Salvaje Capítulo 6
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Capítulo 6

—Dooley, box cinco. Una contusión torácica con sospecha de fractura costal —dice Yamila, asomando la cabeza en la sala de descanso.

—Voy —responde la doctora.

Erin deja la taza de café que estaba tomando a medias sobre la mesa y se levanta para seguir a Yamila por el pasillo.

De camino, se vuelve a recoger la melena con una pinza y se asegura de que lleva su teléfono en el bolsillo.

Es sábado por la tarde y, sorprendentemente, las urgencias están bastante tranquilas para ser fin de semana.

El paciente del cinco es un hombre de unos sesenta años, deportista por su aspecto, que se ha caído con la bicicleta en Central Park y ha venido andando hasta urgencias sujetándose el costado como si se le estuvieran saliendo las costillas —según le cuenta Yamila—, que es bastante exagerada.

La doctora entra, se presenta, le hace las preguntas rutinarias, le palpa el costado ejerciendo la presión justa para no hacerle más daño del necesario —aunque el hombre se retuerza y haga una mueca exagerada— y pide la radiografía.

—¿Cuándo podré volver a montar? —pregunta, como si se hubiera olvidado de la caída que acaba de tener.

—Deje que vea la radiografía primero, ¿de acuerdo? —pide Erin.

El hombre asiente y ella sale del box. Escribe la orden en el sistema y, cuando levanta la cabeza para buscar a Yamila, ve la pared blanca del pasillo al fondo y de repente le viene a la cabeza la imagen de esos dos ojos azules muy abiertos y ligeramente desenfocados mientras la cantante la miraba desde la camilla de la sala médica con expresión de terror.

Y de inmediato, ve esos mismos ojos en la camilla de la ambulancia, más despiertos, con un destello de picardía brillando en sus pupilas y una sonrisa torcida mientras Mia Wilder trataba de ligar con ella por algún motivo que Erin todavía no comprende del todo.

Lleva pasándole todo el día; en cuanto se despista, se encuentra pensando en la cantante, o más bien recordándola e intentando encajar esas dos versiones de la misma chica, preguntándose cuál de las dos es la real: ¿la vulnerable que la miraba aterrorizada al despertar o la descarada que apareció cuando su mente se despejó?

Se centra en lo que tiene que hacer y se mete las manos en los bolsillos del pijama verde oscuro mientras espera a que Yamila aparezca y se ocupe de hacer que alguien lleve al paciente a la sala de rayos.

Tres horas después, ha dado de alta al paciente junto a un par de recetas para el dolor y la cita para la revisión dentro de una semana. Erin está en urgencias todavía, terminando de rellenar los datos, cuando Yamila aparece frente a ella de nuevo.

—Dooley, hay una mujer que pregunta por ti en la recepción.

—¿Por mí? —Erin levanta la mirada, sorprendida, porque ella no recibe visitas en el hospital, en su piso tampoco, pero eso es otro tema.

—Dice que te espera, que es importante.

—¿Te ha dicho quién es? —pregunta, intrigada.

—Me ha dicho su apellido, Hadford; no sé si eso te dice algo.

Erin no responde, pero no le suena de nada.

—Ah, ha dicho algo relacionado con el concierto de ayer.

Yamila se marcha y Erin termina el informe y va hacia la recepción, más por curiosidad que por otra cosa.

Cuando entra en el vestíbulo, uno de los chicos que está tras el mostrador levanta una mano para hacerle una seña y, de inmediato, una mujer vestida con falda de tubo, americana entallada y unos tacones de aguja de diez centímetros se gira hacia ella y sonríe cuando la mira.

Erin no entiende nada; está segura de que no vio a esta mujer en ningún sitio durante el evento: ni cuando llegaron, ni cuando atendía a Mia Wilder, ni después, pero ella le sonríe como si se conocieran.

—¿Erin Dooley? —pregunta con una sonrisa amable, aunque la doctora está convencida de que lo hace de forma mecánica, un gesto adquirido a consecuencia de su trabajo.

—Sí, soy yo.

La mujer extiende la mano hacia ella.

—Me llamo Violette Hadford. Soy abogada en Milhart Records, la discográfica de Mia Wilder —Erin le estrecha la mano con expresión desconcertada.

—¿Mia está bien? —pregunta antes de poder decidir si quería hacerlo.

—Oh, sí. Disculpe que me presente así, pero no quería gestionar esto por teléfono. ¿Tiene unos minutos? Le prometo que seré breve.

Erin la mira y después mira su reloj de pulsera, uno deportivo de color negro que decora su muñeca derecha. A Violette, el reloj de la doctora le recuerda un momento a Nell, que lleva uno del mismo estilo y pulseras de cuero como las que lleva la doctora en el otro brazo.

—Está bien, sígame —accede Erin.

La lleva hasta la cafetería del hospital para poder aprovechar y cenar.

—¿Le importa si utilizo este tiempo para comer algo? —pregunta, aunque ya está cogiendo un bol de ensalada y un yogur.

—En absoluto.

Se sientan en una mesa libre de las que están pegadas a la pared de la izquierda y Erin destapa su ensalada para aliñarla.

—Usted dirá.

