Capítulo 5
Mia está sentada en el borde de la cama del hospital, con la bata azul medio desabrochada y la espalda al aire.
Apenas ha dormido; lo ha intentado muchas veces, pero solo daba vueltas y, como mucho, entraba en un estado de duermevela que no le permitía descansar del todo, pero que al menos no la dejaba pensar.
Está mirando a Noah, que está reclinado en el sillón de visitante, girado hacia un lado, con la cara aplastada contra el respaldo y los ojos cerrados, pero Mia sabe que no está dormido porque tiene el ceño ligeramente fruncido, como si algo le impidiera relajarse.
La cantante suspira, porque sabe que ese algo que tanto preocupa a su amigo es ella misma, ya que su asistente solo la tiene a ella y ella solo lo tiene a él.
Mira el reloj en la pantalla de su móvil y suspira. Son casi las ocho de la mañana y está desesperada porque venga el doctor a darle el alta para poder salir de allí.
—Sé que estás despierto —murmura Mia, estirando la pierna para tocar la rodilla de Noah con su pie descalzo.
El pecho de su amigo se hincha cuando aspira y después se encoge al expirar.
—Estoy descansando los párpados —explica Noah.
Él tampoco ha dormido demasiado, porque escuchaba a Mia moverse de forma constante y eso lo mantenía inquieto por si se encontraba peor.
—Me aburro, Noah, ¿no puedes ir a buscar al doctor para que nos marchemos de una vez?
Noah abre un ojo, despacio, y después se incorpora para poder abrir el otro.
—No seas caprichosa —dice, molesto—. Ya escuchaste a la enfermera: para alguien con síntomas como los tuyos, te dejan pasar la noche en urgencias, y a ti te han cedido una habitación por ser quien eres; sé agradecida y no pidas más de lo que necesitas.
Ella frunce el ceño y vuelve a darle con el pie.
—No soy desagradecida, pero estar aquí es un rollo. Quiero irme al hotel y dormir; tampoco pido tanto.
—No creo que tarden en venir, seguro que quieren deshacerse de ti cuanto antes. Además, Jude seguro que habrá dejado instrucciones claras —sospecha Noah, con los ojos en blanco—. Ha tenido que poner seguridad en el pasillo y en tu puerta, eso vale dinero, y ya sabes lo tacaño que es.
Mia se ríe.
—¿Quieres que vaya a la cafetería y te traiga algo para desayunar?
—Ahora no me apetece, quizá más tarde —dice Mia.
—¿Ni un zumo? No has comido nada desde antes del concierto —recuerda preocupado.
—Tengo esto; sobreviviré —ella se señala la vía del brazo donde sigue teniendo el gotero.
Noah resopla y se pasa las manos por el pelo para peinarse.
—A lo mejor deberías entrar al baño y mirarte en el espejo —aconseja Mia con la sonrisa torcida.
Su amigo duda porque la verdad es que suele importarle bastante poco el estado de su pelo, ya que cuanto más alborotado, más gusta a los chicos y a la mayoría de las chicas, pero decide ir de todos modos para lavarse la cara y vaciar la vejiga.
Cuando él cierra la puerta, Mia se gira hacia la ventana desde la que no puede ver gran cosa porque hay un enorme edificio al otro lado con un montón de ventanas exactamente iguales que le parece más aburrido que su propia estancia allí.
Coge el móvil para revisar las redes y se encuentra con miles de mensajes de apoyo —también otros que exigen que se repita el concierto en otra fecha y varios que piden recuperar el dinero de la entrada— y lo deja a un lado, pensando que Jude estará teniendo el doble de trabajo amortiguando todo esto.
La puerta de la habitación se abre al mismo tiempo que Noah sale del baño.
Por ella entra Hassan —el mismo doctor que la atendió cuando llegó— acompañado de una doctora residente.
Mia está a punto de preguntarle cuántas horas dura su turno, pero se da cuenta de que debajo de la bata lleva un traje diferente al de la noche anterior y parece despejado, así que probablemente se fue después de terminar el turno de tarde y ahora simplemente está en el de la mañana.
—Buenos días —saluda el hombre—. ¿Qué tal has descansado, Mia?
—Bastante bien.
—Joder, Mia —salta Noah, enfadado—. Hablamos de tu salud, así que no le mientas.
Ella se atusa su corta melena mientras piensa que necesita una ducha urgente.
—De acuerdo, no he dormido mucho, pero no me encontraba mal ni nada; es solo este sitio, me da mal rollo.
Hassan sonríe, al igual que la residente. Mia se fija en ella y llega a la conclusión de que es mona, y quizá podría haber sido una buena candidata para pasar la noche con ella después del concierto, solo que la ha pasado aquí en lugar de teniendo sexo.
El doctor se acerca y le toma el pulso tras dejar un informe sobre la cama. Mia se queda quieta, mirándolo mientras espera.
—Bueno, vamos con las pruebas —anuncia Hassan.
El hombre se sienta al pie de la cama, girado hacia Mia, mientras Noah centra toda su atención en él.
—La analítica está bien; tienes los electrolitos bajos, pero nada alarmante. ECG sin alteraciones, Holter de veinticuatro horas...
