5
El olor a pan recién horneado despertó a Ryder.
¿Pan? ¿Qué coño?
Abrió los ojos y se incorporó en el sofá. Ryder no había dormido bien. Quizás porque se había comportado como un caballero y le había cedido su cama otra vez.
La cena de anoche había transcurrido en silencio. Lexi parecía muy reservada, sin ganas de hablar. Se preguntó si habría hecho algo que la molestara.
Ryder no la presionó; le dio su espacio.
Le dijiste que no puede irse, se recordó.
Y no pensaba dar marcha atrás. Ella seguía siendo un riesgo. Puede que la lujuria lo cegara cuando estaba cerca de ella, pero no confiaba en ella.
Iría a la policía en cuanto bajara de su montaña. Ryder no quería pasar el resto de su vida entre rejas ni morir en prisión como su padre.
Espera un momento.
Había dejado las llaves en la camioneta ayer por la tarde a propósito.
¿Habría intentado arrancar el motor para descubrir que le había tendido una trampa?
Fue a la cocina y se encontró con Lexi inclinada sobre el horno. Su trasero en forma de corazón se veía tan firme, tan tentador.
Si Ryder le pellizcara una nalga, ¿chillaría y saldría corriendo?
Ryder se contuvo.
Lexi sacó una bandeja de pan. Tarareaba una canción que él no conocía. Se la veía tan despreocupada, tan jodidamente hermosa, con sus gloriosos rizos rojos recogidos en una sola trenza.
Se había puesto otra vez una de sus viejas camisas.
La sangre se le agolpó en la entrepierna. Ryder apretó la mandíbula. Esto era un nuevo récord, incluso para él. Ryder cogía lo que quería y a quien quería, sin hacer preguntas. Pero con Lexi, todas las reglas se iban al traste.
Se recordó que ella acababa de pasar por una experiencia traumática. Necesitaba tiempo y algo de espacio.
Vio que había dos hogazas más en la encimera.
—¿Mañana ajetreada? —dijo con voz arrastrada.
Casi se le cayó la bandeja que sostenía.
Lexi le lanzó una mirada furiosa después de dejarla en la encimera.
—No me asustes así.
—Hmm.
Ryder pasó junto a ella para llegar a la cafetera, solo para descubrir que ya había preparado café recién hecho.
Perplejo, solo pudo observarla. Ayer se había mostrado nerviosa con él. Ahora tenía delante a una mujer diferente. Una mujer formidable.
Se dio cuenta de que le gustaba cómo se había adueñado del lugar. Ella pertenecía aquí, en su cocina, en su cabaña.
A él.
—Toma.
Le tendió una taza, que él aceptó.
Ryder se sirvió café y dio un sorbo. Tenía un montón de tareas pendientes en la cabaña, pero no le importaría pasarse el día observándola.
Lexi se mordió el labio inferior.
—Espero que no te importe. Cogí algunos ingredientes que había por ahí e hice pan. Pensé que podríamos comer el resto de ese estofado de conejo tan bueno de anoche —dijo Lexi.
—Nadie me había hecho pan antes.
Ni ninguna otra comida, ya puestos. Se dio cuenta de que debía de haberse quedado dormido. Una mirada rápida a las ventanas de la cocina le confirmó que era casi mediodía.
Vaya. Ryder siempre se despertaba a la misma hora, justo antes del amanecer.
¿Qué tenía esta mujer para ser capaz de alterar el orden de su mundo?
—Es un pequeño agradecimiento. Ya sabes, por salvarme la vida —dijo ella.
Lexi empezó a sacar los platos y cubiertos que habían usado la noche anterior. Ryder la ayudó a poner la mesa. En menos de diez minutos estaban compartiendo su segunda comida juntos.
Mordió el trozo de pan que ella había hecho. Por un segundo, se preguntó si lo habría envenenado, porque ella no estaba comiendo.
Pasaron unos segundos. Luego un minuto.
Ryder se encontraba perfectamente. El pan estaba increíble. Devoró más y lo mojó en el estofado sobrante.
Ella tenía razón. Combinaban de maravilla.
