Salvaje Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Erin quiere decirle que no hace falta que pierda el tiempo con ella, que no piensa entrar en su juego y tampoco necesita esforzarse para demostrarle nada, pero decide dejarla hacer porque lo que más le interesa ahora es que su paciente se recupere, y si esto la ayuda, ella no va a oponerse.

—Te queda bien el uniforme, es... —Mia parece pensar, pero en realidad no lo hace. Tiene muy claro lo que quiere decir y la pausa solo es para generar nerviosismo en su presa, solo que con Erin no funciona—, es sexy —completa la cantante.

—Es un uniforme bastante hortera —opina Erin, apoyando la espalda en la parte trasera de su asiento.

—¿Siempre te recoges el pelo?

—Cuando trabajo, sí.

—Es una pena que no nos hayamos visto en otro momento; estoy segura de que suelto te queda todavía mejor.

Erin la ignora, le coge la muñeca y le toma el pulso.

—¿Bien o mal? —pregunta Mia, observando los dedos de la doctora sobre su piel.

—Bajo, pero teniendo en cuenta lo que te ha pasado es normal, no te preocupes.

Mia la observa con los ojos entornados, intentando encontrar ese botón que le sirve para dirigirse a las personas a las que quiere desestabilizar, pero que no encuentra con la doctora.

—Tienes las manos bonitas.

Erin la vuelve a ignorar.

—Probablemente pasarás la noche en el hospital —explica, mientras apunta algo en el parte médico de Mia.

—No quiero pasar la noche en el hospital —protesta la cantante.

—Nadie suele quererlo, pero es lo que te conviene.

—¿No te interesa saber lo que prefiero? —pregunta desconcertada.

A Erin le entran ganas de reírse. Debe reconocer que la chica es insistente y está segura de que sus armas le funcionan porque no necesita mucho para conseguir que se fijen en ella.

Por un momento, llega a pensar en lo que podría pasar si decide seguirle el juego, y el escalofrío que le atraviesa la columna es tan potente que la corriente la recorre entera y le llega hasta las orejas.

—Como paciente, me interesa todo de ti —responde Erin—; como persona, la verdad es que no.

Mia se queda completamente quieta un momento, con la cabeza un poco ladeada mientras mira a la doctora con cierta expresión de sorpresa, como si fuera la primera vez que sus armas de seducción no le funcionan a la primera.

No parece ofendida; a Erin le parece algo peor, porque Mia la observa como alguien que ha descubierto un juego nuevo que no puede ganar y se lo propone como reto para superarse.

—De acuerdo, doctora Dooley —dice al fin, y vuelve a mirar el techo de la ambulancia mientras empieza a responder algunas preguntas que Erin le hace sobre su día a día, si come bien, si descansa lo suficiente, si siente estrés...

Al principio Mia no quiere responder, pero se descubre siendo sincera con cada pregunta que sale de la boca de la doctora.

—¿Drogas? —pregunta Erin.

Mia baja la mirada del techo y la desvía hacia ella.

—Un porro de marihuana de vez en cuando. Puedes preguntarle a Noah si no me crees.

—¿Por qué no iba a creerte?

La cantante la mira un momento, descolocada, y después se encoge de hombros.

El hospital al que llegan es el mismo en el que Erin trabaja.

No es que sea el más cercano al Madison Square Garden, pero sí el más cercano con el que MediSupport colabora, y como la paciente no estaba grave, el protocolo de actuación es este.

Erin lo agradece porque conoce a casi todo el personal de urgencias.

La camilla de Mia entra por una entrada diferente debido a la condición de persona famosa de la paciente, pero no por ello va a recibir un trato especial.

—Dooley —dice Hassan cuando la ve, sorprendido—. No sabía que trabajabas esta noche.

Erin se señala el polo con el logotipo de la empresa y se encoge de hombros.

—Cobertura de evento, tío —responde mientras Barry sigue empujando la camilla.

—Ya veo —sonríe Hassan—. ¿Qué me traes?

—La paciente es Mia Wilder, de veintiséis años. Ha sufrido un síncope en medio de una actuación. Pulso bradicárdico al recogerla, recuperación de consciencia con episodio de pánico postsíncope.