—Doctor —lo interrumpe Mia—. No quiero ser grosera, pero no entendemos nada. ¿Puede saltarse esa parte e ir directamente al grano?
El hombre carraspea y le dedica una sonrisa amable porque la comprende, no es la primera paciente que se lo pide.
—El diagnóstico es lo que la doctora Dooley sospechó desde el principio. Las pruebas y tu cuadro clínico apuntan a un síncope vasovagal recurrente.
—¿Eso qué es? —pregunta Noah.
—Las personas que lo sufren —explica la residente, interviniendo por primera vez después de que Hassan la mire—, tienen desmayos provocados por una reacción brusca del cuerpo.
El sistema nervioso hace que baje la presión arterial y el pulso, llega menos sangre al cerebro durante unos segundos y la persona pierde el conocimiento.
Los ojos de Noah se abren de forma exagerada.
—Antes de un desmayo suelen aparecer síntomas como mareo, sensación de calor o sofoco, sudor frío, náuseas, visión borrosa o en túnel, un zumbido en los oídos, palidez, debilidad en las piernas o la sensación de que te vas a caer —explica el doctor.
Mia ha bajado la mirada hacia sus piernas, sintiendo que la atravesaba un escalofrío conforme el doctor describía varios de los síntomas que ha notado todas las veces que se ha encontrado mal.
—A veces no llegas a desmayarte, pero la debilidad es notoria y te deja sin fuerza hasta que acabas en el suelo —sigue el doctor.
—Estaba muy desorientada cuando despertó, y asustada —dice Noah—. ¿Eso es normal?
—Sí, la desorientación es muy habitual, y el miedo es una reacción del cuerpo que en algunas personas es inevitable.
Te despiertas sin recordar qué ha pasado, rodeada de personas que no conoces y en un sitio que no eres capaz de ubicar.
Es lógico asustarse. También lo será que sientas cansancio, estés sudorosa y solo tengas ganas de seguir tumbada.
La buena noticia es que no es grave. Es una condición frecuente, pero no una enfermedad en sí misma ni nada que implique un problema cardiaco o neurológico.
—¿Y las malas noticias? —pregunta Mia.
—Las malas son que, en tu caso, el cuadro está agravado por todo lo que pasa a tu alrededor.
Eres artista, muy conocida y en plena gira.
Eso implica estrés crónico, mala alimentación si no está controlada, dormir poco, deshidratación...
Todo esto son factores que potencian tu condición.
Si no se corrige, los episodios van a seguir produciéndose y, con el tiempo, probablemente van a aumentar.
El problema no es que te desmayes, Mia; el problema es que lo hagas al borde de un escenario con una caída de dos metros, que caigas sobre un foco o te des en la cabeza con cualquier elemento que tengas cerca.
A Noah se le eriza la piel.
—Anoche tuviste suerte, pero la próxima vez podrías hacerte mucho daño.
Mia asiente, despacio.
—¿Y qué se supone que he de hacer? —pregunta, sintiendo que el cuello se le pone rígido.
—A corto plazo, supervisión médica constante mientras estés de gira.
No me refiero a un médico al que puedas llamar al móvil si te sientes mal; me refiero a uno que esté muy cerca y pueda actuar de inmediato.
Alguien que sepa detectar los síntomas cuando se manifiesten sin necesidad de que tú te expliques, porque a veces ni siquiera sabrás que los tienes.
Debe ser alguien que controle tu hidratación, tus horas de sueño y las comidas, y que tenga autoridad para decir basta cuando tu cuadro lo pida.
Noah siente que el que se está mareando es él.
—Si tu calendario lo permite, y supongo que no, lo ideal es hacer un parón de un par de meses para que descanses; si no, la opción óptima es un médico que vaya con vosotros las veinticuatro horas del día.
Noah suelta un resoplido por la nariz.
—Su calendario no permite parar ahora, eso se lo garantizo yo —explica el asistente, frustrado.
—Lo suponía.
—Ha dicho «a corto plazo» —dice Mia—. ¿Y a largo plazo?
—Hay tratamientos farmacológicos que se pueden valorar si las cosas no mejoran cambiando hábitos, pero en tu caso, por edad y por las características de tu cuadro, lo primero es cambiar el estilo de vida con buena alimentación, hidratación y sueño, como te he explicado antes.
Si conseguimos estabilizarlo así, no necesitarás nada más.
Mia asiente, mirando a su amigo de reojo mientras Hassan se levanta.
—Ahora vendrá una enfermera a quitarte la vía. Te prepararé el alta para que puedas marcharte, pero tómate esto en serio, Mia.
El hombre y la doctora se marchan y, durante unos segundos, lo único que se oye en la habitación es el ruido que viene del pasillo.
—Pues ya lo has oído, estoy bien —suelta Mia de repente.
—¿Qué? —pregunta Noah, acercándose a ella.
—Ya has escuchado al doctor, no es grave.
—¿Tú has oído lo mismo que yo o estabas muy ocupada comiéndote a la doctora con los ojos? —se exalta Noah.
Mia ladea la sonrisa y niega con la cabeza.
—Lo he escuchado perfectamente. Ha dicho que no es grave; si como un poco, me hidrato y todo eso, pues ya está controlado.
—Por supuesto, hasta que te partas la cabeza contra el suelo la próxima vez.