45 Evangeline
CUARENTA Y CINCO
EVANGELINE
La bala desgarra el aire, un ruido ensordecedor que me retumba en los oídos. O quizá esté todo en mi cabeza. Acierta a mi secuestrador —cuyo nombre aún no sé— en el hombro, y él se echa un paso atrás de un tirón.
—Joder, Evie —maldice Silas, adelantándose hacia mí y lanzándome contra Nova—. Acabas de dispararle al puto sheriff.
Mis hombres cierran filas a mi alrededor, y los noto sacar sus armas. No soy capaz de apartar la mirada del hombre que tengo delante, que se aferra al brazo con un dolor genuino en los ojos.
—¿Princesa? El sheriff ladea la cabeza. —¿Me has… pegado un puto tiro?
—No lo hagas, Bellefleur. No tengo ni puta idea de qué cojones está pasando, pero como des un solo puto paso, te mando con tu creador antes de que pestañees —ruge Silas.
Mi secuestrador, Bellfleur, mantiene sus ojos fijos en los míos mientras apunta hacia mí con la misma pistola con la que le ha disparado al sheriff Redford. —Pero ¿puedes dispararme tú a mí antes de que yo le dispare a ella? Esa es la verdadera pregunta.
—Más vale que alguien empiece a hablar de una puta vez —espetó un tío que lleva un chaleco de los Hell Hounds—. Me la suda vuestra mísera política de Rosewood o quién se tira a quién. Pensaba que estábamos aquí para hablar de paz.
—Ah, sí, claro —dice Bellfleur, asintiendo y dándose golpecitos en la barbilla con la punta de la pistola—. Me había olvidado de ti un segundo. Sin añadir nada más, gira sobre sí mismo y le dispara a Moore en la cabeza.
El tiempo parece ralentizarse cuando el disparo resuena en el aire. Moore se desploma al suelo y la sangre se le arremolina alrededor de la cabeza, tiñendo la grava. Bellefleur se queda de pie sobre él, sangrando del brazo y con la pistola todavía en la mano, una leve sonrisa burlona en la cara.
Antes siquiera de que Moore toque la grava, una andanada de balas estalla desde todas partes a la vez.
Mis hombres se agrupan a mi alrededor, empujándonos a todos hacia el coche, pero ninguna de las balas va dirigida a nosotros. No, van todas hacia los Hell Hounds. O lo que queda de ellos.
Retrocedo un paso arrastrando los pies y echo un vistazo a los cuerpos en el suelo, con el horror trepándome por la garganta y robándome la voz.
—¿Pero qué coño, hermano? Pensé que habíamos acordado dejar con vida a Moore. Era jodidamente útil —gruñe Deran Masters, el presidente de los Savage Souls.
Bellfleur levanta la mano, deteniendo a Masters.
Pasea delante de nosotros como si estuviera montando un espectáculo él solo.
—Ahora sí que la has liado. Se rasca la cabeza con el cañón de la pistola, el gesto contraído por la molestia.
—Tenía todo un discurso preparado, una forma mejor de presentárosla y de contarle mi historia de origen, capullo.
Una historia maravillosamente elaborada sobre el romance de mi madre con tu padre.
Verás, mi madre, la incomparable Olivia Bellfleur, se enamoró de un desgraciado de mierda llamado Elliot Masters.
—Vigila lo que dices —ruge Masters—. Es a mi padre a quien estás faltando al respeto.
—Al puto coche, ahora —sisea Bane por lo bajo, por la comisura de los labios. Como si fuéramos una sola entidad, los cuatro retrocedemos, sin apartar la mirada de la devastación que se despliega ante nosotros.
Bellfleur concede con una leve inclinación de barbilla.
—Muy cierto. Nuestro padre fue una mierda de persona con mi madre, igual que lo fue con mi medio hermano Deran.
Ahora sonríe, un destello maniático de demasiados dientes.
—Pero luego pasó lo que siempre pasa en estos casos.
El hermanito mayor creció y, un día, se le plantó.
Por suerte para él, su medio hermano era un miembro respetado de la policía.
—Jesucristo bendito, nos va a matar a base de monólogo —murmura Nova entre dientes mientras retrocedemos otro paso.
—Así que, cuando nos reencontramos, le hice un favor y me encargué de su pequeño problema.
Nada une tanto como un asesinato, ¿a que sí?
Bellefleur me lanza una sonrisa a lo Gato de Cheshire y me guiña un ojo como si estuviéramos creando lazos o algo así.
—Una cosa lleva a la otra, bla, bla, bla…
me estoy saltando partes, princesa, porque parece que estoy perdiendo tu atención, y no quiero tener que empezar a disparar hasta que esté listo, ¿vale? Me arruinaría el gran final.
Me quedo helada cuando me mira, y alzo la mano para impedir que Silas dé otro paso. La amenaza se siente tan tangible como los malditos y sexys antebrazos de Silas bajo mi palma.
Bellfleur gira sobre sí mismo y vuelve a echar a andar, con un brazo a la espalda y dejando colgar el brazo herido. —¿Por dónde iba? Ah, sí. El hermanito mayor me contó todo sobre su infancia en Rosewood, y me entró la curiosidad. Y ahí es donde entras tú, princesa.
Trago alrededor del nudo de miedo que tengo en la garganta y obligo a mis labios a curvarse en las comisuras. —¿Cómo así?
—Bien —dice con un asentimiento decidido—.
Estás escuchando. Odiaría tener que forzar tu cooperación, pero lo haré si hace falta.
