Salvaje Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Joder, Noah —protesta ella, estremecida solo de pensarlo.

—Joder nada —su amigo se levanta la tela de la sudadera, dejando a la vista el nombre de Danny en su brazo—. Ya perdí a un amigo una vez, Mia, y no quiero perder a otro, así que no me hagas esto.

Ella iba a protestar, pero sus ojos están fijos en el tatuaje de su amigo y siente que la garganta se le cierra.

Levanta la mirada y ve los ojos brillantes de Noah clavados en ella, y se siente miserable porque a veces solo piensa en lo que ella quiere y no en cómo hace que él se sienta con sus decisiones.

—Vale.

—Vale, ¿qué? —pregunta Noah.

—Que vale, que haré lo que sea necesario.

Por la tarde, después de que Mia haya conseguido descansar un par de horas en la suite del hotel, hay un total de seis personas en su habitación.

Ella está sentada en el sofá, con las piernas abrazadas y cubiertas por una enorme sudadera.

Noah está a su lado, con una tablet sobre las rodillas, y Jude enfrente, en uno de los sillones, mientras da vueltas a uno de sus dos móviles.

A la derecha de Jude está Violette Hadford una mujer rubia de unos cincuenta años con un traje pantalón azul marino, es la abogada de la discográfica y también la de Mia desde que la conoció y decidió contratarla para sus asuntos personales.

A su lado hay un hombre delgado con gafas del que Mia no recuerda el nombre, pero que sabe que es representante del seguro de la gira.

Y al fondo, de pie junto a la ventana, está Helen Casterley —Nell para todo el mundo desde hace treinta años—, directora de producción de la gira: sesenta años, pelo corto gris y despeinado que le da un aire muy interesante.

Viste vaqueros oscuros, camiseta de manga corta del mismo color y lleva un reloj deportivo en una muñeca y pulseras de cuero en la otra.

—Vayamos al grano —dice Violette—. La situación es la siguiente: anoche Mia se desplomó en un escenario delante de miles de personas, y otros tres millones lo vieron por redes.

La discográfica está siendo bombardeada con preguntas sobre el estado de Mia, y la productora del tour ha activado los protocolos del seguro a primera hora de la mañana —añade, mirando a Nell de reojo.

—El seguro —dice el hombre delgado—, cubre cancelaciones por motivo médico siempre que vayan acompañadas de prescripción facultativa documentada.

Lo que no cubre es continuar la gira tras un episodio público de pérdida de conocimiento sin medidas correctoras visibles.

Si la artista vuelve al escenario sin un plan médico aprobado —sus ojos pequeños recaen sobre Mia—, en caso de un segundo incidente, el seguro se retira y las pérdidas las absorben la productora y la discográfica.

—Traducido —interviene Jude—, o paramos o establecemos un sistema que tranquilice a todo el mundo.

—¿Cuánto cuesta parar? —pregunta Mia, apoyándose ligeramente contra Noah.

La abogada se aparta el flequillo hacia un lado.

—Cancelación total de las dieciséis fechas restantes —lee de forma robótica—: aproximadamente catorce millones, sin contar la indemnización a los recintos por las cláusulas de fuerza mayor parcial. Y eso si conseguimos que el seguro acepte la condición médica como motivo válido.

Jude está pálido como la jarra de leche que hay en la bandeja de los cafés.

—¿Y un aplazamiento? ¿Mover las fechas? —pregunta Noah.

—Depende del tiempo —responde Violette—.

Dos meses suponen cinco millones en costes operativos no recuperables.

Seis meses, doce. Eso por no hablar de que se pierden las fechas de los recintos grandes, que ya están comprometidos para otros eventos.

Hay muchos de esos que no se recuperan; tienen que pasarse al año siguiente o cancelarse del todo.

—Inviable, todo eso descartado —dice Jude, sofocado—. Haremos lo del médico; eso es razonable para todos, ¿no? Mia estará supervisada las veinticuatro horas por personal sanitario, alguien que controle todo lo que haga falta.

El hombre se pasa la mano por el pelo, sudoroso, mientras Helen Casterley, que no lo soporta, lo mira de reojo.

—¿Qué dices tú sobre eso, Mia? —pregunta la mujer, caminando desde la ventana hasta el sofá para sentarse a su otro lado.

Mia mira a Noah y le coge la mano.

—Me parece bien. Cancelar la gira sería tan desastroso como aplazarla. Estoy bien y puedo seguir.

—Estoy segura de eso, cielo, pero hablamos de tener a alguien que te controlará desde que te levantas hasta que te acuestas.

La cantante suspira y se muerde los labios.

En realidad, no le hace mucha gracia y no cree que sea capaz de soportarlo durante más de tres días sin perder los nervios, pero asiente y se convence de que lo hará, no por salvar la gira ni por complacer a su agente, sino por la tranquilidad de su amigo.

