44 Evangeline
CUARENTA Y CUATRO
EVANGELINE
—No me gusta ni un pelo esta mierda —masculla Silas por quinta vez en los últimos diez minutos. Tamborilea con los dedos sobre el volante, con el cuerpo vibrando de energía nerviosa.
Me inclino sobre la consola central y apoyo la mano en su antebrazo, dándole un apretón suave con la esperanza de calmar sus nervios. —Lo sé, pero es la única opción.
Su mirada vuela hacia el coletero de terciopelo que llevo en la muñeca, entornando los ojos mientras lo fulmina. —¿Qué es eso, Evie?
Giro la muñeca, como si lo estuviera exhibiendo mientras mantengo los dedos sobre su antebrazo. —¿Ah, esto? Lo más extraño del mundo, Silas. He encontrado mis siete coleteros desaparecidos en tu mesilla de noche hoy mismo.
Una risa silenciosa resuena desde el asiento trasero, y las mejillas de Silas se tiñen de rosa.
Vuelve a centrarse en la carretera y gruñe: —No sé cómo ha llegado eso ahí.
—Tío, ¿qué haces siquiera con todas sus cositas de terciopelo para el pelo? —pregunta Nova entre risas.
—Coleteros —aclaro yo.
—Veinte pavos a que los está acumulando como si fuera algún tipo de ritual de apareamiento de dragones —conjetura Bane.
Nova se ríe. —Qué va, ni de coña, tío; cien pavos a que se la machaca con ellos.
El cuello de Silas se enrojece y suelta un gruñido. —Idos a la mierda, los dos.
Muevo las cejas y susurro de forma teatral: —¿Puedo mirar la próxima vez?
—Oh, por el amor de Dios, nena. Estamos a punto de meternos en un buen marrón. No los animes —dice Silas, pero no hay un enfado real en sus palabras.
—Se llama alivio cómico, hermano. Pruébalo alguna vez, ¿vale? —Nova se inclina hacia delante y da dos golpecitos en la consola central.
Deslizo las yemas de mis dedos por su brazo en líneas suaves y amplias. —Sé que podría ponerse peligroso, pero acordamos que esta era la mejor opción.
—Pero no es la única opción —rebate él mientras nos detenemos en un semáforo en rojo. Me mira, y su mirada es como un contacto físico mientras recorre mi rostro.
No hace falta que lo diga, sé que está preocupado. Al igual que sé que los hombres del asiento trasero vibran con la misma energía ansiosa.
Me incorporo sobre las rodillas y me acerco a él, rozando con mis labios la comisura de su boca. —No voy a quedarme atrás otra vez, ¿vale?
—Ya, pero podríamos estar caminando hacia otra emboscada, cielo —dice Bane desde el asiento de atrás. Hay resignación en su voz, y algo más oscuro.
Rozo con mis labios la otra comisura de la boca de Silas y le respondo: —Cierto, pero estar sola en Magnolia Lane para que me embosquen allí no es una opción mejor.
Nova gruñe detrás de mí, acercándose hasta que puedo sentir su calor corporal. —Solo estamos preocupados por ti, dulzura.
En cuanto el semáforo se pone en verde, Silas acelera y gira a la izquierda, apretando de nuevo el volante con fuerza. Me acomodo otra vez en mi asiento, manteniendo la cara hacia la de Nova.
La tensión en el coche está por las nubes hoy, casi asfixiándome mientras intento respirar a través de esa pesadez. Puedo sentir el peso de cada mirada, de cada exhalación, de cada uno de sus miedos filtrándose por sus poros.
—Lo sé, pero estaré bien. Me quedaré en el coche, ¿recordáis?
—mantengo la voz calmada y firme. Hago todo lo posible por aliviar su ansiedad, no por aumentarla.
Además, tiene el beneficio añadido de no dejar espacio para que mi propia ansiedad eche raíces.
Sigue ahí, pero es como si hubiera cortado el acceso a ella.
Nova se muerde el interior de la mejilla y niega con la cabeza. —No, no lo creo. Creo que deberías ir en medio de nosotros. No me fío de que esos cabrones no vuelen el coche o algo así para distraernos.
—¿Llevas tu pistola, cielo? —pregunta Bane.
Me inclino hacia delante y me levanto la parte trasera de la camiseta, enseñándole dónde me dio instrucciones prácticas sobre cómo colocarme la pistola en la parte trasera de mis pantalones cortos vaqueros.
Dejo que la tela vuelva a caer y me acomodo en mi asiento, moviendo un poco los pies.
Hoy me he puesto las botas de vaquero favoritas de la abuela Jo.
No sé si lo he hecho por suerte o por comodidad, tal vez solo quería algo bonito y divertido.
Pero me siento mejor llevándolas, así que algo es algo.
