7
Lexi no sabía cuánto tiempo llevaba en la camioneta de Ryder. Le tentaba quedarse allí hasta que Ryder tuviera que sacarla a la fuerza como a una niña rebelde.
Aunque Ryder también tenía sus virtudes.
Lexi recordó haberse arropado con sus mantas la noche anterior. Ryder le había cedido su cama sin quejarse. Había sido un detalle por su parte.
Salió de la camioneta. Al acercarse a la puerta de la cabaña, oyó un silbido que venía de la cocina. Lexi entró.
—¿Ryder? —llamó.
No hubo respuesta. Encontró la bolsa de bayas sobre la encimera. Ryder las había sacado y las había echado en un cuenco.
Lexi miró por la ventana y lo vio en el patio. Ryder estaba sin camisa, blandiendo un hacha con destreza.
Aunque se suponía que debía estar enfadada con él, se le subieron los colores al verlo. Incluso pegó la cara al cristal para verlo mejor.
El sudor le cubría el cuerpo musculoso. Sus músculos se tensaban con cada hachazo. Tragó saliva, sintiendo de pronto un calor que la recorría.
Entonces él levantó la vista y ella juró que le clavó los ojos. Ryder dejó el hacha. Lexi se apartó de la ventana, avergonzada de que la hubiera pillado mirándolo.
Se puso a hacer cosas en la cocina. Empezó a sacar ingredientes para una tarta sin darse cuenta.
Volvió a oír ese silbido. Ryder había vuelto a cortar leña. Recordó la chimenea del salón. Así que no era solo decorativa. Sería agradable encender un fuego cuando llegara el invierno, suponiendo que siguiera aquí para entonces.
Un momento.
¿Adónde iban sus pensamientos?
Lexi echó los ingredientes en un cuenco para hacer la masa.
Nunca había horneado tanto ni tan a menudo, lo que demostraba hasta qué punto ese hombre la estaba estresando.
Recordó un documental sobre leones que había visto. La manera en que el león macho acechaba a su futura compañera le recordaba a cómo Ryder la había mirado esa mañana.
Lástima que Lexi no fuera una leona.
Había sido una blandengue toda su vida.
Dejó que Cal se aprovechara de ella. Llevaba años chupándole la sangre. Lo había permitido porque sentía que le debía algo por haberla cuidado mientras crecía.
Se suponía que la familia debía permanecer unida.
Incluso en el trabajo dejaba que sus compañeros la pisotearan. Aceptaba turnos extra aunque estuviera muerta de cansancio. Quería caerle bien a todo el mundo.
Descargó todas sus frustraciones mientras amasaba.
—Te demostraré que tengo garras —murmuró enfadada a la cocina vacía—. No soy un conejito indefenso que puedas meter en un guiso. No dejaré que me devores sin pelear.
Lexi no sabía qué demonios estaba diciendo. Simplemente estaba así de cabreada.
—Te oigo, dulzura.
Giró sobre sus talones, todavía blandiendo el rodillo como un arma.
—Ni siquiera te he oído entrar.
—Puedo ser un cazador silencioso cuando quiero. ¿Nos estás haciendo tarta para cenar?
—Sigo enfadada contigo —dijo ella.
—Lo entiendo. Voy a pescarnos unas truchas para comer.
Ryder, milagrosamente, no la molestó durante el resto de la tarde. Regresó justo al anochecer. Trabajaron codo con codo en la cocina, sin hablar mucho.
Para su sorpresa, Ryder la dejó llevar la voz cantante. Lexi asó la trucha junto con unas verduras que había cogido del huerto de Ryder.
Lexi miró el pescado en el horno.
—Ya está.
—Apártate, yo lo saco.
Lexi puso la mesa. La manera en que se compenetraban en la cocina le recordaba a una pareja de ancianos que llevara toda la vida junta.
Se aferró a esa dulce ilusión durante unos dolorosos instantes mientras lo observaba pasar el pescado y las verduras a una fuente.
Si fuera la mujer de Ryder, no tendría que preocuparse por nada. Se despertaría en esta encantadora pero aislada cabaña, a kilómetros y kilómetros de la civilización.
Sin vecinos ruidosos.
Sin Cal quejándose de que necesitaba dinero nada más levantarse.
