Salvaje Capítulo 2
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Capítulo 2

—¡Miami, ¿estáis vivos?! —grita Mia Wilder al micrófono, con una sonrisa torcida que se difumina con la sombra del reflector que le da en la cara.

Las cerca de veinte mil personas que hay en el estadio contestan con un estallido potente que le sube desde los dedos de los pies hasta la raíz del pelo, estremeciéndola por completo.

Su carrera en la música todavía no es muy extensa, pero a estas alturas ya ha escuchado decenas de rugidos como ese y siguen impactándola como el primero.

Lleva cuarenta minutos sobre el escenario y todavía le queda una hora y cuarto más o menos, pero Mia ya está empapada de sudor; el pelo —que en esta gira lo lleva a medio camino entre el rubio platino y el lavanda— ya se le pega a la frente y al cuello, y la camiseta de color blanco roto que deja una buena porción de su abdomen al descubierto está mojada y la siente adherida a la piel como si se la hubieran pegado con pegamento.

Por debajo de las costillas se le ve parte de algunos de los muchos tatuajes que decoran su cuerpo, sobre todo en los brazos.

—¿Estáis vivos? —repite, y baja la cabeza estirando el micrófono hacia delante.

El rugido se duplica y ella se endereza y coge mucho aire mientras el sonido la atraviesa, llenando su cuerpo de adrenalina.

—Esta canción —dice bajando la voz—, la escribí pensando en una persona que no se merecía nada y, aun así, me costó pasar página. ¿Os ha pasado?

El público grita una mezcla de afirmaciones, negaciones y otras cosas que no entiende.

Mia tuerce la sonrisa hacia un lado mientras asiente, y de inmediato arranca a cantar el tema.

Es cierto que escribió la canción pensando en alguien, pero no le hizo tanto daño como ha insinuado ni le costó meses olvidarla.

A Mia le cuesta mucho conectar con las mujeres con las que ha salido porque es desconfiada por naturaleza, y no porque ahora tenga fama y crea que pueden acercarse por interés, sino porque en algún lugar profundo de su cerebro tiene instalada la creencia de que nadie va a quedarse con ella.

Su padre no lo hizo, ni siquiera sabe quién es, y su madre estaba ahí de forma física, pero completamente ausente para el papel que le correspondía.

Camina por la pasarela que se adentra en medio del público y, en el estribillo, se arrodilla junto al borde. El pelo ondulado le cae rozando los hombros y las chicas de la primera línea se vuelven locas cuando señala con un dedo en dirección a todas ellas.

Es eléctrica y magnética; quizá esa es una de las mayores razones de su éxito: atrae a cualquiera que tiene a su alrededor y lo enamora con un pestañeo de sus ojos azules.

Cuando termina la canción, da un paso atrás, levanta la vista hacia las gradas más altas, donde se queda quieta unos segundos mientras las mira y el ruido de los vítores le eriza la piel, provocándole un escalofrío que le atraviesa toda la columna.

Mia se gira entonces y camina de vuelta al escenario, haciéndole una señal al guitarrista para iniciar la siguiente canción.

Una hora y cuarto después, baja del escenario sintiendo que su cuerpo entero tiembla todavía, aunque por fuera camina como si fuera la mujer más calmada del mundo.

El pasillo hacia el backstage es estrecho, está lleno de cables y de gente con la que se cruza que la mira como si quisieran tocarla y no se atrevieran.

Ella sonríe y saluda mientras camina, hasta que llega por fin a su camerino y se quita los auriculares antes de coger una toalla que tiene preparada sobre la silla para secarse el sudor que le empapa la cara y el cuello.

—Dieciocho mil cien —anuncia Jude detrás de ella, atravesando la puerta que Mia ha dejado abierta sabiendo que su agente entraría de inmediato.

—Genial —responde Mia, asegurándose de que tiene toda la ropa lista para después de la ducha.

—Son cinco mil más que en San Francisco —añade Jude, sin levantar la vista del móvil.

Mia lo observa de reojo y se sienta en una de las sillas que hay en la estancia, cruzando los brazos y las piernas mientras espera con gesto aburrido a que él le cuente los mismos detalles de siempre, porque para Jude Harmon todo lo importante son los números.

—Y el viernes el Madison Square Garden, ¿estás preparada para eso?

Jude levanta la vista entonces y Mia se da cuenta de que él parece más emocionado que ella. No es que no lo esté; además, es la primera vez que actuará allí, pero su agente le transmite una energía que la sobrecarga, y es al último que le apetece ver después de su actuación.

—Supongo que sí —responde la cantante.

Jude hace una mueca ante su falta de entusiasmo y se guarda el móvil en el bolsillo justo cuando Noah —el mejor amigo de Mia y también su asistente personal— entra en el camerino con un bol y una botella de agua.

—Hola, Jude —saluda Noah, dejando la comida sobre la mesa.

—Noah —contesta el agente—. Bueno, os dejo.

El hombre se gira para salir y Mia se queda mirándolo mientras compara a su amigo con su agente.