Nova se mantiene inclinado detrás de mí, con la mano rozando ligeramente mi hombro antes de posarse en mi pecho. Las yemas de sus dedos rozan la piel sobre mi corazón, como si necesitara asegurarse de que sigo ahí.
—Muy bien, vas con nosotros en todo momento, ¿entendido?
Como pegamento, nena —murmura Silas con la mirada sombría mientras se concentra en la carretera—.
Ante la primera señal de problemas, quiero que corras.
Coge el coche o roba uno, me importa una mierda.
Saca tu culo de allí y vete con Ma y Hunter.
El corazón se me sube a la garganta mientras se me corta la respiración. Un escalofrío me recorre la espalda ante la idea de marcharme sin ellos.
—No os voy a dejar —prometo—. Así que si quieres que salga de esta reunióncita de hoy, será mejor que te asegures de hacer lo mismo.
La mirada de Silas vuela hacia el espejo retrovisor, y miro por encima del hombro para ver cómo intercambia una mirada cargada de intención con Bane y Nova.
Es una más de la larga serie de miradas pesadas que los tres han estado intercambiando en los últimos días.
Todavía no sé qué demonios pasó en el baño la noche que los encontré a todos teniendo lo que parecía una charla sincera.
Pero después de que Silas nos contara lo que dijo el nuevo sheriff, el ambiente en la casa ha estado tenso de cojones.
A decir verdad, no acabo de entender qué significa todo.
Como la política de los Reapers o cómo funciona con el sheriff o incluso con la gente de Rosewood, por no hablar de cómo funciona con otros clubs.
Le dije a Lincoln que quería estar al tanto de todo y, desde entonces, casi siempre lo han hecho.
Pero todavía hay mucho que no comprendo.
Creo que me llevaría meses, quizá incluso años, entender plenamente su dinámica dentro de Rosewood y más allá.
—Eso va por todos, ¿vale? No voy a dejar a ninguno allí, así que quitaos de la cabeza cualquier heroísmo ahora mismo.
Hoy volvemos a casa y luego vamos a encontrar a ese hijo de puta que me robó las bragas y después me secuestró.
Y después traemos a Hunter a casa. —Para cuando termino mi pequeña charla de ánimo, estoy lanzada.
No pretendía empezar así, pero no puedo negar que me hace sentir mejor saber que tenemos un plan.
Independientemente de lo arbitrario que sea.
Incluso los mejores planes se van a la mierda a veces.
—Llegamos en el momento justo, dulzura. Ya estamos aquí —dice Bane.
Me incorporo e intento asimilar la escena. Hombres de pie en pequeños grupos, algunos fumando cigarrillos y otros charlando con los demás tipos junto a sus motos. Hay divisiones claras aquí, y se puede distinguir cada grupito fácilmente por el margen de un metro de espacio entre ellos.
—¿No se suponía que solo vendrían unas veinte personas o algo así? —pregunto, mirando a Silas.
—Eso es lo que me dijo. Dijo que nosotros tres, así que supuse que se refería solo a la junta de los otros clubs también, lo que nos situaría en unos veinte.
Más los sheriffs, así que quizá veinticinco —dice Silas, entrando en el aparcamiento de grava de lo que parece un bar que ha sufrido un incendio recientemente.
Me pregunto qué habrá pasado aquí —murmuro, observando las paredes exteriores ennegrecidas con la pintura desconchada y las ventanas rotas. Hay dos contenedores rojos gigantes a un lado, y uno de ellos parece lleno. Me imagino cuánto daño habrá dentro para que por fuera se vea así de mal.
Silas mete el coche en una plaza de aparcamiento improvisada en el borde del lote. Un movimiento estratégico para estar cerca de la salida y poder huir rápido, estoy segura.
—Los Savages y los Hounds le prendieron fuego a principios de verano —dice Nova con un suspiro—. A pesar de que esto es territorio neutral.
El miedo serpentea por mi espalda, hincando sus patas venenosas en cada vértebra. —¿Entonces por qué cojones nos reunimos aquí con ellos?
—Eso mismo me pregunto yo —masculla Silas mientras apaga el coche y saca las llaves. Toca el parasol con dos dedos—. El repuesto está aquí, ¿vale?
—Corta el rollo, Silas. No te voy a dejar aquí tirado ni de coña —gruño. El miedo ha consumido mi falsa calma.
Bane mira su reloj y emite un ruido sordo en la garganta. —Son las tres en punto. Hagamos esto.
—Conmigo, Evie —dice Silas mientras abre su puerta.
Salgo del coche, dejando que Nova me pase el brazo por el hombro y me mantenga apretada a su costado. Se inclina y susurra: —Se supone que esto es una reunión pacífica, dulzura. Pero no dudes ni un jodido segundo si abren fuego, ¿vale? Hoy no pedimos permiso.
