42 Silas
CUARENTA Y DOS
SILAS
Llaman al marco de la puerta del pequeño despacho que hay dentro de RGRC, Rosewood Garage and Repair Company.
Echo un vistazo por encima del hombro mientras me paso un papel absorbente húmedo por la cara y la nuca.
Hace un calor de mil demonios hoy, y ese puto aire acondicionado sigue sin funcionar.
El sheriff Redford está de pie en mi puerta, con cara de estar pasando un momento de lo más incómodo, y tengo que reprimir las ganas de sonreír ante su malestar. No he sabido nada de él en un par de semanas, no desde que vino a mi casa e intentó hacerse el importante.
—¿Necesita algo, sheriff?
—Sí, esto, Silas. Me preguntaba si podríamos hablar un momento.
Le sonrío, pero no es nada parecido a las sonrisas encantadoras que Nova dedica a todo el mundo.
No, esta es demasiado tosca para que se considere amistosa.
Pero no me queda paciencia para andar con cumplidos.
No cuando han tenido que separar a mi hijo de mi lado por su propia seguridad, el taller va con retraso, la sede se está recuperando y hay un puto acosador tras mi chica.
Miro el reloj de la pared y noto que el equipo de demolición llegará a la casa en quince minutos.
He contratado a un pequeño equipo de tíos para que hagan lo necesario en la casa para sacar toda la mierda destrozada y salvar lo máximo posible.
Me ofrecí a pagarles para que hicieran lo mismo en la casa de Bane, pero él se ha empeñado en echarla abajo con una excavadora.
Si es que alguna vez consigue separarse de nuestra chica, quiero decir.
Y no es que lo culpe, joder. Estar con ella siempre pesará más que la mayoría de las cosas. Y definitivamente es mejor que cocinarse lentamente dentro de este puto horno de taller.
—Claro, tengo un par de minutos para mi viejo colega el sheriff.
—Tiro el papel sucio a la papelera y apoyo el culo en el borde de mi escritorio.
Me cruzo de brazos y pongo un tobillo sobre el otro—.
Tome asiento, Redford. —Señalo con la barbilla la silla que tengo al lado—. Parece que necesita sentarse.
Redford se alisa la pechera de la camisa con la palma de la mano, un tic nervioso suyo. No sé si me trae malas noticias o si simplemente está inquieto porque la última vez que nos vimos di a entender que iba a matarlo.
Se deja caer en la silla con un gruñido, estirándose la camisa una vez más, como si de repente tuviera los botones desalineados.
—¿Y bien? El tiempo corre. Tengo que estar en otro sitio.
Redford se aclara la garganta. —Sí, verá, por eso estoy aquí.
Arqueo las cejas y ladeo la cabeza. —¿Tiene algún problema con que reforme mi casa?
Sacude la cabeza. —¿Qué? No. Por supuesto que no. Esa es su propiedad, es asunto suyo.
Asiento lentamente. —Vale, entonces explíquemelo, Redford.
Se aclara la garganta, con la mirada vagando por la habitación antes de fijarse en la mía. —Verá, el caso es que últimamente ha habido algunos comentarios.
—Comentarios —digo con tono seco.
—Sí, ajá, algunos ciudadanos están muy preocupados por las repercusiones de lo que está pasando aquí con los Reapers, los Hell Hounds y los Savage Souls.
—A los ciudadanos les preocupan los Hounds y los Savages. ¿Exactamente por qué?
—Bueno, parece que su, esto, intento de limpiar las calles no está pasando desapercibido como la última vez.
—Hable claro, Redford. Acabo de pasar diez horas en el taller sin puñetero aire acondicionado.
Muequea y se aclara la garganta. —Parece que a los otros sheriffs les preocupa que el hecho de que usted vaya eliminando enemigos nos cree un problema. Represalias, ya sabe.
Suspiro y me pellizco el puente de la nariz. —A ver si lo entiendo. Estamos limpiando un desastre que no empezamos nosotros, y usted viene aquí a pedirme, ¿qué? ¿Que deje de limpiar el desastre? ¿Que deje de hacer de este pueblo un lugar más seguro?
—Bueno, dicho así —dice, removiéndose en el asiento.
—Es que es así.
—Bien, entiendo lo que está haciendo. De verdad. Pero ya no depende de mí. Me jubilo en dos semanas, Silas. La transición ya ha empezado, y Ethan, es decir, el sheriff Bellfleur, ya ha tomado medidas.
—¿Qué clase de putas medidas? ¿Qué pasa con nuestro acuerdo actual?
Redford levanta las manos, con las palmas hacia mí. —No puedo obligarle a hacer nada, Silas. Ya se lo dije. Nuestro acuerdo queda entre nosotros. No se transfiere como un fondo de vacaciones a quienquiera que sea el sheriff después de mí.
—Es su maldito protegido, Anthony. ¿En qué cojones estaba pensando?
Se endereza en la silla. —Pensaba que venía aquí por cortesía profesional para informarle de que Bellfleur está haciendo movimientos, para que no le pille desprevenido.
Siento cómo me sube la tensión con cada segundo que pasa de esta conversación. Necesitamos otra complicación como necesitamos un puto tiro en la nuca. —¿Qué clase de movimientos? Hasta ahora lo único que ha hecho es decir muchas palabras sin decir nada en absoluto.
Se aclara la garganta. —Del tipo que involucra a los sheriffs del Diamond.
—Joder —maldigo entre dientes, pasándome la mano por la mandíbula—. ¿Qué significa eso exactamente?
Sacude la cabeza. —Aún no tengo todos los detalles. Pero he movido algunos hilos y parece que están formando algún tipo de cooperativa, una especie de tratado para que nadie salga herido.
—¿Y qué significa eso para nosotros?
—Significa que más le vale cerrar filas, Silas. Y mantenga a sus hombres en Rosewood durante un tiempo.
—¿Y qué pasa si alguien se deja caer por Rosewood? ¿Se supone que tenemos que dejar que se nos echen encima veinticinco tíos así como así otra vez? ¿Tengo que recordarle quién estaba en mi puta casa en ese momento?
—No, no. Me acuerdo. Mire, lo único que digo es que espere que Bellfleur llame a su puerta pronto.
Tendrá algunas exigencias y, si yo fuera usted, me pensaría muy mucho el cumplirlas.
Quiso salirse hace cinco años y lo consiguió.
No eche a perder ahora todo el trabajo duro, todos los sacrificios que hizo para llegar hasta aquí.
—No hace falta que me diga lo que sacrificamos por la paz. No olvide que nosotros no empezamos nada de esto. No queríamos una guerra.
—Lo sé. —Asiente lentamente—. Solo digo que recuerde sopesar el coste de todo lo que diga Bellfleur antes de actuar.
Asiento, con la mente ya dando vueltas para averiguar cómo cojones vamos a lidiar con esto que se nos viene encima. —Gracias por el aviso, sheriff.
—Sí. Nos vemos, Silas. —Redford se pone en pie y sale de mi despacho despidiéndose con la mano sin mirar atrás.