Ryder le tocó el hombro y la hizo dar un respingo. Se había perdido en sus pensamientos otra vez. No se había dado cuenta de que estaba justo detrás de ella. No supo qué la impulsó a apoyarse contra él.
Él vaciló unos instantes antes de envolverla en un cálido abrazo.
Lexi empezó a temblar. Ese hombre la confundía de tantas maneras, pero lo que realmente la frustraba era su inquietante capacidad para hacer que su cuerpo reaccionara de formas impredecibles. Cuando estaba cerca de él, perdía todo el control.
A Lexi le encantaba el orden. Tenía varias agendas en casa porque necesitaba llevar un registro de lo que hacía a cada hora del día. Y sin embargo, ahí estaba, jugando a las casitas con Ryder y dejando que le pusiera la vida patas arriba.
—Shh. Lo siento mucho, dulzura. No quería hacerte llorar —le murmuró al oído.
Los besos que le dejó en la mejilla y el cuello fueron como lluvia suave. Suave no era una palabra que Lexi hubiera pensado usar jamás para describirlo.
Lexi no fue consciente de haber deslizado los dedos en su pelo ni de haberle acercado el rostro al suyo.
Ryder apoyó los dientes en el pulso acelerado de su cuello. Ella se tensó. Él le deslizó las manos por los costados, con un tacto adictivo.
Quería sentir su piel desnuda contra la de él, pero suplicar significaba estar a su completa merced. Significaba ceder el control.
Ryder la mordió allí, dejándole la marca de los dientes en el cuello. Lexi se estremeció.
—La comida se enfría —susurró.
—A la mierda con eso.
Ryder la hizo girar agarrándola del hombro y le dio un pequeño empujón. El trasero de ella chocó contra el borde de la mesa del comedor.
Él se arrodilló frente a ella. Lexi se quedó inmóvil, sin saber qué hacer.
—¿Qué está pasando? —susurró.
—Haré algo que nunca he hecho antes —dijo él.
Ryder desabrochó el cinturón que ella usaba para sujetarse los pantalones prestados. De un tirón, los pantalones cayeron hasta los tobillos. Lexi tragó saliva al recordar que no llevaba ropa interior.
—¿Qué es? —le preguntó.
—Por ti, haré concesiones.
Ryder deslizó su mano grande por la rodilla izquierda de ella, por la pantorrilla.
—Sal de los pantalones.
Lexi obedeció. No sabía qué la había llevado a separar las piernas un poco más. Ella era la chica que no tomaba la iniciativa, que se quedaba atrás y esperaba a que sus citas la besaran. Exponerse de forma tan obscena ante un extraño no era propio de ella.
No. Sería injusto llamar a Ryder un extraño. Un vínculo frágil se había formado entre ellos la noche en que él la salvó. Algún tipo de conexión que no entendía.
Lo odiaba por haber dicho lo obvio ese mismo día: que no tenía nada ni a nadie a quien volver, pero aun así se sentía estúpidamente segura con él.
Protegida.
Lexi también se sentía poderosa porque cuando él la miraba, no veía un objeto. Ryder la veía a ella.
La vergüenza se le anudó en el estómago. Se mezcló con la culpa. Esas dos emociones se esfumaron cuando él contempló su parte más íntima y se relamió como un lobo hambriento.
—Mira ese bonito coño rosado —dijo arrastrando las palabras, haciéndola sonrojar—. No puedo esperar a saborearte, a hacerte gritar.
Ryder le separó los muslos y se acercó. Sacó la lengua y la deslizó entre sus pliegues húmedos. Se puso manos a la obra.
Ryder la lamió de arriba abajo, pasándole la lengua por el clítoris sensible. A Lexi le flaquearon las rodillas. Hundió la mano en el cabello de él, aferrándose mientras él le inundaba el cuerpo de sensaciones y fuego.
La cabaña desapareció de su campo de visión.
Ryder introdujo uno, luego dos dedos en ella. No del todo, pero lo suficiente para masajear su humedad ardiente. En el momento en que le puso los dientes sobre el botón sensible, ella se hizo añicos.
Lexi estaba perdida.
Le agarró el pelo con más fuerza, gritando. Seguramente no sería pecado quedarse con su peligroso salvaje de la montaña un poco más.
Su vida se había detenido cuando su hermano la vendió a dos imbéciles, pero tal vez era la manera que tenía el destino de decirle que había llegado la hora de un cambio.