Asiento en señal de conformidad y miro a los hombres hacia los que caminamos.
—Buena chica —dice, depositando un beso en la coronilla de mi cabeza.
—Qué detalle por vuestra parte que os unáis a nosotros.
El corazón se me detiene en el pecho y me quedo helada, como si mis pies se hubieran quedado pegados al suelo de repente.
—¿Dulzura? ¿Estás bien? —pregunta Nova.
Creo que dice algo más, pero no puedo estar segura porque me zumban los oídos. Me protejo los ojos del sol mientras busco a quien ha hablado, al hombre cuyo rostro pertenece a esa voz. Mi mirada recorre a todo el mundo, descartando rápidamente a cada uno hasta que aterriza en él.
Ahí.
Solo que no se parece exactamente al de la última vez que lo vi. Sacudo la cabeza varias veces, intentando dar sentido a lo que mi cuerpo ya ha comprendido. En el siguiente segundo tengo mi pistola fuera, apuntándole con el dedo apoyado junto al gatillo.
—Ah, parece que habéis traído a una invitada no deseada. Pensaba que todos teníamos claras las reglas para esta reunióncita, St. James. ¿Tengo que recordártelas, hm?
—Cierra tu puta boca antes de que te la vuele de un tiro —digo con rabia, dando dos pasos largos hacia él. Todavía hay seis metros entre nosotros. Espacio de sobra para que pase algo.
Su sonrisa se convierte en una mueca lasciva y ladea la cabeza.
—Ah, ahí está ella. ¿Qué te dije, Evangeline, hm?
Te dije que iba a ayudarte. Y mírate ahora —proclama, abriendo los brazos a los lados como si me estuviera exhibiendo—.
Estás magnífica, princesa. —Hay un orgullo genuino en su voz, y eso me aterra más que cualquier otra cosa.
Es entonces cuando otros ruidos empiezan a filtrarse. El murmullo bajo de las conversaciones mezclado con el rugido de un par de motores. Es una sinfonía de sonido y energía masculinos, y es demasiado.
—Cállate —le espeto.
Y entonces sus voces atraviesan la cacofonía.
—¿Qué cojones está pasando? —grita Silas, acercándose a mí.
—Más vale que apartes tu puta pistola de mi chica, o voy a arrancártela de tu puto cuerpo, Moore —gruñe Nova al presidente de los Hell Hounds, con la malicia chorreando de su voz.
Veo a los Hell Hounds en mi periferia, esa clase de tensión nerviosa llenando el aparcamiento. Probablemente no sea mi mejor idea apuntar con una pistola al hombre que me drogó y me llevó a dos estados de distancia, pero no es que esté pensando de forma racional ahora mismo.
Actúo por instinto, y todo dentro de mí grita pidiendo venganza.
—Habla conmigo, cielo —me incita Bane justo detrás de mí.
Es entonces cuando me doy cuenta de que está literalmente a mi espalda, tan cerca que puedo sentir su pecho rozar mi espalda con cada exhalación.
—Ah, ¿no les has hablado de mí? No me sorprende. Siempre te han gustado tus secretos, ¿eh? Pero no te preocupes, princesa, lo tengo todo bajo control.
—Cállate —le espeto, con las manos temblando mientras sostengo el arma.
Su sonrisa se vuelve cruel mientras cruza la línea divisoria, reduciendo el espacio entre nosotros a la mitad.
—Sabes, no contaba con que vinieras hoy, pero debería haberlo hecho.
Te gustaba sorprenderme, mantenerme alerta.
Siempre supe que lo hacías para que mis habilidades no perdieran filo, para hacerme demostrarte lo digno que soy.
—Suspira, ese pequeño sonido de felicidad que me descoloca la cabeza.
Y luego silba mientras gira sobre sus talones, cruzando el aparcamiento para ponerse al lado del sheriff Redford.
—Esperaba no tener que hacer esto, pero c'est la vie y toda esa mierda.
—¿Qué está pasando, Ethan? —Redford se vuelve hacia él, con el ceño fruncido de forma amenazadora.
Mi secuestrador saca un par de guantes y se los pone con rápida precisión.
Un momento después, sostiene una pistola que ni siquiera le vi coger.
Escucho el disparo antes incluso de verlo, y Redford cae de rodillas sobre la grava, apretándose el pecho.
La sangre brota en su pecho y sus manos intentan contener la hemorragia, pero es en vano.
—¿Po-por qué? —grazna Redford.
Todos alrededor parecen inclinarse, como si esperaran colectivamente escuchar su razonamiento para lo que acaba de pasar. Pero yo no. No necesito escuchar sus razones. De hecho, no se me ocurre ni un solo motivo por el que no deba dispararle.
Así que aprieto el gatillo.