Capítulo 3
—Vamos a ver si esta vez nos toca alguna que no se haya bebido la primera litrona durante el desayuno —murmura Barry mientras aparca la ambulancia detrás del Madison Square Garden, justo en la zona acotada por conos naranjas que les ha indicado el equipo de seguridad cuando han llegado.
Erin suelta el aire de la risa por la nariz, sin apartar la mirada de los documentos donde tienen los protocolos de la tarde.
Lleva el polo verde oscuro de MediSupport con su apellido bordado en el bolsillo del pecho, unos pantalones cargo de color negro y se ha recogido la melena en una coleta tensa mientras venían de camino.
—Nosotros no entramos al pit , Barry —le recuerda ella, y él se gira y la mira un momento, desconcertado.
—¿Y eso?
Erin pone los ojos en blanco y resopla sin acostumbrarse a los despistes continuos de su compañero, o más bien a su falta de iniciativa para leerse los correos o mensajes que les envían con la información.
—Lo ponía en el primer correo que nos enviaron: somos el equipo exclusivo para la artista, no para el público.
La cobertura de pit la lleva otra empresa; vienen tres ambulancias y un equipo de seis personas que se sumarán al propio equipo interno del estadio.
En definitiva, tú y yo nos quedamos pegados al backstage por si la cantante o su equipo necesitan algo.
Barry asiente despacio mientras se mete una pastilla de menta en la boca.
Tiene cincuenta y dos años, una barriga incipiente, brazos enormes y el pelo rubio oscuro empezando a clarear de forma equitativa por toda su cabeza, lo que no lo convierte en el típico hombre que se queda calvo solo por una parte y lo cubre peinando el resto del pelo hacia ese lado.
A Erin le cae bien; le gusta trabajar con él porque es amable, educado y divertido y, además, tiene una capacidad que ya quisieran otros para no perder los nervios delante de un cuerpo, lo cual lo convierte en el mejor compañero que Erin podría haber tenido para este tipo de trabajo.
—Pues aburridísimo entonces —se lamenta Barry—. Nos van a tener cuatro horas de pie por si la diva se rompe una uña.
—Algo así —responde ella con una sonrisa.
Bajan de la ambulancia y Erin recoge la mochila médica antes de seguir al técnico que les ha venido a buscar para acompañarlos al punto fijo que les han asignado.
El backstage del Madison Square Garden es un laberinto de pasillos con cables negros pegados y una cantidad enorme de gente moviéndose con prisa que a Erin le recuerda a urgencias en una madrugada de fin de semana, solo que aquí todo el mundo lleva auriculares y nadie está sangrando.
El punto médico que les han preparado es una sala pequeña pegada a los camerinos, con una camilla, un desfibrilador automático, oxígeno portátil, una mesa con material y dos sillas plegables.
Erin lo revisa todo como siempre: comprueba la carga del desfibrilador, abre y cierra la bombona de oxígeno, repasa el material del kit y ordena las jeringas por calibre, porque si pasa algo de verdad no quiere perder tiempo buscando.
—¿Todo al gusto de la señora? —pregunta Barry con regodeo.
Ella lo mira de reojo y asiente una sola vez.
—Genial, pues voy a buscar café.
Barry se marcha y ella sale de la sala para una visita rápida al equipo de seguridad y dejar claro quién es y dónde está, porque por experiencia en otros eventos sabe muy bien que cuando sucede algo, los segundos que se pierden mostrando credenciales forman parte de un tiempo que puede costar muy caro.
—Tobby —pronuncia el hombre al que se presenta, tendiéndole la mano antes de buscarla en la lista de personal autorizado y pedirle la acreditación.
Tobby le coloca una pegatina amarilla sobre la acreditación y sale con ella al pasillo para acompañarla al lateral del escenario y mostrarle el sitio donde deben colocarse ella y su compañero.
—Suerte, doctora —dice Tobby antes de volver a su puesto.