Jude es el típico hombre que siempre va con traje, afeitado a la perfección y oliendo a perfume de un modo que a veces satura si estás muy cerca de él.

Noah no tiene nada que ver, con su pelo negro ondulado y enmarañado, la barba de tres días y un aspecto desgarbado que a Mia le produce mucha ternura.

Se conocieron cuando eran adolescentes y se hicieron inseparables, por eso cuando la carrera de Mia despegó y le dijeron que necesitaba un asistente, ella insistió en que tenía que ser Noah.

No porque su amigo necesitara el trabajo, sino porque ella lo necesitaba a él porque es la única persona que la conoce de verdad, con todos sus miedos e inseguridades que ella enmascara con un carácter provocador y atrevido que la hace parecer la chica más segura del universo.

—Toma, bebe —pide Noah, abriendo la botella de agua antes de entregársela.

Mientras ella toma varios tragos ansiosos, él abre el bol que ha traído y desenvuelve los cubiertos, colocándolo todo ordenado en la mesa como si fuera el camarero de un restaurante.

—Es pasta fría, de la que te gusta, y pollo a la plancha, un poco de pan y fruta.

—Ahora no tengo hambre, Noah —dice Mia, y vuelve a beber.

Él hace una mueca y mueve un poco el tenedor para alinearlo con el cuchillo.

—No has de comer ahora mismo; dúchate y cuando salgas te lo comes —dice, con cierto aire autoritario que a ella le provoca una sonrisa.

—No deberías ser tan blando o las chicas se aprovecharán de ti —Mia se levanta y se tira de la tela de la camiseta para despegarla de su piel.

—Me gusta que se aprovechen —bromea él con una sonrisa—. Has estado genial ahí arriba, por cierto; he tenido la piel de gallina durante todo el concierto.

Noah se pasa la mano por el brazo como si todavía tuviera el vello de punta, pero Mia no se fija en eso: lo que ve es el tatuaje con el nombre de Danny, uno idéntico al que ella lleva en otra parte del cuerpo.

—A él también se le habría cortado la respiración al verte ahí —murmura Noah.

Ella esboza una sonrisa y le da un apretón en el brazo a su amigo, porque recordar a Danny siempre les provoca un nudo en el estómago.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta el asistente mientras ella coge la ropa y la toalla.

Mia se gira para mirarlo y le dedica una sonrisa.

—Genial, aunque todavía me tiembla el cuerpo; ya sabes que la adrenalina tarda en bajarme.

—No me refiero a eso. ¿Te sientes rara? Ya sabes, flojera, mareada...

—Estoy bien, Noah. ¿Me dejas ducharme ya?

Él hunde una de sus manos en su pelo enmarañado y lo alborota más de lo que está, pensativo.

—Sí, vale, pero cómete eso, por favor —suplica señalando la comida.

—Más tarde —promete ella.

Noah acepta su respuesta y sale del camerino cerrando la puerta. Mia echa el pestillo y mira la comida; la pasta fría es su favorita, pero después de una actuación le cuesta mucho comer.

—Dios mío, eres… —jadea la mujer cuando Mia se aparta de ella.

Son las dos de la madrugada y la cantante está en la suite del hotel donde se aloja, vestida solo con la camiseta, junto a una mujer que acaba de correrse y tiene una mano en el pecho y una sonrisa enorme en los labios.

Ella la observa y no puede evitar sonreír, satisfecha.

No sabe su nombre, o más bien no lo recuerda porque son demasiadas las mujeres que pasan por su cama de forma pasajera como para molestarse en memorizarlos todos, pero sí recuerda su edad: treinta y tres.

La recuerda porque a Mia Janssen Wilder no le atraen las chicas de su edad; no lo hacían cuando tenía catorce y descubrió sin miedo que le atraían las mujeres, ni le gustan ahora a los veintiséis.

Quizá es porque tuvo que madurar muy pronto y nunca se ha sentido cómoda con gente de su edad —salvo con Noah y Danny, pero ellos no cuentan porque tuvieron una infancia que también los obligó a crecer tan rápido como ella—, por lo que solo se fija en mujeres que pasan de los treinta.

—¿Te ha gustado? —pregunta la mujer, insegura cuando Mia se levanta de la cama.

Ella vuelve a sonreír dejando que solo un lado de su boca se eleve antes de guiñarle un ojo que provoca un calambrazo entre las piernas de su amante.

—Ha estado muy bien —asegura, y la mujer parece soltar todo el aire de golpe.

Mia no ha mentido. Se ha corrido dos veces y se siente satisfecha, que es lo que buscaba. Abre el armario y saca la cajita que Noah siempre le tiene preparada, donde hay un solo porro de hierba liado por sus dedos expertos.

—¿Te importa si fumo? —pregunta la cantante, acercándose al ventanal para salir al balcón.

—En absoluto —responde la mujer, levantándose despacio porque todavía tiene un ligero temblor en las piernas—. Quizá deberías ponerte un pantalón antes de salir.

