Salvaje Capítulo 4
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Capítulo 4

La sala se ha llenado de personas que no deberían estar ahí, pero de eso se ocupa Barry porque Erin está centrada en Mia, que está abriendo los ojos.

La doctora se fija en su expresión al hacerlo y se da cuenta de inmediato de que algo va mal, porque la cantante parpadea sin llegar a enfocar, después mira hacia el techo con expresión desconcertada y sus manos se cierran sobre la tela de la camilla hasta convertirlas en puños.

La respiración se le acelera de inmediato, el pecho le sube y el diafragma no le baja, y Erin reconoce el patrón sin necesidad de que Mia haga o diga nada, porque son demasiados años como médica y ha visto a muchos pacientes entrar en pánico, que es lo que está haciendo la cantante ahora mismo.

—Fuera todo el mundo —ordena con voz atronadora, girándose hacia atrás.

Junto a Barry, está el mánager de la cantante y otro chico con la expresión desencajada que, de algún modo, le transmite confianza desde el primer momento porque parece realmente preocupado por Mia.

—Tengo que estar aquí —dice Jude—, porque soy...

—Me da igual quien seas, fuera de aquí. Tú también, Barry —Erin mira al chico, que parece suplicarle con la mirada que no lo haga salir—. Tú siéntate ahí y no molestes.

Noah suelta un suspiro entrecortado y se deja caer en una silla mientras Barry invita a Jude a salir de la sala y cierra la puerta tras él.

Mia está intentando incorporarse sobre el codo derecho cuando Erin se gira hacia ella, pero la cantante no lo logra y cae contra la espuma de la camilla.

La mano izquierda le tiembla en el aire como si quisiera encontrar algo que no está ahí o no supiera siquiera lo que busca, pero lo que más impresiona a Erin es la intensidad de sus ojos azules exageradamente abiertos.

—Mia —susurra la doctora, suavizando el tono de su voz—. Eh, mírame a mí.

La cantante la mira, pero no parece verla del todo.

—Me llamo Erin. Soy doctora y ahora estás en el Madison Square Garden —Mia la sigue observando mientras intenta respirar—. Te has desmayado en el escenario. Estás bien aunque no te lo parezca, y es normal que estés asustada, pero tienes que confiar en mí ahora mismo; no te pasa nada.

Mia intenta decir algo, pero le sale una especie de jadeo ahogado y los ojos se le llenan de lágrimas. La respiración cada vez es más acelerada y los hombros casi le suben a las orejas cuando intenta coger aire.

—Escucha —Erin le pone la mano en la frente sudorosa y le aparta los mechones húmedos—. Lo que sientes es un ataque de pánico. Estás asustada por lo que ha pasado y algo desorientada, pero te prometo que no te va a pasar nada.

La doctora mira hacia el chico y Noah se levanta dispuesto a acercarse, pero ella le hace un gesto con la mano porque, antes de permitir que Mia interactúe con alguien más, necesita que sus pulsaciones se normalicen.

Coge uno de los puños de la cantante con cuidado y le va abriendo los dedos uno por uno mientras Mia, aterrada, la mira fijamente.

Cuando logra abrirle la mano por completo, Erin se la coloca sobre su propio pecho, justo encima del bolsillo donde está bordado su nombre, de manera que Mia pueda sentir la subida y la bajada de su respiración.

—Tienes que respirar como yo, ¿de acuerdo?

Mia jadea y parpadea entre lágrimas, pero mantiene la mirada fija en la doctora.

—Venga, respira conmigo —pide Erin—. Uno dentro, dos fuera, tres dentro...

Erin coge aire, Mia lo retiene.

—Otra vez —insiste la doctora—. Uno dentro, dos fuera...

Mia lo intenta y le sale un suspiro tembloroso que no logra llenarle los pulmones del todo, pero Erin no deja de mirarla y asentir como si lo estuviera haciendo bien.

—Sigue. Tú mírame a mí y céntrate en mi respiración. Vamos, cariño, puedes hacerlo.

La cantante coge aire y esta vez logra hacerlo de forma más profunda. Erin nota la mano que tiene apoyada en su pecho apretar las yemas de los dedos contra ella y entonces suelta el aire despacio para que Mia pueda imitarla.

—Así, otra vez.

Lo hacen al menos diez veces y, a la siguiente, los hombros de la cantante empiezan a bajar.

La respiración se le va estabilizando y al fin puede tragar saliva sin atragantarse.

Sus ojos azules, que han estado completamente clavados en los grises de Erin durante todo el proceso, empiezan a enfocar de verdad y, en el momento en que la artista es consciente en realidad de dónde está, de lo que le ha pasado y de dónde, Erin ve cómo la vulnerabilidad atraviesa a la cantante durante un momento, lo que la hace percibir su miedo y darse cuenta de lo indefensa que se siente en ese instante, por lo que la doctora aprieta más su mano contra su pecho.

—Tranquila, todo está bien —susurra, y Mia coge aire con brusquedad y lo suelta de forma entrecortada.

La sigue mirando durante varios segundos que flotan en el aire con una electricidad extraña, pero Erin ignora ese acontecimiento que no sabe cómo clasificar y sigue centrada en la paciente.

—Hola —saluda la doctora, esbozando una pequeña sonrisa cuando Mia vuelve a parpadear y parece más enfocada.