—Perfecto —aplaude Jude—. Ahora solo nos falta encontrar a alguien; haré algunas llamadas, hay servicios médicos que trabajan con artistas y...

—La doctora Dooley —lo interrumpe Noah.

Mia se endereza de golpe.

—¿Quién? —pregunta Jude, descolocado.

—La doctora que estaba en el Madison y atendió a Mia.

—¿La que vino a decirme cómo debía hacer mi trabajo? —pregunta, incómodo.

—Parece que no lo hiciste muy bien —suelta Nell sin cortarse—, si le hubieras hecho caso cuando te avisó, Mia no se habría desplomado delante de miles de personas.

Jude quiere decirle que se meta en sus cosas o se jubile, pero sabe que si trata de contradecir a Nell, ella lo aplastará como a una hormiga.

—No se trata de buscar culpables —pone paz la abogada—, sino de encontrar soluciones. ¿Por qué esa doctora, Noah?

—Porque supo cómo tratarla. Detectó sus síntomas antes que nadie y logró calmarla cuando despertó.

Acertó el diagnóstico sin pruebas y no se impresiona con la fama de Mia.

Es a alguien así a quien necesitamos, ¿no?

Alguien a quien esta mujer no pueda seducir ni convencer de que la deje quedarse un rato más despierta haciéndole ojitos —Noah sonríe mirando a Mia de reojo, como si bromeara, aunque ella sabe que no lo hace.

—Estoy de acuerdo —lo apoya Nell.

—¿Cómo has dicho que se llama? —pregunta Violette.

—Doctora Dooley, no sé el nombre —responde Noah.

—Se llama Erin —aporta Mia, hundiéndose más bajo la sudadera—. Erin Dooley.

Jude sacude la cabeza, resignado.

—Aplacemos esta reunión una hora —propone Violette—; necesito investigar a esa mujer antes de hablar de esto en serio.

Todos se levantan y en cuestión de un minuto, Mia está sola junto a su amigo.

—¿Te parece mal que la haya propuesto? —pregunta él en voz baja.

—Me parece mal cualquier propuesta que incluya que alguien me dé órdenes; da lo mismo que sea ella u otra persona —dice Mia, pero se siente culpable por mentir, porque una parte de ella quiere que Erin Dooley sea la adecuada y, sobre todo, que acepte.

Una hora después, todos están en los mismos sitios de antes, mirando a la abogada.

—Bueno, he podido recabar bastante información dado el poco tiempo del que disponemos.

Empiezo: Erin Dooley, treinta y siete años.

Es médica adjunta de urgencias en el hospital donde atendieron a Mia desde hace seis años.

Antes hizo la residencia en Bellenueve, especialidad en medicina de urgencias y cuidados críticos.

Lleva trabajando con MediSupport un tiempo, haciendo coberturas de eventos: conciertos grandes, partidos, eventos privados o visitas oficiales.

Sin incidencias. Buenas referencias; he podido hablar con uno de sus jefes anteriores, con el actual ha sido imposible porque no estaba.

—¿Y qué hay de su vida privada? Si tiene ataduras, no hace falta ni proponérselo —dice Jude.

—Hasta donde sé, está soltera y no tiene hijos. Tiene una hermana menor y su madre falleció hace unos años. No sé nada más.

—Si acepta, a mí me parece bien —dice Mia de pronto, haciendo que todos se giren hacia ella—.

¿Qué? Al menos no fue condescendiente conmigo, no me trató como si fuera una diva ni tuvo miedo de hablarme, ni intentó complacerme de ningún modo, algo que no soporto de la gente.

Es un poco borde, pero está bien. La quiero a ella.

—Buena elección —dice Nell.

—De acuerdo —accede Jude, girándose hacia Violette—. Tendrás que preparar una oferta formal para ella, y tendrá que ser esta misma tarde, porque no nos sobra el tiempo para seguir buscando si no acepta. Hazle una propuesta tentadora, explícale las condiciones generales, prepárale un...

—Sé hacer mi trabajo, Jude —lo corta Violette, y Nell sonríe sin cortarse.

—Sí, claro, perdona. Es que todo esto me pone nervioso.

—Contactaré con ella —dice la abogada—. Si acepta, monto la firma para mañana y le doy un día para que se prepare. El martes saldría con nosotros hacia Toronto.

—¿Así de fácil? —parpadea Noah—. ¿Qué pasa con sus trabajos actuales?

—Habrá que llegar a un acuerdo con ellos, pero lo puedo arreglar si ella está interesada —responde Violette, como si fuera una minucia para ella gestionar algo así.

Al cabo de diez minutos, la suite se ha vuelto a vaciar y Noah está de pie, a punto de marcharse.

—¿Estás bien? —pregunta él.

—Encantada de tener una niñera con bata —bromea ella.

Noah sonríe y se mete las manos en los bolsillos de los vaqueros antes de girarse para salir, rezando para que la doctora acepte.