Mia se gira y después se mira las piernas desnudas, recordando que no lleva ropa interior debajo de la camiseta.

—Lo digo porque alguien podría hacerte una foto, ya sabes...

La cantante mira hacia la terraza. Está en la azotea del edificio y el siguiente más cercano está bastante lejos, pero decide que tiene razón; ha de ser precavida, como siempre le recuerda Noah.

Se pone un pantalón de chándal, coge un encendedor y abre las puertas de par en par, prendiendo el porro en cuanto pone un pie fuera de la habitación.

—¿No quieres que me vaya? —pregunta la mujer, apareciendo a su lado.

Mia se apoya en la baranda con una mano, da una calada y le ofrece el canuto a la mujer, que lo acepta con una sonrisa.

—Puedes hacer lo que quieras; aunque hay café y desayuno por la mañana si te quedas. —Mia se encoge de hombros.

En realidad, no le importa lo que haga su amante.

Si se va, se fumará el canuto, se dará otra ducha y se acostará.

Si se queda, se terminará el canuto de todas formas, follará con ella otra vez, después se acostará y se duchará por la mañana.

Elija la opción que elija, ella dormirá de todos modos, porque eso es lo que busca fumando ahora: que la hierba la atonte lo suficiente para terminar de relajarla, porque después de un concierto siempre pasa horas alterada.

—¿No tienes nada más fuerte? —pregunta la mujer, devolviéndole el canuto.

Mia lo coge y niega con la cabeza, muy seria.

—Esto es lo único que me permito —asegura, y se gira hacia la ciudad, apoyando los brazos en la baranda mientras mira hacia la nada y las miles de luces de Miami se convierten en una nube espesa de colores mezclados que se difuminan frente a ella.

Tampoco miente en esto. A estas alturas, le han ofrecido de todo con distintos fines: para divertirse, para tener aguante en el escenario, para relajarse o para pasárselo mejor en la cama, pero tanto ella como Noah tienen una regla que es sagrada para ambos: nada de drogas fuertes.

Este canuto es lo único que Mia tiene en la habitación.

Noah se lo prepara después de cada concierto, uno para ella y otro para él, y ese es todo el contacto que Mia Wilder tiene con las drogas.

La mujer la mira sin poder evitarlo. En persona y de cerca, Mia Wilder es más baja de lo que parece en el escenario —aunque ahora está descalza— y no parece tan peligrosa como cuando canta y se mueve como si fuera a comerse el mundo; de hecho, parece vulnerable, pero eso no le hace perder ni un ápice de ese magnetismo que desprende.

A las nueve y media de la mañana, llaman a la puerta.

Mia ya ha salido de la ducha y la mujer está terminando de atarse los cordones de las zapatillas para marcharse.

Abre la puerta sin dudarlo y Noah entra con el pelo tan alborotado que parece que no se ha peinado, pero huele a menta cuando se acerca a Mia, y ella sonríe porque le encanta el olor que desprende su amigo después de la ducha.

—Hola —dice Noah, mirando a la mujer de reojo.

—Buenos días —responde ella, poniéndose en pie para buscar su bolso.

El asistente se sienta en un sillón y saca su móvil mientras espera a que Mia despida a su amante.

—¿Qué tal? —pregunta su amigo en cuanto Mia cierra la puerta—. ¿Una noche agradable y agotadora?

Mia se ríe y se sienta en el sillón de al lado.

—No me quejo. ¿Y tú? ¿Alguna chica? ¿Un chico esta vez?

—Ambos —sonríe Noah.

Mia arquea una ceja y le devuelve la sonrisa.

—Joder, tú sí que sabes montártelo.

Él asiente y se encoge de hombros mientras ella lo mira un momento y niega con la cabeza con cierta incredulidad, porque Noah es un chico demasiado tímido al que le cuesta socializar, pero después hace tríos por las noches y ella se pregunta si es solo en esos momentos cuando se permite perder la vergüenza.

—Deduzco que no has desayunado todavía —Noah estira el brazo y coge el teléfono para llamar a recepción.

Ella lo escucha pedir el desayuno para ambos y se confirma una vez más la suerte que tuvo al conocerlo.

—Ve recogiendo tus cosas mientras lo suben —pide Noah, pasando el dedo por la pantalla de su teléfono—. Hoy tienes prueba de sonido en el Madison Square a las cinco, y a las siete una entrevista por la radio de...

—¿Una entrevista? —lo corta ella—. Joder, Noah, ¿quieres dejarme sin voz antes del concierto?

Él le sonríe con ternura.

—Solo son quince minutos; después tienes la agenda limpia hasta el lunes para que te centres solo en el siguiente concierto. Prometido.

Ella suspira y asiente antes de levantarse para empezar a meter sus cosas en la maleta, porque, en cuanto desayunen, tienen que correr hacia el aeropuerto.

Esta parte es la que menos le gusta de las giras; pasa tan poco tiempo en las ciudades que a veces tiene que pensar durante varios segundos para saber dónde está.