Hassan mira a Mia y trata de mostrarse indiferente, aunque sus gemelas de catorce años se van a volver locas cuando se enteren de que ha sido el médico de su cantante favorita.

Barry y un camillero entran a dejar a Mia en el box y el médico y Erin se quedan fuera, donde Noah espera un par de pasos por detrás.

—¿Antecedentes? ¿Qué sabes? —pregunta Hassan.

—Cuatro o cinco episodios parecidos en los últimos meses. Diagnosticada por su entorno como deshidratación —Hassan abre la boca, impactado.

—¿Quién la diagnosticó?

—Eso da igual —Erin prefiere no pensarlo—. El cuadro es coherente con un síncope vasovagal recurrente. Encaja con su situación: estrés constante, déficit calórico y falta de sueño. Horarios imposibles y cansancio hasta el extremo.

Hassan asiente.

—De acuerdo. Pido analítica, ECG, holter de veinticuatro horas y tilt test si todo lo demás sale limpio.

—Bien.

Hassan se mete en el box y Erin se queda en el pasillo un rato más mientras Noah la mira de reojo. La doctora mueve la punta del pie derecho de un lado a otro, mirándose las botas, esperando a que la adrenalina del momento empiece a bajarle.

—¿Es grave? Sea sincera.

La voz de Noah le llega como si estuviera hablando a través de un cristal, pero cuando Erin levanta la mirada, lo tiene justo delante con la misma expresión preocupada que cuando estaban en el recinto.

—No, pero tampoco es algo que vaya a arreglarse con un vaso de agua —responde, apretando los labios.

El chico la mira y la doctora tiene la sensación por un momento de tener delante a un chaval de quince años desorientado y asustado, a pesar de que es evidente por su aspecto que debe estar más cerca de los treinta que de los veinte.

—Suponiendo que sea lo que sospecho, a corto plazo lo que necesita es muy básico. Tres comidas al día a horas decentes, no lo que pueda o quiera picotear por ahí entre una prueba de sonido y otra. Hidratación constante, ocho horas de sueño y reducir la presión que tiene encima —resume Erin.

—¿Y qué es lo que sospecha?

—Deja que le hagan pruebas primero, pero te prometo que no es grave.

—Vale —Noah asiente, pensativo, y levanta su mirada de cachorro abandonado para sonreírle a Erin—. Gracias, doctora.

—De nada.

El asistente está a punto de caminar hacia el box, pero se da la vuelta.

—¿Sabe, doctora? Es la primera vez en mucho tiempo que conozco a alguien que mira a Mia y no ve a Mia Wilder, sino solo a mi amiga. Ha sido interesante.

Erin lo mira sin saber muy bien qué responder a eso, pero Noah no parece esperar una respuesta, solo quería que lo supiera, y se aleja con una sonrisa.

—¿Nos vamos? —pregunta Barry, apareciendo con dos cafés en la mano.

Erin coge el suyo y mira un momento hacia el box donde está Mia. Piensa en si es correcto entrar y despedirse, y si lo es, en si debe hacerlo.

—Sí, estoy agotada —responde, y sujeta el café de Barry mientras su compañero empuja la camilla de vuelta a la ambulancia.

Barry la lleva hasta su apartamento antes de devolver el vehículo médico y, durante las cinco manzanas que atraviesan por la ciudad, Erin no abre la boca ni una sola vez.

Acaba de vivir una anécdota de las que cualquier persona estaría deseosa de contar, pero lo más parecido a un amigo que tiene Erin es a Barry, así que no hay nadie a quien llamar para contarle nada.

Una punzada de ansiedad le aprieta el pecho porque la soledad a veces es muy difícil de digerir, pero entonces ve la mirada azul de Mia cuando ha despertado, ese terror en su expresión, sus manos temblando mientras el pánico se apoderaba de ella, y ese pellizco se retuerce más en su pecho, como si de algún modo se hubiera sentido conectada a la cantante.

—Descansa, Dooley, pareces necesitarlo —dice Barry cuando se detiene frente a su edificio.

—Gracias, Barry, tú también.

Él le guiña un ojo y Erin cierra la puerta de la ambulancia al bajar.