—No sé si ha hablado con su compañero, pero Mia Wilder ha sido diagnosticada con un síncope vasovagal recurrente, agravado por las condiciones de la gira.

Erin asiente. No ha hablado con Hassan porque sus turnos no han coincidido, pero sí ha preguntado a su residente —que tiene turno doble— en cuanto ha llegado.

—El doctor ha recomendado supervisión médica continua durante los próximos meses.

La gira Wild no se puede cancelar y el seguro no cubre la continuación sin un plan médico aprobado.

Necesitamos que un médico viaje con ella, que la monitorice las veinticuatro horas, que controle su alimentación, hidratación y descanso —esto último lo lee de las notas de su móvil—, y que tenga autoridad suficiente para tomar decisiones sanitarias por encima del calendario.

Queremos que sea usted —suelta sin rodeos.

Erin deja el tenedor dentro del bol y parpadea una vez antes de levantar las cejas.

—¿Quieren que sea yo? ¿Por qué? —pregunta con curiosidad.

—Por dos razones —responde la abogada—: la primera, por su gestión del incidente en el Madison.

La paciente se sintió cómoda con usted y, según su asistente personal, fue la única que detectó los síntomas antes del colapso.

La segunda —Violette está lanzada, dispuesta a no perder ni un segundo—: su perfil.

Urgentóloga adjunta, especialista en cuidados críticos, sin antecedentes con la prensa, discreta…

Ah, y la más importante: Noah dice que no se dejó impresionar por Mia, y eso es un dato muy útil teniendo en cuenta la capacidad que tiene esa chica para conseguir que todos hagan lo que quiere.

—¿Me ha investigado? —pregunta Erin, abrumada por la información.

—Un poco; tampoco he tenido mucho tiempo para indagar más —responde la abogada como si fuera una nimiedad—.

Aquí traigo un preacuerdo —Violette saca una carpeta de su maletín y la deja sobre la mesa, la abre y extrae un dossier de seis hojas que gira hacia Erin—.

Puede leerlo con calma cuando quiera, pero se lo resumo ahora.

La duración inicial son cuatro meses, con dieciséis conciertos más ensayos y desplazamientos.

Erin no ha probado la ensalada.

—Empezaríamos el martes en Toronto, por lo que hay que salir el lunes.

Sueldo bruto mensual aquí —la abogada señala la cifra con el índice de su mano derecha—.

Dietas y desplazamientos aparte y habitación individual en cada ciudad.

Le pedimos confidencialidad absoluta, por lo que tendrá que firmar un acuerdo específico para eso antes de incorporarse.

Excedencia gestionada con su hospital; de eso me encargo yo si usted acepta, y también me ocupo de asegurarle su puesto en MediSupport cuando el contrato acabe.

¿Quiere que aclaremos alguna parte en concreto?

La doctora la mira con la boca abierta, preguntándose si esta mujer tiene freno o si alguna vez le han dicho que no.

Se queda callada y coge el dossier para echarle un vistazo por encima, pero su mirada se queda clavada en el sueldo bruto mensual, que es casi cuatro veces lo que está cobrando ahora entre el hospital y las horas que trabaja en MediSupport.

—Sé que es mucha información para asimilar en muy poco tiempo, doctora, pero también es una oportunidad para que su cuenta bancaria aumente considerablemente en unos cuantos meses.

Puedo encargarme también de que alguien vaya a darle una vuelta a su apartamento mientras esté fuera, a ventilar, regar plantas si las tiene… ¿Tiene mascotas?

Erin niega con la cabeza y deja el dossier sobre la mesa. No sabe si aceptar o no, necesita pensarlo con calma, y la sola idea de estar planteándoselo ya la confunde, porque hace unos años se habría negado sin dudarlo, pero ahora…

—¿Qué autoridad tendría para detener un ensayo o, en caso necesario, un concierto? —pregunta la doctora.

—Plena. Si su criterio médico es que la artista no puede actuar, no lo hará. Está en una de las cláusulas, la séptima, me parece; es una condición de la aseguradora, así que nadie puede rebatirla en ese aspecto, ni siquiera Jude, aunque le aseguro que lo intentará.

—¿Y si la paciente se opone a una acción que yo tome? Por mucha autoridad que tenga, ella toma sus propias decisiones.

—Sí, eso está claro —concede Violette—, y es un motivo más por el que debe ser usted. Noah conoce a Mia mejor que cualquiera de nosotros, y él está seguro de que usted sabrá cómo manejarla.

Erin levanta una ceja, desconcertada. Le parece un poco atrevido suponer que puede controlar a Mia Wilder, que por lo visto es tan indomable como le pareció, y más atrevido todavía que todo eso se sustente en la afirmación de un chico desgarbado con mirada de cachorro abandonado.

—¿Acceso a su rutina? —pregunta la doctora.

—Completo. Esa es la idea principal: que usted haga los cambios necesarios para evitar o minimizar esos desmayos.

—¿Y si decido renunciar antes de que se cumpla el acuerdo?

—Previo aviso de quince días; salvo causa de fuerza mayor justificada, no habrá problema, también está en el contrato.

Erin coge la carpeta otra vez.

—Necesito pensarlo.