Deja de pasearse y cierra los ojos, alzando la barbilla hacia el sol.
—Aún puedo ver tu cara, ¿sabes? Esa faldita acampanada que llevabas y cómo te brillaba el pelo cuando escribías tu nombre en el aire con las bengalas.
Cómo te reías cuando se te quemó la nube en la hoguera.
El miedo me remueve las tripas, dando vueltas y más vueltas hasta que estoy segura de que voy a vomitar. Soy capaz de visualizar esos momentos con la misma claridad pasmosa. Fue la noche en que conocí a Lincoln.
Bellfleur abre los ojos y mira justo detrás de mí, a Lincoln.
—Vi todas las señales que me mandaste esa noche, pero por más que lo intenté, nunca tuve una oportunidad.
Su mirada vuelve a deslizarse hacia mí. —Así que esperé, y esperé, y esperé aún más.
Vigilándote hasta que estuvieras lista. Pero ¿cuánto se supone que debe esperar un hombre, eh?
¿No crees que ocho años son suficientes?
Niego con la cabeza, la boca entreabierta pero sin que salga ninguna palabra. Suena fantasioso, como una mierda de esas que oiría en un pódcast o vería en una película.
Bellfleur suelta el aire con fuerza, alzando la mano y dejándola caer contra su muslo. —Mira lo que has hecho, Deran, ahora se cree que estoy puto loco.
Deran Masters gruñe, mirándome como si no estuviera seguro de que merezca la pena el esfuerzo. —Yo la veo bien, hermano. Sigamos con esto, venga. Me muero de hambre.
Bellfleur se da golpecitos en la frente con la punta de la pistola, fulminando con la mirada primero a su hermano y luego a nosotros. —Princesa —dice, y su rostro se suaviza cuando me mira—. No me puedo creer que me hayas disparado.
—Apuntaba a tu cabeza —murmuro.
Nova me da un codazo en el costado. —Joder, no le provoques, cariño.
Pero Bellfleur solo se ríe entre dientes. —Estoy tan orgulloso, princesa. No te preocupes, te ayudaré a practicar la puntería. Ven aquí, podemos empezar ahora mismo. Hay unas cuantas cosas más de las que tenemos que ocuparnos.
—Paso total, puto ladrón de bragas en Polaroids.
—Por el amor de Dios, cielo —murmura Bane por lo bajo.
Bellfleur carraspea. —Lo que quería decir es que muevas ese culo hasta aquí antes de que le vuele a tu novio la puta cabeza. Me enseña una sonrisa desquiciada. —¿Así mejor?
Doy un paso hacia delante y tres manos se aferran a mí al mismo tiempo.
—Ah, ah, ah. Aquí estáis en minoría, chicos. Si no me entregáis a mi mujer, vais a morir y yo aun así me iré a casa con ella. Así, por lo menos, vosotros podéis volver a casa. Pero mi princesa se viene conmigo. Sonríe como si acabara de presentar el trato de su vida.
—Ni se te ocurra, Evie —escupe Silas en voz baja—. Sabes el plan. Ciñete a él.
Pero yo ya estoy negando con la cabeza. —Te he dicho que no me voy de aquí sin vosotros.
Bellefleur chasquea los dedos. —Cierto, qué descortés por mi parte. Sí, claro, tómate un momento para despedirte de la familia St. James, princesa. Me temo que no los volverás a ver.
Pues no me gusta una mierda lo jodidamente ominoso que suena eso. Pero acepto el regalo igualmente, me giro y abro los brazos de par en par, apoyando la frente en el pecho de Bane. —Puedo con él —susurro.
—Cariño, tu puntería es una mierda —susurra Silas, con la desesperación espesándole la lengua.
Le doy un beso en el pecho a Bane y me vuelvo para hacer lo mismo con Nova y con Silas. —Confía en mí.
—Confío en ti, cielo. En quienes no confío es en esos cabrones —dice Bane, inclinando la cabeza discretamente hacia el grupito de Savage Souls.
Estamos en inferioridad numérica: ocho de ellos y tres de nosotros. Técnicamente somos cuatro, pero Silas tiene razón, mi puntería deja mucho que desear. La verdad es que tuve una potra de la hostia el día que asaltaron la casa de Silas.
—Entonces haz que cuente, ¿sí? —le dedico una sonrisa—. Estoy noventa y cinco por ciento segura de que Bellfleur no me va a disparar, así que todo lo que tengo que hacer es incapacitarlo para que no os dispare a los tres. Pan comido.
—Hazle sangrar, cariño —añade Nova con solemnidad.
Aprieto el bíceps de Nova mientras me giro. Me tomo mi tiempo cruzando el espacio hasta que me planto justo delante de él.
Bellfleur se humedece los labios, con los ojos oscurecidos y las pupilas dilatadas. —Me alegra ver que vas aprendiendo. No vas a darme guerra como hiciste en el sótano de Bane, ¿verdad?
—No. Niego con la cabeza y obligo mi expresión a volverse sumisa, relajando los hombros y mirando al suelo. El pulso me retumba en los oídos, al compás frenético de mi corazón, como un grito de guerra.
—Ven aquí, princesa. Dale un abrazo a tu hombre. Dejo que me atraiga contra su pecho y tengo que respirar por la nariz para no vomitarle encima.
Espero un latido, luego dos. Y entonces alzo la rodilla con tanta fuerza que le convierto las putas pelotas en pasas. Me suelta, deja caer la pistola para sujetarse la entrepierna y se dobla con un alarido.