A las siete y media en punto, Erin está en el lateral del escenario, de pie junto a una columna metálica que sostiene parte de la estructura de los focos.
Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos clavados en el escenario, que todavía está vacío y cubierto por un telón negro.
Barry está un par de metros por detrás, sentado en una caja del equipo técnico mientras mira su móvil con expresión hastiada.
Al otro lado del telón se oyen las voces de los miles de personas que ya esperan a que empiece el concierto.
Erin piensa en su hermana Brooke, que probablemente estará en la pista, ansiosa por ver a la cantante mientras ella está aquí, a un paso de meter un pie en el escenario, y a Erin se le levanta una sonrisa ladeada que de inmediato borra sintiéndose culpable solo por haber pensado en tener algo que su hermana desea.
A las ocho menos dos minutos, las luces se apagan y el rugido del público se eleva haciendo que el vello de sus brazos se erice.
—Joder, no me acostumbro a esto —berrea Barry, apareciendo a su lado mientras se acaricia el brazo, estremecido—. ¿Crees que los artistas llegan a hacerlo alguna vez?
—No lo sé; puede que algunos sí y otros no. Yo, desde luego, no creo que lo lograse nunca.
El telón desaparece de golpe y desde la oscuridad del escenario se escucha una voz grave y algo ronca cantando a capela un par de versos antes de que empiece a sonar la batería. Las luces se encienden con un fogonazo blanco que hace parpadear a Erin y Mia Wilder aparece ante sus ojos.
No la han visto entrar porque probablemente lo ha hecho por el otro lado del escenario o durante el momento de oscuridad.
Erin ha conocido a muchas mujeres carismáticas en su vida y, en su opinión, la gente confunde carisma con atractivo, pero para ella son dos cosas distintas: el carisma es la capacidad de hacer que todo gire alrededor de una persona sin que esta tenga que esforzarse para conseguirlo, y el atractivo es simplemente eso, alguien que resulta agradable a la vista.
Mia Wilder es las dos cosas. Está plantada en mitad del escenario con un mono negro abierto hasta la mitad del esternón, los brazos cubiertos de tatuajes, el pelo lavanda revuelto y la mirada levantada hacia las gradas, y resulta tan impactante que la doctora, por un momento, contiene la respiración cuando algo le hormiguea por debajo de las costillas.
Aprieta más los brazos sobre su pecho y cambia el peso de un pie a otro mientras ignora esa extraña sacudida, que probablemente se debe al propio subidón de adrenalina por estar tan cerca de algo que provoca ese movimiento de masas, y se centra en lo que ha venido a hacer.
Durante las primeras seis o siete canciones todo va bien.
Mia se mueve por la pasarela como si el escenario fuera lo único que ha conocido y se sintiera en casa sobre él.
Se acerca al borde, se arrodilla, se levanta y provoca reacciones descontroladas.
Canta con la voz algo rota en los estribillos y limpia en los puentes, y Erin no deja de asombrarse de la capacidad de sus pulmones.
Es durante la octava canción cuando la doctora nota el primer detalle que le llama la atención.
Mia se apoya en el pie del micrófono y a Erin no le parece una pose de una persona que descansa un momento: se apoya como si le costara sostenerse en pie durante unos segundos y después simplemente sigue caminando como si nada hubiera pasado.
En la siguiente canción, la cantante se lleva la mano a la sien izquierda y hace un movimiento circular que a ojos del público puede parecer algo sensual, pero que a Erin la hace descruzar los brazos y ponerse alerta, porque ese gesto no le parece el de alguien que intenta seducir al público, sino el de alguien que lleva rato mareada y está tratando de disimular.
—¿Qué pasa? —le grita Barry al oído cuando nota el nerviosismo de su compañera.
—No estoy muy segura —responde ella, sin apartar la mirada de Mia Wilder.