—Hola —habla al fin, con la voz bastante ronca.

—¿Sabes dónde estás?

Mia asiente, notando que le llega demasiada información de golpe.

—En el Madison.

—¿Qué día es hoy? —pregunta Erin.

—Viernes, no sé la fecha.

—Nunca suele saberla —aporta Noah, que también tiene una mano en el pecho como si hubiera estado haciendo los mismos ejercicios de respiración.

Erin lo mira un segundo y asiente.

—No hace falta la fecha, con el día me vale —se gira hacia Mia—. ¿Te duele algo?

—Sí y no; me duele todo un poco, pero no mucho.

—De acuerdo. ¿Estás mareada?

La cantante asiente.

—Un poco.

—Puede que lo estés durante un rato todavía. Vamos a ir al hospital, ¿de acuerdo? Es solo por seguir el protocolo —dice para evitar que se asuste—, no creo que tengas nada serio, pero te has desmayado y hay que saber el motivo.

—No es la primera vez —escucha Erin, y se gira hacia el chico, que se acaba de plantar a su lado y mira a Mia fijamente con su pelo enmarañado cayéndole por la frente.

—Estoy bien, Noah —susurra la cantante intentando sonreír.

El asistente hace una mueca y suelta un bufido, rodeando la camilla hacia el otro lado para poder coger la mano de su amiga.

Es entonces cuando Erin se da cuenta de que tiene la otra mano de Mia Wilder atrapada entre la suya y su pecho, por lo que la separa despacio y se la coloca sobre el vientre antes de volver a tomarle el pulso, auscultar a la paciente con el fonendo y prepararlo todo para cogerle una vía.

—Has dicho que le ha pasado más veces —Erin mira a Noah mientras se prepara para pinchar—. ¿Cuántas?

—Cuatro o cinco en los últimos meses, puede que seis.

—No es necesario que mires —murmura Erin, a punto de clavarle la aguja.

—No me da miedo —afirma Mia.

—¿En qué condiciones? —pregunta la doctora, dirigiéndose a Noah de nuevo.

—En cualquier sitio. La primera vez fue en el bus de la gira, otra en el hotel, otras dos antes de subir al escenario...

—¿Nunca te ha visto un médico? —ahora mira a Mia, pero ella solo se limita a asentir porque todavía no tiene fuerzas para hablar tanto, así que Erin vuelve a centrarse en Noah.

—Jude hizo venir a un tipo una de las veces, pero dijo que solo era deshidratación.

La doctora levanta una ceja.

—Supongo que no le hizo ninguna prueba...

—No. Jude dijo que no era nada, solo agotamiento, que me encargara de que bebiera mucha agua y todo estaría bien.

—Perdona, pero... —dice Erin—. ¿Eres su novio o…?

—Oh, no —Noah sonríe, sonrojado, y Erin le devuelve la sonrisa porque el chico le transmite una confianza y una calma que ha encontrado en muy pocas personas—. Somos amigos desde hace años, y ahora soy también su asistente personal.

La doctora asiente sin mirarlo, porque ni siquiera sabe el motivo por el que se lo ha preguntado puesto que no era una información que ella necesitara para atender a la paciente.

—Bueno, pues esto ya está; voy a pedirle a mi compañero que traiga la camilla de la ambulancia y nos marchamos.

Para cuando sale, encuentra a Barry al lado de la camilla, esperando, y Erin sonríe porque le encanta que se anticipe a todos sus pensamientos.

—¿Es necesario? —pregunta Jude, al que le tiembla un párpado por el estrés—. ¿Sabe cuánta gente ha venido a verla? No podemos...

—Me da igual quién haya venido y también lo que diga usted.

Desde el momento en que ha pasado a ser mi paciente, se ha convertido en mi responsabilidad, así que ahora se hará lo que yo decida.

Si quiere hacer algo útil por ella, despeje el pasillo y asegúrese de que la salida esté libre para que no le hagan fotos.

Está mejor, por cierto —suelta con desdén, y se da la vuelta para volver a la sala.

Cinco minutos después, Mia está en la parte trasera de la ambulancia junto a Erin, y Noah va en la parte delantera hablando con Barry, que se dedica a distraer al chico con sus comentarios divertidos y punzantes sobre su trabajo.

La doctora le pone el pulsioxímetro en el dedo y ajusta el goteo del suero mientras la ambulancia se pone en marcha con las sirenas apagadas.

Mia mira al techo mientras recupera el control de su cuerpo lentamente, y también sus capacidades de blindarse de la única manera que sabe: seduciendo.

—¿Cómo te llamas? —pregunta, porque no es capaz de recordar que la doctora se lo ha dicho antes.

—Erin —responde, señalándose el bordado del pecho con un dedo mientras comprueba sus constantes.

—Erin Dooley...

Mia se aparta el pelo de la frente —que ahora está seco— y le dedica una sonrisa.

Erin se da cuenta de inmediato de lo que pasa, ve el momento en que la chica vulnerable de hace unos minutos se transforma en alguien empeñada en no mostrar debilidad.

No es que tenga un don para estas cosas, pero la expresión de Mia está cambiando por completo.

Sus ojos azules parecen brillar y ya no hay rastro de las lágrimas que antes los anegaban, por no hablar de la sonrisa torcida con la que la está mirando.