Salvaje de montaña 6
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—¿Y estas bayas? —le preguntó Lexi a Ryder.

Estaba a punto de tocar la fruta verde y jugosa, pero él le agarró los dedos con tanta fuerza que casi le hizo daño. Lexi soltó el aire que, sin darse cuenta, había estado conteniendo.

—Manzanillo. Venenoso —dijo—. Ni siquiera hace falta tocarlo. Con solo quedarte bajo las ramas cuando llueve, la savia puede causarte ampollas en cuanto te toque la piel.

—Ay —murmuró.

Ryder bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas. Lexi no sabía por qué le había apretado los dedos. Se aferró a él durante el resto del paseo.

Lexi estaba disfrutando más de lo que había imaginado. Ryder sabía muchísimo sobre las plantas y la fauna que rodeaban su cabaña.

¿Qué le estaba pasando a Lexi?

Y ahí estaba ella, paseando con un peligroso montañés que no mostraba el menor remordimiento por haber quitado vidas.

¿Cuándo iba a dejar Lexi de echarle en cara ese pequeño dato a Ryder?

Ser un asesino no era lo único que definía a Ryder. Cuanto más tiempo pasaba con él, más se daba cuenta de que había mucho más bajo esa fachada ruda.

Estudió su perfil áspero y atractivo mientras él se alejaba. Ryder estiró el brazo hacia un racimo de bayas que parecían deliciosas, colgando de la rama de un árbol cercano.

Lexi no podía olvidar lo que había pasado durante el almuerzo. En cuanto Ryder puso esas manos hábiles, grandes y callosas sobre su cuerpo, perdió el control.

Dios. Incluso se había restregado contra sus dedos como una loca desesperada. Podría morirse de vergüenza en ese momento. Nunca olvidaría las palabras que él le había susurrado.

Le había dicho que tenía el cuerpo de una diosa. Ningún otro hombre la había mirado como él lo hacía: con una mezcla de deseo primitivo y adoración.

Ya podía sentir cómo se le endurecían los pezones bajo la camiseta. Llevaba otra vez una de las camisas de Ryder, junto con unos pantalones de senderismo que se había ajustado con un cinturón. No se sentía especialmente atractiva ni sexy, pero a Ryder parecía bastarle.

—Estas son dulces, no mortales —dijo Ryder, volviendo junto a ella—. Abre la boca.

Lexi obedeció. Ryder le dejó caer la fruta en la boca. Ella abrió los ojos de par en par al probarla.

—Oh, están increíblemente dulces, Ryder. Podría hacer una tarta con ellas. ¿Puedo?

—Por supuesto —Ryder hizo una pausa. La luz de la tarde se reflejó en sus ojos verde bosque, que ahora parecían más negros que verdes—. Tú sabes mejor.

Lexi tragó saliva al recordar aquella mano grande frotándole el coño, cómo se había convulsionado sobre sus dedos como una perra en celo.

Después se había lamido los dedos con deleite, recordó, antes de dejarle sentir lo duro que se había puesto por ella.

—Me estás haciendo sonrojar a propósito —lo acusó.

—El rosa te sienta bien. No puedo esperar a probar otra vez ese bonito coño rosa.

Lexi lo apartó de un codazo y se puso a recoger bayas para distraerse. Hay que reconocer que Ryder dejó de molestarla durante el resto del paseo. A última hora de la tarde, emprendieron el regreso a la cabaña.

—Ayer dejé las llaves en la camioneta —comentó cuando la cabaña apareció a la vista.

Lexi apretó los dientes y siguió caminando. Habían pasado una tarde maravillosa juntos y él tenía que estropearlo todo diciendo lo que no debía.

Ryder igualó su paso sin esfuerzo. Se plantó con su corpachón delante de la puerta, bloqueándola.

—Lexi —gruñó Ryder a modo de advertencia.

—No he oído ninguna pregunta —dijo ella, sosteniéndole la mirada.

Era bastante atrevido plantarle cara a un hombre que le doblaba el tamaño, que probablemente podría partirla en dos si quisiera... salvo que Lexi estaba segura de que Ryder no haría nada de eso.

Ella no dejaba de acusarlo de ser un asesino. Él ni siquiera se disculpaba por lo que era, pero Ryder no era ningún monstruo. Puede que no quisiera que se marchara, pero nunca le había hecho daño. No la presionaba. Ryder se había comportado como un caballero todo este tiempo.

—Ayer dijiste que querías irte —afirmó Ryder—. Te ofrecí una salida. No la aprovechaste.

—¿Así que era una prueba? —exigió saber Lexi, furiosa—. Si hubiera cogido tu camioneta, ¿entonces qué? ¿Me habrías cazado? ¿Me habrías matado y enterrado junto a Ted y Buddy?

Ryder la fulminó con la mirada. No dijo nada durante unos instantes. El viento le azotó la espalda, haciendo volar su trenza. De pronto, Lexi cayó en la cuenta de que él estaba bloqueando la entrada a la cabaña, cuando debería haber estado bloqueando la salida.