Una mujer como Lexi, reflexionó Ryder, no sería capaz de envenenar a nadie, y mucho menos de hacer daño, ni siquiera a él.
—Debí de parecer desagradecida durante la cena de anoche —dijo finalmente—. Me quedé absorta en mis pensamientos. Lo siento.
—No desagradecida —la corrigió Ryder—. No pasa nada. No tienes que disculparte. Estoy acostumbrado al silencio.
—Seguro que sí.
Parecía dubitativa. La tensión se palpaba en la cocina. Ryder dejó la cuchara y la miró.
—¿Qué pasa? Si tienes algo que decir, suéltalo, Lexi.
—¿Cuánto tiempo hace que no tienes compañía? Missy no cuenta —añadió.
Ryder se rio.
—Demasiado. Nadie me había horneado nada antes. Gracias por el detalle.
—De nada. Horneo cuando estoy estresada, no es que me estés estresando —dijo rápidamente—. Me relaja. Eso es todo. No es el mejor pasatiempo, teniendo en cuenta que me como todo lo que hago nada más sacarlo del horno.
Su risa sonó algo quebradiza, algo triste.
Ryder frunció el ceño, sin entenderla en absoluto.
—¿Y qué tiene eso de malo? Si yo tuviera esa habilidad para hornear, también me lo comería todo. Sale más barato que comprarlo en una panadería.
—Bueno, el último tío con el que salí me dijo que debería dejar de hornear o acabaría engordando.
Lexi bajó la mirada hacia su plato. Ryder se fijó en que solo había comido media rebanada de pan. Frunció el ceño.
—Eres perfecta así como eres. No dejes que ningún imbécil te diga lo contrario —dijo, sorprendido por la ira en su propia voz.
La mención de otro cabrón en su vida despertó en él unos celos irracionales.
Lexi era su mujer. Él la había encontrado, así que se la quedaría. Fin de la historia.
Ella aún no entendía cuál era su lugar en el mundo de él, pero pronto lo haría.
—Solo dices eso para hacerme sentir mejor.
—Nunca te mentiría —se inclinó y deslizó los dedos ásperos por la piel suave de su brazo.
Sintió cómo se le erizaba la piel. Ryder deslizó la mirada de su rostro a la curva de sus generosos pechos, perfectamente moldeados bajo la fina tela de la camisa.
Lexi apretó los muslos, lo que lo hizo reír.
¿Acaso pensaba que eso lo detendría si finalmente decidía reclamar su premio?
Ryder derribaría sin contemplaciones cualquier defensa que ella levantara. Lexi no necesitaba hacerse la recatada con él, porque Ryder sabía que ella sentía lo mismo.
Sabía que se había masturbado en su cama la tarde anterior, cuando estaba sola. Ryder había visto las pruebas de su deseo en las sábanas al entrar en la habitación.
—Tienes el cuerpo de una diosa —le susurró al oído—. Y no puedo esperar a tenerte.
Ella se estremeció y no lo detuvo cuando él le sujetó la mejilla y volvió a besarla. La dulzura estalló en su lengua. Ryder apartó la mesita de un empujón para tener mejor acceso a ella.
Deslizó la mano bajo el borde de la camisa y por fin tocó aquella piel cálida y tentadora.
Lexi gimió cuando él le soltó la boca. Ryder le apretó el pecho izquierdo y empezó a frotarle los pezones sensibles con el pulgar.
Ryder bajó la mano. Le acarició el coño desnudo, disfrutando de cómo ella se restregaba contra sus dedos.
Lexi podía ser virgen, pero apostaba a que se convertiría en una auténtica fierecilla en la cama.
Ryder no se detuvo. Movió los dedos de un lado a otro y le frotó el clítoris para rematarla. No tardó mucho en correrse sobre sus dedos.
Lexi respiraba con dificultad. Tenía los ojos vidriosos, suplicándole en silencio que la follara. La polla le apretaba incómoda contra la cremallera de los vaqueros.
Le asaltaron imágenes de arrojarla sobre la mesa, montarla y por fin quitarle la virginidad. Ryder se contuvo de nuevo.
Joder, a este paso se llevaría el cinturón de campeón del celibato.