En la siguiente canción, una con una coreografía potente que la cantante ejecuta junto a los bailarines, pierde el paso un par de veces y lo disimula levantando el micrófono para hacer cantar al público.
—Creo que está mareada —le dice a Barry.
Su compañero clava sus ojos en la chica, pero él no nota nada.
—¿Estás segura? Yo la veo bien.
—No lo está; vigílala —exige, y deja a Barry pasmado cuando se da la vuelta para ir a buscar a alguien con autoridad.
Un técnico le señala a un hombre trajeado de unos cuarenta y tantos que observa a la artista con atención.
—Es su mánager.
Erin ni siquiera da las gracias y, en dos zancadas, se planta delante de él.
—Disculpe —dice, llamando su atención.
Jude aparta la vista del escenario y la mira de arriba abajo sin entender por qué esta mujer lo molesta.
—Soy la doctora Dooley —se presenta—. Su cantante lleva varias canciones mostrando síntomas de presíncope; debería detener el concierto unos minutos para poder atenderla.
Jude la mira con los ojos muy abiertos mientras procesa lo que acaba de decirle, y en esos segundos y esa mirada oscura Erin entiende de inmediato el tipo de persona que tiene delante.
—Es solo agotamiento. ¿Sabe cuánto se suda ahí delante con el calor de los focos y los nervios? —pregunta Jude—. Lo que necesita es beber más agua; a veces parece olvidarse.
—No es por el sudor —rebate Erin, incrédula ante la incompetencia de ese hombre—. Se apoya en el pie del micrófono como si le costara sostenerse por sí misma, y ya se ha llevado los dedos a las sienes dos veces.
—¿Ha estado usted en un concierto antes?
—pregunta Jude, soltando una risita por la nariz—.
Mire, le agradezco la atención, en serio.
Sé que es su trabajo, pero Mia sabe lo que hace y, si necesitase parar, lo haría.
Le aseguro que está bien; aun así, voy a dar orden para que le hagan beber más agua entre canciones. ¿Le parece bien así?
Jude pregunta, pero no espera a que Erin responda; simplemente la deja ahí y se acerca a alguien del equipo técnico para decirle algo.
—Puto imbécil —masculla antes de darse la vuelta para volver a su puesto.
—¿Qué te ha dicho? —pregunta Barry.
—No va a hacer nada. No te alejes; es posible que tengamos que intervenir.
Barry vuelve a mirar a la cantante. A él solo le parece una chica cansada, y eso entra dentro de sus estándares porque Mia no ha dejado de cantar, bailar y moverse por el escenario desde que ha empezado el concierto, pero lleva mucho tiempo trabajando con Erin y la doctora no se ha equivocado ni una sola vez, así que permanece a su lado, expectante.
Mia está en mitad de un estribillo en un tema rápido que el público corea entusiasmado cuando las piernas le ceden.
No es un desplome dramático ni teatral; es algo peor y más feo: las rodillas se le doblan hacia dentro como si alguien le hubiera quitado el hueso y cae de costado contra el suelo del escenario.
Es todo tan impactante que todo el mundo tarda unos segundos en entender lo que ha pasado, todos menos Erin Dooley, que corre hacia el escenario seguida de Barry, identificándose como médica mientras él hace señas a todo el que trata de acercarse para que no lo haga.
Erin se deja caer de rodillas junto a la cantante justo en el momento en que las luces se apagan por completo y el telón empieza a desplazarse. Dos técnicos la iluminan con linternas para que tenga visión mientras el público grita desesperado por saber qué pasa.
Lo primero que hace Erin es ponerle los dedos en la carótida para asegurarse de que tiene pulso.
—Hay que sacarla de aquí y llevarla a la sala médica.
Barry pasa sus enormes brazos por debajo del cuerpo de Mia y la levanta sin esfuerzo mientras Erin le sujeta la cabeza y ayuda a apoyarla contra el hombro de su compañero.