43 Silas
CUARENTA Y TRES
SILAS
Dos horas después, estoy en medio de mi destrozado salón.
Pensando. Quiero irme a casa —a casa de Evangeline—, pero todavía no puedo.
Le prometí que controlaría mi mierda y voy a hacer todo lo posible por cumplirlo.
Así que eso significa quedarme aquí un poco más de tiempo hasta que pueda respirar hondo sin tener ganas de golpear algo.
El equipo ya se ha ido. Resulta que no se tarda tanto en desmantelar una casa. Se va a tardar mucho más en rehacerlo todo. En reparar las paredes, poner muebles nuevos y hacer que vuelva a parecer mi hogar.
Llaman a la puerta principal y grito —adelante— sin mirar.
Estoy seguro de que es alguno de los chicos buscándome.
Parece que se me necesita a todas horas, especialmente últimamente, y normalmente puedo sobrellevarlo con facilidad o pasárselo a Nova o a Bane.
Pero ahora mismo solo estoy yo, y por mucho que nunca quisiera ser el presidente de los Reapers, me condenaré si eludo todas mis responsabilidades.
Un silbido bajo corta el aire y me giro al instante, sacando el arma de la parte trasera de mis pantalones en el mismo movimiento.
Ethan Bellfleur está de pie en el umbral de mi salón con las manos en los bolsillos y una sonrisita viscosa en la cara. Bajo la pistola lentamente, esperando que capte la falta de respeto que implica el gesto.
—¿Qué quieres?
—Vaya, ¿así es como recibes a tu nuevo sheriff?
—Aún no eres el sheriff, Ethan. Así que, ¿qué coño haces en mi casa?
Vuelve a silbar. —Había oído hablar de esto, pero no había tenido oportunidad de verlo hasta ahora. Te han dejado la casa fina, ¿eh?
—Te lo preguntaré una vez más: ¿qué quieres, Ethan? —Separo los pies para ganar estabilidad, con los dedos aún tensos alrededor de la empuñadura de mi arma.
—Solo me he pasado para darte un aviso amistoso, eso es todo. Hay un nuevo sheriff en la ciudad, St. James, y no juega con las mismas reglas que el anterior.
Echo la cabeza hacia atrás y entorno los ojos hacia él. —¿Por qué coño hablas de ti mismo en tercera persona? Ve al puto grano.
Su rostro se enrojece y se alisa su cabello rubio oscuro con ambas manos antes de exhalar y metérselas en los bolsillos. Es una serie de movimientos jodidamente extraños la que acabo de presenciar. Y por primera vez, empiezo a pensar que Nova podía tener razón sobre este tipo.
—El grano al que intento ir es que vamos a hacer las cosas de forma diferente por aquí. Empezando ahora mismo.
—A Redford todavía le quedan dos semanas como sheriff.
Bellfleur se encoge de hombros, balanceándose sobre los talones. —Decidió aceptar un paquete de jubilación anticipada.
—¿Cuándo? He hablado con él esta misma tarde.
—Por lo visto, la jubilación se mueve rápido.
No tengo ni puta idea. Eso no viene al caso.
El caso es que ahora las cosas se hacen a mi manera.
Y no vas a poder comprarme con sobornos y mierdas como hacías con Redford.
Era débil. Un puto cobarde que no tenía lo que hay que tener para mantener a salvo esta ciudad. Pero yo no soy así, St. James.
La implicación está ahí, pero no me lo trago ni de coña. Aun así, el consejo de Redford resuena en mis oídos. Pongo mi expresión más neutral, bloqueando todas mis emociones. —¿Por qué estás aquí?
—Estamos empezando algo nuevo. Una cooperativa de la nueva era. El Diamante se va a reunir para acordar un tratado de paz. Por el bien de la mayoría y todo eso.
—¿Y esto merecía una visita a domicilio? Llama al club la próxima vez, Bellfleur.
—Estoy aquí porque se requiere tu presencia. La tuya, la de tu primo y la de tu gilipollas de hermano. Solo vosotros. No aparezcas con todo tu puto club o iréis todos a la cárcel.
Dejo pasar el comentario sobre Nova por ahora. —¿Por qué? —me mofo—. ¿Por conducir?
—No, St. James. Por allanamiento y por violar las leyes de toque de queda que voy a establecer solo para ti.
La sangre me ruge en los oídos. —¿Me estás amenazando, Bellfleur?
—¿Amenazando? —Niega con la cabeza dramáticamente—.
Cielo santo, no. Como oficial de la ley, ni soñaría con tales cosas.
Pero... —chasquea los dientes, inclinando la cabeza en un encogimiento de hombros exagerado—, como oficial de la ley, es mi deber hacerla cumplir.
Así que si te encuentro infringiéndola, tendré que detenerte.
Y luego tendré que detener a tu primo y a tu imbécil de hermano.
Y luego probablemente tendré que cerrar vuestro club de niños.
Y quién sabe qué pasará entonces. He oído que también tienes una niñera muy guapa.
Quizá necesite un trabajo nuevo. Estoy seguro de que puedo conseguir unos cuantos niños para que los cuide.
Mi cuerpo vibra con una ira tan potente que casi espero bajar la mirada y ver mi piel llenándose de ampollas de dentro hacia fuera.
—Tienes dos segundos para largarte de mi casa y de mi propiedad.
Porque en caso de que lo hayas olvidado, Bellfleur, vivimos en Rosewood.
Lo cual me otorga el derecho a defender mi casa contra intrusos por cualquier medio necesario.
¿Y, Bellfleur? Ahora mismo, te pareces exactamente al tipo de hombre que vi entrar ilegalmente con intención de hacer daño.
Sería una verdadera lástima no llegar a ver tu ceremonia de investidura, ¿verdad?
Su mandíbula se tensa y su jovial y puta sonrisa falsa se transforma en algo decididamente siniestro. Bien. Ahora estamos llegando a alguna parte.
—Estate en la cumbre, St. James. O tendré que suponer que no estás dispuesto a colaborar, y entonces te joderé de verdad a ti, a tu familia, a tu mierda de club y a ese bombón. ¿Vale? —me imita burlón—. Dos días. Taberna Three Crowns. Tres de la tarde. No llegues tarde.
Sale de mi casa tranquilamente, silbando alguna cancioncilla alegre como si estuviera dando un paseo por el parque, y me cuesta todo lo que tengo no cumplir mi amenaza y encargarme de este problemilla aquí mismo y ahora mismo.
Saco mi teléfono mientras observo al sheriff electo caminar hacia su coche. No es un coche de policía, sino uno de esos todoterrenos de incógnito. Sonríe, con un destello feroz de sus dientes excesivamente blancos, y sube a su vehículo.
—¿Dime? —responde Bane al primer tono.
—Tenemos un puto problema. Avisa a Nova y a Evie y reúnete conmigo en Magnolia en media hora. Está habiendo un puto golpe de Estado.