Ryder necesitaba estar dentro de ella pronto, pero no ahora. No hoy. La soltó. Lexi no era como las otras mujeres con las que se había liado de vez en cuando.
El sexo con ellas había sido olvidable, pero ¿Lexi?
Ella era diferente. Hecha para él. Ryder se lamió los dedos, saboreando sus jugos, mientras ella lo miraba sin palabras.
—Mira lo que me haces, dulzura —le tomó la mano y se la llevó a la erección que le tensaba los vaqueros—. Me vuelves loco. Nunca he reaccionado así con otra mujer.
—Te creo —susurró ella.
Ryder volvió a centrarse en el almuerzo como un buen chico. Ya la había asustado bastante por hoy. Se contendría hasta que ella estuviera lista para él, hasta que dejara de verlo como el enemigo.
Como parecía estar comunicativa hoy, Ryder preguntó:
—Sé que te encanta hornear. Cuéntame algo más sobre ti. Sobre tu familia.
—¿Esto es un interrogatorio?
Él se rio y ella se sonrojó.
—¿Te parece? ¿Acaso te tengo atada? Solo somos dos personas que mantienen una conversación normal.
Ella resopló.
—Sí, pero no puedo olvidar que eres un asesino.
Ryder no se ofendió por su comentario. Le gustaba ver aflorar ese lado fogoso de ella.
—No oculto lo que soy. No puedo decir lo mismo de la mayoría de la gente. Ted y Buddy perdieron la vida en cuanto te arrastraron a mis tierras.
—Tienes razón. La gente honesta es mucho mejor que los mentirosos —levantó el vaso de agua y dio un sorbo—. ¿Sabes que acabé metida en este lío por culpa de Cal?
—Si yo tuviera un hermano así, lo abandonaría a su suerte —dijo él.
Más le valía a Cal rezar para que nunca se cruzaran porque Ryder le rajaría la maldita garganta por haber dejado marcada de por vida a su mujer.
—Es la única familia que me queda. Nuestros padres murieron en un accidente de coche cuando éramos niños.
—¿Entonces te crió él? —preguntó, intrigado por saber por qué defendía a semejante escoria.
Ella negó con la cabeza.
—En realidad no. Cal casi nunca estaba mientras yo crecía. Aprendí a cuidarme sola. Siempre le estaré agradecida por pagar las facturas y traer comida a casa. Las cosas se torcieron cuando empezó a consumir.
—Déjame adivinar. No podía costearse el vicio, así que te ofreció en bandeja de plata como pago —dijo con un gruñido.
—Cal dijo que me llevaría a cenar. Estaba tan emocionada. Pensé que por una vez se portaba como un buen hermano.
—¿Qué pasó después?
Le dolía hablar de ello, se dio cuenta Ryder, pero necesitaba desahogarse.
—Me drogó. Me dio agua con pastillas para dormir. Cuando volví a despertar, estaba atada en la parte de atrás del coche de Ted —susurró—. Planeaban llevarme a la cabaña de Ted. La camioneta no podía llegar hasta allí, así que tuvimos que hacer el resto del camino a pie. Luché contra ellos con todas mis fuerzas.
—Seguro que sí.
Ryder conocía el resto de la historia. Esos imbéciles probablemente se emborracharon, se perdieron, o ambas cosas. Mataron a Missy. Y planeaban hacerle cosas mucho peores a Lexi.
—Merecían morir —afirmó Ryder.
—Sí —susurró ella—. ¿Soy mala persona por pensar eso?
—El mundo está mejor sin ellos —dijo Ryder sin más—. ¿Y si no fueras la primera?
Lexi palideció al oírlo.
—Nunca lo había visto así.
Ryder dejó el tema.
—Termina de comer. Luego vamos a dar un paseo. Te vendrá bien para despejarte.
—¿Un paseo? —preguntó con los ojos muy abiertos—. No tengo ropa apropiada.
Ryder se sintió idiota por haber olvidado que no tenía ropa propia.
—Te buscaré algo que te quede —dijo Ryder.
Era una solución temporal, pero ya se le ocurriría algo.