Podría echar a correr hacia la camioneta. Apostaba a que las llaves seguían allí.

Podría coger su estúpida camioneta y largarse. A ver qué decía entonces.

—No estás en mi lista negra. Nunca lo estarás —dijo por fin—. Tenías razón. Te hice preguntas sobre tu familia porque quería confirmar algo.

—¿El qué?

—Que serías una cautiva conveniente. Nadie vendrá a buscarte si te retengo.

Lexi dejó caer la bolsa de bayas que habían recogido. Cerró los puños a los costados, tentada de golpearlo.

Sería inútil. Seguro que sería como golpear un muro de ladrillos. Las lágrimas se le agolparon en los ojos. Lexi no era llorona. No había derramado una lágrima desde el funeral de sus padres, pero ahora le corrían libremente por las mejillas.

—Lexi —susurró Ryder.

Estaba a punto de tocarle la mejilla, pero ella le apartó la mano de un manotazo.

—¡Imbécil! —Se dio la vuelta y se alejó de él dando pisotones.

Lexi fue directa hacia la camioneta. Abrió la puerta de un tirón, se metió en el asiento del conductor y la cerró de un portazo. La llave brillaba bajo la luz dorada de la tarde, tentándola.

Se puso los puños sobre el regazo e intentó controlar la respiración. Esa mañana, al despertarse, se había dicho que todo iba a ir bien.

Lexi tenía un plan en mente. Iba a sacarlo de quicio. Intentaría otro escape mientras él estuviera distraído.

Lástima que Ryder tuviera que complicarlo todo. Empezaba a gustarle, aunque fuera solo un poco.

Joder, Lexi incluso había empezado a preguntarse cómo sería dejar atrás el mundo que conocía y quedarse allí con él.

—Maldito cabrón engreído —susurró.

Parte de ella sabía que Ryder solo quería provocarla. Odiaba que tuviera razón. Nadie la echaría de menos.

Era una mota de nada en el inmenso universo. Su vida no importaba. Ni a Cal, ni a sus compañeros de la tienda, ni a nadie.

Después de que sus padres murieran, Cal salía noche tras noche y la dejaba sola en la caravana que compartían.

Lexi creía que entendía la soledad. Se equivocaba. Nunca se había sentido tan aislada, tan miserable como ahora.

Tan derrotada.

Lexi golpeó el volante mientras la frustración crecía en su interior. No hizo ademán de arrancar la camioneta. El depósito de gasolina estaba vacío.

Estúpida Lexi.

Por un momento, creyó haber vislumbrado algo bueno en Ryder mientras enterraba a su perra.

Se permitió creer que, si le daba una oportunidad, podría ser un hombre decente. Que bajo aquel ceño fruncido y aquel corpachón latía un buen corazón.

Qué equivocada estaba, y de tantas maneras. Ryder estaba mucho más jodido de lo que pensaba.

****

Ryder había hecho llorar a su mujer. Un acto imperdonable. Seguro de que ella no iba a ir a ninguna parte, de que seguía en la camioneta, recogió la bolsa de bayas.

Ryder entró en la cabaña y fue a la cocina. Vertió las bayas en un cuenco y lo dejó en la encimera, por si ella volvía y le daban ganas de hornear de nuevo.

Unas garras invisibles le desgarraban las entrañas.

Mierda.

Ver lágrimas en los ojos de Lexi lo había traspasado. Lo destrozó porque sabía que aquellas palabras solo servían para herir el alma.

De niño, Ryder odiaba a los críos que usaban las palabras como arma contra él. Se callaron cuando se hizo más grande y más temible. Había hecho lo mismo con Lexi. Debería haberse callado.

¿Por qué dejaba que ella lo afectara de esa manera?

Ryder necesitaba apartar la mente de aquella discusión. Fue a la parte trasera de la cabaña, entró en el cobertizo y cogió el hacha.

El trabajo físico lo ayudaría a distraerse. Volvió al patio y se puso a cortar leña. Cada hachazo le daba una nueva perspectiva.

Alterarse por una mujer. Menuda risa.

Ryder nunca había dejado que nadie lo afectara como lo hacía Lexi. Era un problema. Si no podía soportar la idea de cortarle el cuello, quizá lo mejor fuera dejarla marchar.

Ryder apretó el mango del hacha con más fuerza y falló el siguiente golpe.

La idea de despertar en una cabaña vacía y silenciosa ya no le resultaba atractiva. Ella llevaba con él menos de cuarenta y ocho horas y ya había dejado su huella en su hogar, en él.

Si la retenía allí contra su voluntad, Lexi acabaría llenándose de rencor hacia él. No sería mejor que tener a un animal salvaje enjaulado.

No. Ryder aún no era capaz de tomar una decisión. Necesitaban sentarse a hablar. Tenía que enmendar sus errores.

Si Lexi se negaba a mirarlo, y mucho menos a hablarle, Ryder tendría que sacar la artillería pesada. Era un cabrón por usar el sexo en su contra, pero recurriría a lo que fuera para hacerla escuchar.