy contento —se disculpa, y ellas le sonríen, encantadas con su amabilidad.

Cuando salen de la cafetería, Barry le da un abrazo de oso en la puerta para despedirse.

—Cuídate, Dooley, y llámame siempre que lo necesites; prefiero que me consideres amigo antes que algo parecido a un amigo, no suena tan bien —dice, apretándola hasta que le corta la respiración.

—Gracias, Barry —la voz de Erin sale estrangulada.

Lo ve alejarse por la acera y ella se queda quieta un momento, pensando en que hizo bien en no adoptar un gato. Se gira y camina de vuelta hacia su apartamento. Violette le ha dicho que coja lo imprescindible para que le sea más cómodo viajar.

—Si te hace falta algo, lo compraremos, no te preocupes —le ha asegurado.

Erin tampoco tiene mucho que llevar. Le basta con algo de ropa, sus auriculares y el libro electrónico.