—¿Me follarás después?
Las palabras groseras que salieron de su boca la dejaron atónita.
Ryder se incorporó cuan alto era y se acercó para darle otro beso. Le acarició la mejilla y le metió la lengua hasta la garganta.
Lexi se saboreó a sí misma en él. Él se apartó para responderle. Ryder apoyó la frente contra la de ella. Sus perversos ojos verdes estaban llenos de deseo primitivo.
—Pronto —murmuró.
****
—¿Mencionaste un compromiso? —dijo Lexi cuando por fin se sentaron a cenar.
Se había vuelto a poner los pantalones, observó Ryder. Lexi necesitaba ropa si iba a quedarse con él. Artículos de aseo. Cosas de mujer.
Aunque era tentador mantenerla con su ropa, quería que se sintiera cómoda en su propia piel.
Todavía le hormigueaba la lengua con el dulce sabor de ella. Ryder volvería a hacérselo con la boca si eso significaba ver de nuevo esa expresión saciada en su rostro.
Durante esos breves momentos, Lexi se había mostrado vulnerable ante él. Completamente abierta y expuesta. No le había ocultado nada.
—Quédate conmigo —dijo él.
Lexi enarcó una ceja y, joder, la ira que ardía en sus ojos le puso la polla dura.
—Ya estoy aquí, ¿no?
—Durante una semana —dijo él entre dientes—. Si las cosas no funcionan entre nosotros, puedes irte. Te llevaré a la estación de autobuses del pueblo. Te daré algo de dinero para que puedas volver a casa.
Soltar esas palabras le costó más de lo que había pensado.
Lexi lo miró fijamente desde el otro lado de la mesa, inmóvil como una estatua.
—¿Es esto algún tipo de juego? —preguntó. Su voz destilaba rabia.
Ryder contuvo su genio.
—No. Como dije, estoy...
—Haciendo concesiones, lo entiendo.
—Entiende que no hago esto a menudo.
Lexi se quedó mirando su pescado a medio comer durante unos momentos.
Si ella exigía irse en ese mismo instante, ¿le permitiría probar la libertad?
Una vez que se le escapara de las manos, Ryder estaba seguro de que nunca volvería a verla.
Ryder se metió más comida en la boca para distraerse.
La vida antes de Lexi había sido sencilla. Simple. Ryder nunca se cuestionaba a sí mismo. Cuando se trataba de Lexi, todo cambiaba.
Ryder había vivido solo en esta montaña durante años.
Cuando ella llegó, trastocó el orden de su vida. Era puro caos desenfrenado, y la idea de que se fuera lo destrozaba. Si la retenía contra su voluntad, Ryder le estaría haciendo una injusticia.
Se marchitaría y se convertiría en el fantasma de la mujer de la que se había enamorado perdidamente. Más le valdría estar muerta o haberse ido.
—De acuerdo —dijo ella finalmente, después de que ambos platos quedaran vacíos—. Una semana.
Una emoción inquietante y extraña brotó en su pecho. Esperanza. Era inquietante porque, durante mucho tiempo, Ryder no había confiado en nadie más que en sí mismo.
Vivía allí desde que era adolescente. Ryder había aprendido a ser autosuficiente, a no confiar en nadie. También había logrado ahuyentar a cualquier intruso que intentara invadir su privacidad.
—Hazme una lista —le dijo—. Ropa, cosas que necesites. Champú, acondicionador, maquillaje. Esas mierdas. Voy al pueblo a comprártelas.
Lexi le sostuvo la mirada.
—¿Puedo ir contigo? Será mucho más rápido. Sé lo que quiero.
Ryder se imaginó a Lexi escapándose en cuanto llegaran al pueblo, subiéndose al primer autobús con destino a vete tú a saber dónde.
¿Se estaba vengando por lo de la llave que dejó en la camioneta?
Negarse solo la convencería de que estaría mejor sin él.
Toma y daca.
Las relaciones eran jodidamente complicadas, pero lo que fuera que estuviera surgiendo entre ellos merecía el riesgo.
—De acuerdo —dijo.
Lexi se levantó y empezó a recoger los platos. Volvió con una tarta y dos platitos de postre.
—No te preocupes. Te hice una promesa. No me echaré atrás. Yo también quiero ver adónde nos lleva esto. No voy a salir corriendo —dijo.