41 Nova
CUARENTA Y UNO
NOVA
Me revuelvo la toalla por el pelo, haciendo lo posible por secarlo al máximo. No quiero meterme en la cama de Evangeline empapado esta noche. El aire acondicionado está funcionando a destajo en esta casa últimamente, y por la noche se está benditamente fresco.
La puerta del baño se abre de golpe con un golpe sordo, e instintivamente alargo la mano hacia la pistola que he dejado sobre la encimera. Empecé a llevarla encima desde esa fatídica trampa en la que caímos. El único momento en que está fuera de mi alcance es cuando me ducho.
Mis hombros se relajan con alivio cuando veo que no hay un Sabueso ni un Salvaje en el umbral. Es solo mi hermano.
Bueno, uno de ellos.
Dejo el arma en la encimera y vuelvo a coger la toalla. —¿Necesitas algo?
Silas entra en el baño y cierra la puerta de una patada con el tacón de su bota. —Sí, sí, maldita sea, sí que necesito algo.
Me echo la toalla al cuello, sujetando los extremos y girándome para mirarlo fijamente. —¿Y bien? ¿Qué es tan importante para que tengas que irrumpir en el baño mientras me duchaba?
El rostro de Silas se contrae en un ceño fruncido. —Vete a la mierda, Nova. Ya no estás en la ducha, y no, esta mierda no puede esperar. ¿Qué cojones te pasa, eh? Acepté esa mierda porque sé que Evie quería intentarlo, pero ¿qué cojones está pasando?
Me miro en el espejo y me paso los dedos por el pelo, intentando domarlo un poco. —No sé de qué me hablas, hermano.
—Ahí —rechina Silas, señalándome con el dedo—. Esa mierda de ahí. ¿Qué cojones, Nova?
Me tomo mi tiempo para asegurarme de que el pelo no se me vaya a secar en alguna posición extraña. Cuando termino, me encuentro a mi hermano prácticamente vibrando a mi lado. Su energía es frenética y crece por momentos. —Vaya, Silas, pareces un poco alterado.
Vale, hasta yo puedo admitir que eso ha sido una bordería.
A estas alturas, solo lo estoy provocando para que nos peleemos.
Ni siquiera sé qué espero que diga, pero cada vez que pienso en el hecho de que nunca ha dicho nada al respecto, me jode un poco.
Ni una sola palabra en todos estos... los años que sean que lo ha sabido.
Me hace preguntarme qué otros secretos me ha ocultado.
La puerta se abre antes de que él pueda responder, y Bane aparece en el umbral con cara de pocos amigos. —¿Queréis decirme qué cojones pasa aquí? Si uno de vosotros, gilipollas, despierta a mi chica, voy a meter putos ciempiés en vuestras camas esta noche.
Me quedo boquiabierto ante su amenaza, tan creativa como alarmante.
—¿Qué cojones, Bane? —siseo, apretándome más la toalla como si eso fuera a protegerme de esos malditos bichos.
—Nuestra chica —dice Silas lentamente.
Bane le lanza una mirada sombría, pero Silas no parece inmutarse. —¿Qué? Lo es.
—¿Queréis decirme por qué cojones estáis gritando los dos en el baño en mitad de la noche?
Me encojo de hombros y me planto una sonrisa en la cara. Noto los bordes afilados y la fragilidad de mi sonrisa, pero me importa una mierda. —A mí no me mires. Yo no estoy gritando, es mi hermanastro Silas el que está aquí.
Se produce un momento de silencio, como si el propio universo contuviera el aliento. Me cruzo de brazos, muy consciente de que solo llevo unos pantalones cortos de deporte para esta conversación.
Y para que la situación sea un poco más rara, Bane se desliza dentro del baño y cierra la puerta silenciosamente tras de sí.
Los baños de la casa de Evangeline no son pequeños, pero desde luego no son tan grandes.
Y ahora mismo, los tres estamos invadiendo el espacio personal de los demás demasiado rápido.
—Explicaos de una puta vez. Ahora —espeta Bane, mirándome.
—No, hermano. Creo que te has confundido.
Él es quien debería hablar. —Desvío la mirada hacia Silas y noto la expresión de angustia pintada en su cara—.
Oh, mierda. ¿Aún no te lo ha dicho? Resulta que nosotros tres —dibujo un círculo con los dedos en el aire entre nosotros— somos todos hermanastros. Una puta locura, ¿verdad?
Me balanceo sobre los talones, con una mueca de rabia curvando las comisuras de mi boca mientras estudio la expresión de Bane.
Sus ojos se dilatan por la sorpresa y frunce el ceño.
Observo, un poco fascinado, cómo su frente se alisa y su rostro recobra esa expresión neutral suya.
Mi mirada se desliza hacia Silas, y me sorprende encontrar una mirada de igual sorpresa en su cara.
—¿Qué? —gruñe Silas.
—Detalles —ladra Bane al mismo tiempo.
—¿Quieres los detalles de cómo Margaret Thorne, la mejor amiga de mamá y más conocida como la tía Maggie, se folló a Raymond St. James, el padre del año? Me temo que no tengo esos detalles específicos, hermano.
Bane da un paso hacia mí, la agresividad haciendo añicos esa perfecta expresión inexpresiva. —¿Es esto una puta broma para ti?
Ladeo la cabeza y lo miro con frialdad. —¿Tengo cara de estar bromeando, Lincoln? He tenido que cargar con esto durante semanas, pero ese hijo de puta lo ha sabido durante años y años —estallo, señalando a Silas.
—Mentira. Yo no sabía nada de esto —suelta Silas de pronto.
Bane y yo nos giramos para mirarlo con furia al unísono. Silas exhala y mira al techo un momento. —Lo que quería decir es que no sabía que era la tía Maggie, ¿vale? Solo sabía que tú no eras, ya sabes, hijo biológico de mamá.
Me estremezco ante el recordatorio, aunque lleve demasiado tiempo repitiéndose en bucle dentro de mi cabeza. —¿Cómo? ¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?
Me mira, y el arrepentimiento suaviza sus rasgos.
—Un día estaba enfermo en casa, en el instituto, y una mujer vino a la casa.
Hubo gritos y chillidos, y en un momento bajé las escaleras con sigilo, convencido de que encontraría la casa hecha un desastre o algo así.
Se oía tan fuerte que estaba convencido de que mamá se estaba peleando con una manada de linces.
—Hace una pausa y se pasa la mano por la cabeza—.
Pero cuando llegué abajo, mamá estaba llorando en la cocina.
Estaba hablando por teléfono con papá, y decía algo sobre una mujer que había venido e intentaba llevarse a Asher, que estaba lista para volver a ser su madre.
Pero mamá estaba inconsolable, así que supe que papá llegaría pronto a casa.
Volví a mi habitación y fingí que nunca había pasado.
Suelto una carcajada cáustica, sacudiendo la cabeza ante su sencilla explicación para una situación tan jodidamente complicada. —Pero pasó, Silas. Y deberías habérmelo dicho.
—Era un puto niño y tenía miedo, ¿vale? —La mirada de Silas recorre la habitación sin detenerse en nada—. Pensé que si le contaba a alguien lo que había oído, te llevarían.
—¿Qué? —murmuro. Su confesión pincha el globo de rabia que he estado alimentando. No explota, pero pierde parte de su fuerza.
—No lo sé, joder. Un niño del colegio tuvo que dejar a sus padres y lo separaron de sus hermanos pequeños, así que quizá tenía esa mierda metida en la cabeza. Sinceramente, hace años que no pensaba en esto, Asher.
No se me escapa que haya usado mi nombre real. Solo lo usa cuando quiere que lo escuche.
—Eso es una mierda, Silas —murmuro.
—No, no lo entiendes. Eras mi hermano, Asher, y mi trabajo era protegerte.
Sigue siendo mi puto trabajo. Así que, si decírtelo significaba que te alejarían de mí, entonces...
—Se interrumpe, sacudiendo la cabeza. Se mete las manos en los bolsillos—.
Lo siento, tío. Puedes odiarme por lo que hice y lo aceptaré.
Pero para mí, siempre has sido mi hermano pequeño.
Independientemente de quién sea tu madre biológica.
Una emoción efervescente se filtra por las grietas de mi rabia, y odio que también haya una oleada de alivio. Era agotador estar enfadado con él todo este tiempo.
Pero me parece demasiado fácil limitarme a aceptar sus disculpas y seguir adelante como si nada hubiera pasado.
Respiro hondo, intentando ordenar mis pensamientos e identificar esas molestas emociones que se deslizan por mi interior. —Bueno, no esperaba que tuvieras una razón tan convincente. Capullo —murmuro, mirando de reojo a Silas.
La comisura de su boca se curva hacia arriba, y solo le ha faltado gritar ¡hurra!
—Pues yo estoy muy cabreado contigo por cómo has gestionado esto, que lo sepas. —Bane me mira con los ojos entrecerrados y los labios apretados—. Había unas cien formas distintas de haber hecho esto, empezando por, no sé, hablar con nosotros como adultos.
—En lugar de estar dando pisotones por la casa durante el último mes, lanzando pullitas porque estás pataleando como un niño —dice Silas con parsimonia. Tiene la audacia de mirarme con los ojos muy abiertos, como si fuera un bendito inocente en todo esto.
Me encojo de hombros, incómodo por el peso de la acusación porque tiene toda la razón. —Sí, bueno, supongo que a veces no soy tan maduro. Pero no sabía muy bien cómo procesar esta mierda, y sentía que mi familia ya no era mi puta familia.
—Eres un puto idiota —murmura Bane.
—Joder, tío, no te cortes ahora. —Pongo los ojos en blanco y estiro el cuello de un lado a otro. Pero no puedo evitar la sensación de alivio que me corroe las entrañas. Hay algo liberador en que por fin todo haya salido a la luz.
Bane se encoge de hombros. —No lo hago. Mira, entiendo por qué estás enfadado, y no me voy a meter en esa mierda entre vosotros dos. ¿Pero yo? Me lo voy a tomar como algo bueno.
—¿Tu madre engaña a tu padre y tú vas a limitarte a sonreír y asentir? —le pregunto, incrédulo.
—En primer lugar, que te den. Es nuestra madre, y ni siquiera está cualificada para tener ese título.
Y en segundo lugar, lo decía porque siempre he querido tener hermanos, capullo.
Y nosotros tres hemos estado unidos toda la vida, pero no es nada comparado con vosotros dos —dice Bane, señalándonos a Silas y a mí con la barbilla.
Mis mejillas se calientan ante su reprimenda.
—Que te den a ti también, tío. Siempre has sido nuestro hermano, y lo sabes —le recrimina Silas con una sonrisa lenta.
—He venido a mear, pero me gustaría mucho saber por qué estáis los tres celebrando reuniones de medianoche en el baño —murmura Evangeline, abriéndose paso entre nosotros tres—.
Y uf, ¿oléis eso? Aquí dentro apesta a sentimientos.
—Mueve la mano delante de su cara, como si estuviera apartando un mal olor.
Pero no se me escapa la amplia sonrisa que le recorre el rostro—.
Ahora, os quiero mucho a todos, pero fuera.
Hay límites que no deberían cruzarse, ¿vale?